• No results found

What would constitute effective rule of law export? 69

Fase de Recuperación de la experiencia vivida

En esta primera fase de mi estudio, identifico mis motivaciones y algunas de las condiciones para decidir el uso de las prendas que he escogido cotidianamente para relacionarme socialmente. A partir de archivos personales, fotografías, recuerdos y memorias, identifico algunos de las ocasiones y atuendos que marcaron la construcción de mí misma. La génesis de mi intención de marcar la diferencia, y el vestido fue mi instrumento.

Fase de registro de Mis prácticas cotidianas del vestir

En esta fase documento mis prácticas cotidianas del vestircon el uso de recursos auto etnográficos como el registro de autorretratos diarios y notas en diario de campo, durante unas semanas. Estas “vistas de mí misma”, evidencian los factores que, en lo que al atuendo se refiere, caracterizan mi “persona” y me disponen para el rol que voy a jugar cada día. Por otro lado, las notas y memorias dan cuenta de los intercambios estéticos que, mediante dichos atuendos, se manifiestan en mi cotidianidad.

Fase de Prácticas performáticas

Yo y mis “otras” para indagar en mí y en los efectos recíprocos con los otros. Esta es la fase Performativa experiencial y de saberes, y se condensa en cuatro diferentes caracterizaciones de “mi misma”, para explorar la interacción de estas nuevas “presencias” en algunas de mis escenas cotidianas, en contextos académicos y artísticos sucedidos entre 2012 y 2015. Esta documentación se ha consignado en registros visuales y audiovisuales, y en narraciones y relatos autobiográficos escritos en un diario de campo, en donde se han inscrito mis percepciones, sentimientos, pensamientos e ideas sobre las experiencias vividas desde y con el vestido, y en mi interacción con los otros y dan cuenta del proceso investigativo de la realidad del contexto indagado.

39

Fase de Valoración de la experiencia

¿COMO SE DAN LAS INTERACCIONES CONMIGO MISMA Y CON LOS DEMAS?

Se valoran una serie de relatos y otros registros de las experiencias de performance desde un modelo referenciado en la metáfora teatral de Goffman así:

Tras-escena: consideraciones que aplico en mi espacio íntimo para presentarme en el espacio público. Variaciones de las bogotanas, puntos comunes en la apariencia, definición de mi estilo. En la tras-escena defino mi apariencia.

Escena: espacios fuera de mi intimidad en donde expongo mis representaciones. Presentación del yo en la escena de la vida cotidiana, termino camuflada entre las amazonas citadinas que transitan mi ciudad.

Personajes: estos son mis “otras posibles” valoración a través de la imagen, de las representaciones sobre mi apariencia. Mis performances ejecutan performatividades de género, esto es algo que yo no controlo.

Persona: valoración de mí misma a través de mis “otras posibles” y de los otros con quien interactúo en términos de rechazo o aceptación.

Todo lo inter-sensible: mi PRESENCIA, las características de las prendas y accesorios, mi silueta los diseños y Colores, las telas, el movimiento, la caída y el peso de los materiales, el ajuste de las prendas, la talla, el tacto, las texturas, las fibras, su temperatura es observado desde el modelo de Mandoki.

Así como mis interacciones corporales: Proxémica: distancias y proximidades con mis interlocutores. Lo escópico: los gestos y ademanes de mi cuerpo y cara. Lo acústico de las telas y sus ritmos.

Fase Interpretativa

Esta última es la fase de construcción de la Argumentación Final en donde se presentan los resultados teóricos, metodológicos y creativos de la investigación, así como las conclusiones finales y las recomendaciones a otros investigadores posteriores que traten el tema. En esta fase se constituye el último capítulo del informe de esta investigación.

40

Fotos Mías

Mi vestido de crochet. (Foto: Archivo Personal)

ALBUM FOTOGRAFICO – RECUPERACION DE LA EXPERIENCIA VIVIDA

Álbum fotográfico de algunos trajes que marcaron la construcción de mí misma. Busqué entre las fotos que mi mamá guarda en su casa y encontré un par de décadas de mi vida en eventos: fiestas, cumpleaños, primera comunión, impresos casi todos a color. Miré una y otra vez mis diferentes rostros, mi sonrisa, mis ojos, la forma de llevar el pelo, la forma de estar parada o sentada, o próxima alguien. O posando sola. Muchas veces posando sola. En todas, el intento evidente, algunas con más éxito que otras, de macar la diferencia. Diferente de mi mama y mis tías, diferente de mis hermanas, pero sobre todo diferente de mis pares, de mis compañeras o amigas, o toda aquella que representara la “competencia”.

Y hoy ¿qué me pongo?

Me ha costado años, lucir como me ven.

Pensar en que ponerse, es la pregunta que la mayoría de las mujeres nos hacemos a diario. Atacamos a quien esté más cerca para que opine sobre lo que deberíamos usar o no, y casi nunca estamos contentas con la respuesta. De hecho, la mayoría de las veces incluso, hacemos caso omiso de lo que nos sugieren, porque a la larga nadie está más dentro de ese atuendo que uno mismo, así que ¿quién va a sentir mejor qué es lo que quiero llevar puesto que yo?

A la hora de vestirse, por trivial que vaya a ser el día, todo es importante: el color, la silueta, los materiales, los accesorios, la moda. Sobre todo la moda, no queremos lucir anticuadas, queremos estar vigentes y para esto hay

41

que adaptarse al mercado. Hay colecciones y temporadas que nos favorecen más que otras, y aunque pensemos que no dependemos mucho de lo que propone el mercado de la moda, lo cierto es que siempre terminamos definiéndonos en una versión de las últimas tendencias o en mi caso, de las penúltimas, porque en el fondo opongo un poco de resistencia y procuro comprar solo lo que pienso que voy a usar.

En mis intentos de adaptarme a las tendencias, algunas veces acierto, otras me dejo llevar por el deseo de ser o parecer otra que no soy yo. Trato de convencerme de que soy capaz de pasar un día entero en tacones o apretada entre un sostén con hormas y varillas, han de ver la cantidad de zapatos de tacón que solo me puse el día que los compré y que me reúso a regalar por el gran esfuerzo que me costó conseguirlos.

Sin embargo, algunas veces entre todo lo que ofrecen, se encuentra alguna prenda que nos va divinamente, que se ajusta perfectamente a nuestra silueta y a nuestros desplazamientos; es la prenda más cómoda y más versátil jamás encontrada y la queremos en todos los colores. Esta prenda, que se va posicionando lentamente en nuestros roperos, transciende su significado y se vuelve casi como un uniforme personal, entonces experimentamos un cierto “oasis” de aceptación y conformidad con lo que deseamos que sea nuestra apariencia: así es que quiero lucir, así me quiero sentir, esa soy yo, así es que me quiero.

Pero de pronto, también descubrimos que día a día, gracias a esta prenda, reproducimos una foto de nosotros mismos, de la imagen que queremos ver y proyectar, de la que pensamos que nos representa y que ilustra más exactamente lo que somos, y que para el mercado ya ha pasado de moda.

Volvemos a la crisis, cuando ya lo teníamos todo resuelto con nuestro armario, volvemos a una nueva etapa de duda e incertidumbre y a la pregunta ¿qué me pongo? Respondemos: ¡no tengo nada que ponerme! Se inicia una búsqueda inútil de cajón en cajón y gancho a gancho vamos descartando los desaciertos de todas las temporadas anteriores: ¿zapatos o botas? bota-campana? Ya no, ¿minifalda? ¡Estoy muy vieja! hombreras? ¡Ni hablar! Queremos estar cómodas sin invertir más y sin repetirnos diariamente con nuestra prenda de la temporada, esa prenda que escasamente descubrimos un par de veces en la vida.

Después de la decepción, viene la calma. Somos la suma del entorno en el que nos movemos y en cuanto a moda se refiere, hay que conservar la calma y no apresurarnos a alcanzar los tan variantes estándares que esta impone, para finalmente convertir nuestro cuerpo, en palabras de Vanessa Reinoso1, “en un repertorio de simulacros bajo esa segunda piel que impone cada nueva tendencia”. Somos esclavas de lo que nos ponemos y dueñas de lo que NO compramos.

Después de ensayar todos los colores, diferentes siluetas y estilos, pintar, manchar, romper y modificar toda camiseta que se me atravesara. Después de confirmar que definitivamente me niego a torturarme tantas horas atrapada en unas panty-medias, y de que me mantuve al margen de cualquier actividad que implicara este requisito, ¡años!, he podido ver, al asomarme en el espejo, el reflejo de alguien que puede ser yo. Mi lucha ha sido la comodidad, me reúso a esclavizar mi cuerpo a cualquier prenda.

Pasan los años y vamos construyendo un estilo propio, con las prendas que se vuelven los clásicos de nuestro ropero y que son únicas por la manera como las llevamos y por como las hemos habitado, esta resistencia a adaptarme y readaptarme a lo que ofrece el mercado, es la que ha impuesto mi propia tendencia, y estos clásicos personales son los que me han definido en lo profundo, son el contacto de mi yo con el mundo pasando por mi cuerpo. Puede que mi estilo no sea especialmente original en lo que a moda se refiere, pero es el mío y por eso es único, nadie luce como yo, inclusive en uniforme todos lucimos diferentes. Ahora, si me ha tomado tanto tiempo lucir como me ven, ¿por qué voy a cambiar mi apariencia cada semestre?

42

Cambiar el estilo es como cambiar la identidad, implica otras posturas, otras acciones, otro andar, otros gestos. Tal vez para otros contextos, podríamos disponer de este recurso para pertenecer, para instalarnos, para ser otras.

Construimos nuestro cuerpo desde el vestido y viceversa, el vestido condiciona nuestros movimientos, facilita o impide el buen desempeño de la actividad que realicemos en el espacio en que nos encontremos. El vestido es también la primera información que doy de mí misma al salir a la escena cotidiana y a la no tan cotidiana, por eso, aunque ya tengo un estilo y algunos clásicos instalados en mi armario, todavía me toma tiempo decidir qué ponerme cada día, porque vivo en Bogotá y en esta ciudad la apariencia habla todo de mí, aquí se asumen algunas prendas sobre todo de marca, y accesorios, como fetiches de metas a conseguir, por lo que aquí, parafraseando a Lipovetski, la moda como concepto, se queda corta al fenómeno que suscita.

Ahora cada vez que me asalta la duda de qué ponerme, trato de optar por mi comodidad por el goce de mi ropa, del contacto con las fibras, de la vibración de los colores y de la sensación que me producen. Trazo mentalmente mi día para asegurarme de poder hacer todo lo que quiero sin tener que aguantar frio, o sentir que mi ropa no transpira; sin que nada me talle, me pese o me apriete. Lo pienso detenidamente unos minutos por la mañana y durante el día no me acuerdo más del tema. Después de todo mi atuendo es mi estuche, un empaque que me protege y me exhibe ante mi entorno, pero también por esto es que a veces no tengo nada que ponerme.

43