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4. Chapter Four: 1971 – 1980: From representation to participation

4.2 The continued migration

so de “evaporación” de su influencia y protagonismo en la vida política y social de Honduras. Su rol arbitral, su sensación absurda de “estar por en- cima de los grupos políticos en pugna” y, por lo mismo, de desempeñar un rol mediador y conciliador entre los actores políticos del sistema, entró en crisis y se impuso la tendencia a fortalecer la subordinación constitucional de los militares ante las autoridades civiles legítimamente constituidas. Esta situación, que había costado tantos y difíciles años consolidar, empezó a derrumbarse y cuartearse en los dos meses anteriores al golpe de Estado. Los actores principales de la conspiración golpista -políticos tradicionales, empresarios conservadores y mercantilistas (dueños, además, de los princi- pales medios de comunicación del país), militares “congelados” en los pre- juicios de la guerra fría y algunos fundamentalistas religiosos, católicos y evangélicos- acudieron a tocar las puertas de los cuarteles buscando auxilio para impedir la llegada del “comunismo” y detener la nociva influencia de las hordas “chavistas” amparadas en el ALBA y financiadas por los petrodólares del presidente venezolano Hugo Chávez.

Sin descartar la dañina influencia de las peroratas de Chávez a favor de Zelaya y sin subestimar el alcance de sus planes expansionistas en la re- gión centroamericana, lo cierto es que su influencia en Honduras es infini- tamente menor a la que tiene en otros países del Caribe y no merece la supremacía e importancia que sus críticos le atribuyen.

En estas condiciones, con la crispación en su punto más alto, con la emer- gencia en el escenario de antiguos jefes militares educados en la confronta- ción de la guerra fría, y con una clase empresarial asustada y desesperada (muchos empresarios, especialmente en la zona norte, empezaron a huir hacia Miami, en Estados Unidos), estaban creadas las oportunidades más propicias para el golpe de Estado.

El golpe

uando los militares hondureños secuestraron al presidente Zelaya y lo expulsaron del país, no estaban ni podían estar conscientes de la trascendental importancia negativa que ese acto tendría en el conti- nente americano y en el mundo entero. Su frágil preparación profesional y su escasa formación en los valores de la cultura política democrática, no les permitían entender la magnitud de sus acciones ni, por supuesto, la conse- cuencia de sus actos.

Habían perpetrado el primer golpe de Estado relativamente exitoso en el siglo XXI, es decir en el siglo de la globalización, el replanteamiento del

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Diario de la conflictividad en Honduras 2009 - 2015

esquema económico financiero del mundo, de la era del conocimiento y la tecnología computacional, la era del Internet.

Muy pronto empezarían a darse cuenta de su monumental error. En primer lugar, no esperaban la reacción de protestas masivas, espontáneas u orga- nizadas, de parte de los seguidores del presidente depuesto, vale decir, seguidores del proyecto un tanto populista y de inclusión y de participación ciudadana que el presidente Zelaya venía impulsando desde mediados del año anterior (2008). En segundo lugar, no fueron capaces de intuir siquiera la reacción de la comunidad internacional, manifestada a través de sus dife- rentes organismos multilaterales (ONU, OEA, etc.), que de inmediato con- denaron y aislaron a Honduras. En tercer lugar, menospreciaron el impacto económico de tal aislamiento y, por lo tanto, no fueron capaces de valorar las consecuencias negativas sobre sus propias utilidades y beneficios. Fi- nalmente, aunque no por eso menos importante, los golpistas subestimaron la trascendencia del precedente nocivo y peligroso que estaban sentando de cara al resto de los gobernantes latinoamericanos que tienen una larga y amarga experiencia en sus relaciones con las instituciones castrenses de sus propios países.

Todas estas consecuencias, en su conjunto, se aglutinan hoy para dar fun- damento al inmenso aislamiento internacional en que se encuentra Hondu- ras, su gravísima situación económica (un poco más del 30% de su presu- puesto nacional depende de la cooperación internacional, la inversión ex- tranjera ha caído en forma estrepitosa, las fronteras han sido parcialmente cerradas, etc.), su precaria situación, sus altísimos niveles de ingobernabili- dad y, lo que es peor, su creciente clima de conflictividad y confrontación política y social.

La dimensión y magnitud de las protestas callejeras a favor o en contra del retorno del presidente Zelaya son sólo una muestra, la más evidente por cierto, del alto grado de polarización y confrontación política y social que hoy caracteriza a la sociedad hondureña. Ya no se enfrentan en la calle los libe- rales con los nacionalistas, los campesinos con los terratenientes, los obre- ros con los patronos, los estudiantes o los maestros con el Estado. Hoy son los pobres contra los ricos, los desposeídos contra los poderosos, los que no tenían voz ni manera de expresarse públicamente contra los dueños de los grandes medios de comunicación social.

Zelaya ha tenido el cuestionado honor de devolver a los pobres su condición de sujeto social, de sujeto político e histórico, que han abandonado su situa- ción pétrea de objeto político, siempre dispuesto a ser conquistado por el discurso demagógico de los líderes tradicionales. Hoy, por primera vez en la historia contemporánea de Honduras, los pobres sienten que son parte de la vida política cotidiana y que están ahí, plantados para siempre en el escena-

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