Notes to Basic Financial Statements (continued)
NOTE 3 CONTRIBUTIONS AND FUNDED STATUS
de una intervención extraparlamentaria era tan atractiva para la izquierda radical —que percibía en ella una manera de lograr la combinación de un Estado fuerte
y una democracia directa— como para la derecha —para la cual era el camino hacia un nacionalismo conservador y militarista—. En cuarto lugar, lo único que mantenía unidas a todas estas fuerzas heterogéneas, era la devoción común a Boulanger y su innegable carisma. La prueba de ello es que cuando él desapareció de la escena política, la coalición de sus seguidores pronto se desintegró. Ese fue el anticlímax que condujo a la consolidación de la Tercera República.Ahora, si consideramos estos cuatro rasgos político-ideológicos, inmediatamente vemos que ellos reproducen, casi punto por punto, las dimensiones definitorias del populismo establecidas en la parte teórica de este libro. En primer lugar, hay un conjunto de fuerzas y demandas heterogéneas que no pueden ser integradas orgánicamente dentro del sistema diferencial/institucional existente. En segundo lugar, como los vínculos entre estas demandas no son diferenciales, solo pueden ser equivalenciales; hay un
aire de familia entre ellas, porque todas tienen el mismo enemigo: el sistema
parlamentario corrupto existente. En tercer lugar, esta cadena de equivalenciasalcanza su punto de cristalización solo en torno a la figura de Boulanger, que funciona como un significante vacío. En cuarto lugar, con el fin de desempeñar este rol, «Boulanger» debe ser reducido a su nombre (y a otros pocos significantes concomitantes, igualmente imprecisos). Esto muestra en acción otra de nuestras tesis: la lacaniana, según la cual el nombre es la base de la unidad del objeto. En quinto lugar, con el fin de que el nombre desempeñe este rol debe estar fuertemente investido —es decir, debe ser un objeto
a (debe
constituir un sujeto hegemónico)—. Por lo tanto, el rol del afecto es esencial.Volvamos a nuestro análisis previo: no hay duda de que el experimento boulangista fue populista; sin embargo, la alternativa que Surel describe en
relación con Berlusconi no estaba abierta a Boulanger, es decir, estar entre el orden institucional y el lenguaje populista y utilizar a este último como herramienta política. Él fue empujado cada vez más fuera de la alternativa institucional, por lo que su única posibilidad de seguir adelante fue convertirse en el constructor de un nuevo orden; no podía simplemente
jugar
a ser un subversivo. Esto significaba, en su caso, tomar el Elysée. Sin embargo, no se atrevió a dar este paso, y su indecisión lo condujo a su caída. Solo podemos especular sobre cuál podría haber sido el orden institucional resultante de un golpe exitoso de Boulanger, pero algo es seguro: el orden que hubiera implementado no podría haber satisfecho atodas las fuerzas heterogéneas que
componían su coalición. Los significantes vacíos no podrían haber permanecido completamente como tales, hubieran tenido que ser asociados a contenidos más precisos a fin de construir un nuevo orden diferencial/institucional. Pero aunqueesta transición no interrumpe el juego hegemónico —un régimen que se vuelve impopular más allá de cierto punto tiene sus días contados—, es infinitamente más fácil tomar decisiones cuando uno está en el poder que cuando uno está meramente tratando de alcanzarlo.
En el caso de Boulanger, sin embargo, el punto de condensación de la cadena equivalencial —el significante vacío— era demasiado débil. Toda la experiencia boulangista fue muy breve y coyuntural, y no hubo suficiente tiempo para que el significante «Boulanger» significara mucho más que los antojos personales del general. Pasemos, entonces, a un caso en el cual el intento de
crear el punto de anclaje de una cadena equivalencial estuvo relacionado con una experiencia política más profunda y extensa. Volvamos al sistema de alternativas políticas abiertas al Partido Comunista Italiano (PCI) al final de la Segunda
Guerra Mundial. La alternativa era la siguiente: o bien el PCI, como el partido de la clase obrera, debía limitarse a ser el representante de los intereses de esta última —en cuyo caso sería un partido esencialmente obrero, un mero enclave en el norte industrial—, o bien se convertía en el punto de encuentro de una masa en gran medida heterogénea, de manera que la «clase obrera» operaría como el centro metafórico de una variedad de luchas que constantemente excedería una pertenencia de clase estrictamente obrera. Una alternativa similar surgió en Sudáfrica en los años que precedieron al fin del Apartheid, cuando la escena política estaba dominada por una disputa cuyos dos polos eran denominados, curiosamente, «obrerista» y «populista». El debate italiano
estaba claramente basado en una cuestión más amplia: cómo constituir una nación italiana. Esa era la tarea en la cual todos los sectores sociales del país habían fracasado desde la Edad Media, incluidos el
Risorgimento y el fascismo,
y era la tarea que el partido de la clase obrera —el Príncipe moderno— estaba destinado, según Gramsci, a lograr.¿Qué implicaba esta tarea? Crear hegemónicamente una unidad —una homogeneidad— a partir de una heterogeneidad irreductible. Cuando Palmiro Togliatti eligió la alternativa populista en los años que siguieron a la guerra, lo expresó en términos inequívocos: el «
partito nuovo» debía llevar a cabo las
«tareas nacionales de la clase obrera», a saber: ser el punto de encuentro de una multitud de luchas y demandas dispersas. Lo que había representado el cuerpo de Boulanger por un momento fugaz en la historia francesa, ahora sería encarnado por un partido que deseaba anclarse orgánicamente en toda la tradición italiana. La tarea del partido era constituir un «pueblo».Podemos ahora tratar la cuestión de la alternativa italiana desde el punto de vista de nuestra distinción entre nombres y conceptos. Afirmar que el PCI, como partido de la clase obrera, debía concentrar su actividad en el norte industrial porque allí era donde se encontraba esa clase, equivaldría a afirmar que existía un contenido conceptual de la categoría «clase obrera» a través del cual reconocemos a algunos actores sociales. En ese caso, el nombrarlos no tiene ninguna función performativa; solo reconoce lo que son. El nombre es el medio transparente a través del cual se muestra a sí mismo totalmente algo aprehensible conceptualmente. En cambio, nombrar una serie de elementos
heterogéneos
en términos de «clase obrera» consiste en algo diferente: esta operación hegemónica constituye performativamente la unidad de esos elementos, cuya fusión en una entidad única no es otra cosa que el resultado de la operación de nominación. El nombre, el significante que tiene —volviendo a la expresión de Copjec— el «valor de pecho de la leche», constituye unasingularidad histórica absoluta, porque no hay correlato conceptual de aquello
a lo que el nombre se refiere.
Esto siempre ocurre, desde luego, hasta cierto punto, porque no existe un concepto tan puro que no sea excedido por significados solo connotativamente asociados a él. Es inevitable que para la gente de dos países diferentes el término «clase obrera» evoque distintos tipos de asociaciones. Sin embargo, el problema central es si estos significados asociados van a ser solo periféricos con
respecto al núcleo que va a permanecer conceptualmente idéntico, y por lo tanto «universal», o si los significados asociados van a contaminar el momento de la determinación conceptual, van a penetrar su sustancia, y al final, paso a paso, el núcleo va a dejar de ser un concepto y se va a convertir en un nombre (un significante vacío según nuestra terminología). Solo cuando ocurre esta última transformación podemos hablar de una singularidad histórica. Y cuando esto sucede, ya no tenemos un agente sectorial, como sería una «clase»: tenemos un «pueblo».Este fue, sin duda, el significado real del proyecto de Togliatti en la década de 1940. Desde su punto de vista, el partido debía intervenir en una pluralidad de frentes democráticos (impulsando una pluralidad de demandas particulares, en nuestros términos) y conducirlos a una cierta unidad (concebida, como sabemos, como unificación equivalencial). De esa manera, cada una de las demandas aisladas se fortalecería a través de los vínculos que establecería con otras demandas y, lo más importante, todas tendrían un nuevo acceso a la esfera pública. Esta última, por la presencia de esta nueva constelación de demandas,
se volvería más democrática y, por la dispersión geográfica de esa constelación, verdaderamente nacional. Esto permitiría ir más allá de la gestión de la política italiana por parte del «pacto entre caballeros» de las camarillas del norte y del sur. Es decir, se trataba de construir al «pueblo» como singularidad histórica.
La Larga Marcha de Mao, aunque políticamente fue muy diferente del proyecto togliattiano, puede entenderse, en lo que respecta a la construcción del
«pueblo», desde la misma perspectiva. Y lo mismo puede decirse del surgimiento del régimen de Tito después de la guerra de partisanos, y también de otras experiencias políticas dentro de la tradición comunista. Sin embargo, lo que es importante tener presente es que todas las tendencias principales de esa tradición operaban en la dirección opuesta. Es decir, conducían a subordinar todas las especificidades nacionales a un centro internacional y a una tarea universal, de la cual los diversos partidos comunistas eran considerados como meros destacamentos. El Komintern fue la peor expresión de esta política esterilizante. Como resultado, no hubo posibilidad de que esos partidos pasaran a ser populistas. Lejos de ser alentados a constituir singularidades históricas a través de la articulación de demandas heterogéneas, fueron concebidos tan solo como sucursales que debían aplicar automáticamente las políticas planificadas desde un centro. Recordemos la decisión del Komintern relativa a la
«bolchevización» de los partidos comunistas en la década de 1920. Todos debían tener, independientemente de sus características nacionales, la misma estructura y las mismas reglas de funcionamiento. En estas condiciones, la constitución de un pueblo era imposible. Si líderes como Togliatti, Mao y Tito, cada uno a su manera, lograron esto último, fue porque distorsionaban constantemente las directivas internacionales, y eran por esto observados con profunda sospecha por el «centro». Si la constitución de un pueblo significaba pasar del concepto al nombre, aquí tenemos el movimiento opuesto, del nombreal concepto: cada partido comunista debía ser lo más idéntico posible al resto, y
todos debían ser subsumibles bajo un mismo rótulo inequívocamente definido. Las pequeñas facciones que, aún en la actualidad, se consideran a sí mismas secciones locales de «internacionales» imaginarias, no son otra cosa que la reducción al absurdo de esta tendencia antipopulista de la tradición comunista.
Si el PCI encontró límites estructurales para convertirse en un movimiento populista desarrollado a causa de su pertenencia al movimiento comunista
internacional, esos límites también fueron reforzados por otras influencias. En primer lugar, estaba la Guerra Fría, que puso límites evidentes a lo que podía
lograrse en Europa Occidental bajo banderas comunistas. La frontera mediante la cual la coalición gobernante conducida por los demócratas cristianos dividió el espectro político estaba basada precisamente en la cuestión del «comunismo». En estas condiciones el «comunismo» italiano no podía moverse más allá de cierto punto para constituirse a sí mismo en el significante vacío que unificara una singularidad histórica; la cuestión ideológica impidió al PCI el acceso a una pluralidad de sectores cuya incorporación era, sin embargo, vital para el éxito
del proyecto togliattiano. Y los límites no eran solo externos: el PCI era, al fin y al cabo, un partido compuesto por militantes comunistas, para quienes una ruptura total con la URSS hubiera sido impensable. (En 1956, el PCI defendió la invasión soviética a Hungría, lo cual le costó gran parte de su apoyo nacional). Por lo tanto, la situación llegó a un punto muerto entre la unificación del electorado cristiano en la democracia cristiana (DC) y la imposibilidad del único verdadero proyecto nacional, el del PCI, de trascender sus límites, tanto internos como externos.
El precio que pagó la nación por este «confesionalismo de Estado» fue alto, y condujo a la Constitución a apoyar solo de palabra a la
democracia li beral y s us prin cipi os so cialdemócratas más avanzado s, y al rechazo del « antifascismo como la ideol og ía con sti tu tiv a» . Au nq ue la Resistencia […] había provisto parcialmente los valores sobre los cuales po día b asarse u na id entid ad d emocrática, los primeros años de la República italiana rechazaron enfáticamente la transformación del «mito fundacional» (aunque solo fuera parcial) en un «vehículo para una id entidad n acional renov ada»[9].
Por lo tanto, el mismo fracaso que experimentaron el Risorgimento y el fascismo en la constitución de una conciencia nacional se reprodujo en el período de posguerra por la combinación de un poder localista y corrupto y el
confesionalismo del lado de la DC, y la imposibilidad del único verdadero proyecto nacional —el del PCI— de avanzar más allá de cierto punto en su
guerra de posición con el sistema existente. Aquí podemos ver la clara diferencia con el movimiento boulangista. Su fugacidad como acontecimiento político permitió a sus significantes unificadores funcionar como casi completamente
vacíos —de hecho, los símbolos de la Resistencia en Italia funcionaron de una manera no muy diferente en los primeros meses que siguieron a la liberación—. Pero la construcción de una hegemonía de largo plazo es un asunto muy diferente: el proceso de vaciar unos pocos significantes centrales para la creación de una singularidad histórica siempre va a estar sometido a la presión estructural de fuerzas que van a intentar revincularlos a sus significados srcinales, de modo que cualquier hegemonía «expansiva» no vaya demasiado lejos. El hecho de limitar el alcance del movimiento del concepto al nombre está en la esencia misma de una práctica contrahegemónica.
El final del ciclo de la confrontación hegemónica de posguerra en Italia es bien conocido. Después de la crisis económica de la década de 1970, que había
golpeado fuertemente los arreglos políticos de largo plazo, la década de 1980 presentó un nuevo escenario en el cual las viejas fuerzas políticas solo podían
sobrevivir si se convertían en actores históricos nuevos. Ninguna fue capaz de hacerlo. La primacía de la clase obrera se vio seriamente desgastada por el avance del sector terciario, cuyos valores y aspiraciones excedieron tanto lo que el PCI podía concebir en términos de su antigua estrategia, como lo que la coalición DC gobernante podía absorber mediante sus propios métodos clientelistas. Por lo tanto, hubo una crisis de representación que condujo a la
desaparición de toda la elite dominante. La coalición gobernante fue aniquilada luego de la operaciónmani pulite, y el PCI, que había sido poco afectado por la cruzada anticorrupción, fue incapaz de tomar ventaja de la nueva situación — todavía estaba dominado en gran medida por los fantasmas del pasado—. En esa situación se produjo el estallido de una serie de fuerzas salvajes nuevas.
El «pueblo» que el PCI había intentado construir era decididamente «nacional». Fue concebido como idéntico con la construcción de un Estado nacional digno de ese nombre. El colapso del proyecto comunista no condujo a una simple recaída en el tradicional clientelismo localista de la DC porque un conjunto de nuevas razones —la transición general a una sociedad más secular en la cual el poder de la Iglesia Católica declinaba; el desarrollo de los medios, especialmente la TV, que creó un público nacional más amplio; y, finalmente, la cruzada anticorrupción que afectó a los principales actores políticos— [10] virtualmente erradicó a la totalidad de la elite de la DC. En estas circunstancias hubo varios intentos de construir al «pueblo» en torno a la región, en el límite de aquello que las cadenas equivalenciales podían articular. En los ochenta surgieron diversas «ligas»: el Partido de Acción Sardo, la Unión Valdostana, el Partido del Pueblo de Tirol del Sur, y especialmente la
Liga Venetta, de Franco
Rocchetta, que inicialmente logró un éxito electoral considerable.Pero los fenómenos más característicos de la década de 1990 fueron los diversos intentos de Umberto Bossi de extender la convocatoria de la liga del nivel local al regional primero, y luego al nacional[11]. La Liga Lombarda surgió en 1982 como un caso más de política étnica. Una
etnia lombarda
imaginaria fue inventada y enfrentada a las fuerzas centralizadoras de Piamonte, primero, y de Roma, después. Sin embargo, muy pronto Bossi tomó concienciade que el hecho de confinarse al mero localismo no le permitiría convertirse en un actor central de la política nacional, por lo que pasó a proclamar lo que denominó un
etnofederalismo: el intento de extender la cadena equivalencial a
todo el norte de Italia, abarcando en un único movimiento a todas las organizaciones locales del valle del Po. Esto culminó con la fundación de la Liga del Norte en 1989, que absorbió a la mayoría de los movimientos autonomistas del norte de Italia bajo el liderazgo de Bossi y la hegemonía de la Liga Lombarda. El punto culminante de esa etapa fue la proclamación de una nueva «nación»,Padania. Sin embargo, muy pronto los límites de esta
estrategia fueron evidentes. Por un lado, el agresivo discurso anti Mezzogiorno ycontra el Estado central limitó la transmisión ideológica de la Liga tanto en el sur como en el centro de Italia, así como entre los sureños que habitaban en el norte. Por otro lado, la Liga del Norte tampoco pudo contar con un apoyo firme en su base del norte: Forza Italia, de Berlusconi, y la
Alleanza Nazionale, de
Fini[12], se volvieron competidoras en el mismo terreno. Por lo tanto, cuando Bossi se unió a la coalición gobernante durante el primer gobierno de Berlusconi en 1994, la Liga del Norte había alcanzado sus límites en lo que se refiere al agresivo antiinstitucionalismo populista. Ya no exigía la desaparición del Estado nacional y comenzó a ver la aventura padaniana como un pecado deuventud. Atrapada entre la participación institucional y la retórica antiinstitucional, los efectos de esta ambivalencia solo podían debilitarla como fuerza política.
Todo esto resulta aún más claro si nos movemos hacia los discursos mismos mediante los cuales la Lega intentó construir una identidad popular. Como sabemos, toda frontera política adquiere su sentido a partir del modo como identifica lo que está más allá de la frontera. Y aquí, la Liga del Norte, lejos de tener los compromisos políticos de largo plazo que podemos encontrar en el proyecto togliattiano, mostró una extrema labilidad, relacionada con sus tácticas políticas inmediatas.
Esta identidad colectiva no es ni ideológica ni de clase, sino
puramente territorial. P ero a menudo eran más importantes los componentes negativos: el enemigo, portador de la «identidad negativa», un concepto negativo que con frecuencia es antropomorfizado. Al comienzo, este enemigo era simplemente deno minado « el Est ado centra lis ta» , pero gradualm ente se vol vió más específico, manifestán do se p or momento s como: el s is tema pol ít ico de partidos ( partitocrazia), el Est ado d e bienestar y el su r parasitario, la
inmigrac ió n, el crimen y l as drogas; to do ind ivi du o o grupo qu e fuera