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Chapter 5 Discussion

5.3. Implementation of the Assays

5.3.1. Controls

1. Los carismas y su influjo en la santidad

Fundamentalmente, todo bautizado es «carismático» en el sentido de que en el sacramento bautismal recibe el Don de Dios, por excelencia: el Espíritu Santo, dador de todo carisma.

Esta realidad hace que, de algún modo, poseamos ya en germen los carismas que el mismo Espíritu, según Su plan de salvación, actuará en nosotros, si nos abrimos a ellos y los acogemos con humildad y agradecimiento.

Por la posesión del Espíritu, autor de los carismas, somos hechos "ontológicamente» santos, al ser transformados interiormente por la habitación de la Trinidad en nosotros y participar de la Santidad de Dios.

Los carismas son nada más que gracias actuales, orientadas a preparar, a vivir y crecer en la gracia santificante.

Debemos mantenernos en ese justo equilibrio que ve y juzga de las cosas conforme a la mente y al sentir de la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo.

Ciertamente, lo básico y principal es el Espíritu, Don de Dios, que nos comunica el amor del que El mismo es expresión personal: manifestación del amor recíproco del Padre y del Hijo, como Tercera Persona tan eterna, divina, poderosa... como las otras Dos.

Pero es un error detenemos ahí y no apreciar debidamente los dones: es un concepto defectuoso del actuar de Dios en la Iglesia. Sin quitarle para nada su primacía al Espíritu y a la caridad, autor y manifestación fundamental de la santidad, no podemos olvidar que el Espíritu manifiesta su presencia en el corazón del hombre y en el seno de la Iglesia también por medio de gracias carismáticas (Hech 2, 33), (LG. 7-8).

Esas manifestaciones, deben ser visibles: en el cambio de vida, en el testimonio de jesús con fortaleza, en el amor por los mismos a quienes Jesús dio preferencia... Así, ios carismas ayudan a la santidad de los demás y a la propia. Así, sin hacer opción entre carismas, amor y Espíritu Santo, sino dando primacía a lo que se debe, se acogen todos: el Espíritu para que fructifique en el amor (Gal 5, 22); el amor como el fin y el clima en que se desarrollan los carismas (1 Cor 13ss.); los carismas para que la edificación de la Iglesia en el amor se acelere, solidifique y se irradie en la misma santificación personal.

Los carismas no son necesariamente signos de santidad.

La santidad moral se manifiesta en la práctica aun heroica de las virtudes fundamentales; en el cumplimiento del amor a Dios y a los demás, como resumen de la ley (Mc 12, 29-31).

Pero el hombre, al recibir y ser fiel al carisma en su uso, recibe un llamamiento a entrar en una relación personal íntima con el Señor; a vivir pendiente de El; a vivir el amor, la fe, la humildad... en una nueva dimensión.1

Por eso, la realización de cada carisma debe aprovechar al que lo ejercita por la fidelidad para usarlo en bien de los demás; porque todo auténtico ejercicio de los carismas se convierte, a la larga, en una muerte a sí mismo.2

2. Entre la gracia santificante y los carismas no hay heterogeneidad, sino continuidad y armonía

Hay diferencia entre la vida teologal, cuyo primado lo tiene la caridad y no los carismas.

La gracia santificante establece al hombre en una nueva categoría de una manera estable para que se desarrolle en su persona la vida divina en todas sus virtualidades.

1. Cf. Th. E. Dobson, Underestanding the Catholic Charismatic Renewal, Easter Publications, Lakewood, Colorado, 1985, 29.

2. Escuela de Servidores, Minuto de Dios, Bogotá, 1980, 47-51.

Sin embargo, no son heterogéneas gracia y carismas: es el mismo Espíritu el que obra aquí y allí.

En el ejercicio de los carismas la vida de caridad es fundamental, "porque los carismas son como su resplandor exterior, su manifestación sensible. Los santos eran grandes carismáticos dado su abandono a Dios y a su vida de caridad intensa».3

Entre ambos hay continuidad y armonía profunda.

Es normal que haya una relación entre el don de consejo y el carisma de discernimiento; entre los dones de sabiduría o de entendimiento y las «palabras de sabiduría» o de «ciencia» (Cfr. 1 Cor 1, 5).

«Hay un parentesco próximo entre los dones en cuanto son disposiciones sobrenaturales de docilidad a las mociones del Espíritu Santo, y la docilidad a la escucha interior que supone el ejercicio de los carismas».4

«Por ello, es lógico que la entrada en el ejercicio regular de los carismas suponga en la vida del creyente un umbral espiritual que hay que atravesar, un aumento de gracia que pertenece al orden de una nueva misión invisible del Espíritu Santo».5

No hay oposición entre amor y carismas. Al contrario: se reclaman mutuamente. El amor necesita de los carismas para realizarse efectivamente con poder en favor de los demás; ai que se orienta, esencialmente, para manifestar el amor a Dios a través del amor real, efectivo a los otros, especialmente a los más necesitados. (Mt 25, 31-46; 1Jn 2, 8-11; 3, 10-18; 4, 7-21).

Los carismas, a su vez, requieren el amor para que tengan valor (1 Cor 13, 1-3) ante Dios; para que sirvan a la construcción de la Iglesia en la unidad y a su crecimiento en Cristo. «El amor sin carismas, no puede ejercitarse; los carismas sin amor, de nada sirven» (1 Cor 13,1-13).6

3. A. M. de Monleon, La experiencia de los carismas, Edit. Roma, Barcelona, 1979, 24-25.

4. A. M. de Monleon, o.c., 25.

5. A. M. de Monleon, o.c., 25.

6. S. Carrillo Alday, El amor al prójimo, Minuto de Dios, Bogotá, 1985, 27.

Respecto de si la caridad es o no un carisma, nos atenemos a la opinión, tan autorizada de F. A. Sullivan: para él no es un carisma por la razón de no serlo para San Pablo. El apóstol no la presenta en ninguna de las listas, ni aun como cima de los carismas. Pertenece a otra categoría. Cada uno de los que poseen alguno, deben tener la caridad; sin este don fundamental de gracia, ningún carisma tiene valor (1 Cor c. 13). Pablo habla refiriéndose a ella de un camino mucho más excelente (1 Cor 12, 31).

Por otra parte, la caridad es el motivo por el que se buscan y usan los carismas. Esto, afirma el autor citado, se desprende del hecho de que los mejores carismas son los más útiles para construir y edificar la comunidad.7

El hecho de que si no tengo caridad aunque tenga los carismas más extraordinarios, «no soy nada» (1 Cor 13,2), «nada gano» (v. 3), no significa que tales carismas dejen de ser excelentes y de que no se beneficien de ellos en su ejercicio. Pablo acepta como una posibilidad el que haya personas con grandes dones carismáticos y, sin embargo, estén desprovistas de la virtud del amor. Este era el caso de los corintios a quienes escribe la primera carta y a los que les descubre con franqueza y vigor su realidad, sobre todo en el capítulo 11, a propósito de la «Cena del Señor».

3. El desempeño de la misión en el Cuerpo de Cristo

"(Pablo) considera los carismas de tal manera (o sólo dirige su atención a tales carismas) que, a la vez, santifiquen al agraciado y redunden en ventaja de todo el Cuerpo. Esta es una manera de pensar muy evangélica. En efecto, ¿de qué otra manera podría uno unificarse en verdad, sino en el servicio desinteresado a los demás en el mismo Cuerpo de Cristo y con la virtud del Espíritu Santo? ¿Y cómo no habría uno de santificarse tomando a su cargo y desempeñando fielmente su real y verdadera función en el cuerpo de Cristo? Y si realizan ambas cosas, si ambas suceden en virtud del Espíritu de Dios, verdaderamente con plenitud del Espíritu, aunque quizá sin llamar la atención, entonces es esto, según San Pablo, un carisma del Espíritu de la Iglesia. Y tal cosa pertenece tan esencialmente como los ministerios al Cuerpo y a la vida de la Iglesia".8

Estas reflexiones, a su vez, nos inducen a consideraciones de importancia para la vida espiritual. El buen uso de los carismas lleva, en sí, una fuerza sobrenatural transformadora. Podemos concluir que ellos son apetecibles, deseables, por una doble poderosa razón: por ser constructores del Cuerpo de Cristo en la caridad, y por la irradiación de santidad que operan en el alma del que se puesta a ser instrumento dócil del Espíritu. Es, precisamente, su fuerza actuante en la persona quien obra ambas cosas, con naturalidad.

Por lo tanto, y siguiendo la línea del Concilio Vaticano II, han de ser pedidos con humildad. Es la santificación y expansión del Cuerpo de Cristo lo que está en primer lugar en la motivación, puesto que son dones especiales. Pero siendo también vehículos de la gracia para el que los usa, no se excluye, al contrario, está muy presente la motivación de contar con otra fuente preciosa de santificación personal.

4. Diversificación y unión íntima entre carismas y frutos del Espíritu

El árbol, en expresión del Señor, se reconoce por sus frutos. Podemos añadir con toda verdad: no por sus carismas. Sin embargo, ambos son indispensables en la Iglesia. Sin ellos no es concebible.

Los frutos del Espíritu están unidos directamente con la santificación, son su manifestación, al mismo tiempo que la profundizan. No así los carismas, aunque, si se usan rectamente, deben servir para crecer en la santidad, pero no necesariamente. El hecho de que los carismas se ejerzan bajo el influjo del Espíritu, debería tener su repercusión en la santificación de la persona agraciada con ellos.

Sin embargo, frutos y carismas se hallan estrechamente unidos: constituyen un aspecto del equilibrio y de la plenitud de Dios que quiere comunicar y manifestar en su Iglesia. La unión entre ambos es, y debe considerarse, esencial.

8. K. Rahner, Lo dinámico en la Iglesia, Edit. Herder, 1962,60-61.

Tienen el mismo origen: la vida de Cristo manifestada en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo.

Ambos hunden sus raíces en la misma acción del Espíritu y se alimentan de la misma savia: la fuerza del Espíritu de Cristo.

Ambos son complementarios, no se oponen. Los frutos son floraciones de gracia de la acción del Espíritu. Los carismas son la "habilitación" para el servicio, para la construcción de la Iglesia instituida por Jesucristo, edificación que, fundamentalmente, está en el florecimiento de la caridad.

Dicho de otro modo, los frutos son ya la manifestación, la irradiación de la caridad. Los carismas se ordenan a ella, a colaborar en su desarrollo y crecimiento, obra, en definitiva del Espíritu.

Descuidar cualquiera de ellos es empobrecer la vida de la Iglesia.

Ambos están destinados a proclamar la gloria de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Los dos, como todo lo que está sujeto a crecimiento, necesitan tiempo, cultivo, cuidado para que tengan una maduración normal, un crecimiento progresivo.

La Iglesia es una comunión de santos, unidos a su Cabeza, Cristo Jesús. Pero esa comunión de Santos con su estructura institucional, querida por Cristo, y su vida sacramental, tiene como elemento, también esencial, los carismas.

Con este don, quizá especialmente, se hace experimentable la cruz: la misma visión del enfermo físico o de la persona que sufre atrozmente en su interior; el problema del tiempo, etc., suele entablarse una lucha entre la "cabeza y el corazón"; ¿tengo la fe suficiente para orar? ¿no estaré jugando con las cosas de Dios? el sufrimiento que proviene de aquellos que no creen que hoy puedan darse curaciones; otros tipos de tentaciones, que, sobre todo a los comienzos, suelen asaltar al que ejerce este servicio ministerial.9

9. K. Ecker, en: Los dones del Espíritu hoy, (varios), Secretariado Trinitario, Salamanca, 1987, 135.

5. Síntesis

Pensamos que lo expuesto en las páginas precedentes y en otras obras que tocan el tema, puede sintetizarse en este apartado. No se requiere la bondad de costumbres, la santidad de vida para que el Espíritu Santo otorgue sus carismas totalmente gratuitos. Pero no podemos olvidar que la Iglesia es sacramento universal de salvación; que los carismas forman parte de la "gracia total" de Cristo y su Iglesia. Por lo tanto, los pecadores, como pertenecientes a ella, pueden sacar provecho de la gracia que hay en la misma.

El pasaje de Mateo (7,22) prueba que los carismas (los allí enumerados y otros), se encuentran también en los pecadores. Lo que permitió a tales hombres gozar de esos carismas fue la irradiación del poder de Cristo sobre ellos. Actuaron en el nombre de Cristo, en su virtud y poder, aunque no bastara para salvarlos.

La gracia (santificante) obra del Espíritu, circula por todo el cuerpo místico. Sus efectos, su irradiación toca también a sus miembros. Por lo tanto, los carismas que son como el desbordamiento de ella, son capaces de contribuir a la santificación de quienes han sido agraciados con ellos.10,11'12

10. D. Grasso, Los Carismas en la Iglesia, 43-44.

11. Nos permitirnos la siguiente cita en la que se aborda el tema que tratamos, por aportar un nuevo testimonio y nuevas razones de la unión que existe entre el buen uso de los carismas y la santificación de los beneficiados:

"Hay un juego que al maligno le gusta mucho. Las personas que no tienen carismas proclaman que no son dignos de recibirlos. Y una vez que los han recibido, el maligno les sopla al oído que son indignos y pecadores".

"Cuando alguien cae en la cuenta de que Cristo ha venido para él y pide al Señor sus gracias, entonces recibe alguna cosa. El maligno ahora le sugiere que es santo puesto que tiene carismas y que puede hacer lo que quiera". "Notemos entonces la reacción de la comunidad frente a la persona que ha recibido un carisma. Ella es tratada corno una santa. Repito que la santidad es una iniciativa de Dios. Lo que debemos buscar es ser purificados, por un canal que no lleve agua encenagada, sino un agua lo más pura posible, para el bien de nuestros hermanos".

"Esta purificación conduce a la santidad, y la santidad es un don de Dios. Pensamos en el Cura de Ars, desconocía el grado de santidad a que había llegado y atribuía los milagros que hacía a la intercesión de Santa Filomena!

La caridad (entre las virtudes teologales) está por encima de todos los carismas; es la única realidad que no experimentará menoscabo (1 Jn 4, 16). La perfección de la vida cristiana está y se resume en la caridad. Sin embargo, esta suprema virtud no es posible sin la fe y sin la esperanza. Con ellas, forma un conjunto orgánico trabado v complementario. Tocada una de ellas, las otras quedan también afectadas. La vida espiritual, supone, por lo tanto, un crecimiento simultáneo en las tres virtudes teologales.

Las virtudes teologales pertenecen al orden de la gracia santificante y son dadas para la santificación de la persona. Los carismas pertenecen al orden de las gracias actuales y se dan para otros, para edificar la Iglesia en caridad, para ayudar a la santificación y a perseverar en ella.

"A propósito de la mística, se debe distinguir entre los dones del Espíritu Santo y los carismas concedidos en modo totalmente libre por Dios. Los primeros son algo que todo cristiano puede reavivar en sí mismo a través de una vida solícita de fe, esperanza y caridad y, de esta manera, llegar a una cierta experiencia de Dios y de los contenidos de la fe, por medio de una seria ascesis". "En cuanto a los carismas, San Pablo dice que existen sobre todo en favor de la Iglesia, de los otros miembros del Cuerpo místico de Cristo (cf. 1 Cor 12, 7). Al respecto hay que recordar, por una parte, que los carismas no se

pueden identificar con los dones extraordinarios: místicos (cf. Rom 12,3-21). Por la otra, que la distinción entre 'dones del

Espíritu Santo' y 'carisma' no es tan estricta. Un carisma fecundo para la Iglesia no puede ejercitarse, en el ámbito neotestamentano, sin un determinado grado de perfección personal: además todo cristiano 'vivo' posee una tarea peculiar -y

en este sentido un 'carisma'- 'para edificación del Cuerpo de Cristo' (cf. Ef 4, 15-16) en comunión con la Jerarquía, a la cual 'compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno' (LG, 12)."

Al lado de este tema, se puede aludir a otro que le es muy a fín:

12. ¿Es la Renovación Carismática una nueva espiritualidad?

Nada mejor para contestarla que citar a un autor que tan profundamente conoce la Renovación como H. Muhlen: "Tampoco se trata de una nueva y especial espiritualidad al lado de otras tradiciones.

"La renovación como se manifiesta en su segunda fase, es tan arapiia en su prolongación, que renueva e intensifica también las formas tradicionales de la espiritualidad cristiana. Puede realizarse con frecuencia allí donde están reunidos dos o tres en el nombre de Jesús, con independencia del grupo cristiano al que pertenezcan. La oración personal de testimonio se realiza tanto en común como individualmente, y no es menos posible en el consejo parroquial o en las reuniones comentes que en la familia, y tampoco es menos posible en la junta de párrocos que en los grupos de jóvenes y asociaciones.

Sin embargo, ambas realidades sirven, de modos diversos y en distintos niveles, para la santificación y la edificación. La frase de D. Grasso, tiene aquí su pleno sentido: «decimos directamente, (las virtudes teologales para santificar a la persona y los carismas directamente para la edificación de la Iglesia), porque todo lo que hay en el cristianismo sirve para su santificación y, al mismo tiempo, para la edificación de la Iglesia». Son, pues, al menos de algún modo, inseparables. Por eso, la conclusión es que quien se santifica a sí mismo, santifica al cuerpo de la Iglesia; y quien santifica a la Iglesia se santifica a sí mismo, aunque persista la distinción en la misión y finalidad de carismas y virtudes teologales.

Ordinariamente, Dios comienza su obra preparando a sus cooperadores para asignarles después una tarea en su Iglesia. El caso de San Pablo es, en este aspecto, ejemplar. Pero siempre será verdad que los carismas pueden estar y actuar en el hombre más pecador (Jn 11, 51). Esto está impreso en la misma naturaleza del carisma: dado para el bien común (1 Cor 12, 7), no directamente para la santificación, como las virtudes teologales; aunque contribuyan a ella.

La Renovación Carismática es un avivamiento en orden a la comunicación espiritual, sin ser ninguna nueva espiritualidad en sí misma. La renovación del compromiso bautismal es algo que dura toda la vida, incluso expresamente ante los demás. A cada cristiano se le han dado determinados dones del Espíritu para servicio de la Iglesia y el mundo. El párroco no debe preocuparse de que pueda surgir una nueva asociación o una nueva organización al lado de tantas obras. La Renovación Carismática es una nueva forma histórica de la experiencia fundamental cristiana, de la cual brotan, en primer lugar, algunas manifestaciones especiales".

Apéndice