4 Evaluation of COD Fractionation and Biokinetic Parameters of Microsieved
4.2 Materials and Methods
4.3.1 Conventional Characterization
La construcción teórica de Bourdieu incluye tres conceptos relacionales, que por lo tanto, se definen en forma complementaria, esto implica que la comprensión de cada uno de ellos supone la comprensión de los otros dos. Los elementos centrales de dicha construcción teórica son el campo, el habitus y el capital. El primero incluye al segundo, es decir el habitus es un componente del campo en el cual el capital es el objetivo que buscan los diferentes agentes o actores del campo.
El campo se entiende como el espacio social en el que los agentes toman sus decisiones con la mayor cantidad de información posible, se caracteriza por ser la relación de fuerzas sociales en torno a cierto hecho social valorado. En primera instancia Bourdieu concibe el espacio como un “conjunto de posiciones distintas y coexistentes, exteriores las unas de las otras, definidas las unas en relación con las otras, por relaciones de proximidad, de vecindad o de alejamiento y también por relaciones de orden como debajo, encima y entre” (Bourdieu, 2000ª: 30).
Con base en esta idea, desarrolla el concepto más amplio de espacio social entendido como “el lugar de la competencia sin fin ni límites, competencia por y en
Campo del Poder Campo Jurídico
Campo Económico
la cual se determinan las diferencias que son tanto el motor como el reto de la existencia social” (Wacquant, 1996: 88). Dicho espacio es una construcción, es la estructura en la cual se conforma la distribución de las diferentes formas de capital (Bourdieu, 2000ª: 38-39). Espacio del cual los agentes y los grupos de agentes se definen por las posiciones relativas que ocupan en él. Cada actor está ubicado en una posición -clase- específica y no puede ocupar dos de estos espacios simultáneamente.
Puesto que las propiedades que caracterizan la construcción del espacio social son dinámicas también se le puede describir como un complejo de relaciones entre fuerzas concretas, objetivas, que se le imponen a todos los actores que quieren participar del campo, relaciones que no se pueden reducir ni a las intenciones de cada agente ni a las interacciones entre los agentes, es un campo de fuerzas, así, el espacio social es el lugar donde se construyen las diferentes arenas en las que se lucha por los beneficios que ofrecen a la sociedad y a sus actores, es decir es el lugar donde se construye cada campo, conformando en conjunto cierta idea de sociedad (Bourdieu, 1990: 205).
En este orden de ideas el campo se define como
“una trama o configuración de relaciones objetivas entre posiciones, esas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital), cuya disposición comanda el acceso de los beneficios específicos que están en juego en el campo, y al mismo tiempo por sus relaciones objetivas con otras posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.)” (Bourdieu, 1997b: 2)
De esta forma el campo posee varias características. De una parte, implica un lugar o un espacio en donde se desarrollan las relaciones entre agentes e individuos, supone una lucha entre los miembros que actúan en el campo, el cual a su vez implica ciertas reglas del juego.
De esta forma en el campo se establece una lucha permanente entre los agentes y las instituciones que participan en él para apropiarse de los productos específicos que están en disputa, según las reglas que constituyen ese espacio de juego, o también cuando las mismas reglas del juego están en disputa, según las capacidades de cada actor y sus probabilidades de éxito (Bourdieu, 2005: 156). El campo es, entonces, el espacio en el que se despliegan las posiciones y estrategias sociales que poseen su propia lógica y tiene dos propiedades fundamentales:
“es, en primer lugar, un sistema de fuerzas que afecta a todos los que participan en ella, lo vean o no, y con independencia del lugar que ocupan, central o marginal. Pero, por otro lado, un campo es un terreno de luchas por modificar o conservar el estado de las relaciones de poder presentes y la distribución del capital específico que lo fundamenta” (Wacquant, 1996: 88). Desde esta perspectiva los agentes y las instituciones que actúan en un campo pugnan por dominarlo, en tanto dicha dominación les reporta ventajas en la toma de decisiones y en los productos del campo, que se cristalizan en las diferentes formas de capital. En tanto el campo es un espacio de lucha, la distribución de las fuerzas que operan en su interior es desequilibrada, lo que implica dominio de unos agentes sobre otros.
El sólo hecho de entrar a ser parte de la lucha por el botín que ofrece el campo, exige aceptar las normas que lo regulan, aún si la vinculación al campo es justamente para transformar dichas normas.
Asimismo, en el campo se presentan crisis que se manifiestan de diversas formas, entre ellas la incapacidad del campo para reproducirse eficientemente, o en otras palabras, para cumplir con los objetivos que le son propios. Crisis que también pueden cristalizar en cuestionamientos a las reglas de juego.
De esto se deriva un elemento importante del campo: el papel que juega la relación entre los actores que hacen parte de él, quienes son, cuales son las reglas con la
posibilidad de que un actor pueda hacer parte del juego Cuál es la distribución real de dichas fuerzas y cuál es el origen de estas (Morales de Setién: 2000: 62). Bourdieu sostiene que pensar en términos de campo es pensar relacionalmente, de esta forma los diferentes campos se interrelacionan. Los campos son microcosmos sociales relativamente autónomos, ubicados en el macrocosmos social, en el espacio social, en los que se desarrollan relaciones objetivas con su propia lógica y necesidades no reductibles a las de otros campos, en las que las luchas se desarrollan con distintos grados de fuerza en la búsqueda de los productos específicos que ofrece el campo (Bourdieu y Wacquant, 2005: 150).
En general, además de las específicas en algunos casos, cada campo posee cinco características: 1) es un espacio delimitado, 2) es un espacio de lucha, 3) está regulado mediante convenciones de comportamiento y reglas aceptadas por quienes hacen parte de él, 4) presenta crisis coyunturales cuando las reglas que arbitran el juego se cuestionan, y, 5) la distribución de fuerzas que actúan en él es desigual (Morales de Setién, 2000: 62).
Así pues, el papel de los actores es fundamental en la construcción y caracterización del campo, sus estrategias son el producto de la «exteriorización de la interioridad», es decir, materializaciones institucionales de un sistema de habitus efectuadas en una fase precedente del proceso histórico-social (Amparán, 1999: 180).
Así surge la idea de habitus como segundo componente del campo. El habitus es una noción diseñada para interpretar las acciones generalmente adoptadas por los actores del campo, constituye aquellas formas de adaptación social que todo individuo practica habitualmente en el campo al que pertenece. En Bourdieu el habitus no está relacionado con la percepción de hábito como se acostumbra en el mundo jurídico y en la vida cotidiana. Los habitus son
“sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios de generación y de estructuración de prácticas y representaciones que pueden ser objetivamente ‘reguladas’ y ‘ regulares’, sin
ser en ningún caso el producto de obediencia a reglas; pueden ser objetivamente adaptadas a sus fines sin presuponer una dirección consciente hacia ellos o sin poseer una maestría expresa de las operaciones necesarias para conseguirlos y, sumado todo esto, pueden ser colectivamente orquestados sin ser el producto de la acción orquestante de un director” (Bourdieu, 2007: 86)
Eso significa que es el habitus el elemento a partir del cual los individuos de un grupo social generan sus prácticas sociales, las cuales son el producto de un proceso histórico de interiorización de las estructuras con base en las cuales ese grupo social forma su imaginario y toma sus decisiones. Estas prácticas son de tres tipos: percepción, apreciación, y evaluación. Las prácticas de percepción hacen referencia a la división del mundo en categorías; la de apreciación señalan distinciones generalmente dicotómicas –como lo bello y lo feo-; y las de evaluación –por ejemplo, bueno o malo-, son aquellas con base en las cuales los individuos eligen, es decir, prefieren ciertas prácticas a otras (Martín, 2009: 2).
Entonces, producto de la historia, el habitus garantiza la presencia activa del pasado, de las experiencias, las cuales son registradas en cada individuo como esquemas de percepción, pensamientos y acción, que procuran asegurar la avenencia de las prácticas y su permanencia en el tiempo, más que cualquier regla formal.
De allí la importancia del habitus, que ayuda a garantizar el orden social en un proceso de construcción, individual y colectivo, de imaginarios que refuerza lo establecido como práctica central, es decir
“en las formaciones sociales donde la reproducción de las relaciones de dominación (y del capital económico cultural) no está asegurada por mecanismos objetivos, el trabajo incesante que es necesario para mantener las relaciones de dependencia personal estaría condenado de antemano al fracaso si no pudiese contar con la constancia de los habitus socialmente constituidos y reforzados sin cesar por las acciones individuales o colectivas:
en ese caso, el orden social reposa principalmente en el orden que reina en los cerebros y el habitus, es decir el organismo en cuanto el grupo se lo ha apropiado y que se ha adaptado de antemano a las exigencias del grupo, funciona como la materialización de la memoria colectiva, reproduciendo en los sucesores las conquistas de los antecesores” (Bourdieu, 2012: 90n4).
De esta forma las conductas aceptadas como razonables, como de sentido común dentro de las regularidades objetivas del campo social, son el habitus.
Ahora bien, esos habitus están orientados a obtener o mantener cierta posición dentro del campo social. Los individuos, los agentes o las instituciones entran al campo a jugar el juego del poder en busca de un premio que es el que permite que el campo exista como tal, es decir, como campo de luchas sociales, pues se lucha por un premio que significa una ventaja para el que lo obtenga. Ese premio es el que en la sociología bourdiana se denomina capital, o más precisamente, «las especies fundamentales de capital» cuyo valor relativo, representado por los triunfos en el juego, varía según los campos y de acuerdo con los estados sucesivos de un mismo campo. El valor de un tipo concreto de capital estriba en la existencia misma del juego, vale decir, del campo concreto en el cual dicho valor pueda emplearse en alguna forma ventajosa para quien lo alcance.
Un capital o una especie de capital es el factor eficiente en un campo dado, como arma y como apuesta; permite a su poseedor ejercer un poder, una influencia, por tanto, existir en un determinado campo, en vez de ser una simple “cantidad deleznable” (Bourdieu, 1997b: 3; Bourdieu y Wacquant, 2005: 151-152).
En efecto, el campo está determinado por un tipo de capital común específico y la lucha que se establece por su adquisición. El capital tiene un valor particular según el campo en el que se desarrolla, y genera poder a quien lo posee, “las diferentes especies de capital son poderes específicos que son actuantes en tal o cual campo (de fuerzas y de luchas) salidos del proceso de diferenciación y de autonomización” del mundo social (Bourdieu, 2013: 74).
El capital sólo existe y funciona en relación a un campo; quien lo posee adquiere poder sobre el campo, sobre los instrumentos de producción o de reproducción del mismo, los cuales constituyen la estructura del campo; también confiere poder sobre las reglas que definen cómo funciona el campo; y sobre los beneficios que en él se producen (Bourdieu, 1993: 6)
En términos generales “el capital en Pierre Bourdieu se puede entender como cualquier tipo de recurso capaz de producir efectos sociales, en cuyo caso es sinónimo de poder” (Martínez, 1998: 3). En todo caso, el capital es un producto social resultado del trabajo acumulado en forma material o “incorporada”, es una de las manifestaciones del mundo social como historia acumulada. Diferentes volúmenes de capital producen relaciones objetivas entre los actores del campo y a su vez cada campo está definido por las relaciones de fuerza que el capital ejerce y por las estrategias de los actores para obtener o conservar el capital. Las disímiles formas de capital generan efectos en distintos campos.
Una función fundamental del capital es lograr que el intercambio de la vida social no sea simple juego de azar en los que la sorpresa está a la vuelta de la esquina. Por esta razón, Bourdieu sostiene que para poder dar cuenta de la estructura y funcionamiento del mundo social es imperativo introducir el concepto de capital en todas sus manifestaciones y no sólo por la forma utilizada en la teoría económica (Bourdieu, 2001:133).
En efecto, en Bourdieu existen tres tipos específicos de capital: económico, social y cultural; y uno transversal, el capital simbólico. El sociólogo francés plantea esta noción así:
“El capital simbólico es una propiedad cualquiera, fuerza física, valor guerrero, que, percibida por unos agentes sociales dotados de las categorías de percepción y de valoración que permiten percibirla, conocerla y reconocerla, se vuelve simbólicamente eficiente, como una verdadera fuerza mágica: una propiedad que, porque responde a unas «expectativas colectivas»,
socialmente constituidas, a unas creencias, ejerce una especie de acción a distancia, sin contacto físico” (Bourdieu, 1997a: 172-173).
Se trata entonces de un tipo de capital que genera reconocimiento, otorga a quien lo posee una especie de poder con base en la legitimidad de dicho reconocimiento, puesto que a través de él se despliega la dominación simbólica como una forma suave de dominación que se ejerce por la complicidad consciente o inconsciente, voluntaria o por la fuerza, de aquellos que la padecen, y aunque es suave es un tipo de violencia, ya que se realiza a través de vías blandas que hacen que pase inadvertida (Bourdieu, 2000ª: 80-81).
Por estas razones el capital simbólico constituye uno de los más preciados objetivos por el que luchan los actores dentro de un campo. El capital simbólico es, además, específico de algunos campos, por ejemplo, en el campo intelectual y científico el reconocimiento que reciba uno de sus actores mediante, verbigracia, la obtención del Premio Nobel, constituye un elemento fundamental que le dará a su poseedor una legitimidad cuestionada por muy pocos; también la honorabilidad constituye un capital simbólico de mucha valía, así como el profesionalismo o la rectitud. Pero para hacer eficiente, es decir, para otorgar este poder a quienes los poseen, es necesario que se haya institucionalizado dicho reconocimiento, en otras palabras, el capital simbólico presupone la intervención del habitus, que como se ya dijo es una capacidad cognitiva socialmente constituida (Bourdieu, 2001: 136).
Por su parte el capital cultural, fruto de la acumulación de saberes, técnicas, habilidades y conocimientos que conforman parte de la cultura, entendida ésta como el cultivo del espíritu, de las capacidades cognitivas, de la acumulación de conocimientos adquiridos, implica un proceso de interiorización, conformado por largos periodos de enseñanza y aprendizaje, razón por la cual una característica del capital cultural es que cuesta tiempo, que debe ser invertido en forma personal puesto que no puede realizarse por medio de otro individuo.
El capital cultural se manifiesta de tres formas, la primera, ya mencionada, es la interiorización o capital cultural incorporado en forma duradera; luego está la forma
objetivada que se manifiesta en forma de bienes culturales: cuadros, libros, máquinas, esculturas, que son el resultado de procesos de producción intelectual, de teorías, de críticas y de procesos de retroalimentación. La tercera forma es su dimensión institucional, es decir, aquellos acervos culturales que se han institucionalizado y que de por sí otorgan reconocimiento a quien lo detenta, se trata de los títulos académicos en particular de aquellos con grados universitarios u otro tipo de reconocimiento de alto nivel académico como premios académicos, ascensos en los escalafones docentes o doctorados honoris causa (Bourdieu: 2001: 139-148).
Por su parte el capital social está formado por la totalidad del conjunto de los recursos potenciales o actuales relacionados con la posesión de una red duradera de relaciones institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuos, es el conjunto de los recursos fundamentados en la pertenencia a un grupo (Bourdieu: 2001: 148). El capital social que posee un individuo depende de la red de conexiones que puede movilizar y del volumen del capital económico, cultural o simbólico, que poseen aquellos con quienes se relaciona. Esto significa que el capital social no es totalmente independiente del capital económico y cultural de un individuo, como lo es tampoco de los individuos relacionados con este, aunque no puede reducirse a ninguno de ellos. (Bourdieu, 2001:150).
Por otro lado, el capital económico configura las condiciones materiales de existencia, se caracteriza por ser convertible en dinero de manera directa e inmediata, aunque no necesariamente se manifiesta en forma de bienes de producción, pero si en formas materiales que de una u otra forma expresan diferencias sociales en el consumo.
Las diversas formas de capital cumplen un papel central en el conjunto de la sociedad puesto que la estructura del espacio social como se observa en las sociedades de hoy “es el producto de los principios de diferenciación fundamentales, el capital económico y el capital cultural” (Bourdieu, 2013:370).
Con estos elementos constitutivos del campo a continuación, con base en las nociones de campo jurídico y campo económico, se establecerán las características del campo jurídico-económico en Colombia.