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PUNTO PRIMERO

Escalones por donde llegó Pedro a negar a Cristo.

Después que todos los Apóstoles huyeron, Pedro volvió a seguir a Cristo, pero desde lejos, y con él iba otro discípulo, el cual, por ser conocido del pontífice, entró dentro del patio, y entrando también Pedro, se juntó con los demás criados al fuego, porque hacía frío.

Sobre este paso, tengo de ponderar los escalones por donde llegó

Pedro a negar a Cristo nuestro Señor, para escarmentar en cabeza ajena y

huir de ellos.

1. El primero fue tibieza en el amor, nacida del temor humano, porque el amor de Cristo le movió a seguirle, pero el temor humano le entibió de modo, que le siguiese de lejos, como antes siempre le siguiese de cerca. 2. El segundo fue olvidarse de que Cristo nuestro Señor le había dicho que le negaría tres veces aquella noche; y es propiedad de los que confían mucho de sí olvidarse de las palabras de Dios y de los avisos que les da por reprimir su orgullo, como si no hablaran con ellos.

3. El tercero fue con título de amar a Cristo, ponerse en la ocasión de

negarle, juntándose con malas compañías que le provocasen a ello,

llegándose al fuego, donde había alboroto de gente ruin y ruines pláticas. Y no carece de misterio decir que hacía entonces frío, para significar la frialdad del corazón de Pedro y la obscuridad y tinieblas de su alma. Todo esto nació originalmente de la secreta presunción y confianza que tenía de sí mismo, la cual no se curó con el aviso que le dio Cristo nuestro Señor, y como quedó viva, brotó estos malos frutos. De donde tengo de sacar tres grandes propósitos: a) El primero, de no presumir de mí ni fiarme de mí mismo, acordándome de lo que dice San Pablo: «Si estás en la fe, no presumas sino teme y el que piensa que está en pie, mire bien no caiga». b) El segundo propósito es de seguir a Cristo nuestro Señor, no desde lejos, sino desde cerca y con fervor; porque quien le sigue de lejos no pone los pies donde los puso Cristo, ni advierte bien sus pisadas, ni es amparado de Él en sus peligros.

c) El tercer propósito es huir las ocasiones de tropezar y las malas compañías que me provocaren a caer, acordándome de lo que dice el Sabio: «Quien ama el peligro perecerá en él».

También puedo ponderar que si es así, como dicen algunos doctores,

que este discípulo conocido del pontífice era San Juan Evangelista, aunque estuvo en las mismas ocasiones que San Pedro, no negó a Cristo nuestro Señor, ni tuvo ese peligro, principalmente por la protección

especial del mismo Cristo, que le guardó y preservó, y porque no tenía la secreta soberbia y presunción de Pedro.

¡Oh Dios omnipotente!, líbrame de las ocasiones de caer, y si en ellas me viere por mi gran miseria, ampárame con tu divina misericordia. Ponme siempre cerca de Ti, y pelee cualquier mano contra mí, porque si me tienes de tu mano, ninguno me derribará ni sacará de ella.

PUNTO SEGUNDO

Primera negación de Pedro.

A esta sazón, llegó una mujercilla, criada del pontífice y portera de la casa, la cual mirando a Pedro y reconociéndole por discípulo de Cristo, dijo a los que estaban allí: «Este, con Jesús andaba.» Y volviéndose a Pedro, dijo: «¿Por ventura tú no eres discípulo de este hombre? Sin duda, tú con Jesús Nazareno estabas.» Respondió Pedro: «No soy su discípulo, ni le conozco, ni sé lo que dices».

1. Sobre este punto se ha de ponderar, lo primero, la astucia del

demonio en acometer a San Pedro la primera vez por medio de una mujer

como acometió a Adán por medio de la otra para derribarle; porque las mujeres, como más atrevidas y blandas, suelen derribar las rocas y piedras de la Iglesia, si no hay cuidado en huir de ellas.

2. Lo segundo, ponderaré en Pedro la grande flaqueza del hombre, pues el que era piedra fundamental de la Iglesia y había tenido revelación de la divinidad de Cristo, y le confesó por Hijo de Dios vivo, y se ofreció a morir por Él, ahora, solamente con la voz de una mujercilla, teme tanto, que le niega y dice que no le conoce, ni es su discípulo, ni se precia de ello. Y con este ejemplo aprenderé a no presumir de mí, pues no soy Pedro ni piedra, sino polvo y lodo, fundándome en el conocimiento propio y en el temor de mi mutabilidad y flaqueza; porque todo el oro y plata de mis

virtudes está fundado sobre mis pies de barro, y una chinita basta a derribarlos y dar con toda la máquina en el suelo.

¡Oh Dios eterno!, dame conocimiento profundo de este barro que soy de mi cosecha, para que no presuma de mí, sino de Ti, en cuya virtud resista al golpe de la tentación, y conserve los dones que me has dado. 3. Lo tercero, ponderaré cuán dañoso es el temor demasiado de la

deshonra o de la muerte; porque quien me derriba, no es tanto la noche de

la adversidad, cuanto el vano temor de ella, por el cual muchas veces he negado a Cristo, ya que no con palabras, a lo menos con las obras, despreciando algunas cosas de virtud obligatorias, por no perder un punto de la honra mundana, o algún interés o regalo de la carne. Y así, he de suplicar a nuestro Señor me cerque con el escudo de su protección para que no tema los temores de la noche, ni ellos se apoderen de mi corazón. 4. Lo cuarto, ponderaré la grave injuria que hizo Pedro a su Maestro en este caso, y lo mucho que Cristo nuestro Señor sintió ver que su querido y

regalado rechazase ser su discípulo, condenando con esto la vida del que

negaba por Maestro, y con esta consideración me compadeceré de ver a mi Señor tan desconocido y desamparado de los suyos.

¡Oh Maestro soberano!, ya no me espanto de que Judas el tibio te niegue por codicia, pues Pedro el fervoroso te niega por pusilanimidad; mas tu sabiduría permite esta ignominia para que se descubra más tu paciencia en el sufrir, y nuestra flaqueza en el pecar, y tu gracia en convertir al que pecó.

PUNTO TERCERO

Persiste Pedro, con juramento, en que no conocía a Cristo.

Viendo Pedro lo que había sucedido y el peligro en que estaba se salió del patio hacia el portal, y entonces cantó el gallo la primera vez; pero, con la turbación, no advirtió en ello, y de ahí a poco tornó a entrar donde estaban los demás calentándose al fuego, y le dijeron: «¿Por ventura, tú no eres de los discípulos de este hombre?» Y uno de ellos afirmó que verdaderamente lo era. Y Pedro, con juramento, negó, diciendo que no conocía tal hombre. De ahí a una hora tornaron tercera vez a hacer instancia en que era su discípulo, dándole señas de ello. Uno dijo que le había visto con Cristo en el huerto; otro, que era galileo, como se conocía por el habla, y Pedro tornó a negar, echando maldiciones si le conocía.

1. Sobre estos sucesos de Pedro se han de ponderar, lo primero, las

astucias de Satanás en tentarle, haciendo lo que Cristo nuestro Señor dijo,

que había deseado cribarle como a trigo, ya con unas tentaciones, ya con otras, hasta que le derribó una, dos y tres veces, porque a los mejores combate con mayor furia, y si no están arraigados con humildad, los de- rriba de la cumbre de la santidad.

¡Oh Dios eterno! No entre dentro de mí el pie de la soberbia, porque la mano del pecador no me mueva, echándome del lugar que tenía por tu gracia.

2. Lo segundo, se ha de ponderar cuán malo es durar en la ocasión, no

escarmentando en la primera caída, porque un pecado llama a otro, y el

menor trae luego a otro mayor, yendo de mal en peor, como Pedro, que primero negó a Cristo sencillamente, y la segunda vez con juramento, y la tercera con juramento y maldición; y así, es muy importante atajar a los principios el temor humano y huir del peligro cuando asoma; porque los demonios siempre, con el deseo, están diciendo contra el alma aquello del salmo: «Destruidla, destruidla hasta los cimientos» de la fe y esperanza en que estriba.

3. Lo tercero, se ha de ponderar que, como Pedro tres veces aquella noche había presumido de sí mismo, diciendo que estaba dispuesto a morir por Cristo, y que no se escandalizaría aunque todos se escandalizasen, y que no le negaría aunque hubiese de morir por Él, así, en castigo de estas

tres presunciones, permitió Dios las tres negaciones en esa misma noche;

porque la soberbia luego trae consigo la humillación en la materia misma en que se ceba, y por esto es muy importante llorar luego la culpa de la so- berbia, antes que se apresure la pena de la humillación.

PUNTO CUARTO

Misericordia de Cristo para con San Pedro.

Luego cantó el gallo la segunda vez, y al mismo tiempo, volviendo el Señor sus ojos a Pedro, le miró, y acordándose Pedro de lo que Cristo le había dicho, se salió afuera y lloró amargamente.

1. Aquí se pinta la conversión de Pedro y su penitencia, en la cual se ha de ponderar, lo primero, la infinita misericordia y caridad de Cristo nuestro Señor, el cual, aunque estaba rodeado de enemigos y metido en un fuego de terribles persecuciones y calumnias, como olvidado de sus

trabajos, se acuerda del discípulo que se los aumentaba con aquella injuria; y aunque estaba lejos de Pedro, conoció los pecados en que había caído, y en lugar de castigarle, se compadeció de él, con deseo de provocarle a penitencia para perdonarle, y todo con suma presteza, por sacar de presto aquella oveja de la garganta del lobo infernal, que se la había tragado, y para esto hace que luego cante el gallo; pero no bastara el segundo canto, como ni bastó el primero, si el mismo Cristo no volviera sus ojos misericordiosos a Pedro, alumbrándole los suyos con luz del cielo para que conociese sus yerros, y ablandándole el corazón para que llorase.

¡Oh amorosísimo Jesús!, ¿cómo no te amaré con todo mi corazón, pues cuando trato de ofenderte pones medios para perdonarme; y cuando habías de mostrar tu ira en el castigo, muestras tu misericordia en el perdón? Compadécete, Señor, de todos los pecadores, míralos con ojos de misericordia, abre sus oídos para que oigan el canto y voz de los predicadores, tocándoles su corazón para que lloren sus pecados, y cuando yo pecare por flaqueza, no te olvides de mirarme con ojos de misericordia. 2. Lo segundo, se han de ponderar las lágrimas amargas de San Pedro, las cuales no procedían de temor de algún castigo, sino de amor de su Maestro; porque acordándose de los favores y beneficios que de Él había recibido y de la ingratitud que mostró negándole en tan recia coyuntura, sus ojos se convirtieron en fuentes de lágrimas con grande amargura de su corazón, como quien sentía lo que dice Jeremías, ser cosa muy amarga haber dejado a su Dios y negado a su Señor. ¡Ay de mí!, diría, ¿cómo vivo, habiendo negado al Autor de la vida? ¿Cómo no se abre la tierra y me traga, habiendo injuriado al Creador de ella? ¡Oh boca abominable!, ¿cómo te abriste para jurar que no conocías al que tanto bien te ha hecho? ¡Oh lengua maldita!, ¿cómo te soltaste para maldecirte si conocías al que tanto amor te ha mostrado? ¡Oh, cuán justo fuera que viniera sobre mí la maldición, pues la escogí, y que penetrara todos mis huesos, pues la abracé! ¡Oh, quien diese amargura de mar a mi corazón, y fuentes de lágrimas a mis ojos, para llorar amargamente de día y de noche la muerte de mi alma y la traición que ha cometido contra su Creador! Mas, pues ya conozco su misericordia y que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, miraré al que me miró, me convertiré al que se convirtió a mí, y con el corazón me llegaré a Él, y postrado a sus pies, le diré como el hijo pródigo: «¡Oh Padre y Maestro mío!, he pecado contra el cielo y contra Ti; no soy digno de ser llamado tu hijo ni tu discípulo; admíteme siquiera como uno de los jornaleros de tu casa», porque no hay para mí mayor infierno que ser echado de ella. De esta manera lloraba San Pedro y

se movió a confianza del perdón, acordándose de lo que Cristo nuestro Señor le dijo, que había rogado por él para que no desfalleciese su fe, y que cuando se convirtiese, confirmase a sus hermanos. Y de esta misma manera lloró toda la vida cuando oía el canto del gallo, y así se dice de él que tenía surcados y cavados los lagrimales de los ojos por la muchedumbre de las encendidas lágrimas que por ellos vertía.

3. Finalmente, ponderaré el modo como la divina inspiración ilustró y

tocó a Pedro y le convirtió; porque, primero, le hizo que se acordase de las palabras de Cristo; luego que saliese del lugar y ocasión donde estaba;

y después, que a sus solas llorase amargamente; y lo mismo hace con nosotros cuando nos toca con eficacia. Con lo primero, nos mueve a temor, confianza y amor. Con lo segundo, quita los estorbos de la verdadera penitencia. Y con lo tercero, alcanza el fruto de ella, que es el perdón de los pecados, como haya propósito de confesarlos a su tiempo.

¡Oh alma mía!, como viste en Pedro tu flaqueza para pecar, así mira en él la eficacia de la divina gracia para convertirte; y como él lloró, así llora tus pecados, para que alcances cumplido perdón de ellos. Amén.

Meditación 29

Los falsos testimonios que dijeron contra Cristo nuestro Señor

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