P4 (486) Fourth-Generation Processors
CPU Speed
En la isla de Aramore, un viejo llamado Patsy, que ya hemos presentado a nuestros lectores en el capítulo II, contó a Walter Wentz una «historia verdadera sobre las hadas»
Hace unos veinte años, por los alrededores del Bedd of Der- mot y Grania, justamente ahí arriba en el monte, fueron vistas muchas hadas, multitudes de ellas, y un solo corzo. Ellas em- pezaron a darle caza y lo siguieron hasta el otro extremo de la isla. En otra región, la misma gentecilla persiguió a un caballo. Las rocas estaban llenas de ellas, y había también hombrecitos... Otra persona contó a Wentz lo siguiente:
Mi madre solía decirme que había visto bailar a las hadas en los campos próximos a Cardigan, y otras personas las han visto alrededor del cromlech que está en lo alto de la colina. Parecían niños de corta edad vestidos con trajes de soldados y tocados con gorros rojos, según cuentan algunos.
Mientras Wentz recogía material folklórico en Irlanda, efectuó una excursión a Ratra en compañía del doctor Hyde, y allí les contaron la siguiente historia acerca de un «leprechaun»:
Un día, me hallaba yo recogiendo bayas en un seto, no muy lejos de aquí, cuando sentí el impulso de levantar una piedra plana que vi en la zanja donde me encontraba. Y bajo esa piedra había la criatura más pequeña y linda que yo he visto en mi vida, metida cómodamente en un agujero. Era un hombrecito no mayor que una muñeca, perfectamente conformado, con boqui- ta y ojos. Volví a dejar la piedra como estaba y corrí en busca de mi madre, pero cuando volví con ella el hombrecito había desaparecido.
Como estamos llegando ya a la idea central de esta obra ci- taré dos historias más, ambas informes sobre «aterrizajes» pro-
cedentes del período más rico, por lo que se refiere al número de aterrizajes registrados, de la historia de los OVNIS. Como el lec- tor habrá adivinado, me refiero al célebre otoño francés de 1954.
El primer caso se registró el 9 de octubre. Cuatro niños que habitaban en Pournoy-la-Chétive, en la región del Mosela, infor- maron que hacia las seis y media de aquel día, mientras estaban patinando con patines de ruedas, vieron de pronto un objeto lu- minoso cerca del cementerio:
Era una máquina redonda de unos 2,50 m de diámetro, que descansaba sobre tres patas. Una especie de hombre salió de ella. Llevaba en la mano una lámpara deslumbradora, que nos cegó. Pero pudimos ver que tenía ojos grandes, un rostro pe- ludo y que era muy bajito, de poco más de un metro. Vestía una especie de saco negro parecido a la sotana del señor cura. Nos miró y dijo algo que no entendimos. Entonces apagó la lámpara. Cogimos miedo y echamos a correr. Cuando nos vol- vimos para mirar hacia atrás, vimos algo en el cielo: estaba muy alto, era muy brillante y volaba a gran velocidad.
El segundo caso es un clásico. Sucedió el domingo 26 de se- tiembre en Chabeuil (Drôme). Alrededor de las dos y media de la tarde de ese día, Madame Leboeuf se hallaba ocupada recogiendo moras en los matorrales que bordeaban un sendero— obsérvese que es casi la repetición exacta de la historia del «leprechaun»— cuando
su perra se puso a ladrar, y luego a aullar. Madame Leboeuf se dio vuelta y vio al animalito al borde de un campo de maíz, frente a algo que ella confundió al principio con un espantapá- jaros. Se acercó y vio que el espantapájaros era en realidad una especie de pequeña escafandra de material plástico transparente de 1 a 1,10 metros de altura con una «cabeza» igualmente translúcida. Luego, súbitamente, descubrió que había «una cosa» dentro de la escafandra y que, tras la transparencia bastante desvaída de la «cabeza», dos ojos la miraban; al menos su sen- sación fue la de ojos, pero algo más grandes que los ojos hu- manos. Al mismo tiempo, la escafandra empezó a avanzar hacia ella en una especie de progresión rápida y bamboleante.1 Entonces Madame Lebouef huyó, aterrorizada, para esconder- se en una espesura próxima. Entonces, se volvió, miró y ya no vio nada. La perra seguía aullando, coreada por todos los canes del pueblo. Repentinamente, un gran objeto circular y metálico surgió un poco más lejos, entre los árboles, alejándose hacia el Nordes- te. Algunas personas que oyeron los gritos de terror de Madame Leboeuf corrieron hacia ella. En el lugar donde había despegado
76 JACQUES VALLEE
el disco se encontró un círculo de unos tres metros de diámetro, esa el interior del cual las matas y los arbustos estaban aplastados:
En el borde de esta huella había unas acacias. De una de ellas colgaba, bajo el efecto de una presión ejercida de arriba abajo, una rama de 8 centímetros de diámetro. A dos metros y medio del suelo, otra rama de acacia, que se extendía sobre la huella circular, estaba completamente deshojada. Por último, los primeros tallos de maíz con que tropezó el supuesto apara- to en el momento en que despegaba y desaparecía a través de los campos, estaban tendidos en líneas radiales.2
Apenas es necesario señalar la semejanza que presenta la de- presión dejada por este objeto con las diversas clases de corros, círculos o nidos que hemos examinado anteriormente.
Volvamos ahora a los fions, la raza de enanos que acompaña a las korrigans, o hadas bretonas. Éstos sólo se ven en el crepúscu- lo o de noche. Algunos de ellos llevan una antorcha parecida a una vela funeraria galesa. Sus espadas no son mayores que alfileres. Según Villemarqué, hay que distinguir entre korrigan y enanos. Los segundos son una repugnante estirpe de seres de cuerpo os- curo o cubierto de negra pelambrera; su voz es cascada como la de los viejos y tienen ojillos negros y centellantes.
Un lector que me escribió después de leer mi obra Anatomy of a Phenomenon me señaló que aunque él no estaba convencido de la existencia de los objetos no identificados, había descubierto algo que consideraba podía serme de interés. Y añadía:
He dedicado varios años de mi vida a efectuar investigaciones sobre los indios cherokees, que son una rama de la tribu de los iroqueses. Cuando los cherokees emigraron a las montañas de Tennessee encontraron allí una extraña raza de seres con «ojos como la Luna», incapaces de ver durante el día. Como los cherokees eran incapaces de entender a «estos abortos», los expulsaron de sus tierras...
Barton afirmó en 1797 que «este pueblo era una extraña raza blanca, muy adelantada, que vivía en casas», etc. Heywood, ventiséis años después, afirmó que... los invasores cherokees en- contraron hombres blancos cerca de la extremidad de Little Tennessee, cuyos fuertes se extendían hasta el arroyo de Chica- mauga. Señala la posición de tres de estos fuertes.
Hallé la confirmación de la noticia que me daba mi corres- ponsal en la excelente obra Mound Builders of Ancient America-the Archaeology of a Myth, donde Robert Silverberg cita New Views of the Origins of the Tribes and Nations of America, de Barton
PASAPORTE A MAGONIA 77
(obra publicada en Filadelfia en 1798 y dedicada a Thomas Jef- ferson):
Los cherokees refieren que cuando llegaron al territorio en que hoy habitan, lo encontraron en posesión de un «pueblo de ojos de Luna», incapaces de ver durante el día. Estos infelices fueron expulsados.
Silverberg agrega que Barton «dio a entender claramente que este pueblo de albinos fue el responsable de los montículos de Tennessee»3.
Puntualicemos. Sería muy bonito poder compartir la creencia común según la cual los OVNIS son naves procedentes de una superior civilización cósmica, porque se trata de una hipótesis ampliamente divulgada por la cienciaficción, y porque no estamos totalmente impreparados, científica, ni quizás incluso militarmen- te, para enfrentarnos con visitantes extraterrestres. Mas, por des- gracia, la teoría según la cual los platillos volantes son objetos materiales procedentes del espacio y tripulados por una especie originaria de otro planeta no constituye una solución total del enigma. Por sólida que sea la actual creencia en el origen extra- terrestre de los platillos, no es más sólida que la fe que tenían los celtas en los elfos y las hadas, o la creencia medieval en la existencia de lutins, o el temor que inspiraban en toda la cris- tiandad, durante los primeros siglos de nuestra era, demonios, sátiros y faunos. Y ciertamente no puede ser más sólida que la fe que inspiró a los autores de la Biblia... una fe arraigada en el trato cotidiano con visitantes angélicos.
En resumen, al sugerir que las actuales observaciones de los OVNIS pudieran ser el resultado de experimentos —de naturaleza «científica» o incluso «supercientíficada»— realizados por una raza de viajeros del espacio, podemos ser víctimas de nuestra ignoran- cia, una ignorancia que tiene su causa en el hecho de que tanto los idiotas como los pedantes, a consecuencia de una reacción co- mún que los psicólogos quizá podrían explicar si no fuesen ellos sus primeras víctimas, han cubierto la fe en las hadas con el mismo ridículo con que otros idiotas y pedantes cubren el fenóme- no de los OVNIS. La idea de que los rumores acerca del verdadero significado del fenómeno ponen en movimiento los mecanismos mentales más profundos y poderosos dificulta muchísimo la acep- tación de estos hechos, teniendo especialmente en cuenta que és- tos ignoran fronteras, credos y razas, desafían las explicaciones racionales y contradicen las más lógicas predicciones, como si fue- sen simples juguetes.
porque si bien es evidente que evolucionan, siguiendo fases, sus efectos son difusos y no pueden datarse con precisión. Tenemos que confiar en leyendas, relatos orales y extrapolaciones. No obs- tante, es mucho lo que se podrá realizar cuando se llegue a la comprensión de que la casuística cosechada desde la Segunda Guerra Mundial —los veinte mil informes sobre OVNIS, claros, coherentes y provistos de una fecha, que se conservan en los archivos oficiales y privados— no es más que el renacimiento de una profunda corriente de la cultura humana conocida en otros tiempos bajo distintos nombres.
Como hemos visto, Wentz interrogó a varias personas de los paí- ses célticos que habían visto a la Buena Gente o que habían co- nocido a personas que fueron arrebatadas por las hadas. En Bre- taña tropezó con dificultades mucho mayores:
En el interior de Bretaña existe la creencia general de que antaño existieron las fées, pero que éstas desaparecieron cuando la vida moderna se introdujo en la región. En la comarca del Mené y de Erzé (Ille-et-Vilaine) se dice que durante más de un siglo no se han visto fées, y en la costa donde aún se cree que las fées solían habitar en ciertas grutas de los acantilados, la opinión corriente es de que desaparecieron a principios del siglo pasado. Los bretones más viejos declaran que sus padres y sus abuelos decían a menudo que habían visto fées, pero muy raramente dicen haberlas visto ellos. Paul Sébillot sólo encon- tró a dos. Una de estas personas era una vieja calcetera de Saint-Cast, que sentía tal temor a las fées que si tenía que salir a realizar algunas de sus labores y se le hacía de noche al re- greso, siempre daba un largo rodeo para no tener que pasar cerca de un campo conocido por el nombre del Couvent des Fées. La otra era Marie Chehu, una anciana de ochenta y ocho años.*
En el análisis del fenómeno OVNI, el problema central ha sido siempre el de la inteligencia rectora oculta tras la conducta aparen- temente deliberada de tales objetos. Al exponer el problema en estos términos, no supongo que los objetos sean reales... contra- riamente a lo que pudiera deducir quien leyera este libro con cierto apresuramiento. Pero de ningún modo excluyo la posibili- dad de que esta inteligencia rectora sea humana, e insistiré en esta idea en capítulos posteriores. Permítaseme de momento que for-
* Al i n v e s t i g a r las c r e e n c i a s en las h a d a s , los e l f o s , o c o m o q u i e r a l l a m á r s e l e s , se p r o d u c e cierta c o n f u s i ó n a causa de la gran v a r i e d a d de n o m b r e s y clasificacio- n e s d a d o s a las d i f e r e n t e s razas de s e r e s . T a n s ó l o en la Bretaña I n f e r i o r , Paul S é b i l l o t ha e n c o n t r a d o y catalogado c i n c u e n t a n o m b r e s d i s t i n t o s p a r a l o s lutins y las k o r r i g a n s : aquéllos c o r r e s p o n d e n a los e l f o s , llamados p i x i e s en C o r n u a l l e s , r o b i n g o o d - f e l l o w s e n Inglaterra, g o b l i n s e n G a l e s , g o u b l i n s e n N o r m a n d í a , y b r o w - n l e s e n E s c o c i a . N . d e l A .
mulé de nuevo mi postulado básico: la creencia moderna y mun- dial en los platillos volantes y sus ocupantes es idéntica a una creencia más antigua en las hadas. Los seres descritos como pi- lotos de las naves no pueden distinguirse de los elfos, silfos y lutins de la Edad Media. A través de las observaciones de obje- tos no identificados, nos enfrentamos con algo que nuestros an- tepasados conocían muy bien y consideraban con espanto: nos entrometemos en los asuntos de la Comunidad Secreta.
¿Podemos afirmar con certeza que ambas creencias son idén- ticas? Yo creo que sí. En los capítulos anteriores he dado ya al- gunos ejemplos de los medios de transporte empleados por los silfos. La habilidad que demuestran las hadas para cruzar los continentes no puede haber escapado a la sagacidad del lector. En los capítulos que seguirán referiré algunas historias bastante sor- prendentes acerca de las creencias que conservan los indios en razas voladoras y las naves aéreas empleadas por el Buen Pueblo para participar en guerras medievales. Pero aún no he extraído del folklore tradicional las historias que más directamente apoyan la idea de que durante toda la historia se han visto extraños ob- jetos voladores en relación con el Pequeño Pueblo. Pero aclaremos este punto ahora mismo.