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Criminal Prosecution

D. Problems with the Current Enforcement System

3. Criminal Prosecution

Un cortesano ha definido al Faraón "el que multiplica los bienes, que sabe dar. Es el dios, el rey de los dioses. Conoce a quien lo conoce. Recompensa a quien le sirve. Protege a sus partidarios. Es Ra cuyo cuerpo visible es el disco y que vive para la eternidad".21 En el curso de las guerras de liberación, y durante la conquista de Siria, el Faraón debió atribuir el oro de la valentía a más de un bravo. Ya estaba tomada la costumbre. Pronto les tocó el turno a los civiles.

Puede ocurrir que una recompensa sea otorgada a un hombre aisladamente, pero más generalmente se

LEFEBVRE,ob. cit., 117 y siguientes.

20 M

ASPERO,Contes populaires, 4ª ed., 79-103.

espera para convocarlos a palacio que haya varios personajes por recompensar. Se han puesto sus más hermosas vestimentas. Cuando salen de casa para subir en el carro, los servidores, los vecinos, forman fila cerca de la puerta para aclamarlos. Delante de palacio, los carros se juntan en un parque. Los escuderos hablan entre ellos o con los guardias. Cada cual alaba a su señor y los favores con que van a colmarlos. "¿Por quién hacen este regocijo, amiguito? —Este regocijo se hace por Ai, el padre divino, y por Taia. Ya están hechos gente de oro." Uno, que no ha oído, pregunta a su vez. "¿A quién festejan —Toma, ése es buen discurso. Lo que hace Faraón, Vida, Salud, Fuerza es en favor de Ai, el padre divino, y de Taia. Faraón Vida, Salud, Fuerza les da para llevar millones de cosas. Mira la ventana. Veremos lo que se hace por Ai, el padre divino."22 Cuando todos están ahí, el rey se instala en el balcón de aparición que prolonga una sala de columnas.

Desde afuera se percibe la hilera de habitaciones reales amuebladas con butacas y cofres suntuosos. Los regalos están expuestos en mesas que se llevarán cerca del rey. Serán renovados cuando sea menester. En el resto del palacio la servidumbre sigue trajinando como de costumbre. Unos hablan apaciblemente. Hay mujeres que cantan, bailan, tocan el arpa. En el patio, los portaquitasoles, los portaabanicos; unos oficiales ponen en orden a los futuros condecorados y los introducen, cada uno a su vez, al pie del balcón. El impetrante saluda al rey, pero sólo con los brazos; sin prosternarse, pronuncia el elogio del rey. Este le responde con el elogio de su servidor. Alaba su fidelidad, su destreza, su devoción. A veces le da un cargo más importante: "Eres mi gran servidor, que has escuchado las instrucciones referentes a todas las misiones que has llevado a cabo y de las que estoy satisfecho. Te doy esta función diciendo: "Comerás el pan de Faraón Vida, Salud, Fuerza, tu señor, en el templo de Atón." Y luego le echa copas y collares de oro. Los oficiales cogen al vuelo esos objetos preciosos. En seguida cuelgan del cuello del condecorado los collares, a veces tres o cuatro. El condecorado, más pesado, colmado de alegría y de agradecimiento, llega a la salida seguido por oficiales que llevan los objetos que no se le han podido colgar. Unos subalternos se encargan de los alimentos. Los escribas registran el todo. Fuera de palacio, el condecorado encuentra a sus amigos, a sus sirvientes o subordinados que testimonian su alegría. Vuelve a su carro y regresa a casa escoltado por un ruidoso acompañamiento que aumenta a cada paso. Lo acoge su esposa, que alza los brazos al cielo ante tanta riqueza. Otras mujeres tocan el tamboril cantando y bailando. Los padres y los amigos entran también y el regocijo se prolongará mucho en la casa.23

Las ceremonias de recompensa no eran el privilegio de los hombres. Ai, el padre divino, que hemos visto recompensado por Akhenatón, ha llegado a Faraón. El es quien distribuye ahora las recompensas. Luego de condecorar a Neferhotep, escriba y director de los hatos de Amón, ha decidido conceder una distinción a su mujer, Meryt-Re. La escena ocurre en una casa de campo del rey, un cubo de albañilería horadado en los costados por ventanitas cuadradas, en la fachada una gran ventana precedida por un balcón de columnas. El jardín que rodea a esa simple vivienda está plantado con cepas colocadas a lo largo de la avenida, cuyos pámpanos se enganchan a columnas del mismo estilo que las de la habitación. Al pie de la pared hay colocados vasos, canastos, pilas de platos. Meryt-Re, muy hermosa en su ropa transparente, un cono perfumado en los cabellos, se acerca a la fachada y recibe en sus dos manos el collar que el rey le echa por la ventana. A esa ceremonia, muy íntima, sólo asistían unos pocos testigos. Una mujer aplaude. Otra besa el suelo. Se traen ramos. Una música contratada para la circunstancia bebe sin dejar de agitar su sistro. Dos niños han conseguido deslizarse en el jardín y miran como curiosos. Han llamado la atención de un "ghafir" que los amenaza con su bastón. Terminada la audiencia, Meryt-Re vuelve a su casa a pie, del brazo de un hombre que no nos dan a conocer, su marido quizá, o algún oficial a quien el rey ha encargado de acompañarla. Su porte es noble. Los collares del rey siguen colgándole del cuello. Un séquito se forma detrás de la pareja, en el que volvemos a encontrar a la tocadora de sistro a quien se han unido dos niñitas desnudas. Los sirvientes se han repartido los cántaros, los bultos y las canastas que permitirán celebrar tan gran día con una buena comida. Los regalos más preciosos van encerrados en una arquita.24

Esas audiencias de recompensa se celebran algunas veces al aire libre, sea porque el personaje recompensado es demasiado importante para que el Faraón se conforme con echarle unos collares de lo alto de un balcón, ya sea, sencillamente, porque el público es demasiado numeroso. En medio de un vasto patio se

22

DAVIES,El Amarna, VI, 29-30.

23 Las ceremonias de recompensas están frecuentemente representadas en las tumbas del Nuevo Imperio: D

AVIES,El Amarna, I, 6, 30; III, 16-17; IV, 6; VI, 4-6, 17-2 D; DAVIES,Neferhotep, 9-13; Louvre C 213; Miss. fr., V, 496; tumba 106 en Tebas (Porter et Moss, I, 134).

edifica con materiales livianos un baldaquín del que los hábiles ebanistas harán una maravilla de gusto y de lujo. En un zócalo decorado con bajo relieves que representan a sirios, libios o negros arrodillados y tendiendo manos suplicantes, o pisándolos el rey metamorfoseado en grifo se levantan cuatro columnas papiriformes esculpidas e incrustadas de arriba abajo, que soportan una cornisa de varios pisos sobre la cual descansa un techo abovedado. El Faraón sube la escalera protegida por esfinges con cabeza de halcón, y se sienta en una butaca de inaudita magnificencia. El personaje a quien espera es Horemheb, que llegará a ser rey, y que ya con un importante mando militar había socorrido a unos beduinos perseguidos por otros nómadas. Había capturado toda la tribu de los agresores, y regresó a la residencia con sus prisioneros y con los que había librado, que venían humildemente a pedir el favor de pasar a territorio egipcio con sus rebaños, como se hacía desde siempre. Unos y otros asistieron a la glorificación de Horemheb. El general, con uniforme de gala, levanta los brazos en testimonio de exaltación mientras unos oficiales le ponen al cuello collar tras collar y otros oficiales, que marchan encorvados, traen otros nuevos en bandejas. Los subordinados de Horemheb muestran la larga fila de prisioneros. Los hombres de abundantes barbas y cabellos, las facciones prominentes, hacen gestos de dolor. Llevan las manos prendidas en un garrote. Las mujeres han quedado libres. Éstas caminan con dignidad. Un soldado lleva de la mano a una madre de familia, vestida con una túnica de volantes, que lleva un niño al hombro y otro más pequeño en una alforja. Otra mujer parece querer entablar la conversación con el soldado que le precede. Aún más interesantes que esos cautivos, que irán a hacer adobes o extraer piedra, son los caballos que un oficial lleva del cabestro.

Ahora que Horemheb ha sido recompensado, él mismo defiende la causa de los nómadas, que sin su intervención iban a ser despojados de sus rebaños y de todos sus bienes. Siempre adornado con sus collares, derecho el abanico, arenga al Faraón, exalta su poderío y explica el asunto. Luego se da vuelta hacia el intérprete y éste explicará a los nómadas que el Faraón consiente en autorizar su permanencia. Son libios, que se reconocen por la pluma colocada en el cráneo, por los cabellos cortados bastante cortos en la frente, por la boca grande que les cubre todo un lado de la cara, mezclados con sirios vestidos con una túnica de mangas largas y un amplio chal. Testimonian su agradecimiento con mímica expresiva, alzando los brazos al cielo, tendiéndolos hacia el Faraón, echándose de bruces al suelo. Atacados por un verdadero delirio se revuelcan en el polvo.25

Horemheb había merecido su recompensa. No podría decirse lo mismo del sumo sacerdote de Amón Amenhótep, a quien Ramsés I recibió como su igual, para acabar siendo despojado entre sus manos. La recepción se llevó a cabo en un quiosco de gala donde el rey y el sumo sacerdote estaban de pie, frente a frente, separados solamente por estantes cargados de regalos. El sumo sacerdote está destocado, en tanto que el rey con el casco azul descansa los pies en una estera, pero el artista que ha representado la escena en Karnak les da la misma altura. Los regalos eran de importancia: diez deben de oro, veinte de plata, provisiones para un festín, veinte "arures" de tierras cultivadas. Las concesiones arrancadas al rey valían mucho más, pues a Amenhótep se le entregaban poderes extraordinarios que substraían el dominio de Amón, tan rico, a toda fiscalización. Lo transformaba en un Estado dentro del Estado. Mediante largo y paciente esfuerzo, los sumos sacerdotes de Amón, tan mal traídos por Akhenatón, considerados como sospechosos por Ramsés II, habían vuelto a encontrar la influencia que supieron adquirir en tiempos de la reina Hachepsiut y de los Tutmosis.26

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