2.2 Elemental Depth Profiles
1.1.1 Cross-section examination
Quizás la zona del cerebro humano que muestra un desarrollo mayor con relación a los otros primates y el resto de animales es la formada por los lóbulos frontales, y especialmente el córtex prefrontal, situado en la parte anterior. Este último es en los humanos, proporcionalmente al volumen total del cerebro, aproximadamente el doble de grande que en un chimpancé, el triple que en un mono macaco, 4 veces el de un perro, y 8 veces el de un gato.
El córtex prefrontal es una especie de director de orquesta que controla el resto de áreas cerebrales. Es el que tiene la última palabra a la hora de tomar una decisión. Si tuviésemos que buscar algún lugar en el que situar lo que es más íntimo de cada uno de nosotros —la propia identidad, el yo—, este lugar
67 En el artículo que cito a continuación se comenta que, irónicamente, la misma falta de coherencia central podría
atribuirse a la propia investigación sobre el autismo, “que demasiado a menudo parece un tapiz fragmentado cosido
con hilos analíticos y patrones teóricos divergentes” (“Autism and Abnormal Development of Brain Connectivity” de
Matthew K. Belmonte, Greg Allen, Andrea Beckel-Mitchener, Lisa M. Boulanger, Ruth A. Carper, y Sara J. Webb, publicado en The Journal of Neuroscience, October 20, 2004, 24(42):9228–9231.
68
“Speech-in-noise perception in high-functioning individuals with autism or Asperger's syndrome” de José I. Alcántara, Emma J.L. Weisblatt, Brian C.J. Moore, y Patrick F. Bolton, publicado en el Journal of Child Psychology and Psychiatry and Allied Disciplines, Volume 45, Number 6, September 2004, pp. 1107-1114(8).
69
“The Weak Coherence Account: Detail-focused Cognitive Style in Autism Spectrum Disorders”, de Francesca Happé y Uta Frith, publicado en el Journal of Autism and Developmental Disorders (2006).
70 Un estudio experimental en este sentido es “Towards an understanding of the mechanisms of weak central
coherence effects: experiments in visual configural learning and auditory perception” de Kate Plaisted, Lisa Saksida,
José Alcántara y Emma Weisblatt, publicado en Philosophical Transactions of The Royal Society London B (2003) 358, 375–386.
sería el córtex prefrontal. Esta función de dirección se conoce habitualmente como la función ejecutiva, y consiste en la habilidad de controlar las acciones, entendiendo como tales:
Los movimientos (acciones físicas).
Los pensamientos. (acciones mentales).
La fijación de la atención (concentración en el tema en curso, o desviación rápida de la atención a otro tema que en determinado momento lo requiere).
La planificación de acciones para conseguir objetivos concretos, y la toma de decisiones.
La monitorización (control) de la ejecución de las acciones.
La inhibición de acciones o comportamientos inadecuados.
La función ejecutiva utiliza una memoria de trabajo, capaz de retener un pequeño número de informaciones durante un corto período de tiempo, suficiente para llevar a cabo la tarea en curso. Si se produce una lesión en los lóbulos frontales —a causa de un accidente o enfermedad que produzcan un daño en esta zona— la función ejecutiva puede verse afectada. En este caso, la persona no pierde su capacidad intelectual, pero en cambio tiene dificultad para desarrollar su vida diaria: le cuesta tomar decisiones, organizarse o mantener la atención en lo que está haciendo. También puede ser que su comportamiento se vuelva desagradable con los otros, porque haya perdido la inhibición71. Desde 1984 multitud de estudios han observado que las personas con trastornos del continuo autista muestran deficiencias en la función ejecutiva72, que podrían explicar algunos de sus comportamientos:
El rechazo al cambio y a las novedades puede ser consecuencia de las dificultades de planificación. Una vez encontrado un procedimiento satisfactorio, la persona evita enfrentarse a situaciones diferentes que le obliguen a planear nuevas estrategias.
La fijación en detalles (quedarse enganchado) puede ser consecuencia de los problemas en el control de la atención.
71
Depende de la zona precisa que haya resultado afectada. Un caso histórico célebre es el de Phineas P. Gage (1823- 1860), trabajador de la construcción de ferrocarriles, que sufrió un accidente en el que un largo punzón de hierro le atravesó completamente la cabeza, lesionándole los lóbulos frontales. Sorprendentemente, sobrevivió, pero a partir de aquél momento su carácter cambió hasta el punto que los que le conocían decían que “Gage ya no es Gage”. El caso lo describe con detalle Antonio Damasio en su libro “Descartes’ Error. Emotion, Reason, and the Human Brain” (1994).
72
Como ejemplo, relaciono algunos de los primeros estudios que valoraban cada funcionalidad específica.
Planificación: “Neuropsychological findings in high-functioning men with infantile autism”, de J.M. Rumsey, y S.D.
Hamburger, en el Journal of Autism and Developmental Disorders, 20, 155–168 (1988); Flexibilidad: “Case Report.
Neuropsychiatric testing in an autistic mathematical idio-savant: Evidence for nonverbal abstract ability”, de J.G. Steel,
R. Gorman, y J.E. Flexman, en el Journal of the American Academy of Child Psychiatry, 23, 704–707 (1984); Inhibición: “Autistic children’s difficulty with mental disengagement from an object: Its implications for theories of autism”, de C. Hughes, y J. Russell, en Developmental Psychology, 29, 498–510 (1993); Automonitorización: “Understanding
intention in normal development and autism”, de W. Phillips, S. Baron-Cohen, y M. Rutter, en el British Journal of
El comportamiento que presentan algunos TEA, que les lleva a expresar con franqueza sus opiniones, sin tener en cuenta de qué manera pueden afectar a los otros, podría deberse a la falta de inhibición de la función ejecutiva.
Una constatación que se le reprocha a veces a esta teoría es el hecho de que la disfunción ejecutiva no es específica del autismo, sino que también se da en otros trastornos, como la esquizofrenia, el Parkinson, el síndrome de Gilles de la Tourette, el trastorno obsesivo-compulsivo, y el trastorno de ansiedad.