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Crystal and refinement data 132

Chapter 3: Synthesis of biphenolate lanthanoid complexes 90

3.6 Crystal and refinement data 132

“El jugador es la esencia del fútbol, el protagonista estelar sobre el cual hoy gira una gran

industria y en el cual las generaciones han buscado siempre ídolos y modelos de vida, constituye el personaje sobre el cual siempre se comenta, imparcialmente del lugar la ocasión y quién hable, logrando una notoriedad tan importante que son incluso más conocidos que presidentes, escritores, doctores, maestros o religiosos” (Weineck, 1994, p.

164).

Existen criterios divididos donde la interrogante que predomina es ¿el futbolista nace o se hace?, en donde muchos entrenadores defienden que el jugador nace, desde pequeño sobresale por tener una relación especial con el balón, su coordinación motriz con la pelota fluye y se hace bella para los ojos del que mira.

Es verdad que muchos jugadores nacen con ese vínculo genético adquirido traducido en una técnica innata, que le permite tener un manejo del balón que marca la diferencia con respecto a los demás jugadores.

Al mismo tiempo existen entrenadores que defienden que el futbolista se hace, que es fruto del entrenamiento, la mejora y capacidad de rendir de los futbolistas, que es posible convertir jugadores poco talentosos en futbolistas de primer nivel. De alguna manera los dos tienen razón.

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Otros entrenadores son de la idea que el futbolista nace y se forma y el nacer implica mucho más que tener un vínculo especial con el balón. Lo que implica que el nacer involucra sentir, sentir la necesidad de disfrutar jugando, de tener un balón en contacto con su cuerpo, ya sea real, improvisado o imaginario. Cuyo sentimiento favorece la predisposición para la formación del jugador, quien quiere entrenar, interiorizar cada enseñanza, cada pequeño detalle que le puede ayudar, no a ser futbolista, sino a disfrutar más de aquello que el ama, el fútbol.

Como se ha hecho mención anteriormente el nacer implica, un vínculo especial con el balón, que cada contacto con el balón sea magnífico ante los ojos externos, que interprete que el juego abre un infinito abanico de posibilidades que accede a ellas de la manera más sencilla y bella.

Lo que sí es cierto que comienzan muy temprano, sin que nadie se dé cuenta incluso, ya llegaron a la fama, son goleadores, atajaron un penal en la final del campeonato del mundo, conceden entrevistas, y hasta hacen comerciales.

Razón por lo cual la formación es también parte fundamental en este proceso. Ya que hay que cuidar al futuro futbolista instruirle las opciones que permite el juego, mostrarle el camino de la mejora continua y crecimiento como futbolista, pero sobre todo no permitir que se aburra, que pierda la ilusión de aprender, de disfrutar, de sentir, indicarle que existen muchos condicionantes externos e internos que al final se cruzan en la vida de un futbolista, pero con la conciencia... Que cuando el fútbol nace en el corazón, pasa por la cabeza y acaba en los pies.

Teniendo la idea clara que GENÉTICA y ENTRENAMIENTO, constituyen las claves que permiten un acercamiento al FUTBOLISTA.

“Al mismo tiempo el jugador de fútbol es un loco soñador como muchos, solo que su sueño

persigue un juego, algo que pudiera perder valides ante los que no creen en el juego como

parte importante de la vida” (Weineck, 1994, p. 169). Pero este sueño comienza a perder un poco de encanto y mística, cuando al hombre le someten a trabajos y esfuerzos que rozan lo intolerable, entonces aparece lo real del juego.

El futbolista vive una vida llena de extremas y rápidas emociones, pasa con mucha facilidad del halago sin fin luego de una buena actuación, al rechazo total después de una mala actuación.

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Es necesario manifestar que la inestabilidad es su constante, nada es garantía, sobre todo en países como el nuestro donde la sociedad es así.

No saben si la quincena o el mensual llega a tiempo, es más, no saben si llega. Los contratos son una suerte de ruleta, se respetan o no. Sin embargo, están siempre obligados a rendir cada vez más. No saben hasta cuando el cuerpo aguante y la mente sea de ayuda. No les alcanza solo el trabajo y esfuerzo propio, se depende de muchos factores ajenos que forman parte del juego, dirigentes, lesiones, familia, medios, etc. Lo único cierto es la incertidumbre que en muchos coartan el sueño y convierten al juego en cuestión de vida o muerte.

Por otro lado, saborean la gloria, disfrutan la fama, se convierten en ejemplos de vida, viajan en primera clase, duermen en hoteles cinco estrellas, tienen un séquito de gentes que los atienden como a niños. Les elijen la comida, vestuario, con quien dormir, hasta les enseñan a hablar. Tienen masajista propio, equipo médico, salen en la tele tantas veces como los anuncios políticos. Aprenden a compartir, a esforzarse por causas comunes, a ser solidarios, a brindar lo mejor de sí, a ser respetuoso y todo esto gracias a un juego que aman y encima les pagan por jugarlo.

Eduardo Galeano con maestría dice del jugador de fútbol.

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro los abismos de la ruina.

El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar (2005, p.3).

Continúa el gran poeta uruguayo.

Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan, y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. En los otros oficios humanos, el acoso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y

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la familia también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una carita de consuelo (2005, p.3).

Como se puede apreciar, el futbolista es un mundo de contrastes, que del juego ha hecho una forma de vida, y que en su hábil esfuerzo imprime una pasión hermosa que contagia al graderío para hacer común la satisfacción del triunfo.

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