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3. Case Study Location, Data Collection, and Current Situation Analysis

3.2. Data Collection

Embarazo y parto

Arnoldo Rascovsky, en su libro El filicidio, aporta abundantes argu- mentos que pretenden demostrar que la cultura es hostil al embara- zo. El conjunto de «síntomas» con que el embarazo es padecido por aproximadamente el 30% de las mujeres de nuestra cultura expresa- ría tal rechazo y hostilidad, pues náuseas, mareos, vómitos y otros ma- lestares que experimenta la mujer durante la gestación no obedecen a ninguna causa orgánica demostrable. Por el contrario, tendría que decirse que el embarazo no es un estado patológico sino más bien el estado de plenitud biológica de la mujer. Sin embargo, esos trastornos constituyen una sintomatología posiblemente artificial vivida por la gestante como real, y expresa, aunque esta no lo sepa, el conjunto de agresiones intrapsíquicas y culturales que acompañan frecuentemen- te como cortejo al embarazo.

Las agresiones culturales vinculadas al embarazo se ponen de ma- nifiesto de múltiples maneras, pero siempre con el propósito de ame- drentar a la embarazada. Por ejemplo, cuando un grupo de personas toma conocimiento de una mujer gestante, surgen expresiones y co- mentarios referidos a los peligros del embarazo y el parto. Se le sue- le contar experiencias a veces terroríficas de amenazas de aborto, de partos atendidos negligentemente por médicos irresponsables, etc. La embarazada, frente a tal abrumadora demostración de peligros, no puede eximirse de padecer el embarazo como si este fuera una ame- naza contra su vida.

En relación con el parto, el cúmulo de agresiones con que la cultura ataca a la futura parturienta tiene un carácter histórico. Basta recordar el «parirás con el dolor de tu vientre». ¿Qué persona, niña o adulta, no

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conoce esta frase que afirma que el dolor es connatural al parto? Si encuestáramos a un grupo de mujeres de diferentes edades perte- necientes a nuestra cultura, concluiríamos afirmando que, para todas, el dolor es inherente al parto. Sin embargo, estudios antropológicos y fisiológicos revelan que no existe una base consistente para tal creen- cia. Esto no va a impedir, por supuesto, que a la hora de parir las mu- jeres sufran. Conviene comentar la alta incidencia actual de cesáreas; muchas de ellas no obedecen a razones médicas sino prácticas, sin tomar en cuenta los riesgos a largo plazo para el niño. La naturaleza ha programado durante millones de años un parto lento y progresivo que evita la hiperoxia cerebral. La cesárea abrevia este lapso natural, sin que se informe a los padres acerca de las posibles secuelas.

Estudios antropológicos realizados sobre diversas culturas, mal lla- madas primitivas, han demostrado la existencia del parto con ausen- cia absoluta de dolor. Por ejemplo, algunas aborígenes de la selva pe- ruana tienen por costumbre de parir paradas en el río, sumergiendo el vientre dentro del agua. La mujer lava y carga a su hijo hasta la ribe- ra. Como dato pintoresco, señalemos que otra cultura de aborígenes amazónicos presenta el singular hecho de que los dolores del parto no los padece la parturienta, sino su marido. Estos datos son suficien- temente reveladores del significado determinante de la cultura sobre el parto y el supuesto dolor acompañante.

Desde el punto de vista fisiológico, la evidencia médica agrega ra- zones contundentes como para demostrar que el dolor no es inhe- rente al parto. Basta señalar que la dilatación del tracto vaginal suele alcanzar hasta sesenta centímetros y el perímetro de la cabeza del niño al momento del parto, término promedio, es de cincuenta centí- metros. De forma tal que si la mujer aprendiera a usar su musculatura y respiración con la armonía, presión y relajación pertinentes, el parto debería producirse como un hecho únicamente placentero y exento de toda forma de dolor, o cuando menos con molestias menores.

Proponer el parto psicoprofiláctico como un procedimiento uni- versal en centros hospitalarios, debería ser una medida obligatoria.

Los requisitos básicos de un parto psicoprofiláctico son: ▪ aprender a lograr una buena respiración;

▪ aprender a lograr una buena relajación;

▪ aprender a lograr una buena dilatación de la musculatura; y ▪ aprender a lograr una adecuada coordinación de todo esto. Estas actitudes, donde la mujer se muestra débil para asumir un hecho biológico que debiera serle connatural, van aparejadas por un conjunto de comportamientos cuyo núcleo radica en mostrarse vul- nerable y débil, especialmente frente al varón. Dadas las condiciones del desarrollo de la sociedad actual, las diferencias de fortaleza física entre una y otra persona han dejado de tener gravitación en el éxito del ajuste de la conducta a la vida. En tiempos de las hordas primitivas, la mayor fortaleza física del hombre podía justificar la impresión de su superioridad, pero el mantenimiento de tal atavismo en nuestro tiempo ya no responde objetivamente a la realidad. La posesión del pene no tiene por qué significar mayor destreza para la adaptación ni mayor resistencia a las agresiones de la vida. Por ende, tampoco pue- de haber ninguna razón que justifique la inferioridad.

Por el contrario, sabido es que la mujer vive más, que tolera me- jor las enfermedades, que padece de enfermedades mentales menos graves y que, en general, en la actualidad, su resistencia para tolerar las agresiones del ambiente es bastante más elevada que la del varón. ¿Por qué, entonces, debe ser el varón quien proteja a la mujer? ¿Hay fundamento en la idea de que el pene produce una suerte de energía especial? Estas fantasías solo pueden explicarse a la luz del psicoaná- lisis, cuando este precisa la identificación que en la cultura se hace del falo como símbolo de poder y de violencia. Pero esta explicación no elimina la condición imaginaria de la fantasía, a pesar de lo cual esta ejerce una poderosa influencia sobre el comportamiento femenino. Durante el embarazo la mujer renuncia a su fortaleza, se muestra vul- nerable y busca protección; los síntomas sirven para este propósito. Esto expresa claramente que ha delegado el gobierno de su propia

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persona en fuerzas ajenas a ella y la sintomatología muestra renuncia a la adultez y, por tanto, rechazo al embarazo. En cambio, cuando la mujer se siente dueña de sí misma, cuando aprendió a ser indepen- diente y a disfrutar de ello, cuando goza íntegramente de su sexuali- dad y ha ganado confianza en sí misma, estos síntomas no aparecen o son insignificantes.

Esta dinámica se refuerza con un ambiente consentidor. Ejemplo de tal dinámica es el «antojo», manejo por el cual la esposa finge ser una niña caprichosa y el esposo un padre engreidor.

Todas estas deformaciones del comportamiento adulto de la mujer se acompañan de la vivencia culpable del embarazo. Se ha cometido el «pecado original» y habrá que expiarlo. Aunque la embarazada no es consciente de estos hechos, el análisis de la distorsión del compor- tamiento lo pone de manifiesto.

La explicación que antecede resulta necesaria para entender la ac- titud de la mujer frente al parto, pues esta estructura del comporta- miento tiene una importancia determinante en los sentimientos que abriga la parturienta. Existen comprobadas razones que demuestran el impacto de estas actitudes sobre el recién nacido. Por ejemplo, la madre durante el parto puede hacer una contracción muy fuerte del tracto vaginal y llegar incluso a producir lesiones cerebrales en el niño, tanto por la presión que ejerce sobre su cabeza como por la demora en la oxigenación cerebral cuando el parto es demasiado lento.

Mientras tanto, en el útero, el feto, que vive en estado de ingravidez semejante al de un astronauta, con una temperatura aproximada de 37º C, donde el líquido amniótico sirve de amortiguador para las agre- siones del mundo externo, se alimenta a través del cordón umbilical, sin necesidad de demandarlo. El feto funciona como un animal acuáti- co, nada con movimientos de extraordinaria gracia y soltura, y necesita de estos para estimular su musculatura y sus funciones. A los 3 meses tendrá aproximadamente ocho centímetros y estará completamente formado. De aquí en adelante, el niño tiene mucho que aprender de sí mismo. Sus actividades en el medio uterino están centradas en el

aprendizaje, puede ver y oír, y ser considerablemente sensible, no solo a los movimientos de la madre sino también a sus estados de ánimo. Ahora podemos identificar las respuestas del feto a los impactos emo- cionales de la madre. Por ejemplo, cuando la madre experimenta de- presivamente su embarazo y, por lo tanto, sus movimientos son poco activos, el niño responde pasivamente y también se mueve muy poco en el líquido amniótico. Se deduce, entonces, que si el niño aprende de sus propios movimientos, su ausencia limitará el aprendizaje y la estimulación de sus funciones.

He aquí, pues, una evidencia clara de la forma en que las actitudes de la madre durante el embarazo repercuten negativamente en su hijo. No es propósito de estos comentarios culpar a la madre, pues es- tos hechos no son intencionales, son inconscientes y aprendidos del ambiente, resultando casi inevitables.

Pero el niño continúa su crecimiento y, cuando se aproxima el mo- mento del parto, habrá alcanzado aproximadamente 50 centímetros y ya no podrá moverse con la libertad anterior. El espacio se le ha es- trechado y resulta incómodo. Almacena sacos de grasa bajo su piel preparándose para el momento del nacimiento.

El parto no es otra cosa que una nueva forma de encuentro entre madre e hijo, no menos importante que el anterior, pero más rico en la posibilidad de un desarrollo elaborado que ambos ansían. Por lo tan- to, deberíamos tener la imagen del parto como una de las maravillas de mayor belleza de la humanidad.

Sin embargo, pocas veces el parto es placentero.

A fuerza de ir acompañado de un séquito quirúrgico, aséptico, con grandes lámparas para iluminar la intervención de los médicos, el niño, que pasó mucho tiempo en plácidas penumbras, va a encontrar- se con el impacto de la luz, con la diferencia térmica del ambiente y con la incorporación de oxígeno y alimentos por una vía aún virginal. Si esta escena no fuera la de un parto, bien podría ser tomada como la de un acto de violación.

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Agreguemos a este hecho, naturalmente traumático, la inconcebi- ble circunstancia, sui generis en el reino animal, de que una vez pro- ducido el parto se aparta al niño del seno de su madre para conducirlo a habitaciones supuestamente más apropiadas. Para calibrar lo trau- mático del acontecimiento, imaginémonos despertar súbitamente en una galaxia desconocida por el hombre. ¿Cuál sería nuestro miedo? ¿Cuánto nuestro desconcierto? ¿Cómo tolerar la soledad? ¿Y si esto nos ocurriera en la adultez? ¿Cómo podemos separar al niño recién nacido de su madre?

Estudios surgidos a partir de descubrimientos de la etología, de- muestran que aquellos pocos niños que no son separados de sus madres inmediatamente después de nacidos son menos violentos, más adaptables y considerablemente más serenos para enfrentar las agresiones del ambiente. Toleran mejor la frustración y sus respuestas presentan una gama más variada de alternativas frente a situaciones difíciles.

Este libro sentiría cumplido su cometido sin tan solo lograra con- vocar a las conciencias para urgir una inmediata eliminación de este estilo de parto, sin justificación médica, biológica y psicológica, y qui- zá también jurídica, pues pareciera la primera y más trágica violación de los derechos del niño. Han pasado ya varios años desde la publica- ción de la primera edición de este libro y no ha habido cambio mayor en esta forma de parto. Invoco a los médicos a hacer un esfuerzo y romper los prejuicios de quienes usan tan oprobioso método.

Ahora bien: existe la posibilidad de lograr un estilo de actitudes totalmente diferente, en que el parto deje de ser traumático para ma- dre e hijo, y desde el que podamos abrigar la esperanza de formar hi- jos más sanos. Para esto, el embarazo requiere de una higiene mental que incluya: el parto psicoprofiláctico, comunicación abierta entre los padres, una relación entre estos sin manipulaciones recíprocas y una actitud de respeto para con los requerimientos del niño.

Cuando estas condiciones se dan, ya está lograda la posibilidad de que el niño nazca en un clima apropiado para el desarrollo pleno de

sus funciones, fortalecido por un sistema de relaciones familiares que desde un comienzo lo ayuden en la empresa de construirse a sí mis- mo.

Construirse a sí mismo no es una tarea fácil y no todos lo logran al- canzando altos niveles. Al nacer, el niño, formado por células ajenas a su propio cuerpo, está incapacitado para vivir por sus propios medios. La dependencia resulta así indispensable para la vida. Al convertirse en adulto, en cambio, podrá disponer de un grado elevado de auto- nomía. De manera que podríamos resumir la vida de un ser humano como el tránsito entre la dependencia total y el manejo considerable- mente autónomo de su existencia.

No ocurre esto en el reino animal más que en las especies superio- res, a tal punto que los biólogos afirman que, mientras más evolucio- nada es una especie, más prolongado es el período neonatérico, es decir, el tiempo de vida que el animal debe pasar para independizarse. Este tránsito neonatérico lo experimentan muchas madres en nuestra cultura como un estado de pérdida progresivo donde cada paso en el logro de la autonomía del menor es sentido depresivamente como una pérdida irreparable, fomentándose de este modo comportamien- tos que pretenden no dejar crecer a los hijos. A pesar de ello, los pa- dres alientan la autonomía del hijo. Esta antinomia de circunstancias produce un nuevo conflicto, que comienzan por padecerlo ellos mis- mos, pero que no tarda en trasladarse a sus descendientes.

Este conflicto se resuelve en el núcleo familiar cuando los padres tienen una clara comprensión de la normalidad de su aspiración de proteger a sus hijos, pues este deseo se gesta en el amor de los pro- genitores. El alentarlos e impulsarlos a ganar en autonomía día a día tiene la misma fuente. Entonces será posible enfrentar la relación con los hijos sin las distorsiones que esta contradicción produce, eliminán- dose así un factor importante de ansiedad entre padres e hijos. El con- flicto no desaparecerá, pero se enfrentará de una mejor manera.

El primer año

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