El personaje del loco es un ser singular en el universo ficticio de Un mundo exasperado. Esta singularidad se materializa, sobre todo, por la falta de una denominación digna reconocida por el código social. Así es cómo, tanto en el recinto familiar, entre los amigos, como en un lugar público, al protagonista se le llama por sustantivos o adjetivos con una profunda connotación negativa y despreciativa. En primer lugar, palabras como “chiquillo”, “bobo” (p. 59), sentenciadas por su padre, son una prueba material del deseo de no atribuirle a su hijo un nombre o un apellido. Eso afectará al protagonista a lo largo de toda su vida, marcándose en su piel como algo indeleble. Los llantos de su madre, que reacciona ante la actitud de su marido, dan a conocer su angustia y su pena, pues, dichas palabras funcionarán como preludio de una larga e incurable degradación psíquica.
En efecto, algunas actitudes del protagonista llaman la atención por resultar anormales y grotescas. Cabe subrayar, a modo de ilustración, los días de su infancia, prácticamente encerrado, casi sin poder salir del cuarto de baño, y lavándose una y mil veces (p. 59-60). Algo parecido ocurre en la Escuela cuando decidió encerrarse en un armario mientras los docentes se sucedían para impartir clases, hecho que acarreó su expulsión de la Escuela.
Él mismo deja sentado que su carácter raro es perceptible por todo el mundo: “porque ni siquiera logro persuadir a nadie a mi alrededor ni evitar que me miren con reparo -de reojo, con ojeriza-, como barruntando mi trampa, mi truco patético y apremiante” (p. 97).
Otro elemento que justifica la denominación “bobo”, es el hecho de que todo le asombra, aún cuando se trate de la actitud anodina de una persona. Por ejemplo, interviene juzgando anormal que un conductor se preocupe de una raya que aparece en la carrocería de su coche, hasta humedecerse de saliva el dedo para “aplicar, apurada y amorosamente, esa saliva a la chapa de su coche” (p. 121). De ahí esta pregunta que dirige al conductor y que origina un enfrentamiento verbal que será zanjado por la intervención de las autoridades competentes:
¿Es verdad que se ha llevado usted el dedo índice de su mano izquierda a la boca y, una vez mojado de salivilla, ha aplicado usted esa salivilla suya con todo cariño y preocupación a esa raya, a ese cosque o desportilladura de su coche en la parte baja de la carrocería junto a la rueda? (p. 121).
Sin embargo, toda la temporada que pasa en el sanatorio, no ha sido, a nuestro parecer, provechosa para él, pues, aunque reconocerá que se asombra menos, o le asombran menos cosas (p. 123), su conducta en la vida social seguirá siendo el reflejo de alguien que vive todavía en las nubes. Como prueba de ello, tenemos el episodio de la avería del coche de un desconocido. Una oportunidad que le permite demostrar su generosidad y su afán de ayudar “por contribuir en lo que era justo y echar una mano en la adversidad para que llegaran a su destino” (p. 195); pero, una oportunidad en la cual da a conocer que es un gracioso, un desarreglado mental en la medida en que se empecinó en empujar el coche, pese a las peticiones de los viajeros que le pedían dejarlo. Por eso afirma:
Yo seguía empujando ahora con los tres dentro, con la carga al completo de su coche repleto hasta los topes que yo empujaba y
empujaba con todo mi corazón y todas las fuerzas a mi alcance que ya sólo sacaba de flaqueza, que eran prácticamente inexistentes quizá no tanto por el esfuerzo ímprobo y agotador, como más bien ahora por su desconfianza y el desentendimiento de todos ellos (p. 194).
La falta de dominio de sí mismo y de sus emociones, llega a su paroxismo cuando encuentra a Sara, la vendedora de una panadería. La sonrisa de ésta le sume en un alborozo incontenible que le lleva a perderse el juicio y la sensatez. En efecto, cuando llega ante las frutas expuestas por el tendero, dice:
me dejé caer a peso muerto sobre los cestos de manzanas y las cajas rebosantes de naranjas, sobre las peras y los melones y las uvas para abrazar el mundo en mi caída e impregnarme de sus formas, de sus gustos y aromas y colores” (p. 297).
Por lo demás, la primera llegada de Sara a su casa, le ofrece otra oportunidad de demostrar el mismo estado de ánimo y, por ende, otros síntomas de insania. Ante el rechazo de todo lo que le proponía a su huéspeda, confiesa que “ya había vaciado todo el contenido de la nevera producto a producto sobre la mesa que rebosaba, y continuaba ahora haciendo la misma operación con los armarios” (p. 300). No se puede echar un velo en el momento en el que el protagonista se convierte en un hazmerreír público, incorporándose al escenario del mimo de la calle. Imita todos los gestos del otro, ora estirando un “esmoquin imaginario” (p. 384), “su imitación de sonrisa” (p. 384) o bién parodiando “con el brazo tendido también hacia un perro imaginario y sujetando con la otra mano con el mimo un sombrero imaginario ante una velocidad y un viento también imaginario” (p. 385). He aquí cómo representa el esquema de ese escenario:
Eran tres los brazos derechos extendidos sucesivamente hacia delante, y eran tres las voluntades que luchaban y dominaban otras fuerzas dominables -el perro y la imitación del perro y la imitación de la imitación, etc. (pp. 385-386).
Todos estos detalles sirven para demostrar las conductas de alguien que ha perdido el buen sentido y vive en un mundo extraño que Gwenhael Ponnau denomina “le pays illimité de la fantaisie” (Gwenhael, 1997: 299). Es también importante para justificar la avalancha de denominaciones cargadas de una nítida voluntad de desestimación, de desprecio y de encono. Cabe recordar que un día, cuando estaba en un bar, con motivo de un partido, uno de los televidentes se dirige a él: “Tú con quién vas, chaval?” (p. 43) y luego con un tono humorístico añade: “O sea que el chaval no es de ninguno. El señorito no es de nadie. No juega, dicho en otras palabras” (p. 44).
Durante un viaje en tren, es víctima de la misma impresión de exclusión. Un viajero le regaña con estas palabras: “¡y no se le ocurra otra vez volver a tocarme!”. “Son todos iguales –prosiguió-, a la que se descuida una ya la están acosando y manoseando; en cuanto se despierta, o a saber si incluso dormida. Qué asco me da” (p. 142). La animosidad es aún más palpable cuando se le llaman “imbécil”, “idiota”, “cretino”, “Hombre ridículo” y “El muy sin vergüenza” (p. 145). A todo esto, sumamos las reprobaciones del público en la calle, que le tildan de “traidor”, “vendido”, “confidente de la policía” (p. 253), y “burgués de mierda” (p. 254), aunque el protagonista quiso tan sólo defender a un inocente portero, agredido por un hombre que “le ensangrentó la cara rompiéndole encima la luna de cristal” (p. 257).
En resumen, un número importante de sustantivos, de significantes indelebles marcados en el alma del protagonista, corroboran lo que solía decirle Ana, una de sus amigas. Ella le abandonó diciéndole: “porque siempre serás un don nadie” (p. 76).
Puede decirse que el anonimato del personaje del loco en la obra de González Sainz, es meramente aparente, porque los apodos, aun con tinte negativo, le sirven tanto a sus padres, como a su entorno social, para identificarle. Desde el punto de vista semántico, como hemos comprobado, existe un lazo estrecho entre dichas denominaciones y las actuaciones del protagonista.