Pierre Bourdieu parte de una perspectiva dialéctica, marxista y socio-económica de la comunicación. Las relaciones de comunicación que se establecen entre las personas
mediante actos lingüísticos reflejan simbólicamente las relaciones de fuerza que se establecen entre los hablantes y sus grupos de procedencia. Se rechaza, pues, la inocuidad de los planteamientos procedentes de la lingüística, tanto estructuralistas como generativistas, por su análisis básicamente formal, y por lo tanto incompleto, de la comunicación. Como señala Guy (1992: 60):
Mientras que un sonido, un signo o una estructura sintáctica determinados no guardan una relación intrínseca con la clase social o la organización económica, la
evaluación social de las diferencias lingüísticas depende directamente, y sin lugar a
dudas, de las diferencias de poder, status y clase. El ejemplo más evidente lo encontramos en la propia noción de norma. La creencia en la existencia de una variedad de lengua “inherentemente buena” es uno de los dogmas más intensamente afianzados en la mayoría de los países occidentales. Basta un análisis superficial para revelar que esas variedades estándar no son otra cosa que el dialecto social de las clases dominantes.
En sus obras, Bourdieu y Passeron (1977) estudian el fenómeno de la selección escolar, que afecta a las clases más desfavorecidas. Desde un ángulo marxista, Bourdieu (1985: 144) defiende que existe una distribución desigual del capital lingüístico entre las diferentes clases sociales. La diferencia entre el dominio lingüístico de cada clase social y el lenguaje escolar interactúan, realizando una especie de selección de los estudiantes que podrán acceder a la universidad (véase también Romaine, 1996).
En la misma línea Ch. Baudelot y R. Establet (1975) han señalado que la lengua escrita es el principal instrumento de selección escolar, ya que distribuye a los alumnos en dos vías paralelas: la profesional y la intelectual. En la primera entran los que han fracasado en el dominio del lenguaje verbal, ya que los modos de expresión de la Escuela son totalmente ajenos a las prácticas lingüísticas de la clase obrera. Las formas de vida y los estilos lingüísticos se alejan de la norma culta. La Escuela privilegia el código lingüístico de la burguesía, en el que se expresan contenidos culturales de manera que resultan inaccesibles a las clases bajas.
Para Bourdieu (1985) es el Estado el que unifica el mercado lingüístico, al establecer normas para sus actuaciones oficiales que luego sirven para medir todas las prácticas lingüísticas, tales como las de “los maestros de enseñanza primaria, investidos de un poder especial: el de someter universalmente a examen y a la sanción jurídica del título escolar el resultado lingüístico de los sujetos parlantes”. Todo esto lleva implacablemente a la devaluación de los modos de expresión populares. Esta nueva
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jerarquía de los usos lingüísticos tiene claras implicaciones sobre el mercado de trabajo, al exigirse un uso correcto de la "lengua oficial", la lengua de la burguesía, y sobre la conducta de los sujetos, que en los casos más extremos pueden "perder las palabras" por miedo a su propio idiolecto socialmente estigmatizado. "Se tiende así a constituir un sistema de oposiciones lingüísticas sociológicamente pertinentes que no tienen nada de común con el sistema de oposiciones lingüísticas pertinentes lingüísticamente [...] existe todo un conjunto de diferencias significativamente asociadas a diferencias sociales".
No basta con un uso gramatical de la lengua o con emitir frases comprensibles. Se trata, para Bourdieu, de un problema de legitimidad: es preciso dominar la lengua legítima cuyo uso aporta al usuario un beneficio de distinción al que solo pueden acceder personas de determinadas posiciones sociales al disponer de mejores condiciones de adquisición de la competencia legítima. No obstante, para que se mantenga ese beneficio es preciso mantener la unificación del mercado y la desigual distribución de las posibilidades de acceso. La transmisión del capital lingüístico opera como la transmisión del capital cultural a través de las sucesivas generaciones y puede producirse por el contacto prolongado, en algunos casos, o mediante procesos de formación por medio de la familia y más específicamente en las instituciones educativas.
Bourdieu propone dos dicotomías: distinguido/vulgar, (o raro y común) y riguroso/descuidado (o noble/libre). Lo que hace la escuela es instituir unos esquemas prácticos o reglas que parten del trabajo de los gramáticos, cuya función es explicitar los usos de la expresión escrita pasada. La adquisición de la lengua oficial puede darse en dos ámbitos: la familia y el sistema escolar. El discurso lingüístico no es un signo solo realizado para ser comprendido, sino que es también un signo de riqueza destinado a ser valorado y apreciado, y un signo de autoridad destinado a ser creído y obedecido.
El control de un hablante sobre su discurso depende de los parámetros contextuales (grado de oficialidad de la interacción), de la amplitud de la distancia social entre los hablantes y sus respectivos grupos, de la sensibilidad del locutor con respecto a esas diferencias y, finalmente, de la aptitud del locutor para responder en esa situación de tensión con una respuesta fuertemente controlada. Ello supone elegir de entre todas las estructuras posibles aquella que se adapte en mayor medida a la situación de
interacción. Es decir, la interacción social se va a ver claramente reflejada en el uso lingüístico (por ejemplo, el usted y el tú). En definitiva, no es suficiente juzgar la expresión oral como correcta e incorrecta, gramatical o agramatical, sino como “distinguida” o “vulgar”. El uso lingüístico sin distinción de los alumnos podrá juzgarse como: ordinario, común, popular, informal, libre, etc. y, en casos extremos, como descuidado, grosero, vulgar, zafio, rudo, etc., mientras el uso distinguido podrá calificarse como noble, elevado, culto, selecto, refinado, sutil, matizado, o en su exceso, como rebuscado, críptico, pedante, oscuro, etc.
La competencia implica el dominio práctico del uso de una lengua, pero además el dominio práctico de las situaciones en las que ese uso de la lengua es socialmente aceptable. Para Bourdieu, las máximas víctimas de esta situación son los pequeños burgueses, que al no poder imponer las libertades del habla llana, reservadas para su uso interno, no tienen otro remedio que copiar las formas de la clase dominante, lo que explicaría las frecuentes hipercorrecciones, el callar o el escapar de esas situaciones. Mientras, los miembros de la clase alta -sobre todo cuando han surgido de esta clase-, dominan completamente la norma, utilizándola para la producción y la evaluación.