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CHAPTER 5. TEST MODIFICATIONS TO ACCOMMODATE BATCH-FEED STOVES

5.3 Safety

5.4.2 Dealing with stoves from which fuel cannot be removed

El mundo cotidiano se caracteriza por su carácter eminentemente rutinario. En él nos inscribimos en diversas situaciones sin preguntarnos si la realidad que presenciamos puede ser de naturaleza distinta. Es decir, suspendemos la duda sobre la certeza de lo percibido; sencillamente asumimos que lo que está afuera de nosotros es estable y continuo (Schütz, 2003: 214). De la misma manera, sa- bemos que existen cosas y personas que están al alcance inmediato y otras que no: proyectamos y fantaseamos con aquello que trasciende nuestra inmediatez.

En el mundo de la vida cotidiana también damos por sentado que existieron individuos que constituyeron su propia realidad y que, de una u otra forma, han moldeado, con sus experiencias, la manera como nosotros constituimos la nues- tra. Individuos que habitaron el mundo de la vida, el mundo de los predecesores (Schütz y Luckmann, 2003: 99). Así mismo, también asumimos que vendrán otros después de que cumplamos con nuestro ciclo vital, los cuales conformarán el mundo de los sucesores (2003: 103). Del mismo modo, quienes vengan nu- trirán su acervo de experiencias con las maneras como experimentamos nuestra propia realidad. Tenemos la certeza: el mundo ha existido antes de nosotros y existirá una vez nos sorprenda la muerte.

Al mismo tiempo, suponemos que existen individuos que comparten el mundo con nosotros, en simultánea, a quienes nunca vamos a conocer, y con algunos de ellos compartiremos en grados diversos nuestra intimidad y anonimia. El mundo de los contemporáneos. En este mundo orientamos nuestros actos significativamente bajo la orientación –Tú (Schütz y Luckmann, 2003: 76). Esta manera de dirigir la atención y el sentido, este estado de conciencia, es final-

mente lo que posibilita la experiencia del otro (nos percatamos de que existe), y permite el desenvolvimiento del mundo social. De igual manera, damos por sentado en la orientación –Tú, que el otro experimenta el mundo igual a mí. Es decir, también orienta sus acciones bajo este tipo particular. Cuando en la orientación –Tú de mi acción hay reciprocidad del otro, constituimos relaciones: nosotros, piedra angular de la propuesta fenomenológica schütziana sobre los lazos sociales. Las relaciones cara a cara que construimos cotidianamente serán la materialización directa de este juego recíproco. En ellas, asumimos al otro en todo su aspecto biográfico: es pues la apropiación significativa de su flujo vital y cúmulo de experiencias; compartimos su flujo de conciencia. Es el máximo grado de familiaridad e intimidad que se puede experimentar en el mundo social. De esta manera, la relación sentimental encarna la materialización de este tipo de relación. A ella volveremos.

El mundo de los contemporáneos es también el mundo de los desconocidos. Cuando los grados de anonimia se intensifican, en las relaciones entre anónimos cambia la manera como nos orientamos a ellos. La orientación –ellos tiende a generalizar y a tipificar por medio de idealizaciones sedimentadas en el acervo de experiencias que hemos interiorizado durante nuestra propia biografía. Bajo esta misma orientación nos relacionamos con el mundo de los predecesores y sucesores. Es un mundo “impersonal” donde lo que juegan son supuestos y tipos ideales.

Al tiempo que experimentamos este universo de relaciones sociales intersub- jetivamente, los individuos nos vemos sumergidos en ámbitos finitos de sentido. En momentos determinados, podemos saltar de uno a otro por medio de shocks que advierten un cambio en la orientación de nuestra conciencia. Schütz define como “ámbito finito de sentido” a un determinado conjunto de nuestras expe- riencias: “si todas ellas muestran un estilo cognoscitivo específico y son —con respecto a este estilo— no solo coherentes en sí mismas, sino también compatibles unas con otras” (Schütz, 2003: 215). Estos ámbitos tienen sus propias reglas y estilo cognitivo: el mundo de la fantasía, del sueño, de la religión, etc. Ese juego de “realidades múltiples” es clave para comprender el amor: este se constituye también en un enclave que nos hace salir del mundo pragmático del ejecutar: se constituye como la “echada de globos”, la experiencia de la ausencia en el amor.

Dentro de este contexto, podría plantearse una fenomenología del amor desde dos perspectivas. La primera tiene que ver con los elementos presentes en nuestro acervo de conocimiento, transmitido y heredado por quienes nos

preceden. Allí hay una gran importancia en el mundo latinoamericano para la generación del bolero. Hay en esta una inmensa gama de tipificaciones con las cuales experimentamos el mundo del amor: ideas sobre la fidelidad, el desamor, la nostalgia, la ausencia, la traición, los idilios, etc., en un marco fundamental- mente tradicional. El amor romántico, alimentado con los valores que se nutren de la moralidad católica, recrea escenarios que se asumen incluso como “deber ser”: amor para siempre, hasta que la muerte los separe, la idea del príncipe azul, etc. La segunda tendría que ver con la dimensión subjetiva del amor: se apren- den permanentemente en el mundo de la vida nuevas experiencias amorosas; se actualizan estas tipificaciones o se revalúan. Al mismo tiempo, se constituye un ámbito finito de sentido con sus propios juegos y atención de conciencia. Con estas dos dimensiones se hace posible la experimentación del amor: contamos con los marcos desde los cuales orientamos significativamente nuestras acciones, constituimos los límites de lo prohibido, establecemos las lógicas sacrificiales y los mecanismos que generan obediencias y culpas, al tiempo que recreamos refugios significativos. En este ámbito finito, proyectamos nuestro horizonte vital. Surge un recetario eficaz para sortear el mundo y para ponerlo en duda rara vez. Primacía de la seguridad sobre la incertidumbre.

Dentro de las muchas tipificaciones que se reproducen en la lírica bolerista, nos interesa fundamentalmente la del caballero: aquel hombre íntegro e incólume que se desvive por su pareja, tal como resulta la obra de Manzanero y su propia vida. En términos de entrega, su cuota sacrificial es incuestionable. Vive y sufre por ella. Generoso, sabio, detallista y autoproclamado “protector”, se convierte en el arquetipo del hombre en las narrativas del amor romántico. De principios inmodificables, el caballero juega bajo dos lógicas que, ante los ojos prevenidos, generan algo de sospecha. La primera: detrás de su aparente nobleza se esconden profundas lógicas de dominación. Tal como lo menciona Bourdieu (2000: 79), afirma su virilidad en la medida en que se asume como la perfección masculina realizada. Segundo: con todas sus acciones proyectadas en su relación de pareja, busca la obediencia de su amante bajo una sutil lógica del “don”. Todos los re- galos, su despliegue de generosidad (aparentemente gratuito) tienen el objetivo (consciente o inconsciente) de que sean devueltos con fidelidad y, por qué no, con sumisión. De ahí que en el mundo del amor (dado por) supuesto, en el mismo acervo de conocimiento, se reproducen estas tipificaciones complejas y ambivalentes con cierta “naturalidad”. Así nos lo han enseñado. Así nos cuentan los boleros lo que debe ser. Para el caballero, la ruptura de la relación es mucho

más dolorosa. Puesta esta en duda, todos sus actos y proyectos consumados (to- dos los regalos y, en últimas, todos sus dones sacrificiales), se asumen como una injusticia con un profundo carácter inmoral.

“Echando globos”: cuando la vida cotidiana cae en el vilo…