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Chapter 4. Continuous availability and manageability

4.3 Serviceability

4.3.1 Detecting

Frente a las tres modestas carabelas del primer viaje y su miserable tripulación de solo ochenta y siete hombres, la segunda partida de Colón para las Indias Occidentales, fue gloriosa y espectacular: tres carracas de cien toneladas, catorce carabelas y mil quinientos hombres a bordo lo atestiguan. Y es que, en la primera navegación, el aire que alentaba en las velas era una breve aura con ráfagas intercaladas de esperanza e incertidumbre, mientras que en este su segundo viaje era el recio viento del entusiasmo que da lo comprobado. ¡Un mundo nuevo había sido descubierto! El mendicante soñador, hoy ascendido a almirante de la Mar Océana y visorrey y gobernador de las tierras descubiertas y de las que se descubrieran en el futuro, tuvo y tenía razón.

(Si se quiere medir el grado de confianza que tuvieron los reyes en su almirante del Mar Océano al correr del tiempo, no hay más que contar los buques que, en cada caso, pusieron bajo su mando. En el primer viaje, tres navíos; en el segundo, diecisiete; en el tercero, seis; en el ultimo, cuatro...)

Este segundo viaje marcó para Colón la cúspide de su gloria. Los que iban a bordo, en esta segunda y memorable expedición para las Indias, ya no eran tan solo oscuros marineros, sino médicos, artífices de diversas artes, religiosos, gentileshombres y cortesanos. Entre estos pasajeros que zarparon de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 conviene anticipar los nombres de algunos ilustres personajes íntimamente relacionados con nuestra historia: Diego de Colón, hermano del almirante; el doctor Álvarez Chanca; un benedictino de Montserrat, fray Bernal Buil, que tenia bula del Papa, quien le nombró algo semejante a nuncio suyo en las tierras recién descubiertas; un tal Pedro Margarite, quien, al igual que el Ultimo citado, fue más tarde feroz acusador de Colón ante los reyes; Antonio de Torres, el de los tristes destinos, que habría de capitanear la escuadra en su infeliz viaje de regreso a España y que más tarde moriría ahogado al perderse toda su flota, y un tal Juan de Aguado, cuyas naves, supuestamente hundidas en ulterior ocasión, están siendo buscadas en aguas septentrionales de la Republica Dominicana. Se tiene la evidencia de que Juan de Aguado viajó con Colón en su segundo periplo por una carta de recomendación de la reina Isabel dirigida al descubridor y por un memorial de éste dirigido a la reina. En lo fundamental, el texto de la soberana dice así: «Don Cristóbal Colón, mi almirante de las islas e tierras del Mar Océano: Juan de Aguado, mi repostero, va allá, a me servir en esa armada que lleváis; y por ser el criado mío, querría que fuese bien mirado, etcétera. De Barcelona, a treinta de junio de noventa y tres años. Yo, la Reina.»

Pasa el tiempo, y desde la isla La Española (a donde llegaron sin contratiempos los diecisiete navíos, el 30 de noviembre) Colón escribe un largo memorial a doña Isabel, que

le habrá de llevar a mano Antonio de Torres. En este memorial, fechado el 30 de enero de 1494, comenta: «Cuán bien ha servido, en todo lo que le ha sido mandado, el criado de sus Altezas, Juan de Aguado.»

Antonio Torres se fue para España con este memorial y con doce de los diecisiete navíos que trajo Colon. Entretanto el almirante se fue a proseguir sus descubrimientos con los que quedaban, tras cometer el inefable error de nombrar gobernador, en ausencia suya, a su hermano Diego. El saberse mandados por aquel advenedizo extranjero sentó como un disparo en el epigastrio a los gentileshombres, a los militares de profesión, que lucharon en Málaga y Granada contra los moros —y que los había, y muy ilustres, en aquella expedición—, y no digamos al legado del Papa, fray Buil, quien consideraba perfectamente compatible la cura de almas con la gobernación de un territorio. Paso por alto otros gravísimos errores de Colón en la administración de la isla y en el mando de aquellos orgullosos españoles, para indicar que, tras un largo viaje descubridor (en el que padeció gravísima enfermedad que le privo del habla, de la memoria y de los sentidos), al regresar a Puerto Isabela se encuentra a su otro hermano Bartolomé, al que había comisionado ante el rey de Inglaterra para mendigar su ayuda en la empresa descubridora. Ni corto ni perezoso, en un acto más de nepotismo, le nombra «Adelantado de las Indias», cosa que enfadó mucho a los reyes cuando lo supieron, aunque más tarde le confirmaron el nombramiento; pero que irritó sobre todo a los hidalgos residentes en La Española que se creían con mejores derechos. La tensión, por aquel entonces, entre gobernadores y gobernados había llegado a tal punto que, en cuanto Colón hacia algo que no era del gusto del legado del Papa, este suspendía los oficios divinos y se negaba a otorgar sacramentos. Colón, como represalia, retiraba la ración de alimentos al fraile benedictino y a todos sus familiares. Si querían alimentarse, que se fueran de pesca. El poder civil y el eclesiástico, una vez más en la Historia, habían chocado. Pero era la primera vez que se enfrentaban en la historia de América. De aquí el interés del dato. Para hacer corto el cuento —como dicen los mexicanos—, las mismas naves que trajeron a Bartolomé Colón se llevaron a España a los descontentos. Fuese Buil, el benedictino de Montserrat; fuese Pedro Margarite y, aunque ningún documento lo confirme, fuese también en ese viaje el misterioso Juan de Aguado que es en verdad el hilo de nuestro ovillo, ya que son unas naves suyas hundidas las que se intentan ahora rescatar con harto escepticismo del que esto escribe, como se verá en otra ocasión. También pudo irse el tal Aguado en otra posterior (diciembre de 1494), en la que Colón manda a su hermano Diego para que defienda sus intereses ante los reyes, pues no le cabe duda —y no se equivocó— de que aquellos influyentes señores informarían a la corte en su contra. El caso es que los rastros de Juan de Aguado en España se encuentran tan presto que me inclino a pensar que se fue en una de las primerísimas expediciones que tomaron el camino de regreso a la península. ¡Y qué sorprendentes son estos rastros! El 13 de abril de 1495 los reyes le mandan —una vez más— a las Indias en una misión secretísima, para lo cual le entregan esta extraña y nunca vista credencial:

«El Rey e la Reyna: Caballeros y escuderos y otras personas que por nuestro mandato estáis en las Indias. Allá vos mandamos a Juan de Aguado nuestro repostero, el cual de nuestra parte vos hablara. De Madrid a 9 de abril de 1495.» ¡Insólito documento no

dirigido al «Almirante, Visorrey y Gobernador», sino al pueblo llano! Se podría pensar incluso que fue falsificado por Juan de Aguado si no hubiese otros documentos que comprobasen su autenticidad. Tal es una carta dirigida por la reina al obispo de Badajoz, encomendándole que diese el mando de cuatro carabelas (que enviaba) al tal Aguado, quien llegó; en efecto, a Puerto Isabela en octubre de 1495, más o menos en el tercer aniversario del descubrimiento. Y apenas llegó (según la versión del cronista Fernández de Oviedo) «dijo al almirante que se aparejase para ir a España. Lo cual el sintió por cosa muy grave, e vistiose de pardo como un fraile, e dejose crecer la barba». Pero obedeció y fue a sincerarse ante los reyes. Aquí acaba el segundo viaje de Cristóbal Colón, iniciado en olor de triunfo y concluido en circunstancias oscuras y tristes. ¿Quien fue Juan de Aguado —nos preguntamos en el título de esta meditación histórica—, un hombre que ni siquiera aparece en los diccionarios? La respuesta es clara: un individuo modesto, un cortesano discreto, a quien los reyes encomendaron que dijese a Colón que deseaban hablar con él. Fue una embajada prudente, pero premonitoria. La segunda vez, años más tarde, en que los monarcas enviaron a Colón un emisario, este lo apreso y le envió a España, cargado de cadenas, así como a sus hermanos los nepotes Diego y Bartolomé. Este segundo emisario fue Bobadilla, a quien Dios castigó su gran osadía hundiéndole en las simas de los mares con toda su escuadra cargada de oro. De Juan de Aguado (salvo una levísima alusión de Fernández de Oviedo) nunca más se supo. Y, no obstante, las que se están buscando en una expedición, con cuyos componentes he convivido a bordo varios días, no son las naves históricamente «hundidas» de Bobadilla, sino las hipotéticamente perdidas de Juan de Aguado... El tema es tan apasionante como complejo. La expedición de Bobadilla merece un nuevo capítulo.

VIII. EL ÚLTIMO VIAJE