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No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes.684 Porque los hombres se complacen tanto en sus propias obras, y de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aque- lla calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables.685 Pues no hay otra manera de evitar la adula- ción que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad;686 y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad,687 faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas.688 Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos,689 escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío.690 Y con estos consejeros com- portarse de tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable. Fuera de ellos, no escuchar a ningún otro poner en seguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su

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Son necesarios. Un príncipe necesita de su incienso; pero no debe dejarse desvanecer. y esto es lo difícil (RI).

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Si no me alabaran con ponderación, el pueblo me tendría por inferior a un hombre vuklgar (RI).

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Consiento en ello, pero ¿querrán decírmela? (RC).

687

Es ya demasiado el permitirlo a dos o tres (RC).

688

Prohibición a estos mismos, de abrir la boca si no son interrogados (RC).

689

Es mucho (RC).

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cumplimiento.691 Quien no procede así se pierde por culpa de los aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en menos.692

Quiero a este propósito citar un ejemplo moderno. Fray Lucas [Rinaldi], embajador ante el actual emperador Maximiliano, decía, hablando de Su Majestad, que no pedía consejos a nadie y que, sin embargo, nunca hacía lo que quería.693 Y esto precisamente por pro- ceder en forma contraria a la aconsejada. Porque el emperador es un hombre reservado que no comunica a nadie pensamientos ni pide pareceres; pero como, al querer ponerlos en práctica, empiezan a conocerse y descubrirse, y los que lo rodean opinan en contra,694 fá- cilmente desiste de ellos.695 De donde resulta que lo que hace hoy lo deshace mañana, que no se entiende nunca lo que desea o intenta hacer y que no se puede confiar en sus determinaciones.696

Por este motivo, un príncipe debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo considere conveniente y no cuando lo consideren conve- niente los demás, por lo cual debe evitar que nadie emita pareceres mientras no sea interrogado.697 Debe preguntar a menudo, escuchar con paciencia la verdad acerca de las cosas sobre las cuales ha interro- gado y ofenderse cuando se entera de que alguien no se la ha dicho

691

Soy yo, por cierto (RI).

692

Añadase la fuerza de las actuales circunstancias que le hacen más inevitables estos dos peligros, y le veis ya en aquel fin al que los aduladores arrastran (E).

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Tuvo buenos pensamientos, especialmente cuando quiso ser el colega y el igual del papa, aun en materia de religión, y tomó con esta mira el título de "pontifex maximus". Pero no tenía mi entereza genial. Se contentó con decir que "si fuera Dios y tuveira dos hijos, el primero sería Dios y el segundo rey de Francia". En cuanto a mí, omnipotente en Europa, haré que mi hijo, si queda único, tenga por sí solo la soberanía de la Santa Sede junto con la del imperio (RI).

694

Desgraciado del que lo imaginara siquiera (RI).

695

Bella imaginación en una cabeza débil (RI).

696

No somos realmente auxiliados más que cuando las gentes por quienes queremos serlo saben que somos invariables (RI).

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por temor.698 Se engañan los que creen que un príncipe es juzgado sensato gracias a los buenos consejeros que tiene en derredor y no gracias a sus propias cualidades.699 Porque ésta es una regla general que no falla nunca: un príncipe que no es sabio no puede ser bien aconsejado y, por ende, no puede gobernar, a menos que se ponga bajo la tutela de un hombre muy prudente que lo guíe en todo.700 Y aun en este caso, duraría poco en el poder, pues el ministro no tardaría en despojarlo del Estado. Y si pide consejo a más de uno, los consejos serán siempre distintos, y un príncipe que no sea sabio701 no podrá conciliarlos. Cada uno de los consejeros pensará en lo suyo, y él no podrá saberlo ni corregirlo.702 Y es imposible hallar otra clase de consejeros, porque los hombres se comportarán siempre mal mientras la necesidad no los obligue a lo contrario.703 De esto se concluye que es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.704

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Maquiavelo exige mucho. Sé mejor que él lo que conviene en mi situación (RI).

699

La opinión está fijada. Se sabe que puedo decir como Luis XI: "Mi verda- dero consejo está en mi cabeza" (RI).

700

Sed un Luis XIII hoy en día y veréis bien pronto que Armand hará, como Pepino (RI).

701

No debe cargarse, entonces, con el peso de otro (RI).

702

Esto se verifica (E).

703

Verdad irrefragable, que bastará que los ministros y cortesanos alejen el príncipe toda lectura de Maquiavelo (E).

704

¿En dónde está la cabeza reinante capaz de ello? En un islote del Medite- rráneo (E).

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CAPITULO XXIV

POR QUE LOS PRINCIPES DE ITALIA