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3.5. Discussion

Uno de los descubrimientos fundamentales de la biología, que cambió el modo en que se comprendía la especie humana y en general todo ser vivo, fue el que las formas de vida del planeta están relacionadas entre sí y que los organismos más complejos han surgido con el tiempo a partir de formas de vida más sencillas. Pese a su diversidad, la biología descubrió que los millones de organismos que habitan el planeta comparten un conjunto de características que los diferencian de los objetos inanimados. Así, tanto el ser humano como un roble o como una mariposa comparten ciertas características que los definen como seres vivos. Estos rasgos incluyen, entre otros, un cierto tipo de organización; una variedad de reacciones químicas a las que se engloba

con el término metabolismo; la capacidad de conservar su medio interno adecuado incluso si el ambiente externo se modifica (proceso que se conoce con el tecnicismo homeostasis); el movimiento o locomoción, la capacidad de respuesta a los estímulos; la reproducción y, el que tal vez es el más importante para la supervivencia, la adaptación al ambiente. En efecto la capacidad de un organismo para desarrollarse y crecer depende de su capacidad para adaptarse a su entorno y los cambios que por definición se producen en él. De esta manera, la vida se manifiesta como una lucha constante por la existencia y la supervivencia; en otras palabras, una búsqueda constante del incremento de probabilidades de supervivencia. Así, aunque el ser vivo está constantemente amenazado por fuerzas superiores que en cualquier momento pueden detener el curso de la vida, intenta siempre controlar en algún grado esas potencias que actúan sobre él para convertirlas en medios que le permitan garantizar una supervivencia futura. Así, el organismo subsiste en tanto lucha por utilizar en provecho propio -es decir con el fin de aumentar las posibilidades de supervivencia- las energías que lo rodean. La luz, el aire, la humedad o los materiales del suelo se convierten así en medios para su propia conservación. Y la energía invertida en aprovechar las condiciones del ambiente es compensada por los resultados que obtiene en torno a prolongar su supervivencia. En palabras de Dewey, la vida puede entenderse como “un proceso de autorrenovación mediante la acción sobre el ambiente” (Dewey, 1998, pág. 13).

Sin embargo, este proceso de autorrenovación, como lo llama Dewey, no depende de la existencia particular de un organismo determinado. Tal como la biología lo plantea, este proceso vital continúa a pesar de la desaparición de los individuos. Así, aun cuando desaparezcan no sólo los organismos sino también las especies, este proceso continúa en formas más complejas que surgen mejor adaptadas para vencer las dificultades que se les presentaron a sus antecesoras. En ese sentido la continuidad de la vida, principio fundamental en la teoría evolutiva propuesta por la biología a partir de los estudios de Charles Darwin, significa una readaptación continua y recíproca entre el ambiente y las necesidades de los organismos vivos. La vida, así entendida en un sentido

fisiológico, está determinada por lo que Dewey denomina el principio de continuidad evidente en la adaptación y renovación sucesiva de formas de vida más complejas.

No obstante, la vida también abarca un sinnúmero de aspectos como las costumbres, las creencias, las victorias y derrotas, el ocio y los oficios. Así, en el caso de los seres humanos, el concepto de vida es más rico en significado, pues está constituido por otros elementos más abstractos que los aspectos fisiológicos. En este punto, es inevitable no hacer asociaciones y comparar el concepto de vida con el concepto de experiencia. En efecto, en una reelaboración de la introducción a su texto de 1925 Experiencia y naturaleza, Dewey entiende la experiencia como “toda forma real y posible en la que el hombre, que es parte de la naturaleza, se relaciona con todos los

demás aspectos y fases de esta” (Dewey, 1981, pág. 331), es decir, todo el conjunto o totalidad de las relaciones del individuo con el mundo. Este último aspecto es, como veíamos, esencial en la reconstrucción que hace Dewey de la experiencia, pues es precisamente la amplitud de este concepto lo que le permite afirmar que éste debería abarcar todo lo experimentado, así como el proceso de experimentarlo. Así lo señala Philip Jackson en su texto John Dewey y la tarea del filósofo:

“Para Dewey la experiencia abarca lo que algunos llamarían El Todo, que incluiría tanto el fondo como el primer plano, tanto el percipiente como lo percibido, tanto el sueño como la realidad. Los objetos y sucesos que identificamos como experimentados están contenidos en una matriz omniabarcativa – designada por algunos filósofos con diversos nombres en mayúscula como Mundo, Naturaleza, Circunstancias, Situación - cuyos horizontes pueden modificarse y expandirse pero nunca traspasarse.” (Jackson, 2004, pág. 115)

La experiencia así entendida en el mismo fecundo sentido en que se comprende el concepto de vida, está determinada también por el principio de continuidad que se hace explícito mediante la renovación. Así, en el caso de los seres humanos, la renovación de la existencia física permite la recreación y reproducción de las creencias, los ideales, las prácticas y todos aquellos elementos constitutivos de un grupo social. En

síntesis, la continuidad de la vida humana, o de la experiencia en este caso, depende de la renovación del grupo social. Y, así como en otras especies el mismo proceso vital no depende de la prolongación de la existencia de un organismo en específico, en los seres humanos ocurre lo mismo:

“cada uno de los individuos que constituyen un grupo social, tanto en una ciudad moderna como en una tribu salvaje, nace inmaduro, indefenso, sin lenguaje, creencias, ideas ni normas sociales. Cada individuo, cada unidad de portadores de la experiencia vital de su grupo desaparece con el tiempo. Y sin embargo, la vida del grupo continúa”

(Dewey, 1998, pág. 14)

En este contexto surge la educación, entendida en un sentido general, como el medio por excelencia que garantiza la continuidad de la vida humana, pues el simple crecimiento a nivel físico y el dominio básico de los medios que permiten suplir las necesidades primarias de subsistencia, no bastan para reproducir y mantener la vida del grupo. En efecto, no basta con la conservación física y en un número suficiente de los nuevos miembros del grupo social; también deben ser conservados los intereses, propósitos, destrezas, conocimientos y prácticas que han adquirido los miembros ya maduros y que, a la postre, constituyen en conjunto los rasgos característicos del grupo social. Así, la transmisión de todo ese cuerpo de conocimientos, costumbres e ideales que podríamos llamar cultura es determinante para la supervivencia de la vida social. Es más, se convierte en una necesidad dado el hecho ineluctable del nacimiento y de la muerte pues los seres recién nacidos no sólo desconocen sino que son completamente indiferentes respecto a los fines y hábitos del grupo social. La sociedad debe entonces comunicar y transmitir esos valiosos rasgos culturales a sus miembros inmaduros, hacérselos conocer e inspirarles un interés activo hacia ellos para, de esta forma, garantizar su supervivencia. De esta manera, la educación se convierte en una necesidad primordial de la vida.

La necesidad de enseñar y aprender es, entonces, perentoria para la existencia continua de la sociedad. Según Dewey, la educación consiste básicamente en la

transmisión, por medio de la comunicación, de hábitos de pensar, hacer y sentir de los más viejos a los más jóvenes y su necesidad se evidencia en el contraste entre la madurez de los miembros adultos, quienes poseen ese cuerpo de conocimientos propios del grupo, y la inmadurez de los nuevos miembros que son, a su vez, la garantía de la supervivencia futura de la sociedad. Este contraste es aún más evidente cuando se constata la enorme dependencia que tiene el ser humano neonato en torno a la guía y el socorro de sus mayores. Tanto así que no es capaz de adquirir por su cuenta las destrezas rudimentarias para su existencia física sino solamente a través de la relación con los miembros maduros del grupo social. En palabras de Dewey:

“El hijo de los seres humanos tiene tan poca destreza originariamente, en comparación con los hijos de muchos de los animales inferiores, que hasta las habilidades necesitadas para el sustento físico han de ser adquiridas bajo tutela. ¡Cuánto más no ocurrirá, pues, en este caso respecto a todas las adquisiciones tecnológicas, artísticas, científicas y morales de la humanidad!” (Dewey, 1998, pág. 15)

3.2.2 Educación como crecimiento

Veíamos como la biología ha demostrado que la verdadera naturaleza de la vida consiste en luchar por continuar siendo. Y esta continuidad se asegura por la renovación del grupo social mediante la transmisión de esas ideas y prácticas constitutivas de lo que podríamos llamar cultura. Así, la sociedad continúa existiendo gracias a la transmisión y comunicación de estos contenidos. La importancia de la educación radica, pues, en que a través de ella la sociedad determina su propio futuro.

La dirección y formación de los miembros más jóvenes de la sociedad es, decíamos, una necesidad. Se intenta educar a los niños bajo la idea de que son seres inmaduros que, como tales, se definen por su capacidad para desarrollarse y llegar a ser miembros efectivos de esa sociedad en la que viven. En ese sentido, la infancia se