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Chapter 3: The development and application of an eDNA-based methodology

3.5. Discussion

A la mañana siguiente, quedaban todavía esparcidos a lo largo y ancho del recinto los restos del festín. Gina y Cecilia habían decidido que se levantarían temprano para recogerlo todo mientras Remei preparaba los desayunos, pero una fatal casualidad hizo que se fuera la luz y ninguno de los radiodespertadores eléctricos llegara a sonar. Las tres dormían plácidamente cuando un sol de juguetones y caprichosos rayos acariciaba ya las ventanas de las habitaciones que daban al Este y algunas de las huéspedes se desperezaban.

Atzavara fue una de las primeras en abrir los ojos. Como era su costumbre, se agarró a los barrotes de la cuna y emitió el grito de guerra: « ¡Oh, yo, yo, ya, ooooh! — y en tono más agudo— ¡iiiih!». Azafrán levantó las orejas, se estiró y volvió a enroscarse. Las madres echaron a suertes quién se levantaba primero. Le tocó a Ana.

Margarita Sureda hacía meditación en un rincón de la habitación en el que había instalado una alfombra y erigido un pequeño altar con velas, flores y estampas de sus diosas favoritas, una Tara blanca y una Tara verde. Yin seguía agazapada debajo de la cama.

Tea de Santos, que era muy meona, se había levantado a hacer un pis y, al volver a la cama, inició una discusión con Mati, completamente trivial. Que si podías hacer menos ruido cuando te levantas. Pues, que tiquismiquis eres. Tengo derecho a descansar. ¡Ay, no me des la vara tan temprano!... Mati se desveló y empezaron el día de morros.

on.

— Y Bon día — exclamó la mayor (en tamaño) — que hay que guardarle un respeto a la lengua y a la tierra que nos acoge.

La doctora Giménez remoloneaba entre las sábanas.

La inspectora García, en camiseta de tirantes, hacía ejercicios de musculación frente a la ventana, con las pesas portátiles que siempre llevaba en sus viajes.

En la habitación del fondo, la discreta pareja se amaba por enésima vez. Candi, Gabi y Nati dormían.

Y Adelaida Duarte también dormía, pero pronto se despertó y lo primero que vio al abrir los ojos fue el morrito negro de la gata Cristi a dos centímetros de su nariz. Había dejado la ventana entreabierta y por allí se había colado la felina deseosa de explorar todos los rincones y conocer a las nuevas inquilinas. Inmóvil como una estatua y procurando evitar incluso el parpadeo, la escritora dirigió ambos globos oculares hacia la derecha para ver cuál era la situación en su alcoba. Tilita estaba sentada en la alfombra, con la boca entreabierta y un trocito de lengua expectante, contemplando la escena con tímidos movimientos de colita. La gata Cristi seguía mirando fijamente a los ojos de Adelaida. A un leve movimiento de la escritora, la gata puso un motorcito en marcha y eso provocó una sensación de inusitado placer en el esternón de Adelaida, quien esbozó una sonrisa. Vaya, pensó con agrado, hacía mucho tiempo que no me despertaba con una sonrisa. Esa sonrisa fue la señal para que Tilita interpretara que no había peligro y pensara que se trataba de una invitación a participar en el juego sorpresa que acababan de inventar su dueña y aquella cuadrúpeda bigotuda. Puso ambas patas en la cama agitando la cola a toda velocidad. La gata, que no entendía las intenciones lúdicas de aquella otra cuadrúpeda orejuda, contrincante por tradición histórica, salió corriendo hacia la ventana y, de un salto, desapareció.

— ¡Tilita! — la riñó Adelaida. A continuación se levantó de la cama y refunfuñando añadió— No sé por qué te pusieron ese nombre, tendrías que llamarte Anfetamina.

En esto, un grito aterrador las alertó a todas. Un cacareo estrepitoso había roto el silencio matinal. Estruendo de graznidos, revuelo de plumas, crepitar de hierba seca, un humo negro que se elevaba en el aire. Estaba ardiendo el cobertizo de las ocas.

Los efectos de la fiesta rural se habían notado de forma ostensible en la gran ciudad. La pasada noche, el Gay Night había estado casi vacío, y eso que era fin de semana y anticipo de las mini vacaciones de primavera. Karina, consumida por la rabia y atormentada por la angustia, no había logrado conciliar el sueño. A primera hora de la mañana, el midnight en Provincetown, con las uñas extinguidas de tanto roerlas, se lanzó al teléfono y pidió una llamada a cobro revertido a cuenta de su madre. Tenía que explicarle lo ocurrido. Erika sabía ya que su hija se había quedado con el Gay Night. De hecho, el capital invertido en el traspaso y remodelación del local procedía de una cuenta común que madre e hija tenían en un banco suizo y cuya existencia no era conocida por nadie excepto por ellas mismas y por la abogada que, en su momento, les había tramitado el asunto; un dinero, al parecer, resultado de un negocio poco claro, del que obtuvieron considerables beneficios. Pero la lejana madre desconocía otros detalles no menos importantes del asunto, como por ejemplo, que sus ex socias se habían llevado consigo a la chica que tenía en la barra.

— Y, lo que es más gordo — explicó Karina— ¿a que no sabes quién está detrás de todo esto?

— ¿Qué quieres decir? — preguntó la madre desconcertada. — Sí, ¿a que no sabes quién les lleva la gestión?

— ¿Cómo quieres que lo sepa?

— ¡Ay, mamá! Pon un poco de tu parte.

— Si es que no sé a qué viene tanta intriga, hija. Háblame claro.

ha puesto en contra mía.

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea telefónica. Por fin, la madre titubeó: — Pero... ¿tú sabes lo que significa...?

— Claro que lo sé, por eso te llamo. No quiero ni imaginar qué pasaría si se descubre lo que hicimos.

— Pues tendrás que hacer algo, cariño. A esa mujer hay que taparle la boca como sea. El ajetreo que en aquellos momentos invadía Can Mitilene contrastaba con la calma que se respiraba en el pueblo. Sus habitantes no se habían desperezado todavía, alguna perra dormitaba en las calles silenciosas y las gatas regresaban de su ronda. Del horno de una de las viviendas emanaba un olor a bizcocho caliente y pan tierno cocido a la leña, que se filtraba por todas las esquinas y hacía arrugar los hocicos a canes y felinas. La panadera estaba preparando unas bandejas con croissants, ensaimadas, croissants de chocolate, bunyols de l'Empordá y muchos bollos de los que en esta tierra se llaman briox. Eran para la nueva casa de turismo rural. Las metió en la furgoneta junto con varios kilos de pan de payés fresco y cortado en rebanadas. Quería llevarlo ella personalmente. Le daba morbo ver lo que ocurría allí. En el pueblo había corrido la voz de que todas eran mujeres, que hacían fiestas ellas solas y que tomaban el sol desnudas (esto último, nadie lo había visto, pero se lo imaginaban y casualmente era cierto). Antes de poner la furgoneta en marcha, se miró en el espejo retrovisor, extendió con las yemas de los dedos el colorete, frunció los labios para consolidar el carmín y se atusó el pelo.

En el ayuntamiento, sólo había una guardia urbana de guardia (valga la redundancia) dormida en su garito, con la gorra cubriéndole los ojos, la silla reclinada hacia atrás y las piernas estiradas apoyando los pies cruzados encima de la mesa. Cuando sonó el teléfono, casi le da un pasmo.

— ¿Un incendio? ¿Dónde? Tomo nota. Ahora mismo les envío un coche de bomberas. Dio la alarma y en pocos minutos se ponía en marcha el único camión cisterna que tenían en el pueblo.

A aquella hora tan temprana, en la carretera desierta, sólo dos vehículos circulaban en dirección a la casa de turismo rural. En sentido contrario, un Ford Escort negro volaba sobre el asfalto huyendo. Tanto las bomberas como la panadera se cruzaron con él.

Mientras tanto, en la casa, todas las mujeres se habían movilizado y se enfrentaban al incipiente desastre con una organización espontánea digna de elogio. Cuando llegaron las bomberas, las encontraron en pijama o en chandal, unas trajinando con la manguera de riego, otras persiguiendo a las ocas, las ocas desperdigadas por el jardín, las vascas echando cubos de agua, el incendio sofocado y todas con un sofoco de aquí te espero, esperando a las bomberas.

— ¡Ay, virgen! ¡Virgen santa, qué susto! — exclamaba Cecilia.

En un abrir y cerrar de ojos, desplegaron toda su parafernalia de tubos, mangueras, picos, palas, enganches y máscaras antihumo y corrieron de acá para allá con sus cascos azul eléc- trico y aquellos pantalones de uniforme que les marcaban a todas un culo respingón de lo más apetecible.

— ¿Has visto lo buena que está la que se ha subido al camión cisterna? — preguntó una de las vascas a otra mientras observaban sus evoluciones.

— Es grandota, es grandota. Esa debe de ser vasca. — Una ronda de zuritos a que es de Bilbao.

En estas, llegó la panadera con su furgoneta y se encontró con todo el fregado. — ¡Qué animación! — murmuró para sí, mientras descargaba su dulce mercancía.

A los pocos minutos, el incendio estaba ya completamente extinguido, pero la jefa de bomberas insistió en que debían quedarse como piquete de guardia por si se reavivaba el fuego. Al fin y al cabo, hasta que no llegaba el verano y empezaban a arder los bosques, se

aburrían como ostras y, en la casa, tal como la panadera había observado, se respiraba muy buen ambiente.

— No puede una fiarse — le advirtió a Cecilia— Una chispa, una brasa escondida, un poco de aire y ¡Fflllfum! Ya lo tenemos aquí otra vez. Además, hay que investigar las causas del siniestro.

Gina y Cecilia no tuvieron más remedio que invitarlas a desayunar. La panadera, ya que estaba, se apuntó también.

Así, poco a poco, se fue restableciendo la calma y, a última hora de la mañana, se respiraba ya un ambiente más relajado. Algunas se habían ido a pasear, otras pululaban por el jardín y todo volvía a la normalidad. Sólo las ocas parecían no haber superado el trauma. Permanecían agrupadas en la esquina exterior del chamuscado cobertizo, estresadísimas, sin atreverse a dar un paso. Lo del incendio había sido un golpe duro para ellas, algo que les costaría superar. Después de aquello, las ocas, que ya eran de por sí beligerantes, se volvieron mucho más hurañas y agresivas.

Remei preparaba la comida, Gina y Cecilia arreglaban las habitaciones y, en el exterior, cada cual disfrutaba del ocio como mejor sabía. Las vascas invitaron a las bomberas a jugar un partido de voleibol y ya las tienes a todas pelotazo va, pelotazo viene, las vascas en pantalón corto, luciendo pierna, las bomberas de uniforme; de espectadoras Candi, Gabi, Nati y la panadera.

La doctora Giménez se había instalado con su ordenador portátil en una mesa del jardín y, a pocos metros, la inspectora García hojeaba un periódico repartiendo la mirada entre las páginas del rotativo y lo que acaecía a su alrededor. Bien por deformación profesional, bien por un agudizado instinto de observación, García no podía evitar un riguroso control del escenario en el que se encontraba incluso estando de vacaciones. La noche anterior, como la fiesta había sido multitudinaria (y de noche todas las gatas son pardas), apenas se había fijado en los diferentes rostros, pero ahora, cuando desde una de las tumbonas del porche de la entrada vio a la doctora Giménez abstraída en su trabajo, pensó: « ¿Dónde he visto yo antes esa cara?». Y estuvo varias horas dándole vueltas a la cabeza. « ¿Dónde he visto yo esa cara? ¿Dónde habré visto esa cara?»

Sentadas en la hierba estaban Clara y Ana con la niña y, cerca de ellas, tomando un aperitivo, se encontraban Tea, Mati y Adelaida. Atzavara chupaba con efusión su chupete biológico. Aquel día lo habían untado en hierbaluisa y era un sabor que la hacía flipar. Llevaba consigo la muñeca de moda, Fany reglitas y sus minitaponcitos, un juguete didáctico con forma humanoide, barriga redonda y una melenita rubia de pelo sintético. Gracias a un mecanismo informático, a Fany reglitas le venía la regla de forma periódica y cíclica aunque con una regularidad inferior a la real, es decir, más a menudo, ya que de haber sido programada para un ciclo de 28 días el proceso pedagógico habría resultado demasiado lento. La muñeca segregaba por un orificio estratégicamente situado en la entrepierna, con su vello púbico incluido del mismo rubio que el del cuero cabelludo, una substancia rojiza que había que detener colocando un taponcito higiénico diseñado a tal efecto.

— Así aprenden ya desde pequeñas — le explicó a Tea una de sus madres después de que ésta le preguntara— Se inician en temas importantes para su futuro y practican la pedagogía activa.

— Ya no saben qué inventar — gruñó Adelaida.

Tilita y Minerva correteaban por el jardín. Azafrán hizo una incursión por la casa y se encontró con la gata Cristi. Fue un primer encuentro en elque se miraron, hicieron «fu», se mostraron las respectivas colas y cada cual se fue por su lado.

Y mientras, vascas contra bomberas, brazos al aire, encuentros en la red y la pelota describiendo elegantes parábolas de un lado al otro del campo. El partido estaba en el momento más emocionante, cuando, de repente, las ocas, impelidas por su instinto bélico,

decidieron dar rienda suelta a su contenida excitación y, formando un batallón de ataque, iniciaron una rápida carrera hacia las jugadoras.El contorneo de sus traseros y la velocidad que llevaban marcaban, sin duda, una actitud belicosa. Ante el temor a ser cosidas a picotazos, las jugadoras detuvieron el encuentro. Por unos instantes, la tensión fue tal, que podía palparse. Había que actuar con rapidez. Las tenían ya a menos de un metro de distancia cuando la capitana de las vascas gritó:

— Pasadme la bola.

Y en un mate perfecto, lanzó el esférico a la cabeza de la oca que iba en ídem, acertándole de lleno en la cocorota. El cuello de la oca se descompuso, giró sobre si misma aturdida y, en el quiebro, arrolló a derecha e izquierda a las ocas que iban en segundo lugar haciéndolas tambalear como en un strike de boliche. El resto de la bandada dio media vuelta y huyeron todas en despavorida retirada hacia las caballerizas.

— ¡Buen tiro, capi! — se oyó en medio de una salva de aplausos.

Pero la euforia de las jugadoras se vio interrumpida por las protestas de Cecilia, quien salió de la casa muy alarmada y les pegó una bronca de campeonato.

— ¡Aquí las ocas son sagradas! — vociferó— Hay que cuidarlas o nos quedamos sin casa — y dirigiéndose a las bomberas— Y vosotras, parece mentira, estando de guardia, con el uniforme y todo...

— ¿Qué tendrá que ver? — comentó una.

— Han empezado ellas — se defendió una de las vascas. La bombera protestó:

— ¿¡Nosotras!? — No, las ocas.

— ¿Qué querías, que nos estuviéramos quietas esperando a que nos atacaran? — le dijo a Cecilia otra de las vascas.

— No — respondió— pero basta con dar unas cuantas palmadas al aire para espantarlas. Y si se ponen muy chulas, les gritáis « ¡A la cazuela, a la cazuela!» y ellas solas se retiran. Además, hoy las pobres ya han tenido bastante con lo que han tenido.

— No te jode — murmuró la capitana.

Entonces sonó una campanilla y desde la ventana de la cocina se oyó la voz de Remei que llamaba.

— A comer, chicas, que la paella se enfría.

El resto del día transcurrió sin más complicaciones. Las bomberas se marcharon convencidas de que el fuego no reviviría y la sospecha de que la causa del mismo había sido un cortocircuito.

— Pues qué raro — comentó Cecilia— porque toda la instalación es nueva.

La jefa de bomberas tomó el compromiso de volver para proseguir con las investigaciones. Y la panadera, que, como habrán podido observar las lectoras, se apuntaba a un bombardeo, prometió también que volvería cada mañanita temprano para servirles el pan fresco y esbozó una sonrisa que rozaba ambas orejas.

Caída ya la noche y gozando de una temperatura ideal, unas cuantas se reunieron en el jardín e iniciaron una animosa charla. Emma García no se quedó. Seguía notando aquellas molestias en el pecho izquierdo y, cada vez que se lo sobaba (gesto que, como ya hemos comentado, repetía con frecuencia), notaba que la protuberancia interna había crecido. A la doctora Giménez no se le escapó este detalle. Cuando se retiraba a sus aposentos, García se vio sorprendida por la mirada de la doctora. Esta le envió una sonrisa y ella pensó, «pero ¿dónde diantre habré visto yo esa cara?».

Bajo la luz de la luna, las que se quedaron platicaban en torno a la maternidad, las relaciones entre feminismo y lesbianismo y, cómo no, el tema candente: la prohibición inminente de procrear entre parejas del mismo sexo. Todas estaban de acuerdo en que había

que movilizarse y, siguiendo los planteamientos de Tea de Santos, formar un frente común. Entonces, una de ellas apuntó:

— Sí, pero cuando se reivindicaba el aborto y la campaña era «Yo también he abortado», las lesbianas nos sumamos a ella y, sin embargo, cuando en la campaña de visibilidad de las lesbianas, el lema fue «yo también soy lesbiana», las heterosexuales nos dejaron solas. No creo que ahora se muestren mucho más solidarias por muy feministas que sean.

— Es que... ¡No compares! — exclamó Tea—. No es lo mismo.

Y todas se echaron a reír. Todas, excepto Mati, quien sabía que el comentario no había sido irónico aunque lo pareciera. Tea

Había hablado en serio. Por eso, más tarde, ya en la habitación, le preguntó: — ¿Qué has querido decir con eso de «no compares»?

— He querido decir exactamente lo que he dicho. No es lo mismo. Una no puede ir por ahí diciendo que es lesbiana cuando no lo es.

— Pero otra sí puede andar por allí diciendo que ha abortado cuando ni siquiera ha estado preñada. Es un acto de solidaridad, simplemente, pero, por lo visto, a las heterosexuales decir que son lesbianas les crea serios conflictos. Dime por qué. ¿Deja muy malparada su reputación, tal vez?

— Mira, Mati, no vayas por ese camino que te veo venir. Te guste o no, yo soy hetero — levantó un dedo índice amenazante— y muy hetero. No lo olvides.

— Entonces, ¿qué haces conmigo? — No tiene nada que ver.

— Yo soy lesbiana y hago el amor contigo. Y vistos los resultados, se diría que te gusta. — Por supuesto que me gusta, pero eso no significa que yo también sea lesbiana.

— Habrá que definir qué entiendes tú por ser lesbiana. — O qué entiendes tú, que eres una radical.

La discusión prosiguió en tono cada vez más airado hasta que ambas se pusieron a dormir de morros y dándose la espalda.

De madrugada, se levantó un viento primaveral que hizo batir algunas ventanas. En la penumbra de su habitación, la consellera Gemma Campmany intentaba dominar los irritantes efectos del insomnio fumando un cigarrillo. A la mañana siguiente, tenía que acudir a un pleno extraordinario en el ayuntamiento del pueblo donde se encontraba Can Mitilene. Había