La investigación cualitativa reconoce la participación del investigador en un grupo como una vía para lograr una mejor comprensión del fenómeno estudiado y para conocer mejor la perspectiva de los participantes. En este apartado voy a incluir algunas reflexiones que he realizado sobre esto a lo largo del trabajo de campo de los estudios empíricos. Aunque en el Estudio 1 tenía ciertas inquietudes y había alguna cuestión que me llamaba la atención, no conseguía delimitarla ni darle sentido. Fue durante el Estudio 2 cuando tomé conciencia de ello más claramente y escribí algunas notas en el diario de campo. Lo que incluyo a continuación está extraído de aquellas notas, retocado y elaborado para ser incluido aquí, pero sin cambios sustanciales. Con ello no quiero realizar una discusión amplia, sustentada en la literatura, sino sólo presentar algunas creencias personales, formas de sentir y de pensar que me llevaron a ciertas decisiones metodológicas en el trabajo de campo.
La participación como investigador en un grupo o institución y el uso de la observación participante tienen gran valor para conocer cómo actúan y qué dicen sus integrantes. Sin embargo, exige hacer un balance entre la calidad y la cantidad de los datos obtenidos y los límites éticos. ¿Qué puede suponer desde el punto de vista de la
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ética de la investigación insertarse en un espacio social y, en principio, convivir y relacionarse como “uno más” para conocer cómo interpretan la realidad las personas implicadas?
Para responder a esta pregunta quiero empezar introduciendo una cuestión sobre legitimidad, con dos vertientes. Por una parte, hay que plantearse qué límites tenemos como investigadores e investigadoras a la hora de manifestar nuestra voz y nuestra opinión en ciertos temas. ¿Hasta qué punto estamos legitimados para intervenir como “uno más”? Como observador en un centro educativo te encuentras en muchos espacios de decisión a los que a veces no pueden acceder (o no acceden) otras personas de la comunidad educativa (por ejemplo, el Consejo Escolar). Tu implicación en la actividad no es continua ni permanente. Por mucho que te impliques, lo normal es que estés unos meses y después te vayas. Algunas decisiones implican trabajo, implican poner en marcha actividades y esforzarse por ello. Si no ofreces esa posibilidad de su trabajo, no creo que puedas entrar a opinar con demasiada firmeza en este tipo de cuestiones. Veamos un ejemplo propio. En una reunión de la comisión de convivencia en el IES Madrid Sur, se plantearon realizar una campaña a lo largo del curso en torno a la violencia de género. Si yo no iba a aplicarme a ello, y tampoco pertenecía de pleno derecho a la comisión que estaba decidiendo, creo que no podía plantear unas ideas distintas que conllevaban mucho más trabajo (podría haberme implicado, pero ya estaba comprometido en otras cosas con el centro). En el momento en que me implicaba en la actividad y trabajaba como uno más, entraba en una situación que me permitía opinar, producir controversia, contradecir... acerca de esta actividad. Por ejemplo, creo que sí tuve esta legitimidad en un taller de negociación en el que colaboré como codocente en uno de los grupos; en esta situación estaba como un igual, era un actor completo a la vez que un observador.
Por otra parte, debemos pensar en qué medida estamos legitimados para entrar en la vida cotidiana de las personas, en su espacio más privado, en su intimidad. A este respecto quiero retomar algunas cuestiones presentadas por Ball (1989). Este autor planteaba que la sala de profesores es un entorno de gran importancia para investigar en la escuela, pues las conversaciones que tienen lugar ahí, generalmente de tono más distendido, representan una parte sustancial de los procesos micropolíticos de la escuela: muchas decisiones, el balance de fuerzas o el peso de distintas personas o grupos pueden ser conocidos desde aquí. Este es un comentario posiblemente muy acertado, pero que precisamente entra de lleno en esta vertiente de la legitimidad que estoy
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tratando. En este ejemplo se toma como objetivo de la investigación un espacio íntimo, un espacio distendido que forma parte de la privacidad del profesorado; es su lugar de encuentro, de reunión entre clases, de almuerzo, de relación con los compañeros, etcétera. La legitimidad de la presencia en un grupo con el que vamos a realizar una investigación viene dada de su acuerdo, de su reconocimiento de nuestra presencia allí, de su permiso. Pero, ¿dan todos los participantes su consentimiento de que cualquier evento, conversación o actividad es susceptible de ser utilizada como dato para la investigación? En caso afirmativo esto debería figurar con claridad cuando se propone la investigación y se pide el consentimiento. En caso de que no se haya incluido y, aun habiéndolo hecho, debemos plantearnos si realmente todos los participantes tienen conciencia de que “cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su contra”. Pienso que en esta esfera una investigación cualitativa que pretender dar un sentido y una comprensión global a la cultura estudiada es en cierto modo totalizadora, pues prácticamente todo, cualquier comentario, gesto, conversación…, es susceptible de entrar en el haber de los datos.
Para mis estudios intenté marcarme claramente un límite entre los momentos en los que estaba tomando datos y los que no. Siempre que acordaba que iba a asistir a cualquier reunión o actividad, o que quedaba claro que estaba ahí para investigar, registraba lo observado. Por el contrario, en situaciones cotidianas en las que mi presencia fuese casual o fortuita, no registraba nada. Por ejemplo, si tenía una hora libre y me dedicaba a leer o escribir en la sala de profesores, no tomaba nota de las conversaciones que mantenían los profesores y las profesoras. Es cierto que esto restringe el contenido de la investigación, pero mi opción es dar prioridad al respeto de los límites en el acceso a la intimidad de las personas.
En estrecha relación con el acceso a la intimidad de los participantes, creo que es importante considerar cómo la participación a lo largo de un tiempo en un colectivo o institución supone en buena medida la construcción de relaciones sociales. Uno vive y convive en un entorno social y por tanto en principio se relaciona como “uno más”. En este punto, creo que la lógica de la investigación entra en contradicción con un punto de vista ético. La lógica de la investigación exige una búsqueda del interés del investigador, adentrándose en los significados de los actores, acceder a sus categorías con respecto al tema de estudio. Lo que nos cuentan las personas de primera mano sobre nuestro tema es fundamental y necesario. Lo problemático es relacionarse con las personas, establecer un vínculo con ellas para simplemente lograr que vayan tomando
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confianza con nosotros y posteriormente nos proporcionen información valiosa para nuestra investigación. Cuanto mejor sea la relación, más a fondo podremos llegar con las preguntas de nuestro estudio. De este modo, aunque nos pueda parecer que actuamos y nos relacionamos de forma natural, en realidad nuestros objetivos nos inclinan hacia un tipo de relación artificial, instrumental, en el que ofrecemos una confianza y un diálogo interesados. Se trata, en definitiva, de tratar a las personas sólo como medios y no también a la vez como fines en sí mismos (Kant 1785/20023). El marco metodológico requiere una convivencia en las situaciones naturales pero a la vez nos presenta unas exigencias que impiden que actuemos “con naturalidad”, en el sentido en el que lo hacen los actores en su contexto.
Esta contradicción estuvo presente en la orientación de mi trabajo de campo y mi decisión fue que, cuando me encontraba en una situación cotidiana en la que no estaba registrando datos, intentaba actuar “con naturalidad” sin tener mis fines de investigación a la vista. Por las cosas que hacía, podríamos considerar que mi rol era algo parecido al que tiene un profesor o una profesora: dejaba mis cosas en la sala de profesores, asistía a las clases o a las actividades con su acuerdo o permiso previo, cuando intervenía en clase, lo hacía en la línea en la que lo haría un profesor e impartía o ayudaba a impartir algunas clases y talleres. ¿Cómo se relaciona un docente con sus pares? ¿Busca siempre su opinión acerca de un determinado tema y se pasa el tiempo preguntando sobre eso? Más bien se relaciona de acuerdo con su afinidad en sus aficiones, su forma de ser, las actividades que realiza, los intereses laborales compartidos, etcétera.
Voy a cerrar este apartado ilustrando estas actuaciones con dos ejemplos. En el IES Madrid Sur me llamaron para ver si podía acompañar a un grupo de 2º de ESO en una jornada en bicicleta, pues tenían que ir 3 profesores, uno se había puesto enfermo y con la escasez de docentes producto de los recortes de personal en los centros públicos, no había más personas que pudiesen acudir. Decidí ir, estaba trabajando con el centro, había ofrecido mi ayuda para aquello en lo que pudiese colaborar y además la actividad me resultaba atractiva. Siguiendo la lógica de la investigación, el razonamiento que
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Seguramente el lector podrá señalar, no sin razón, la incoherencia que hay en que después de hablar sobre pragmatismo recurra para sostener un principio ético a un filósofo como Kant, que defendía una ética racionalista, universalista, no condicionada por las condiciones sociales e históricas ni informada por la experiencia. Si bien no comparto cómo Kant fundamentaba toda su ética, creo que su obra nos ofrece razonamientos que debemos tener muy en cuenta. Uno de ellos es este que presento aquí, su imperativo práctico de no tratar a las personas sólo como medios sino tratarlas también siempre al menos a la vez como fines en sí mismos. Además de que creo que puede representar un buen principio para situarnos en la investigación social, me parece que esta idea pone de manifiesto uno de los mayores males de nuestro sistema político y económico, que es el situar a la economía financiera como un fin en sí mismo y a las personas como meros medios para su buen funcionamiento.
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debería haberme llevado al compromiso sería el de que es una buena situación para conocer a los dos profesores y al grupo, que tomen confianza conmigo y que pueda recoger en ese mismo día o posteriormente datos de interés para mi estudio. Además, quizás debería haber derivado los temas de conversación hacia mis intereses (o dejar que “fluyesen” hacia ellos). En vez de eso, intenté dejar aparte mis fines, ayudé a los rezagados con la bicicleta, me adelanté a la vuelta con uno de ellos cuyas fuerzas estaban al límite, conversé con normalidad con los otros profesores sobre Madrid, los carriles bici, lo bonito que había quedado el Parque del Manzanares, el montar en bicicleta, etcétera.
En el segundo ejemplo fui interpelado sobre esta cuestión. Por la mañana había asistido a algunas clases en el Colegio Siglo XXI y tenía un hueco de varias horas porque por la tarde iba a asistir a una reunión del proyecto del huerto. Comí en el comedor con algunos profesores y profesoras y, después, nos fuimos a tomar café hasta la hora de la reunión. Mientras estábamos tomando café, uno de ellos me dijo algo así como “Y a ti, ¿qué te aporta para tu investigación estar aquí tomando café con nosotros y charlando?”. Yo le dije que en ese momento no estaba investigando, que simplemente estaba compartiendo con ellos ese rato que teníamos de espera y conversando sin más. Y así era, disfrutaba de compañía y conversación en un rato libre del trabajo tal y como lo haría en la facultad con mis compañeros y compañeras del aula de personal investigador en formación.
4. Criterios de transcripción y de uso de citas literales en los estudios