M. K Akmatov (2011) compiló los resultados nacionales, representativos, de las Encuestas de Indicadores Múltiples por Conglomerados (UNICEF) para cuatro países de América Latina, dentro de las categorías de castigo físico moderado y severo (Belice, Guyana, Jamaica y Trinidad y Tobago). En estos países de la Cuenca del Caribe, las opiniones
opuestas al empleo del castigo físico son muy pronunciadas (máximo, 75,8% en Guyana;
mínimo, 65,5% en Jamaica). (Tómese en cuenta que estas encuestas no son anónimas, se realizan cara-a-cara).
Pero las madres/cuidadoras que son congruentes (que hacen lo que opinan) son menos: (mínimo, -5,1% en Jamaica; máximo, 26,7% en Trinidad y Tobago). La consistencia de las respuestas aumenta cuando se considera el castigo físico severo (mínima consistencia 23,9% en Jamaica; máxima consistencia, 50,3% en Trinidad y Tobago). Esos dos países son los extremos del abanico de países de esa región.
Existe investigación que avala que este fenómeno de disociación parental se encuentra presente, también, en padres/madres de otros países latinoamericanos. Pero existe contro- versia sobre cómo se vincula la atribución parental de éxito/fracaso (en las tareas de la crianza) con el castigo físico.
En el estudio transcultural de Bornstein, Putnick & Lansford (2011) los padres/madres colombianos (de la ciudad de Medellin) puntuaron por debajo de la media general (de los nueve países estudiados) en la percepción del fracaso parental (en una situación hipotética de crianza), debido a causas intrínsecas al propio adulto. Y, a la vez, estos padres/madres colombianos puntuaron por encima de la gran media en la medición de actitudes autorita- rias hacia la crianza.
Los resultados sugieren que el fracaso en resolver situaciones de crianza desafiantes no es asociado a las actitudes y las prácticas autoritarias, como es el castigo físico hacia las NNA. Estas prácticas autoritarias no tendrían a ser percibidas por los padres/madres como factores asociados al fracaso en lograr objetivos de crianza; por el contrario, su reiteración estaría asociada a la percepción parental de que “ellos hicieron su parte” o “están haciendo su parte”.
En contraste, siguiendo a L. Di Giunta, L. M. Uribe Tirado & L. A. Araque Márquez (2011), las madres/padres colombianos sí se atribuían a sí mismos el fracaso de que sus hijas/ hijos alcanzaran los objetivos de crianza, mientras que sentían que los éxitos de sus hijas/ hijos eran eventos fuera de su control parental, más debidos a circunstancias y eventos propios del contexto, que resultados de sus esfuerzos como progenitores. Los autores consideran que en las circunstancias en que se da la crianza en América Latina, es difícil
que las madres/padres desarrollen un sentido de la eficacia parental, pues, la adversidad económica, la carestía material, la dificultad de acceso a los recursos y las condiciones de violencia, no favorecen el sentido del control y el dominio de la propia existencia. Pero las autoras no pudieron establecer las relaciones de convergencia/divergencia entre estas atribuciones de ineficacia y el castigo físico de los NNA. (44)
El ejercicio del rol parental, materno/paterno, en América Latina, y su relación con el castigo físico de NNA, parece rezumar paradojas y contradicciones que hasta ahora empiezan a comprenderse.
Un ejemplo ilustra el punto. O. Gaona (2009) ha encontrado, para el caso de las familias paraguayas, que un 35% de las NNA encuestados reportó haber sido objeto, por parte de alguno de los dos padres, de violencia física grave (golpes con objetos, patadas, quemaduras o asfixia) y 13% reportó haber sufrido violencia física más moderada (como nalgadas con la mano y objetos, bofetadas, jalones de pelo, pellizcos, inmovilización). Pero la encuesta también halló que, según los afectados, las madres/padres empleaban de una manera preferencial el “discutir calmadamente el problema”. De las veinte (20) formas de corrección empleadas por sus encargadas/encargados, ésta, en particular, alcanzó una frecuencia del 77,4% entre las madres y 68,8% entre los padres.
En Chile, Larraín & Bascuñán (2008a) encontraron algo muy semejante entre los adoles- centes de su estudio: solo un 7,1% declaró que sus madres nunca buscaban hablar con ellos/ellas para corregirlos y solo un 12,7% hizo la misma declaración en relación a sus padres. En su mayoría, los padres/madres chilenos hablaban con sus hijos/hijas, en vez de solo castigarlos físicamente.
44 Habría que investigar más exhaustivamente el grado en el cual el rol parental, en Latinoamérica, está atravesado por la experiencia del desamparo aprendido y si el castigo físico es una práctica parental que responde a un modelo de aprendizaje por evitación. Es decir, el castigo físico restauraría un sentido de la competencia parental y devolvería a la madre/padre el sentimiento de control/ dominio de su vida familiar y personal. Sobre el trasfondo del desamparo aprendido, el castigo físico no sería, estrictamente, una forma de agresión instrumental (respecto a la NNA).
Algunas investigaciones realizadas en Colombia y México aportan a la comprensión de estas paradojas en el desempeño del rol parental. Estas incongruencias parecen surgir de la manera como se encuentra estructurada la dinámica de las familias latinoamericanas. Diferentes autores y autoras, empleando metodologías tanto cualitativas como cuanti- tativas, han dado cuenta de que las familias de la región, con independencia de si son nucleares, monoparentales, extendidas o paralelas, priorizan el eje de la autoridad en sus relaciones interpersonales, tanto si se trata de las relaciones padres/hijos, como de las rela- ciones de pareja. Esta priorización se expresa en el concepto del “respeto” (o “machismo”, en su forma más extrema) como principio primordial y regulador de la convivencia.(45)
Lo cual no implica que las dimensiones de la comunicación verbal y la expresión de afectos positivos estén menos presentes. Estos otros dos ejes de la dinámica familiar quedan expresado en la valoración dada al principio de la pertenencia, el “familismo”, que exalta al grupo por encima del individuo. Por lo cual, pertenecer y preservar la familia se valora por encima de lo que pueden ser objetivos y metas de desarrollo individual. (46) Por eso se
adhiere a la “simpatía”, es decir, la valoración de la expresión de emociones positivas en las relaciones y el disimulo del enojo provocado por el desacuerdo y el conflicto.
Como señalan G. W. Peterson & K. R. Bush (2012), para el caso de la sociedad mexicana y las relaciones entre los jóvenes y sus progenitores, la distancia emocional entre las genera- ciones que introduce “el respeto” es compensada por la intimidad afectiva que procura “la confianza”. (47)
Así, las madres colombianas y mexicanas son descritas por sus niñas y niños, y ellas se describen a sí mismas, como “cariñosas” y “amorosas”; rasgos muy asociados al “maria- nismo” latinoamericano. Pero, cuando ocurre el desacuerdo con la autoridad o el incum- plimiento de tareas y obligaciones asignadas, el eje (dispositivo) de la autoridad pasa a un primer plano, subordinando las dimensiones de la comunicación verbal y la expresión afectiva.
De modo, entonces, que las madres/padres latinoamericanos pueden ser muy violentos en el castigo físico que infringen a sus hijas/hijos, sin que esto se considere o se viva como una contradicción, pues, en otro nivel, “el familismo” y “la simpatía” proporcionan cohesión y seguridad afectiva a sus miembros.
45 Véanse: María del Pilar Buitrago-Peña, Karol Andrea Cabrera-Cifuentes & Mónica Guevara-Jiménez (2009); Gloria Cecilia Henao López, María Cristina García Vesga. (2009); María Eugenia Agudelo Bedoya (2005).
46 El “familiarismo” es uno de los obstáculos que existen en la región para el reporte y denuncia del maltrato/abuso de las NNA. Schek G., Silva; & Lacharité C., Bueno (2016) han encontrado que el compromiso con la familia, el temor a su afectación, es uno de los factores que inhiben a los maestros brasileiros a reportar el maltrato/abuso cuando los padres/madres son los perpetradores. 47 Sobre estas dimensiones de la convivencia familiar latina (familismo, simpatía, respeto, marianismo, etc.) véanse: Coohey C. (2001).
La restauración del equilibrio familiar, es decir, el retorno a las formas aceptadas de inte- racción, está directamente asociada al empleo del castigo físico. Esta recuperación de la estabilidad de la jerarquía de autoridad se valora más que la experiencia emocional adversa que tenga el hijo/la hija. El castigo es tolerable porque tiene un fin último: “Preservar a la familia”. El valor instrumental del castigo se desglosa, así, en el castigo como recurso de control de la conducta de NNA, y, a la par, el castigo como recurso para salvaguardar la cohesión familiar (la autoridad, el respeto).
A la par, no se percibe, por parte de padres/madres, que el ejercicio de la autoridad pueda ser flexible y respetuoso, racional y democrático. La conducta de NN se percibe como amenaza y esta percepción desencadena la actitud autoritaria y dominante como la manera más efectiva de terminar con el desequilibrio familiar (Cfr.: J. E. Lansford, D. Woodlief, P. S. Malone, P. Oburu, et al., 2014).
Existe evidencia, entonces, de que la reducción de la prevalencia del castigo físico hacia los NNA, en América Latina, pasa a través del trabajo con los esquemas culturales en los que estas prácticas de crianza están inscritas (el “familiarismo”, la “simpatía”, el “respeto”, el “marianismo”, etc.). Alcanzar este propósito implica, a la par, desenfocarse, y salir fuera del ámbito restringido de las unidades familiares y ver sus relaciones con las tramas culturales y sociales más amplias, aquellas que ayudan a perpetuar estos esquemas culturales.