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APPENDIX H: Example of Preferences Satisfying Condition

DISCUSSION PAPERS

Para crear un clima semejante, hay que saber defenderse de sí mismo y no dejarse asombrar desde las primeras semanas. El amor está dotado de una virtud entusiasmante. Cuando dos jóvenes están enamorados uno de otro y perciben entre ellos los primeros chis- pazos del amor, es muy raro que no se sientan arrebatados por una euforia enardecedora. Hasta aquí, no hay nada anormal ni censurable. Que con las primeras certezas que uno ten- ga de ser amado se sienta henchido de alegría y lleno de esperanzas, ¿no es de lo más nor- mal? Que no se «piense» tanto y que se «sienta» mucho, es éste un fenómeno totalmente es- pontáneo que no se puede más que señalar sin censurarlo. Tiene uno derecho a emplear la censura cuando se llega a cultivar ese estado de cosas para prolongarlo indebidamente y vi- vir en ese falso clima.

No hay que temer romper el encanto y volver a la tierra… lo antes posible. Porque por gracioso y confortante que sea un amor naciente, no por eso debe dejar de madurar o, si se prefiere, de hacerse adulto. Debe ser contrastado con la vida, no con los sueños, y el entu-

CÓMO TRATARSE DURANTE LAS RELACIONES 93

siasmo que le está permitido es el que nace de la realidad entrevista, más bien que el que sólo puede desarrollarse en un falso idealismo.

Diremos además, dentro de este orden de ideas, que se deben seguir dominando unos impulsos pasionales que pueden traer el riesgo de lanzar a una pareja juvenil en la terrible refriega de los deseos, negándole esa liberación y sin la cual no puede actuar la inteligencia. Cuando de una y otra parte (o aunque sea de una sola parte) se ve uno hostigado sin cesar por las exigencias ciegas de una carne que palpita forzosamente tan sólo al ritmo de lo in- mediato, cuando está uno sumido en un hervidero de codicias siempre renacientes y cada vez más vivas, ¿cómo penetrar en el mundo interior del otro? Se fija uno sin más, en las apa- riencias, se juzga con toda inconsciencia, se ama en la periferia, y cuando llega el momento de comprometerse a amar, sin remisión, no se sabe a qué compromete esto, ni con quién se compromete.

Así pues, es preciso, a todo precio, conservar la serenidad. No significa ello que se igno-

ren o se desprecien los incidentes sentimentales del amor, sino que se situarán en su exacto lugar, que no es ni el primero ni el más importante. Conservar la serenidad, quiere decir que no se dejará uno arrastrar al azar por el entusiasmo de un amor nuevo y efusivo. Hay que tener cuidado, una vez concedido al sentimentalismo lo que tiene uno derecho a conce- derle, en detenerse para reflexionar. Se examinará entonces la situación en la que uno se encuentra, no a través del espejo imperfecto de su corazón, no a través del prisma de su car- ne insatisfecha, sino a través de la luz completamente límpida de una inteligencia que sabe formularse la pregunta: «¿Podemos ser felices juntos y en qué condiciones?».

El que no formule esta pregunta y responda a ella con sinceridad, sin paliativos, sin trampa, sin evasión, sin rodeo, no estará en condiciones de casarse. Este compromiso es de- masiado serio, implica demasiadas consecuencias, para ser asumido con inconsciencia. Y también, para ser asumido con debilidad. Porque no hay nada más temible que la debilidad de los que no quieren ver, por temor a encontrarse expuestos a optar por la ruptura inme- diata. El noviazgo sólo tiene validez en la medida en que se ha entablado estando dispuesto a… romperlo.

¿Qué quiere esto decir exactamente? Pues que no hay que admitir nunca, en amor, la fuerza de la costumbre, ni sufrir la esclavitud del qué dirán. Y tampoco la del temor a herir, si no hay otra manera de proceder. Algunos, en efecto, comprenden que no pueden contraer un enlace feliz, y, sin embargo, no tienen el valor de decir no, porque son demasiado blan- dos; no quieren causar al otro la pena inherente a tal retirada. Sin embargo, es evidente que más vale una pena pasajera, por aguda que sea, que un fracaso definitivo y una desdicha irreparable. Por eso debe uno defenderse contra esas falsas piedades que no son, en reali- dad, más que hijas de la cobardía.

Que esté uno en plena fuerza cuando llegue la época del noviazgo, y que se ligue al otro conforme a lo absoluto de un «sí» total, pronunciado con plena consciencia y sin reticencia alguna. Las relaciones sólo valdrán si del clima en que se hayan desarrollado permite este «sí». Un clima de calma, de ponderación, de mesura. Nada de arrebato irreflexivo cuya vio- lencia arrastraría a unas promesas desatinadas y a compromisos inconsecuentes. Nada de respuestas dictadas por los imperativos pasionales. Nada de impulsos cuya impetuosidad no podría soportar el peso de la inteligencia. Conviene recordar que si el amor es un movimien- to del corazón, no por ello deja de estar basado en la inteligencia en lo que respecta a unas

promesas futuras. Ya hemos explicado ampliamente, y en este mismo sentido lo decimos aquí, que hay que saber «conservar la serenidad» a fin de entregar su vida con entero cono- cimiento a un amor viable y cierto.

¿Tal vez se sienta alguien tentado de protestar alegando que tal estado de espíritu des- pojaría a la juventud de todo su encanto, de su espontaneidad, de todo cuanto la hace alegre y grata? Semejante protesta sería, sin embargo, injustificada. No se trata, en efecto, de exi- gir de los novios que renuncien a divertirse como es propio de su edad. No se trata tampoco de pedirles una actitud circunspecta. Se trata simplemente de abogar por la lucidez. Que se diviertan tanto como quieran, pero que sepan mantenerse despiertos y no se dejen arrastrar por una loca embriaguez. El entusiasmo, la alegría de vivir, el ardor en lo que se hace, la confianza en el porvenir, todo esto, sí: ¡es la juventud misma! Y sería inadecuado querer prohibir a la juventud que sea lo que es. Pero la ligereza, la inconsciencia, el ensueño, la te- meridad ciega, ¡no! Son éstos unos venenos que han hecho fenecer demasiados hogares y que han sumido en la desgracia amores que habrían llegado a ser maravillosos.

Conservar la serenidad, para que los corazones sean realmente fogosos, con una fogosi- dad que no desaparece con el paso de los días. Porque si el amor es comparable a un fuego, hay que recordar que puede haber fuego de paja o fuego de leña; a nuestra elección. Fuego de paja: la llama chisporrotea y se extingue. Fuego de leña: la llama se alimenta poco a poco y prepara una hoguera que conservará su calor hasta la mañana. Así, en el amor. No es ser enemigo del amor querer conservar la serenidad. Por el contrario, es ser su defensor. Los esposos más felices no son, sino muy rara vez, los que en la época de las relaciones se han contentado con los arrullos de su cariño. Los esposos más unidos, son siempre los que han aprovechado su noviazgo para juzgarse en su justo valor. Y así han llegado a estimarse pro- fundamente; y de esta estimación recíproca vive su amor.

Los novios más apasionados se convierten a menudo en esposos fríos. Los novios más sosegados preparan con frecuencia un hogar en donde un amor efusivo se asentará de una manera estable. Reteniendo esta lección que los hechos corroboran se podrá pedir a los no- vios que conserven la serenidad. Sólo entonces cultivarán su amor como debe ser y se prepa- rarán a un matrimonio sensato y reflexivo. Se casarán con conocimiento de causa, sabiendo cómo pueden enriquecerse recíprocamente, qué es lo que no podrán darse, y aquello con que pueden contar.

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