Cuando pensamos sobre nosotros mismos, descubrimos que existe una curiosa diferencia entre el pasado y el futuro.
Supongamos que vivimos en un mundo en el que es más fácil montar y desmontar los cuerpos y los cerebros. Podemos separarlos en partes y volverlos a montar tal como hacemos con los ordenadores o los coches. Supongamos que tales operaciones se llaman «operaciones de recomposición». Al terminar podemos volver a cargar la psicología de las personas, de modo parecido a como copiamos software y archivos en un ordenador. O bien podemos cambiar la configuración, conservando parte del software y los archivos anteriores, y añadiendo otros nuevos. Las operaciones de recomposición son vistas como algo saludable y beneficioso.
Supongamos que en este mundo te dicen que al día siguiente te van a someter a una operación de recomposición. También te permiten saber algunas cosas acerca del resultado de la operación. La persona A conservará muchos de tus rasgos y muchas de tus cualidades: él o ella recordará las mismas cosas que tú, tendrá un aspecto físico muy parecido al tuyo y otras cosas por el estilo. En cualquier caso, la persona A será enviada al Ártico (puede que seas un miembro del ejército). La persona B también se parecerá a ti e incorporará también muchos de tus rasgos físicos actuales —el cerebro y las células—, así como tus cualidades (software y archivos). La persona B será enviada a los trópicos.
Desde nuestro punto de vista, el problema se parece mucho al del barco de Teseo. No tenemos por qué convertir en un gran dilema la cuestión de si te has convertido en la
persona A o en la persona B. Podríamos considerar que eres una de las nuevas personas, o incluso ambas, o bien podríamos considerar que son creaciones nuevas. El filósofo contemporáneo David Lewis sugiere la analogía de un camino que se bifurca. No consideramos que sea un gran dilema metafísico la cuestión de si optamos por decir que sólo una de las rutas es la antigua carretera de Turnpike, o si ambas lo son, o si no lo es ninguna.
Pero desde tu punto de vista, la cuestión parece ser crucial. O bien pasas frío durante un año, o bien pasas calor, o bien ni siquiera sobrevives. Sólo hay tres opciones
tajantes. No puedes perderte en vaguedades e
indeterminaciones: no tiene sentido decir: «Será un poco como si estuvieras en los trópicos y un poco como si estuvieras en el Ártico». En último término, no hay nadie que experimente algún tipo de mezcla entre los trópicos y el Ártico, entre el calor y el frío. A tiene frío, y B no. No puede ser mitad y mitad. Del mismo modo, decir que «será un poco como si no existieras y un poco como si existieras» tiene tan poco sentido como lo anterior. O bien estarás sudando en aquel preciso lugar, o bien te estarás congelando en el otro, o bien te habrás reunido con tus antepasados. «Estarás allí en la medida en que ellos estén allí» suena a camelo, como si alguien me consolara por no haber ido nunca a Venecia diciéndome: «Irás cuando vaya tu hijo».
Mejor que se calle. (Tal como dijo Woody Allen a propósito de un consuelo parecido: «No quiero alcanzar la
inmortalidad a través de mi obra. Quiero alcanzar la inmortalidad a través de no morir».)
Lo extraño es que cuando pensamos acerca del pasado perdemos esta sensación de ruptura tajante. Supongamos que en aquel mundo recibes la noticia de que eres el resultado de una operación de recomposición en la que participaron dos personas, C y D, las cuales aportaron tal o cual rasgo a la persona que eres actualmente. La noticia resulta interesante, pero no te despierta aquella necesidad urgente y desesperada de saber. Si te dicen que C pasó las Navidades de 1990 en un barco y que D las pasó en la cima de una montaña, pero tú no recuerdas ni lo uno ni lo otro, la cuestión no tiene por qué obsesionarte: «¿Dónde estaba yo el día de Navidad de 1990?». Si la recomposición te dio una vaga conciencia de ambas experiencias, tampoco habrá problema: es un poco como si aquel día hubieras subido una montaña y un poco como si hubieras ido a navegar.
Resulta escalofriante darse cuenta de que en último término no habrá nadie que tenga problemas con su identidad. La persona A, que está en el Ártico, se halla en una relación de parcial continuidad contigo, y lo mismo sucede con la persona B, que está en los trópicos. Cualquiera de los dos puede recordar con nostalgia algunas de tus acciones. Y si les apetece pueden desear tal o cual parte de tu cuerpo, o bien tal o cual rasgo psicológico o recuerdo tuyo, del mismo modo que podemos contemplar con nostalgia nuestras personalidades pasadas y desear parecemos a ellas en mayor o menor medida. Podemos
lamentarnos de las capacidades y los recuerdos perdidos, o bien alegrarnos del conocimiento y la madurez alcanzadas, según las preferencias de cada uno.
Hay gente que cree que se pueden encontrar soluciones concretas acerca del futuro. Puede que algunos confíen en la posibilidad de que su identidad sobreviva mientras su cerebro actual se mantenga activo. Por supuesto, Locke rechazaba esta posibilidad, ya que la continuidad del funcionamiento cerebral no asegura en lo más mínimo la continuidad de la conciencia: el cerebro podría ser
«reprogramado» o reconfigurado hasta alterar
completamente los recuerdos y la personalidad. Y en cualquier caso podemos imaginar alguna operación de recomposición que desmonte el cerebro y distribuya las partes. Puede que otros confíen en una continuidad de software (tipo Locke) antes que en una continuidad del hardware. Pero se enfrentan al problema de que en un mundo en el que fuera posible recomponer a las personas tal vez se podría copiar el software a placer y crear un buen número de futuras personas con idénticos «recuerdos» y rasgos de personalidad.
En resumen, no parece haber ninguna correspondencia metafísica entre la simplicidad del futuro tal como lo
imaginamos nosotros y las complejidades e
indeterminaciones que plantea la hipótesis de la recomposición.
Algunos pensadores pierden la paciencia ante esta clase de escenarios. Afirman que nuestra noción de identidad
está hecha a la medida del mundo real, en el que, tal vez por fortuna, las operaciones de recomposición son imposibles. Pretenden que dejemos en paz los problemas de la identidad en estos casos imaginarios y rebuscados. Mi opinión personal es que se equivocan. Estoy de acuerdo con ellos en que deberíamos dar menos importancia al problema de la identidad cuando se plantean hipótesis rebuscadas. Pero no creo que debamos menoscabar la importancia de la tarea de pensar acerca de nosotros mismos: acerca del hecho de que las opciones que se nos plantean son de naturaleza tajante, por muchas que sean las vaguedades que se esconden detrás de nuestros rasgos y componentes como animales. Sospecho que esto es lo que anima las reflexiones de muchas personas acerca de la vida y la muerte. Da pie a la esperanza y a la fe. Da pie a que algunas personas decidan congelar su cerebro, con la esperanza de que algún día, cuando la tecnología lo permita, serán descongelados y comenzarán una nueva vida, siendo ellos mismos. Da pie a la creencia de Reid de que el alma es simple. Un alma simple, que no pueda ser dividida, es un requisito indispensable para mantener abiertas aquellas tres opciones tajantes. Irá a parar a un sitio o al otro.
Sin embargo, es posible que nuestro apego por las opciones tajantes se base en una ilusión: la misma clase de ilusión que encontrábamos en las fantasías de la sección anterior. Entonces insistimos en que no había ningún «yo» que se trasladara a los escenarios imaginados. Ahora
deberíamos insistir en que no podemos trasladar ningún yo definido a aquellos escenarios futuros. A medida que la evidencia acerca de qué animal humano estará presente en aquellos escenarios se vuelve vaga e indeterminada, la evidencia acerca de quién será la persona que estará presente en ellos se vuelve también vaga e indeterminada. Nuestra tendencia a pensar de otro modo se basa en una ilusión. Quizás nos resultaría más fácil descubrirla si recordáramos la razón por la cual Hume no podía dar con su propio «yo», y la razón por la cual la explicación kantiana de la necesidad de pensar en términos de algún tipo de sujeto no nos ofrece más que un fundamento formal. Un diamante en bruto o un átomo de mí mismo, por más simple que sea, es incapaz de cumplir la tarea que el yo tiene encomendada.
Sin embargo, creo que puedo asegurarle al lector que le costará deshacerse de aquellas tres opciones tajantes. La reflexión puede ser una ayuda, aunque no resulta fácil destruir las ilusiones del yo.
Así pues, la «distinción real» que Descartes creía haber demostrado —el dualismo cartesiano— no da su brazo a torcer con facilidad. El lector es libre de intentar protegerla de la línea de argumentación que he seguido en este capítulo y en los dos anteriores. Valga decir que el propio Kant trató de dejar abierta la posibilidad de la inmortalidad del alma.10 Su razonamiento, más bien débil, es que
necesitamos pensar que la bondad trae consigo la felicidad y, como en esta vida eso no siempre sucede y ni siquiera es
razonable confiar en ello, sería mejor que hubiera otra vida en la que se cumpliera. Es entonces cuando las personas reciben lo que se merecen. En opinión de la mayoría de filósofos, no es éste uno de los mejores momentos de Kant. Pero el aspecto religioso de la cuestión ciertamente influye en la manera de pensar de muchas personas acerca de este tema, de modo que quizá será mejor dirigir nuestra atención hacia eso.
5. Dios
Para algunas personas, pensar acerca del alma es casi lo mismo que pensar acerca de la religión. Y pensar acerca de la religión es una de las ocupaciones más importantes de la vida. Para otras personas, es casi lo mismo que perder el tiempo. En este capítulo presento algunos de los argumentos que rodean esta cuestión. Al menos los argumentos no son una pérdida de tiempo, puesto que introducen algunos principios importantes acerca del pensamiento mismo.