Una tarde golpeó a las puertas de la remota residencia de Rioverde un Padre Misionero de la Prefectura. Desmontando de su caballo, dijo:
- Soy el Padre Elías, que he venido a una confesión por estos lados y me ha cogido la noche, por lo cual vengo a pasarla aquí.
Las religiosas tenían noticias de que dicho Padre miraba con escasa simpatía la Congregación naciente y tenía a la fundadora por una pobre farsante.
Fue acogido con las mejores atenciones y se le invitó a permanecer por varios días para poder confortar a las misioneras con la misa, los sacramentos y la palabra de Dios.
El Padre callaba y observaba; preguntaba y callaba. Y acabó por decir a la Madre Laura:
- Esta obra es de Dios y a usted la ha dirigido el Espíritu Santo para su fundación. Esté tranquila, que aunque todo el infierno se estrelle contra esta obra, no perecerá, antes crecerá por todo el mundo. Dios está con usted y con su congregación.
Desde ese momento, el Padre Elías fue amigo y consejero de la comunidad naciente. Él ayudó a las Hermanas a fabricar el rancho del primer noviciado; él viajaba a la selva de Murrí para llevar a las Hermanas el consuelo de los sacramentos y él con su recio espíritu teresiano y carmelitano, formó el alma de las primeras novicias en la ambulancia de El Pital.
No todos, aún entre los ministros de Jesús, comprendieron y estimaron el espíritu y la creación de la Madre Laura. Así se explica que no les faltara el sello que distingue las obras de Dios: la incomprensión y la “contradicción entre buenos” que decía Santa Teresa.
- Estas buenas señoritas nos quieren uncir a su ritmo. Se van al bosque, visitan bohíos, hacen su catequesis, hasta bautizan y viene a urgir que el Padre se vaya a esas lejanías a administrar otros sacramentos…
Los cargos contra la Fundadora y sus misioneras cristalizaron en un documento enviado a la Nunciatura Apostólica por el Perfecto Apostólico que, como decía el señor Nuncio, tiene toda la confianza y el respaldo de la Santa Sede.
Por ello en 1923, la Madre Laura fue llamada a Bogotá de orden de la Nunciatura Apostólica. Monseñor Vicentini, en carta al Rvmo. P. Arteaga, hablaba de “cosas raras” en las Constituciones de las Misioneras, la Madre le escribía a Monseñor Brioschi: “Todo es raro en esta Congregación. Muchas personas pronostican luchas. Esto no me inquieta, porque si Dios es el autor, sostiene la obra. Y si es parto de mi capricho, que se derrumbe!”.
El Excmo. Sr. Vicentini, en dramáticas entrevistas, formuló a la Fundadora los vehementes cargos que contra ella y su obra se levantaba por personas de grande autoridad y prestigio.
La Madre respondió con claridad, con prudencia, con humildad y con testigos. Y terminó diciendo al Excmo. Sr. Vicentini:
- Asegúreme V.E. que ésta no es obra de Dios y ahora mismo la destruyó. Una discreta intervención del virtuoso misionero claretiano P. Ezequiel Villarroya fue favorablemente decisiva. La luz se hizo. Y Monseñor Vicentini quedó convertido en admirador de la Madre y de su Congregación e hizo organizar una conferencia en el principal teatro de Bogotá para que la Madre Laura expusiera –como lo hizo- el fruto de sus observaciones y de sus experiencias.
- Monseñor –preguntaba una joven misionera al señor Nuncio- dígame si esta Congregación es de Dios y si debo permanecer en ella o pasar a otro Instituto.
- No se retire; esta obra es de Dios y las Constituciones sirven para santifica. Viva muy contenta en su Congregación.
En las entrevistas con el Señor Nuncio, que fueron varias y prolongadas, la Madre sugirió dos iniciativas notables:
- La celebración en Bogotá de un Congreso Nacional de Misiones.
- Y la creación de un Seminario de Misiones, de que ya le había hablado a Monseñor Francisco Cristóbal Toro, Obispo de Antioquia y Jericó… El Congreso se celebró en Bogotá en agosto de 1921 y coincidió con la consagración episcopal de Monseñor Miguel Ángel Builes, el insigne y fervoroso obispo de Santa Rosa de Osos con quien Laura planeó largamente la fundación del Seminario de Misiones de Yarumal, cuna de la Congregación de Misioneros Javerianos.
No solamente los servidores de Dios labraron a golpes de contradicción el alma de la fundadora; fueron también los gerentes de la cosa pública.
En la prensa roja y en la Asamblea Departamental hubo para las abnegadas misioneras ataques inmisericordes. Y la conducta interesada y anticristiana de algunos encargados o “protectores” civiles de los indios pusieron a dura prueba el cariño, el celo y la energía de la Madre Laura. Esta supo enfrentárseles t hablarles con valentía; y cuando fue del caso recurrió a las más altas autoridades del departamento y del país.
- Yo, señor Gobernador, le decía al General Berrío, no vengo a pedir para mí; vengo a pedir para sus súbditos de Urabá, indios pero antioqueños y colombianos.
A procurarle apoyo bajó desde Bogotá la voz de oráculo del presidente Marco Fidel Suárez en cartas comendaticias dirigidas al General Pedro Nel Ospina y al Comisario don Carlos Villegas.
Años adelante, cuando ya su congregación estaba difundida por toda Colombia y un grupito de misioneras había tardado noventa días en llegar desde Bogotá al Vaupés, ella acudió a don Eduardo Santos, presidente de Colombia, para que facilitara esos pasos de las evangelizadoras y les obtuviera pasajes baratos o gratuitos en los aviones del Gobierno. El Presidente, un algo confuso, le pregunta:
- Pero, en definitiva, Madre, qué es lo que usted busca?
- Busco, señor Presidente, favorecer a los colombianos más necesitados. - Pues entonces, Madre, tiene usted a su disposición las llaves del Palacio y de mis arcas.
Días después la condecoraba con la Cruz de Boyacá…
Consuelo mayor para su alma incomprendida y amargada era el fruto de bautizos y conversiones.
Y mayor consuelo saber que agradaba a Dios aunque no se viera la cosecha al ojo. Por eso recomendaba a sus hijas: “A la misionera lo que importa es orar, amar y trabajar. La oscuridad y la ineficacia serán como huno de sacrificio que suba hasta Dios y nos santifique”.
XII