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dentro del pensamiento crítico italiano de los últimos años1

—detrás del derecho de fuga, algo a lo que están dedicadas las páginas siguientes. Al mismo tiempo, sin embargo, la fuga está entendida aquí en un sentido menos pretencioso y más general: sobre la base de una experiencia histórica espe- cífica, las migraciones de los campesinos alemanes de las provincias prusianas orientales a finales del siglo XIX, y de la interpretación que de ellas hizo el joven Max Weber (a su reconstrucción está dedicado el primer capítulo). La categoría de fuga pretende ante todo remarcar la dimensión subjetiva

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1 Castellano (1991), Virno (1994) y De Carolis (1994). Diferente, pero de gran interés es la lectura propuesta por Mazzi (2001).

de los procesos migratorios. Es decir, aquella dimensión que haciendo resaltar su naturaleza específica de movimiento social, impide su reducción, aún hoy común e implícita en metáforas como «aluvión» o «catarata» migratoria, a proce- sos de tipo «natural», automáticamente determinados por causas «objetivas» de naturaleza económica o demográfica. En el gesto con el que el migrante se sustrae a las coacciones ejercidas por la estructura económica, social, política de su país de origen, es difícil entrever —al contrario de lo que otros han intentado hacer pensando sobre la categoría de éxodo— el paradigma concluyente de una modalidad nueva de acción política: a lo sumo se podrá reconocer un indicio, del que se intentará sondear sus significados desde el inte- rior de la sociedad de asentamiento del migrante. Al mismo tiempo, la defección anónima de los migrantes, como se intenta mostrar en el segundo capítulo, se coloca en línea de continuidad con los comportamientos de sustracción al des- potismo, al sistema de plantación y al sistema de fabrica, que constituyen el lado subjetivo de la movilidad del trabajoa lo largo de todo el arco de la historia del modo de producción capitalista (Moulier Boutang, 1998).

Vinculada a los migrantes, la categoría de derecho de fuga viene así a cumplir sustancialmente dos funciones. Por un lado, en contra de la reducción, hoy en boga, del migran- te a «típico exponente» de una «cultura», de una «etnia», de una «comunidad», el derecho de fuga tiende a poner en evi- dencia la individualidad, la irreductible singularidad de las mujeres y de los hombres que son protagonistas de las migraciones: lejos de poder ser asumidas como presupues- tos naturales de la identidad de los migrantes, «culturas» y «comunidad» se desvelan, así, como específicas construccio- nes sociales y políticas, sobre cuyos procesos de producción y reproducción es necesario interrogarse. Por otro lado, esta insistencia en la singularidad concreta de los migrantes per- mite iluminar los aspectos ejemplares de su condición y de su experiencia: definida en el punto de intersección entre una potente tensión subjetiva de libertad y la acción de barreras y confines a las que corresponden técnicas de poder específicas, la figura del migrante concentra en sí, en otros términos, un conjunto de contradicciones que atañen estruc- turalmente a la libertad de movimiento celebrada como uno de los pilares de la «civilización» occidental moderna.

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Se deduce, por lo tanto, que el análisis desarrollado en este libro está sostenido en una intencionalidad política precisa. El énfasis que ponemos en la subjetividad de los migrantes, en los elementos de «riqueza» de los que son portadores, se propone afrontar la imagen del migrante como sujeto débil, marcado por el castigo del hambre y de la miseria y necesi- tado más que nada de cuidados y de asistencia, imagen que se ha difundido ampliamente, particularmente en Italia, en los últimos años. Que quede claro: en torno a esta imagen han crecido, dentro del voluntariado laico y católico, experiencias muy nobles de solidaridad con los migrantes, experiencias que han desarrollado con frecuencia un papel esencial a la hora de ofrecer puntos de referencia dentro de un tejido social desertificado por la crisis de otras «agencias de sociali- zación» —empezando por las del Estado del bienestar. En el campo teórico, sin embargo, es necesario tener en cuenta que aquella imagen se presta a reproducir lógicas «paternalistas», a reiterar un orden discursivo y un conjunto de prácticas que relegan a los migrantes a una posición subalterna, negándo- les toda oportunidad (chance) de subjetivación. Así como, en un plano distinto pero igualmente contiguo, el énfasis sobre el «derecho a la diferencia» que caracteriza el sentido común «multiculturalista», compartido por gran parte de la izquierda política y social, termina con frecuencia por producir —gracias a una representación forzada de los migrantes (en la que la «cultura» es valorada con frecuencia como elemento de «folclore»)— una eliminación sustancial de la pluralidad de posiciones y de problemas que definen la figura del migrante en la sociedad contemporánea.

Dicho esto conviene también advertir que resaltar la sub- jetividad de los migrantes, al igual que, obviamente, no equi- vale a borrar las causas «objetivas» del origen de la migra- ción, tampoco significa olvidar el modo en que su condición está profundamente caracterizada por circunstancias de pri- vación material y simbólica, por procesos de dominación y explotación, además de por dinámicas específicas de exclu- sión y de estigmatización (Dal Lago, 1999). El punto de vista desde el que se ha escrito este libro, aunque no sea extraño a algunas influencias que provienen de los «estudios cultura- les» y de los «estudios postcoloniales» anglosajones, toma dis- tancia prudencial de una actitud con cierta frecuencia asumida acríticamente dentro de aquellas líneas de investigación; esto

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es, de aquella actitud teórica que considera al migrante como figura paradigmática del desarraigo y de los caracteres «híbridos» del sujeto postmoderno, desvinculado de raíces de todo tipo y libre de cruzar de forma nómada los confines entre las culturas y las identidades. Incluso cuando se ponga en evidencia, como ocurre en el tercer capítulo, la acción efec- tiva, en el campo de experiencia definido por las migraciones contemporáneas, de procesos de «hibridación» y de «despla- zamiento» culturales, no se olvida en que modo estos procesos tienen con frecuencia un impacto literalmente catastrófico sobre las mujeres y los hombres que los viven.

3.Los que se han definido como caracteres «ejemplares» de la