John Kenneth Galbraith despierta pasiones. Odio o amor, pero nunca indiferencia. Siempre fue polémico: Krugman lo considera poco menos que un charlatán; Paul Samuelson –en un prólogo a un libro del propio Krugman– lo menciona como uno de los grandes pensadores de su generación.
Dirigió la oficina de control de precios en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (quizás, el puesto no militar de mayor poder), fue asesor de Kennedy, embajador en la India, profesor emérito en Harvard, autor de más de 30 libros, entre otras muchas cosas. Y tal vez el mejor escritor que la economía haya dado en el último siglo (que no es lo mismo que decir el mejor economista).
Ahora vuelve con un trabajo “a la Galbraith”. Sin referencias bibliográficas, sin estadísticas, lleno de afirmaciones y sentencias dictadas de la autoridad, con propuestas de reforma a gran esca- la. Y escrito con gran sentido del humor y una prosa fantástica. Galbraith, de cuerpo entero.
El profesor de Harvard plantea su imagen de la sociedad posi- ble o “buena” buscando trazar la línea entre “lo que pudiera ser perfecto y lo que es asequible“. A toda costa quiere evitar que se lo confunda con un utópico. “El mundo real tiene restricciones impuestas por la naturaleza humana, por la historia, y por patrones el pensamiento profundamente enraizados” que deben ser tenidos en cuenta al momento de la propuesta. Hay restricciones constitu- cionales y legales, más los límites institucionales de la economía. Y la motivación humana moderna que impone al consumo como “la fuente primaria de satisfacción y el gozo”.
La misma pregunta es, entonces, ¿logra Galbraith escapar del mote utópico y marcar la diferencia entre “lo irrelevante y lo posi- ble”? Dejemos que el lector juzgue a partir de la enumeración que sigue de las características que, según Galbraith, hacen a “la sociedad buena”.
Primero, “cada miembro, sin importar su raza, su origen étnico o su género, debería tener acceso a una vida que lo recompense”. Obviamente hay diferencias en las aspiraciones y en las habilida- des. Pero, esto es importante, las oportunidades no deben estar limitadas por factores “remediables”. Y más: “La sociedad buena debe distinguir entre el enriquecimiento socialmente permisible y el que tiene costo social”. Finalmente, “la sociedad buena debe tener una fuerte dimensión internacional”.
Hasta aquí, hay derecho al pataleo. La enumeración de buenas intenciones y expresiones de deseo no podría ser más obvia y menos concreta. Pasemos a la instrumentación ejemplificando, por razones de espacio, con sólo algunas de las propuestas.
El crecimiento sostenido es, para Galbraith, un simple proble- ma de manejo macroeconómico. Cuando la demanda agregada no es suficiente y el crecimiento está en peligro, el gobierno debe incurrir en un déficit que permita aumentar el empleo público. Aquí caben algunas objeciones. La primera, y más importante, es que la sintonía fina de la macro parece –en la prosa de Gal- braith– demasiado sencilla para ser buena: “Pocos asuntos –nos dice– fueron más estudiados que las fluctuaciones económicas, lo que antes llamábamos el ciclo. La esencia del fenómeno es bien clara.”. ¿Es tan fácil? El lector tiene derecho a la duda en nombre de los muchos disensos teóricos y los aún más numerosos des- engaños empíricos.
La segunda objeción apunta a la asimetría del argumento de Gal- braith: propone el déficit fiscal en los momentos de recesión, pero no el superávit en las expansiones. Resultado: en algún momento, un Estado quebrado que, por lo tanto, se va a quedar sin la política keynesiana. Finalmente, Galbraith nos ofrece su regla “el déficit y los intereses de la deuda deberían aumentar en el tiempo a la misma velocidad que la economía”. Se entiende de esto que el déficit –o los intereses– deberían ser un porcentaje constante del producto bruto. Pero ¿cuál es el nivel correcto? ¿el de Estados Unidos, el de Italia, el de Suiza?
Más chocante con la experiencia resulta la explicación de Gal- braith de la necesidad de convivir con “algo” de inflación. Recurre, claro, a la conocida curva de Phillips que postula que a mayor inflación corresponde menor desempleo y viceversa: “La sociedad buena y factible no puede aspirar a reconciliar el pleno empleo con la estabilidad de precios. Si puede, sin embargo, minimizar el conflicto entre los dos”. Lo curioso es que el ejemplo postulado por Galbraith es “el modelo europeo”. Cuando es bien claro que la mayor parte de los países europeos fracasaron en su objetivo de pleno empleo.
Los ejemplos podrían seguir y la caracterización galbraithiana de la buena sociedad en cuestiones de regulación, pobreza, política exterior o política militar no es mucho menos desiderativa.
Aquí conviene señalar una objeción mayor al libro. Galbraith propone una sociedad-modelo a la cual apuntar, siempre argu- mentando en base a la factibilidad de su diseño. Es decir, aquí está el paraíso y es posible instalarlo en la tierra. Sin embargo, dedica más espacio a discutir si lo que la sociedad considera “buena” lo es realmente (es decir, a discutir si el paraíso de otros se corres- ponde con el propio) antes que las cuestiones de implementación. Una cosa es proponer una meta y los medios para alcanzarla (la promesa incumplida del libro). Otra, muy distinta, es discutir si las metas que rigen a la sociedad son adecuadas. Ambos análisis son interesantes, pero, claro, son diferentes.
Como casi siempre, Galbraith denuncia a la cultura convencio- nal: el consumo como la motivación de la satisfacción, la riqueza como la medida de éxito social, la manipulación de la demanda a través de la publicidad, la coexistencia de opulencia privada con la pobreza de los servicios públicos, y los peligros de las burocracias políticas y privadas. Pero poco hay de la instrumentación de su sociedad paradisíaca.
Galbraith critica fuertemente a los conservadores por pretender desmantelar el estado de bienestar. Esta pretensión – argumenta– descansa en la soberbia de la ilusión de que los políticos son
ingenieros sociales por acción o por omisión. Esto es un error, dice Galbraith: la partera de las grandes tendencias socioeconómicas es la Historia.
Los demócratas no inventaron el sistema de Seguridad Social. Simplemente dieron respuesta a las demandas sociales que resul- taron de la urbanización y la industrialización. La necesidad de seguros médicos surgió del aumento y la mejora en los procedi- mientos médicos. La complejidad y la expansión de la economía obligaron a la protección de los consumidores y el ambiente. Así, como las “tendencias históricas” van más allá de la voluntad de los hombres es que “el estado de bienestar y sus programas básicos van a sobrevivir”. Los políticos no hacen la Historia.
Este argumento se vuelve contra el propio Galbraith en tanto su “sociedad buena” aparece como un enorme experimento de ingeniería social. Claro, sería el contrario argumento de Galbraith, que sus propuestas se “acomodan a las tendencias históricas” antes que violentarlas. Pero, ¿quién puede arrogarse el monopolio de la interpretación de la historia?