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“Solo Dios, por ser perfecto, puede gozar de una felicidad absoluta en su soledad, mientras que la debilidad del hombre es lo que le hace sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad, comentaba Rousseau en el Emilio”. (Savater, 2000, pág. 89) Pero “el consumismo individualista del capitalismo prácticamente quiere hacerle creer al individuo que realmente consigue la felicidad absoluta al estar a la moda en el consumismo”

(Cerezo, 2012).

Sin embargo, la cultura individualista en la que vivimos generada por la Modernidad ha producido y produce tal cúmulo de insatisfacciones, que los individuos están deseando integrarse en comunidades y corporaciones para recuperar su yo concreto. La cultura moderna habla de los hombres como sujetos de derechos y como sujetos de deberes, pero en este legítimo afán de estructurar y fundamentar los derechos de la persona, parece olvidar que los tales hombres no son cometas aislados que deambulan por el firmamento, sino seres pertenecientes a una familia, a una escuela, a un instituto, a una iglesia, a un barrio, a una comunidad concreta. Es ahí donde aprendimos los valores que después depuraremos y defenderemos y reaplicaremos. (Cortina & Domingo, Ética de la Empresa, 1998, pág. 83).

Este desamparo en que nos deja el individualismo moderno explica el incremento desmesurado de los casos de estrés, las crisis de sentido en la que caen muchos individuos, y por otro lado, la proliferación de las sectas en la que los individuos se sienten arropados por un grupo que les reconoce en su persona y valor.

Entonces, la empresa tendría la brillante oportunidad de ser la comunidad que dé a sus miembros un sentido, que les proponga una identidad, un sentido de pertenencia, unos valores compartidos, una tarea común. Para ello, debe el empresario lograr que todos los miembros de su empresa conjuguen el mismo verbo, de tal manera que se apropien del ser de la empresa para juntos luchar para conseguir los objetivos propuestos. Esta sería la ética comunitarista que ayude a dar el paso de la sola eficiencia descarnada a la confianza, de la cantidad a la calidad, del conflicto a la cooperación, del negocio salvaje a la responsabilidad. (Cortina & Domingo, Ética de la Empresa, 1998, pág. 84).

De esta forma los traspiés de la empresa los empleados los asumirán con responsabilidad pero, los logros empresariales serán más disfrutados también por

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el personal como exitosos objetivos cumplidos. Y la sociedad misma, como la gran familia podrá disfrutar de unos excelentes servicios prestados por un miembro suyo que sería la empresa. En esta misma línea deberán trabajar las autoridades de turno al dotar a la sociedad no solo de monumentales obras de cemento, sino y además de infraestructura donde se recupere la comunitariedad perdida.

La empresa, que es uno de los grupos humanos más importantes por su capacidad de generar riqueza, no es un espacio social cualquiera sino el espacio por antonomasia para ejercer las relaciones humanas que puede contribuir a la creación de una sociedad más justa. Es un espacio en donde, si bien es cierto todos están sometidos a un reglamento, éste está sometido a unas reglas de cooperación, que hacen posible la autorrealización personal en un clima de respeto mutuo donde se hallan delimitadas las responsabilidades que se comparten porque establecen un sistema de división y reparto de derechos y deberes, de beneficios y patrimonios, de responsabilidades y poderes, de ventajas y desventajas, de plusvalías y gravámenes. Esto supone el establecimiento de una referencia común que posibilita el ejercicio de la libertad personal y la armonización de las libertades comunitarias. Si todo se inspira en criterios de justicia, el proyecto de innovación se transforma en un proyecto de cooperación y un espacio comunitario privilegiado para la práctica de la justicia. (Cortina & Domingo, Ética de la Empresa, 1998, pág. 101).

Esto implica que todos los miembros de la comunidad empresarial deben estar dispuestos a compartir una serie de exigencias comunes que tienen la finalidad de integrar dos dimensiones básicas: la personal y la institucional. La segunda obviamente determina el empresario, pero de lo que se trata es de introducir la perspectiva de la persona como como elemento necesario de la perspectiva de la institución. Esto implica, según el acertado análisis de Agustín Domingo:

- Detectar, denunciar y corregir las posibles desmesuras de la institución, que se traducen en considerar a las personas como números, elementos, funciones o factores.

- Desenmascarar las pretensiones indiscriminadas de sustituir a las personas por máquinas.

- Modificar la rutinización y anquilosamiento de las relaciones humanas cuando estas pierden vitalidad y frescura

- Introducir espacios para la comunicación informal, con el fin de mejorar el clima humano y el entorno laboral.

Por su parte el planteamiento institucional para garantizar y facilitar la cooperación, debe:

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- Detectar, denunciar y corregir la intermitencia, la inconstancia y la variabilidad de las relaciones humanas.

- Establecer las garantías para que cada persona pueda desarrollar eficazmente sus tareas.

- Asignar el lugar y las funciones de cada persona según sus capacidades y disponibilidades.

- Adecuar espacios y tiempos para revisar el trabajo compartido con el fin de evaluar en qué medida aumenta la autoestima y la realización personal. (Cortina & Domingo, Ética de la Empresa, 1998, pág. 103).

Solo en la medida que tengamos en consideración esta complementariedad de perspectivas podremos hablar de un proyecto integral de empresa, y no de una imposición individualista por parte del directivo. Este modo comunitario de actuar será el que genere una cultura empresarial que supedite la racionalidad instrumental, estratégica y calculadora a la racionalidad cooperativa y comunicativa. Esta convergencia supone un modo concreto de responder a la voluntad de dominar cosas, a la naturaleza y a otros hombres.

La comunitariedad no es una suma de individualidades fragmentadas. De lo que se trata es de una verdadera integración que supere la mera coexistencia de los miembros de la empresa. De lo contrario, se daría ciertamente un paso importante al tener en cuenta en la mesa directiva el criterio de los empleados y clientes, pero no se llegaría a hablar de un proyecto integral de la empresa. Esto se logra únicamente aprendiendo a escuchar incluso a los trabajadores de los niveles más bajos; el proveedor más insignificante o el cliente más ingenuo tiene una palabra que aportar al proyecto común.

En esta misma línea es de extremada importancia la integración del empresario y sus colaboradores en las actividades comunitarias o de barrio, en agrupaciones profesionales o asociaciones. El progreso ético se notará en estos compromisos pues son altas las exigencias de valentía y desinterés. (Falise, págs. 106-108)

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