María José Rossi IEALC - UBA [email protected]
Este trabajo se propone discutir y desarrollar algunos supuestos de lo que hemos dado en llamar una ‘hermenéutica de la inmanencia’ vinculada a prácticas estéticas latinoamericanas y caribeñas en el marco del proyecto UBACyT (2017-2019) “Para una hermenéutica latinoamericana y caribeña del siglo XXI. Del barroco al neobarroco y su deriva neobarrosa como práctica estético-política”.
Proponer una hermenéutica tal (Rossi, Bertorello, 2017) implica contestar las tres objeciones que se esgrimen actualmente contra la concepción inmanentista del sentido (Zinna, 2014): (i) el sentido no es inmanente al texto porque se construye gracias al trabajo de interpretación; (ii) la fenomenología de la experiencia reenvía a la trascendencia de lo vivido; (iii) el fundamento de la praxis enunciativa no es un pasaje inmanente de las estructuras narrativas al discurso sino un acto de producción. Como se infiere de los términos destacados, “trabajo”, “trascendencia”, “acto de producción”, se pretende esquivar la posibilidad de un sentido inmanente por la apelación a una instancia exterior que daría origen al ‘sentido’: el sujeto que interpreta, la vida experimentada, el autor que produce.
Nuestra primera hipótesis de trabajo es una respuesta provisoria a estas tres objeciones: (i) el trabajo de interpretación se entiende como lectura y reescritura, y consiste en un reenvío de sentido (no excavación o búsqueda de sentido por un sujeto), razón por la cual permanece en el plano de una inmanencia productiva; (ii) no remite a una trascendencia, sea ésta la del autor o la del contexto, sino que se atiene a las marcas enunciativas presentes en el texto: aun siendo una práctica vital irreductible, el lenguaje artístico se deduce de él; (iii) la búsqueda de un fundamento en la mente o en el funcionamiento del cerebro, es una forma de reduccionismo cognitivista que limita drásticamente el sentido y las chances de una hermenéutica entendida como práctica política comunitaria. Esta última se desliga del sujeto autocentrado como fuente de la acción para anclarse en la comunidad como generadora de efectos significantes.
Para desarrollar al menos algunos de estos puntos y dar consistencia a nuestra hipótesis, nos volveremos, en primer lugar, a Michel Foucault (en adelante, MF) y su arqueología del saber; en segundo lugar, intentaremos vincular esa primera aproximación al problema del método con algunas de las orientaciones que sugiere Jacques Rancière (JR) en El método de la igualdad. Por último, formulamos este interrogante, ¿por qué llamar neobarroca a esta hermenéutica que pretende apoyarse, en un principio, en autores que difícilmente se llamarían a sí mismos neobarrocos? Procuraremos en la conclusión responder, al menos provisoriamente, a esta cuestión.
Vuelta a Michel Foucault
¿Hasta qué punto es posible inscribir el método planteado por MF en La arqueología del saber (publicado en 1996, en adelante AS) en lo que hemos dado en llamar una ‘hermenéutica de la inmanencia?
La pregunta expresa antes un reparo que una auténtica interrogación. Nuestra reserva se apoya los siguientes argumentos. En primer lugar, MF se encarga de deslindar, cuidadosa y reiterativamente en todo lo largo de AS, la hermenéutica de la descripción de enunciados, cuyas condiciones de posibilidad esboza. Cuando se trata de diferenciar ambos tipos de procedimientos, MF señala que: (i) toda hermenéutica es alegórica: propone un desdoble de niveles donde lo manifiesto reenvía a lo latente, lo dicho a lo no dicho, lo elocuente al silencio, lo revelado a lo velado, lo manifiesto a lo oculto; mientras que su tarea es atenerse al enunciado: “El análisis del pensamiento es siempre alegórico en relación con
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el discurso que utiliza” (Foucault, 1996: 45). En cambio, la descripción de enunciados “no trata de rodear las actuaciones para descubrir detrás de ellas o por debajo de su superficie aparente un elemento oculto, un sentido secreto…” (Ibíd.: 183). No se trata, pues, de interpretación sino de descripción; (ii) tampoco se trata del ‘sentido’ sino de la función enunciativa; la idea no es liberar los múltiples sentidos que cubrirían o se dejan adivinar en el tumulto de lo expresado, sino de señalar el lugar que ocupa el sujeto en un espacio de enunciación: “El análisis enunciativo es, pues, un análisis histórico, que se desarrolla fuera de toda interpretación” (Ibíd.: 184). A las cosas dichas no cabe preguntarles lo que ocultan o cubren, sino de qué modo existen; (iii) no es el texto o la obra el ‘objeto’ propio del análisis, sino el enunciado: “se trata de captar el enunciado en la estrechez y singularidad de su acontecer” (Ibíd.: 45); (iv) no es el discurso aislado lo que importa, pues todo discurso es en relación con otros —relación que es de analogía, oposición, correspondencia, complementariedad. El juego y sus relaciones son los que permiten la aparición de los enunciados, los que marcan el campo; (v) Por último, lo que importa es descubrir las reglas de las formaciones discursivas que organizan los discursos, “conjunto de reglas que son inmanentes a una práctica y la definen en su especificidad” (Ibíd.: 76). La aparición solitaria del término ‘inmanencia’, referido a reglas que rigen las prácticas, no alcanza, pues, para convertirla en ‘problema’.
De ahí que, en segundo lugar, para la empresa foucaultiana no tendría relevancia la polaridad inmanencia-trascendencia. Estas dos variables de análisis encuentran su lugar en el marco de una hermenéutica, no en el de una teoría de la enunciación, en la que cobra significación, más bien, el par exterior-interior. En otras palabras: el enunciado es exterioridad; lo que hay que tener en cuenta es ‘lo dicho’ (ni tan siquiera lo decible) en que toda presunta interioridad se realiza y desaparece. O bien, en que toda interioridad aparece como ‘lo otro’ de lo dicho contra cuyo fondo, puesto retroactivamente, se inscribe lo decible. Las relaciones que se busca describir no son exteriores al discurso, sino que son su condición y su límite.
Por último, se ha dejado de lado todo aquello que para MF signa una historia narrada desde el punto de vista de un sujeto trascendental y de un referente exterior a las formaciones discursivas: a) los largos periodos y las continuidades; b) los nexos causales necesarios para jalonar esas continuidades; c) el vector racional ascendente y progresivo; d) las tradiciones e influencias; e) las ideas de autor, obra y libro. De lo que se trata, por el contrario, es de descubrir las reglas de emergencia de unos temas, de unos objetos o de unos conceptos, de enunciados y discursos. Esas reglas no tienen lugar en la mentalidad o en la conciencia de los individuos sino en el discurso mismo. O mejor, en los acontecimientos discursivos. La propuesta se mantiene en la superficie textual y en la materialidad de lo dicho con el propósito doble y paradójico de dejarse ‘cautivar’ y liberarse por sus ecos y resonancias. Es así que nos encontramos con Jacques Rancière.
J. Rancière y el método de los ignorantes
Jacques Rancière despliega el método de la inmanencia en su El método de la igualdad
(2014). Nos hemos referido a este método en un artículo publicado con anterioridad a esta actuación, por lo que sólo apuntaremos sus partes fundamentales (Rossi, 2017).
La identificación del principio de inmanencia con la errancia y la igualdad como momentos de un método de lectura y (re)escritura, implica para JR la adopción de un punto de vista que ha renunciado tanto a la referencia como a la delimitación a priori de campos de competencia fijos. En esta cuestión hay coincidencia con MF, si bien los modos de enunciarla, difieren. Por ‘referencia’ se entiende la alusión a contextos históricos o a flujos económicos, políticos y sociales que pudiesen incidir ‘desde fuera’ en los textos, ‘impactar’, en el sentido usual de la palabra, de acuerdo con los procedimientos habituales de toda investigación reputada de científica, sobre todo en el campo de las ciencias sociales.
En El método de la igualdad (2014) JR reconstruye las claves del método Jacotot: aprender algo y relacionar todo lo demás. Es, nos dice, el método de los ignorantes, la
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inversión de aquel otro que proporciona causas o determinaciones generales cuyos efectos se ilustran a través de casos. Tampoco en este caso la idea es indagar en el a priori, causas o determinaciones exteriores. La exploración comienza por el lado de la determinación concreta: “El objeto es lo que nos indica cómo podemos hablar de él, cómo podemos tratarlo” (Rancière, 2014). La conexión entre elementos discursivos para la elaboración de un tejido escritural está posibilitada por los ecos, por la resonancia de ciertas palabras, por sus texturas y matices, sin decidir de antemano qué es exactamente lo que se busca, de qué premisas se parte. Sin establecer jerarquías. De ahí la consigna: “Aprender algo y relacionar todo lo demás”.
Tal como ocurre en el espacio comunitario, el método de la igualdad destruye el abolengo de ciertos registros discursivos y realza los marginados, ocasionando encuentros y desencuentros. Los choques y colisiones, las citas fallidas, acontecen, lo mismo que las exitosas. Experiencia de tanteo, difícil saber de antemano cuál es la meta, pues, en verdad, toda teleología ha sido erradicada: “Para mí, el único método que vale es el de saber si una palabra de pronto da la talla, la resonancia con respecto a otra”. De ahí en más, “me dejé guiar bastante sistemáticamente por los vínculos que me ofrecía el material mismo…”, nos dice refiriéndose a La noche de los proletarios (Rancière, 2014).
Primera conclusión provisoria: de la enunciación del principio de inmanencia para la lectura —“mi método siempre combinó la lectura inmanente que busca el tipo de relación entre un sentido y otro”— se obtiene una formulación clara: dejarse guiar por el material mismo. No hay ‘fuera de texto’ que encamine los resultados. El trabajo, nos dice, es contrario al del historiador, que establece la bibliografía de las obras para establecer el marco general y luego va a los detalles. En su lugar, la inmersión en los archivos se combina con el tendido de transversales entre datos jurídicos, literarios o religiosos. “Lo que volvió factible este libro [La noche de los proletarios] era la posibilidad de construir una suerte de intriga simbólica desconectada cualquier cronología o de todo pasaje de causa a efecto según la modalidad de los historiadores” (Rancière, 2017).
Estéticas neobarrocas y hermenéutica. Conclusiones preliminares
Tanto MF como JR proveen un derrotero posible a lo que hemos dado en llamar la hermenéutica de la inmanencia, dispositivo de lectura que habilita la plena disponibilidad de las palabras y los modos de decir en un trenzado sin jerarquías ni distinciones.
Como hemos visto en MF, se trata de la descripción pura de las reglas. En tal sentido, no cabe buscar o rastrear el detrás de una formación discursiva, o el nivel profundo al que es necesario llegar —léase: la intención de un sujeto, la mentalidad de época, las determinaciones históricas, etc. Ello implicaría, de hecho, desmarcarse de la ‘tradición’ hermenéutica, pues para MF una operación es interpretativa toda vez que descifra en el texto la transcripción de algo que oculta y manifiesta a la vez. No hay en la empresa foucaultiana nada parecido al desciframiento, nada parecido a la desocultación. No hay ‘enigma’ ni ‘secreto’ ni ‘velado’ ni ‘silencio’ que quepa develar, desenterrar o hacer hablar. Tampoco se trata del ‘más allá’ del discurso (referente, significados ideales), como si este fuera su médium o su puerta de ingreso.
Lo propio acaece en La noche de los proletarios, de JR, de donde emerge el método de la igualdad: es el eco de las palabras y sus texturas los que proveen el hilo para la constitución del sentido. El método no es exterior al relato, sino que emerge desde su propia interioridad.
Las estéticas neobarrocas latinoamericanas se acogen a esos métodos pues ponen en suspenso la separación tajante de los mundos —propia de la metafísica occidental— a través de la exuberancia de formas y de la exhibición de una corporalidad palpitante que ignora divisiones artificiales. Los mundos que esas estéticas crean reúnen seres de diversa índole a los que mezclan sin solución de continuidad. Lo que parece darse aquí es una ontología de base para la cual las interacciones entre los seres no se limitan al mundo
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humano o divino, sino que comprenden la totalidad del mundo orgánico e incluso, no orgánico y sus metamorfosis.
En el escritor neobarroco Severo Sarduy (2011) la inmanencia se despliega como intratextualidad: mecanismo de parodia, desfiguración de un texto que funciona como referente. Pero esa operación no deriva en un texto ‘menor’ sino todo lo contrario: no por fundarse o montarse en otro dado previamente, un texto tiene un rango inferior, sino que, en consonancia con el principio de igualdad de JR, alcanza una dignidad que le es propia. Se trata de abolir el sistema de jerarquías, el abolengo que ostentan determinados textos canónicos.
Esta operación es algo más que una simple propuesta estética o hermenéutica: se trata de cuestionar las relaciones estamentarias desde el acto de leer, lo cual implica una política de la interpretación. La intratextualidad deviene en collage o superposición de voces, ninguna de las cuales implanta su autoridad. Este principio se complementa con el de la intertextualidad, donde son los textos los que conversan entre sí, no sus autores. Tampoco son los contextos los que determinan el modo de su organización; no responden a ellos, como sugeriría una teoría del reflejo. Tampoco hay significado último, modelo u origen al que quepa llegar ni hay sentido último que se trate de restituir, sino que se trata de vagar y divagar por los textos, de errancia y divergencia. Tal como propone la arqueología foucaultiana, esa errancia implica atenerse a la exterioridad de las formaciones discursivas, sin procurar alcanzar un fondo o excavar ningún sentido. Correspondencia, pues, entre método y objeto: son los textos en definitiva los que reclaman su propia manera de ser comprendidos. Lo cautivante en el arte neobarroco indoamericano es precisamente el hecho de proponer un mundo que celebra la inmanencia de lo divino. Por eso reclama una escucha y una producción lectora que también lo sea.
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