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La protagonista de la novela, objeto de análisis en este estudio, se llama Emma. Es una mujer de 48 años. Llama la atención la manera su entrada en la novela. Se da en el primer párrafo donde el eje de la narración gira en torno a los cambios inesperados que trae la vida. La sensación de falta de control sobre estas situaciones hacen que la mujer dirija su atención a otros temas que la preocupan, en los cuales el cambio sobresale como una constante, lo cual anuncia al lector las transformaciones que tendrá la vida de la protagonista. En el primer pasaje de la novela aparece Emma manejando su carro, y como si fuera el lente de una cámara de cine la perspectiva del narrador hace un zoom en sus manos: finas, delicadas, bien cuidadas y con sendos anillos en sus dedos, uno de matrimonio y otro de compromiso. Es el primer eslabón con el lector entra en la vida de Emma. Pero de manera casi inmediata, un par de líneas después, se encuentra el siguiente registro relacionado con su ciclo menstrual. Luego de construir una imagen de Emma como una mujer madura, que transmite cierta seguridad y cierta fortaleza se muestra también su mayor aflicción: “Desde hace cuatro días espera que le baje la regla y esta no llega. Emma es una mujer exacta, su regla suele llegar puntual a los treinta días del mes” (El intenso... 10). Por lo pronto, me interesa comprender qué ha sucedido en la vida de una mujer antes de llegar hasta este estado, para volver la mirada sobre Emma y ver la forma precisa en que la impacta el vivir la nueva experiencia de la menopausia.

La protagonista de la novela de Belli, por ejemplo, conoce perfectamente lo que ocurre en su cuerpo, pues en su juventud fue estudiante de medicina, aunque abandonó su carrera

persuadida por su esposo y se dedicó a las labores domésticas en su hogar. A pesar de esto, Emma también piensa que de alguna manera la llegada de la menopausia, el entrar en esta etapa, traerá consigo un desgaste, la cambiará como mujer, no será la misma persona que era antes porque la regla era algo que la definía:

Pero quizá desde esa época cuando le dio por leer sobre «la condición femenina» advirtió el tono trágico que rodeaba la menopausia… tanto empeño pone la naturaleza en hacer fértil a la mujer que cuando la fertilidad se acaba una enorme mano masculina sale del cielo y la tira al basurero con la furia implacable del mismo personaje que echó a la pobre

Eva del paraíso… Conservaba la esperanza de ver la mancha roja que la apartaría del precipicio de la vejez y la muerte. (Belli, El intenso... 70)

Esta forma de asociar la feminidad con la reproducción es una muestra de la manera cómo la mujer ha sido subordinada en la sociedad a un rol materno-reproductivo; se es mujer en la medida en que se cumple con ser madre, sólo durante el periodo fértil se es deseada sexualmente pues el varón ha de querer ver prolongada su estirpe. Cuando llega la menopausia como se ha dicho, este deseo cesa, ya no llega con relación a esta etapa de su vida. Emma piensa en ello con insistencia:

Este asunto de su regla es diferente. Conoce teóricamente que existe algo llamado

menopausia, pero no quiere pensar que sea eso. Sin embargo su mente… la lleva por una senda oscura llena de señales de alerta, de grandes rótulos iluminados encendiéndose intermitentes que anuncian MENOPAUSIA, el fin de su feminidad. (El intenso... 12) Emma no puede liberarse de tales prejuicios, por más que intente no es capaz de olvidar que su regla no ha llegado puntual como siempre llega, y no puede dejar de pensar en el asunto de que tiene 48 años. Ha escuchado a muchas de sus amigas que ya han pasado por la etapa de la menopausia, algunas se quejan más que otras, pero para ninguna de ellas ha sido una faceta inadvertida. Es evidente que existe un temor en Emma ante la inminencia de la menopausia. Pesan sobre ella las ideas que la hacen ver como el momento en que dejará de ser ella, como el punto final de su feminidad, y con ello, y tal vez lo que más le inquieta, el fin de su sexualidad. El miedo de Emma se manifiesta como una fuerte ansiedad, la cual se desborda en pensamientos sobre lo que será de ella:

Los calores amenazan su vida útil como hembra de la especie. Se imagina despojada de todos los signos de la feminidad, invisible, descartada y descartable. No concibe vivir sin su sexualidad, sin las señas de identidad que han sido su insignia, su bandera de

navegación hasta ahora. (El intenso... 43)

El primer registro como “hembra de la especie” es una evidencia de la carga simbólica que existe entre el imaginario colectivo y las formas particulares de representación donde se construye un sujeto. Alrededor de Emma giran una serie de concepciones sobre la menopausia

que la han determinado como mujer, que han influenciado en su construcción personal, que se han incrustado dentro de su manera particular de percibir y de comprender el mundo.

Estas sensaciones en su conjunto la han acercado a una especie de precipicio al cual se siente empujada por la realidad casi irremediable de que dejará de vivir su sexualidad, siendo esta idea nueva una condición, un nuevo estado que ella resiste explorar. A pesar de tener una cierta ventaja por su condición social, Emma no escapa de las construcciones culturales que ya he recorrido. La novela sugiere que dichas construcciones simbólicas, aparecen en uno y otro contexto sin importar la clase social; cada mujer experimenta la menopausia y tiene sus temores afianzados por los contenidos depositados en el imaginario colectivo que ella entra a

experimentar.

Ahora bien, en la novela de Belli pueden verse al tiempo la validez y las limitaciones de las concepciones culturales sobre la menopausia que he venido elaborando en esta sección. Emma es una mujer que tiene miedo de lo que significa la palabra menopausia, pues cree que determina el fin de su feminidad. Está asustada, ha escuchado tantas cosas: teme hacerse vieja, teme la ausencia de su menstruación, esa cita con ella misma, esa exactitud, esa minuciosidad de su propio cuerpo que la tiene tan deslumbrada. Teme dejar de disfrutar su sexualidad. El

imaginario colectivo atraviesa las diferencias sociales e incide de forma directa en el actuar de un sujeto, ya que su mentalidad e ideología van a determinar su forma de estar en el mundo

¿Te cambiaste el pijama? ¿Qué te pasó?... Él la miró suspicaz… notaría la frecuencia con que estaba yendo al baño en pos de la mancha roja que la devolviera a su rutina de mujer que desde los trece años ha reglado exactamente todos los meses…ni el meridiano de Greenwich era tan exacto como su regla. Que le falte por otra razón que no sea un embarazo es algo para lo que no está preparada. (El intenso... 69)

Dentro de los sentidos sociales, la menopausia es la pérdida de una serie de rasgos esencialmente femeninos, rasgos que han definido y han dado forma a lo que es una mujer en nuestra cultura. Estos rasgos también han moldeado a Emma y se han incrustado como parte de su identidad. Teme que su intimidad se vea afectada por esta condición que ahora hace parte de ella; teme que su esposo, Fernando, pueda tomar esta situación a favor suyo, siente una fuerte inseguridad producto no sólo de la experiencia de la menopausia, sino que también pueden

entenderse a la luz de los significados sociales construidos para presentarla como una experiencia temible, la cual se debe asumir con cuidado para que alguien más no se aproveche de su

abandono e indefensión. Emma no quiere dejar de lado su vida sexual porque ha sido para ella una de las vivencias más importantes, pero la cultura se ha encargado de mostrarle que con la menopausia su sexualidad no será la misma.

De igual manera que en la menarquia se habló de la transición de niña a mujer, la

menstruación pasa a convertirse en un signo asociado a la fertilidad femenina, a la capacidad de procrear, de permitir la trascendencia del hombre, lo que eleva su atractivo. Al perder esta condición durante la menopausia, el principal temor de Emma tiene que ver con lo que pueda ocurrir con su sexualidad. Se ha definido como un sujeto cuya “carta de navegación” ha tenido que ver con lo sexual, al estar tan ligada a la menstruación, su primer manifestación de

preocupación cuando se descubre a sí misma climatérica y muy próxima a la menopausia, gira entorno a que con el fin de su menstruación llega el fin de su etapa fértil, lo que en otras palabras equivale al fin de la posibilidad de sentir el goce sexual. Inicialmente, la menopausia significa para Emma, el periodo en el que ha finalizado su capacidad de disfrutar de su cuerpo y de las sensaciones que puede llegar a alcanzar. Llega justo en el momento en el que menos preparada está para ello, y la incomodidad de saberse una mujer incapaz de dar y recibir la satisfacción sexual, la va encerrando en sí misma, convirtiéndola en una mujer con profundas necesidades de entender y de sentir que su cuerpo aún puede alcanzar el máximo placer. Sin embargo, poco a poco, Emma va a ir comprendiendo que puede concebir una idea diferente de lo que es la

menopausia, y esta concepción nueva afectará la manera en que vive esta etapa de su existencia. Esa misma menstruación, que hace por lo menos cuatro días no le llega a Emma, hace que crea y piense en su feminidad: ya se esfumó, ha llegado a su fin lo que la hacía fundamentalmente mujer, esa esencia de lo femenino se ha perdido en ella para siempre. En definitiva, existe una fuerte tradición popular que varía de una región a otra, de una parte del mundo a otra, con relación a los valores asociados a la menstruación. Prácticamente que podría considerarse que la menstruación es en sí misma un hito de fuertes y arraigadas construcciones colectivas y

socioculturales. Ideas que vienen incluso de la más remota antigüedad, si atendemos que Victoria Sau, citada por Botello en su estudio, entrega la siguiente información para llamar la atención frente a la anterioridad de estas concepciones:

“Plinio, en su Historia Natural, ofrece una lista de creencias de los romanos con respecto al ciclo femenino: si pasan cerca de un recipiente de vino, aunque sea nuevo, se estropeará y se agriará; si tocan las espinas del campo morirán; los pastos y las flores al pasar junto a ella, se marchitarán; los frutos de los árboles bajo los cuales se sienten, caerán; empañarán los espejos en que se miren, así como una espada, un cuchillo o cualquier elemento

afilado, los cuales se tornarán opacos en el acto; el hierro y el acero se oxidarán… En 1878, el British Medical Journal afirmaba que la carne se corrompe cuando la toca una mujer que tiene la regla.” (Aproximación a las creencias... 90)

Hay toda una construcción y elaboración metódica de un discurso que muestra la

menstruación como lo femenino, aquello que es característico en una mujer, aquello que permite que una mujer sea una mujer. Discursos relacionados con la idea de la menstruación, de la naturaleza de la sangre que se menstrúa, llenan de metáforas y metonimias el mundo del ciclo fértil, una revisión básica a los nombres con los que la tradición cultural designa esta condición femenina “La regla, la roja, la bandera, la visita, la llegada, la tía, se me descalabró la niña”, muestran cómo las construcciones sobre los significados sociales que se le dan a las cosas que pasan en los ciclos vitales de una mujer tienen matices de segregación, funcionan como instrumentos de dominación, incluso, son forma de discriminación, utilizados para tratar a la mujer como algo diferente, como algo objetuado y no como un otro.

Algunas de estas ideas asociadas con la menstruación llegarán hasta nuestros días; otras, se depurarán y añadirán imaginaciones nuevas a las construcciones colectivas que alrededor de la menstruación realiza la cultura. Estas asociaciones, involucran de manera indistinta la luna, las mareas, los eclipses, la putrefacción de los comestibles, las afecciones a los recién nacidos. Pero una fuerte cantidad de dichas construcciones sociales están dirigidas a la actividad sexual, a las prohibiciones de sostener coitos durante los días que dure la regla, y frente a las transgresiones y rupturas que se aprecian si una mujer decide mantener relaciones sexuales en presencia de su periodo. Una parte del significado de esta carga colectiva parte de los mismos hombres, ya que algunos se resistirán a copular durante el ciclo menstrual, acentuando y dando más fuerza a esta tradición cultural, aunque otros lo podrán hacer sin impedimento, casi sin ningún problema.

De estas construcciones sociales no se escapan ni siquiera las parejas sexuales de Emma. Mientras Fernando, su esposo, siente casi que una repulsión agresiva, en las orillas de lo abyecto, frente a la sangre femenina liberada con la regla y, por supuesto, no se atreve a acercarse a Emma mientras dure su periodo, Ernesto, su amante, va a sacar sin pudor el tampón que utilizó en la mañana, y del cual se siente orgullosa porque le deja ver a Ernesto que aún sangra (Belli, El intenso... 181). Hunde sus dedos y lo retira sin remordimiento, y luego, copula con ella, entrando en terrenos distintos a los que señala el imaginario colectivo. Este ideario es concretado por medio del punto de vista de los sujetos masculinos, mostrando con esto la manera diferente al entender la menstruación y el significado distinto que cada uno de ellos le da a sangre: mientras que Fernando no se acerca, Ernesto se baña en ella.

Rememora las sensaciones, su falta de vergüenza, la confianza en su propio cuerpo. Le dio placer que él la viera. No le importó su edad, ni pensó en eso hasta el final. Se sonroja recordando lo del tampón sanitario. ¡Qué diferente la reacción de Ernesto! Con qué naturalidad se lo tomó. No imaginó que hubiese hombres a quienes les fuera tan irrelevante. Sería la nueva generación. (El intenso... 188)

En efecto, una de las condiciones que más aflige a Emma durante la vivencia de esta nueva realidad íntima y social, es estar menopáusica, no tener la menstruación. Su ser femenino se descubre mayor, casi al borde de la negación absoluta de su feminidad. Entrar en el problema de la menstruación y su ausencia en la vida de Emma es entrar en el problema sobre la edad en la mujer que plantea la teórica Luce Irigaray. Esta asociación de la menopausia y vejez está

marcada por una herencia de tradición cultural que se le debe al patriarcado. Se ha descargado en la mujer todo su peso conceptual. Esta densidad hace que a Emma le cueste tanto trabajo llegarse a desprender de esa tradición patriarcal con relación a su sexualidad

¿Qué edad tienes? Una pregunta temible en nuestras culturas donde la edad significa envejecimiento. Avanzar en edad es tener un año más. Es decir, dejando aparte los años del crecimiento, se trata siempre de envejecer, tanto por acumulación de años como por incremento de achaques y deterioro orgánico. (Yo, Tú, Nosotras... 109)

El tema de la edad en la mujer es un riesgo cultural, riesgo en la medida en que una mujer con cierta edad verá cómo se cierran las puertas en algunos escenarios de interacción, afectando su manera particular de ver y entender el mundo. Es interesante hacer notar además que, mientras en el hombre se celebran los años cumplidos como signos inequívocos de su madurez, en la mujer esta representación se da en el sentido opuesto, es decir, una mujer se dirige

inexorablemente hacia su vejez.

Esta preocupación aqueja a Emma. Sin duda, llegar a la menopausia en este momento de su vida era algo que no hacía parte de sus cuentas. Si bien tiene resuelta su situación financiera, si bien su esposo brinda una estabilidad que a Emma le permite vivir con cierta comodidad en medio de una sociedad latinoamericana cada vez más abierta frente a la condición de vida de las mujeres, aún Emma padece una suerte de herencia patriarcal que le ata a una relación

monogámica que se ha extendido durante casi tres décadas. Esta es la Emma que se va a

derrumbar y le dará paso a una mujer nueva, a lo que más adelante se verá, como una mujer otra. Para comprender el escenario del que ha de surgir una nueva mujer liberada de esa serie de prescripciones sociales impuestas por el sistema, para poder proyectar mejor los matices de esta transformación, hay que entender, como lo propone Luce Irigaray, la relación de la edad con el paso del tiempo “Quiere esto decir que la vida de una mujer no puede reducirse a una serie de hechos o actos que se suman o se anulan. La vida de una mujer está marcada por una serie de acontecimientos irreversibles que definen las etapas de su edad” (Yo, Tú, Nosotras... 111). Más allá aún del fenómeno de la menopausia en sí, es posible entender que en Emma se dan una serie de transformaciones específicas dentro de su orden y proyección como sujeto femenino, por esto mismo, su ciclo vital, al llegar a esta etapa, es uno de los agentes de cambio que promueven el nacimiento de una nueva Emma, pero no el único.

Sin embargo, para ver el lugar que ocupa en la vida de Emma la menopausia no sólo como un hecho biológico sino como una experiencia cargada de contenidos culturales, basta con revisar el estudio del ginecólogo Seara, citado en el trabajo de Botello, quien identifica una referencia histórica en un hecho bíblico narrado en el Antiguo Testamento: “(…) Es de

considerar que ambos dos, Abraham y Sara, eran de avanzada edad para tener hijos y a Sara le habían faltado ya las costumbres de las mujeres (Génesis, 18:11)” (Aproximación a las

creencias... 92). Se puede apreciar entonces, la forma sutil en que se incrustan los imaginarios de la menopausia dentro del colectivo y la manera en que se reproducen en la vida de Emma, la llevan a vivir esta experiencia humana desde el punto de vista de lo catastrófico y casi apocalíptico. Esta experiencia implica también su propio colapso como sujeto femenino y su derivación en algo distinto, en algo asexuado. Si para Sara, el personaje bíblico, el faltarle las costumbres de las mujeres era un problema y un obstáculo, de seguro, lo era también para todas y cada una de las mujeres de la tierra.

Entonces aparece una Emma que vive al mismo tiempo muchas cosas relacionadas con los miedos que trae la experiencia de la menopausia: primero, la hace sentirse y verse como una mujer más vieja. En un segundo momento, ha perdido su belleza, al perder también su juventud.