Movement Restrictions and Education, Evidence from Palestine
4. The Effect of Movement Restrictions on Education 1 Simple Difference-in-Differences
El giro narrativo ha sido uno de los mayores cambios a los que hemos asistido en el campo de la investigación educativa. La narración posee una forma, una estructura, a partir de la cual se pueden ensamblar, mediante la trama, las situaciones más heterogéneas que se puedan dar en el ámbito escolar. “La narrativa es una capacidad humana fundamental, y por eso el papel que desempeña en la educación merece la mayor atención” (McEwan, 2005, p.9).
Bruner (2006) ha dicho que la única forma de describir el tiempo vivido es la narrativa. Para Ricoeur (2008b), la vida se puede comprender como un proyecto biográfico, que puede ser narrado o leído. Narrar a sí mismo o a otros lo que ha sido o va a ser el proyecto personal de vida es una estrategia para construir una identidad.
En el campo del estudio de las narrativas, el investigador suele encontrarse con una variedad de términos que pueden usarse de manera indistinta, sin mayores precisiones. Historia, relato, narración, narrativa o narratología son algunos de ellos. A continuación haremos algunas precisiones de estos términos. En primer lugar, vamos a acudir a la diferenciación que hace el profesor Jaime Alejandro Rodríguez (2004), entre narración, narrativa y narratología: “Narración es poner en palabras algo vivido, presenciado, escuchado o imaginado. Narrativa, en cambio, es proponer un pacto de lectura o interpretación de la
narración que compromete la actividad creativa, tanto del que narra como del que lee o escucha. De ahí se explica que el título de este trabajo sea “Narrativas de la identidad profesional docente en perspectiva de género” y no “Narraciones de la identidad profesional docente en perspectiva de género”. Por último, Narratología es el conjunto de estudios y métodos creados para comprender objetiva y científicamente las narraciones” (Rodríguez, 2004, p.15).
La narración, como hecho de poner en palabras las experiencias, está presente en todos los actos humanos. La narración puede ser concebida asimismo como una posibilidad de expresión. “Vivimos inmersos en un mundo de narraciones” (Rodríguez, 2004, p. 16).
La narrativa implica un grado de conciencia sobre la elaboración de la misma y la forma de la narración. “El ejercicio narrativo, es decir, la percepción/construcción consciente de las formas de la narración, juega en dos sentidos: como destreza para desentrañar el sentido de lo que alguien cuenta y como estrategia para componer y mejorar la expresión de ese sentido” (Rodríguez, 2004, p. 16). Podemos decir que en esta dimensión se da la construcción de la trama, en cuanto que la narración desempeña una función mediadora entre la prefiguración y la refiguración, ya que es la operación que transforma una simple sucesión de acontecimientos en una historia, en una totalidad significante. Así el narrador busca siempre persuadir a su lector.
Desde la Poética de Aristóteles (1994), el relato ha sido considerado como la mímesis (imitación) de las acciones humanas. Según Rodríguez “el relato no sólo conduce el saber, sino que lo hace, efectivamente, vivencial porque exige del lector participación y acciones concretas: desentrañar y trascender su mensaje; no solamente oírlo o entenderlo, sino, incluso, reinventarlo” (Rodríguez, 2004, p. 16). El relato, como imitación de las acciones humanas,
responde a tres condiciones que lo anclan a la experiencia humana: la temporalidad, la corporeidad y la alteridad. El cuerpo del relato se apoya en referencias al mundo físico y social de donde surge la acción humana que pretende imitar. Esto implica datos concretos, históricos y ficticios que, por su carácter de verosimilitud, son asimilados por el lector como creíbles.
La narratología “trata de la sistematización de las técnicas y de los estudios sobre las narraciones que se han venido dando desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días” (Rodríguez, 2004, p. 36).En general, Rodríguez (2004) plantea que es posible distinguir cuatro perspectivas narratológicas: las que proponen modelos funcionales, las que desarrollan planteamientos lógicos, las que establecen modelos lingüísticos y las que se centran en enfoques temáticos. Tales enfoques brindan técnicas y referencias teóricas para el análisis e investigación de las narraciones.
Esta investigación se fundamenta en la estrecha relación que existe entre la narración y la constitución de la identidad. En consecuencia no podemos relacionar la noción de identidad con una realidad objetiva, sino con una construcción discursiva y mental que los individuos emplean para expresar un concepto de sí mismo en relación con su espacio de representación y de prácticas. Según (Bolívar, 2006), la identidad está conformada por una dimensión personal y otra social.
Una distinción que resulta clarificadora a la hora de hablar de los diferentes tipos de identidad ha sido propuesta por Snow y Anderson (1987), que distinguen entre identidades sociales, identidades personales y autoconcepto (self). Las identidades sociales serían atribuidas o imputadas a otros, en un intento de situarlos como objetos sociales. En este juego de asignación estarían ubicadas las identidades profesionales. Es decir que, serían asignadas
en función de comportamientos esperados o prescritos. Las identidades personales, en cambio, se refieren al significado que el propio actor atribuye al yo (self). Finalmente, el autoconcepto es una sobrevisión de uno mismo como un ser físico, social o moral, y una conjunción entre las imágenes idealizadas y las identidades sociales imputadas.
Desde lo anterior, podemos advertir que hay diferentes tipos de identidades y diversas maneras de construir las identificaciones de sí mismo y de los otros. Según el grupo cultural de origen, identidades culturales; según el concepto de sí mismo, identidad personal y según la ocupación, identidad profesional.
Desde la perspectiva de la construcción social de la realidad, Berger y Luckman, (1972), han planteado que las identidades sociales y profesionales no son expresiones individuales, ni producto de estructuras económicas y políticas determinadas, sino construcciones sociales que implican la interacción entre las trayectorias individuales y los sistemas de formación y de trabajo.
Por lo tanto, en esta investigación inscribimos la identidad profesional en una conceptualización interaccionista de la profesión. En lugar de venir dada por la pertenencia a un grupo, los grupos profesionales cambian en función de las organizaciones y la vida profesional, en un proceso biográfico que construye las identidades a lo largo de la vida.
Ricoeur (2008b) ha señalado que la identidad tiene dos dimensiones principales que funcionan en relación dialéctica: El sí y el otro distinto de sí. La propuesta riqueriana busca superar una concepción esencialista de la identidad y se inscribe más en aquella que es resultado de una identificación contingente, históricamente variable.
Hoy día se comparte la idea que las identidades son construidas dentro del proceso de socialización, y es ahí donde se construyen las identidades personales, culturales y
profesionales. Para Claude Dubar (1991), no existe ninguna identidad esencial en el campo social que sea igual, a fortiori, en la historia humana; por lo contrario, todas las identidades son apelaciones relativas a una época histórica, a un tipo de contexto social. Todas las identidades son construcciones sociales y lingüísticas sujetas a interpretaciones.
Para este trabajo, desde una concepción no esencialista, el profesorado de secundaria no tiene una identidad profesional fija, atemporal, sino contingente, variable históricamente. De ahí que la asignación de una identidad personal y profesional es siempre contingente, cambia y se reformula con el tiempo y en el territorio.
La identidad personal es a la vez, una construcción subjetiva y una inscripción social. El individuo construye su identidad desde la mirada de otro, el sí mismo como otro, como lo ha expresado Paul Ricoeur (2008b). Antonio Bolívar distinguen dos dimensiones de la identidad (2006, p. 40):
a) Identidad para sí: Autocomprensión o representaciones que un actor hace de sí mismo y su diferenciación respecto a quienes son los otros.
b) Identidad para otros: representaciones y construcciones que confieren las personas de su entorno (estudiantes, colegas, padres). La identidad profesional se construye y vivencia en esa mirada del otro. Este es el espacio del reconocimiento del otro en un espacio y tiempo determinado.
El concepto de identidad presenta así una dualidad constitutiva, como partes inseparables y ligadas de manera problemática. Así, la identidad se configura en el juego recíproco de los actores concernidos en sus espacios de representación e indirectamente, también en sus espacios de prácticas. La identidad para sí, como proceso biográfico no es solipsista, reclama el reconocimiento del otro.
En el caso de las identidades profesionales, estas no vienen dadas por la pertenencia al grupo sino, como señala Bolívar (2006), por la pertenencia y socialización en un grupo profesional, las cuales, desde una perspectiva interaccionista, son generadas por los individuos, es decir, por los procesos de interacción y construcción conjunta entre las instituciones y los individuos. Dubar (1992) habla de una dimensión biográfica (identidad para sí) y una dimensión institucional (identidad para otro), por lo que “las identidades profesionales ponen en juego relaciones entre identidad personal e identificaciones colectivas” (Bolívar, 2006, p. 42).
Por lo anterior, podemos decir que en el núcleo de la construcción de la identidad profesional se articulan dos procesos heterogéneos: el proceso relacional y el proceso biográfico. El primero aborda la atribución de la identidad por las instituciones y los agentes de interacción directa con el individuo y, el segundo, como la interiorización activa e incorporación de la identidad por los propios individuos. Bolívar (2006) señala que los individuos construyen identidad a través del doble juego de transacciones biográficas y relacionales que permiten articular la dimensión temporal de construcción de las identidades con la dimensión espacial de su reconocimiento.
Bolívar (2006) ha señalado que las construcciones mentales y discursivas de la identidad deben ser puestas en relación con las representaciones que los actores hacen de sus actos y de las situaciones sociales en las que se encuentran, tanto en el plano del reconocimiento como en el del proyecto:
En cualquier caso, en las sociedades de la modernidad tardía, la identidad para sí tiene preeminencia o primacía sobre la identidad para otro. No deben pues confundirse las construcciones que un actor individual o colectivo opera sobre sí mismo, de los que otros le otorgan y las interiorizaciones que a partir de ahí haga el sujeto. Conviene distinguir entre las construcciones hechas sobre un estado presente de un actor
(reconocimiento de identidad) y las contribuciones hechas alrededor de un estado deseable de este actor (proyecto de identidad) (Bolívar, 2006, p.43).
La dinámica de la construcción de la identidad profesional, dentro del proceso más amplio de socialización profesional, nos lleva a entenderla como el resultado “transaccional” entre el individuo y el grupo social. Desde estas coordenadas se analiza una realidad social, introduciendo en ella la dimensión subjetiva o vivenciada por sus actores. Las identidades profesionales son para los individuos formas socialmente reconocidas de identificarse mutuamente en el ámbito del ejercicio profesional (Dubar, 1992).
Autores como Bolívar (2006), plantean que la identidad importa especialmente en profesiones como la docente, donde la autoimagen y lo que una persona es y siente no pueden ser fácilmente separados de su trabajo. Nías, por su parte, al referirse a los maestros dice: “Los significados que le dan a su trabajo y los que le atribuyen otros, relacionados con las materias que enseñan o con su labor educativa, forman parte sustantiva de la pasión con que se entregan a su tarea” (Nías, 1996, p.305).
La identidad profesional docente es también fruto de un largo proceso de socialización, que culmina al ir ejerciendo la profesión y asumir la cultura profesional propia que hace sentirse y ser reconocido como tal. Por tanto, además de un conjunto de saberes teóricos y experienciales:
También exige una socialización de la profesión y una vivencia profesional a través de las cuales la identidad profesional va siendo poco a poco construida y experimentada y en donde entran en juego elementos emocionales, de relación y simbólicos que permiten que un individuo se considere y viva como profesor y asuma así, subjetiva y objetivamente, el hecho de realizar una carrera en la enseñanza (Tardif, 2004, p. 79).
Antonio Bolívar (2006) ha delimitado la identidad docente en cuatro niveles complementarios: un marco general referido a todas las profesiones, un núcleo “base” como conjunto de saberes para la docencia, uno específico de nivel de enseñanza o disciplinar y por
último, un saber profesional propio como producto de una trayectoria biográfica y profesional particular.
Podemos decir con Bolívar y con los discursos de los “tiempos líquidos”, que no hay una identidad profesional única del docente. En lugar de una identidad sustancial, nos encontramos con formas identitarias múltiples. Los profesores y profesoras pueden habitar múltiples identidades, dependiendo de los recorridos profesionales y vitales, de los contextos de trabajo o personales. Estás formas múltiples de identificación profesional fueron objeto de estudio en las tramas narrativas de las y los docentes en la presente investigación.