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El sistema religioso de los celtas, sublimado por los druidas, es apasionante y repelente a la vez. Hay muchas páginas extrañas, y obscuras, que sobrecogen al estudioso del tema. Los relatos gaélicos presentan siempre a los druidas como maestros consumados en la magia, la nigromancia y demás ciencias ocultas. Contaban el tiempo por noches, en lugar de hacerlo por días. Conocían poemas mágicos que apartaban las tormentas o las acercaban en caso de sequía. Parece cierto que conocían el hipnotismo, como afirma Marilyn Robb, practicando lo que se ha llamado «el sueño druídico». Sus augures se preciaban de adivinar el futuro no sólo por el vuelo de las aves y las entrañas de las víctimas de los sacrificios —cosa harto frecuente en los pueblos antiguos—, sino también por los simples estornudos, por los sueños tras los festines orgiásticos rituales, y por el graznido de los cuervos. Una leyenda irlandesa habla del encantamiento utilizado por el druida Mailgenn para hacer morir al rey Cormac, introduciendo una larga espina de pescado en el pan que debía comer el monarca.

Esencialmente, las divinidades de los druidas se reducían a dos: el «gran padre» Hu y la «gran madre» Ceridwen. Las épocas de iniciación de los druidas estaban determinadas por el curso del Sol y su llegada al solsticio y al equinoccio. Al comenzar el mes de mayo, se producía la celebración anual más brillante. Durante la noche que precedía el primer día de mayo, se encendían grandes hogueras sobre los cairns, o túmulos funerarios de los jefes, y en los cromlechs. Los druidas y el pueblo bailaban enloquecidos alrededor de las fogatas, en homenaje al Sol, que «acababa de levantarse de su tumba» invernal. Eran danzas enfebrecidas, en las que estaban permitidas toda clase de libertades y licencias. Bailaban hasta la extenuación, hasta el mediodía siguiente. Y cuando el astro diurno estaba ya en su cenit, y la luz solar era más intensa, huían a esconderse en lo más hondo de los bosques y se entregaban a orgías desenfrenadas.

La iniciación de los neófitos que pretendían alcanzar alguno de los grados jerárquicos del druidismo, que ya hemos expuesto, se celebraba siempre a medianoche, en medio de un ritual fúnebre y tenebroso. El principiante era tumbado en un lecho, en forma de ataúd, para simbolizar

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la muerte del Sol. Luego, al cabo de tres largos días, se le permitía salir de su macabra yacija, para significar que el Sol había vuelto a nacer.

Es un hecho curiosísimo, explicado por Jullian13 y otros autores, que el día veinticinco de diciembre se encendían grandes hogueras, en las cumbres de las montañas, para anunciar a las gentes que el Sol —Hu— acababa de nacer. Y tanto los sacerdotes druidas como el ígnaro pueblo se adornaban con flores de siempreviva. Era la pública señal de que el astro rey vivía, y ardía, nuevamente.

Cuenta Tácito, en los Anales, que los druidas de la isla de Molas oraban con las manos levantadas hacia el cielo, en una actitud parecida a la del orante cristiano. Pero la característica más conocida del druidismo, y la que le ha proporcionado una tenebrosa fama, son los sacrificios humanos. No cabe duda alguna de que los druidas mantuvieron en las Galias y en la Gran Bretaña el rito de los bárbaros sacrificios. Las infelices víctimas solían ser los criminales condenados, y en su defecto los prisioneros de guerra. Pero había también voluntarios para el repugnante ritual. Algunos galos, al encontrarse en peligro de muerte, en combate o por enfermedad, nacían el extraño y absurdo voto de dejarse inmolar, pasado un cierto tiempo —es decir, una muerte a plazo fijo—, si no encontraban otro desdichado que pudiera ser sacrificado en su lugar. En algunas ocasiones, si no había criminales ni prisioneros de guerra se procedía a efectuar un sorteo macabro entre el propio pueblo.

Las víctimas eran estranguladas, traspasadas a flechazos, o perecían bajo el puñal del sacrificador. En los períodos críticos, en tiempos de carestía, peste o vísperas de guerra, los sacrificios adquirían un tono de rogativa general, un ofrecimiento del pueblo entero para aplacar a los dioses y conseguir su favor. Entonces se construían grandes jaulas de madera, mimbre y cuerdas trenzadas, que adoptaban la forma de gigantescos animales. Las víctimas, encerradas dentro de tales jaulas, eran quemadas vivas.

En opinión de ciertos autores, los druidas de Irlanda no practicaban sacrificios humanos. Se basan, para tal afirmación, en el hecho de que tan repugnantes costumbres no son mencionadas en la Vida de San Patricio, apóstol de los nativos de la verde Erín. Parece ser que los sacrificios se limitaban a la muerte de algunos animales: toros, caballos, hasta perros, ofrecidos a los dioses en signo de adhesión y buena voluntad. En estas ceremonias no se utilizaba el fuego, ni siquiera para consumir los restos de la víctima, que eran ofrecidos a los circunstantes a fin de que comieran la carne y se beneficiaran con el sacrificio.

Uno de los puntos más controvertidos del druidismo es la existencia de las druidesas, o mujeres druidas. Aquí los datos son absolutamente contradictorios y la leyenda ha campado por sus respetos. Los escritores clásicos hablan, en ocasiones, de las druidesas como mujeres galas, emparentadas con los druidas, es decir, las esposas o las hijas. Pero no está demostrado que existieran sacerdotisas druidas con las mismas funciones y poderes que los varones.

La leyenda ha tomado altos vuelos en esta materia. Se ha escrito que las druidesas debían ser vírgenes, y que, aun casadas, habían de mantener una estricta castidad. Algunos autores antiguos sostienen la fábula de que sólo podían adivinar el porvenir del varón que las violaba. Estrabón las presenta como las sacerdotisas de los sacrificios, inmolando por su propia mano a las víctimas y examinando fríamente sus entrañas para fundamentar los augurios.

Se da como cierto que en la isla de Sen existieron una especie de vestales galas dedicadas al culto de la magia y de la profecía. En cuanto a la famosa inscripción de Metz, parece aludir a una corporación de druidesas, paralela a los druidas varones. Pero Mac Culloch y otros autores

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consideran como posterior y amañada dicha inscripción, en la que se menciona a la druidesa «Avete».

Quiere la leyenda que las druidesas vestían de blanco e iban ceñidas con un cinturón de metal. Vivían en las rocas más agrestes y solitarias, azotadas por las olas del océano, y conservaban la virginidad, según algunos, o se entregaban a licenciosos excesos según otros. Las antiguas tradiciones marineras hacen referencia a las islas y a las rocas habitadas por las druidesas, y señaladas por el pueblo como lugares encantados. Así, por ejemplo, la isla del Sena, o Liambis, la de Saints, cerca de Ushant —donde nació el sabio y mago Merlín, según cuenta la fábula—. Otra tradición menciona la gruta de Fingal, en las islas Hébridas, famosa por sus columnatas basálticas. Los gaélicos la denominaban Llaimh Binse, o sea «antro de la música», debido a los impresionantes sonidos, y hasta notas musicales, que las olas del mar arrancan de las pro- fundidades de la cueva, en un fantasmagórico concierto de gemidos, estampidos y ecos.

El gran compositor italiano Vincenzo Bellini se inspiró en el tema y en la leyenda de las druidesas para darnos la celebérrima ópera Norma. Sobre una mediocre tragedia de Alejandro Soumet, y el libreto encargado a Felice Romani, la música de Bellini dio vida artística a Norma, la sacerdotisa druida enamorada del procónsul romano Pollione. La famosísima aria Casta diva, genial canto a la Luna, nos evoca la misteriosa personalidad de los druidas y su adoración por los astros y la naturaleza.

El fin del druidismo y su