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3. Squaring circles in the hyperbolic plane

3.6 Equal area

Ernesto Rafael Márquez Marín

INTRODUCCION

las mujeres tuvieron el acceso al sufragio, a competir en el merca- do laboral, a recibir e impartir en- señanza superior, a la propiedad, a la política... están prácticamente equiparadas... pero siguen exis- tiendo aún algunos dominios pri- vados en los que la mujer no puede entrar en igualdad de condiciones que el varón. Evidentemente no me voy a referir a aquellas activi- dades privadas que se auto definen como masculinas porque tienen la libertad y el derecho de constituir- se con esa determinación, igual que podrían hacerlo las mujeres. Me quiero referir, más bien, a aque- llas instituciones que tienen un rol social importante y por ello inter- vienen más o menos directamente en la construcción del mundo en que vivimos. Pienso que la mujer tiene el derecho a estar presente en toda actividad que participa en esta construcción, no solo por ser usuaria y destinataria igualmente de la misma, sino también porque el ejercicio de esa actividad pro- porciona un enriquecimiento y una experiencia que difícilmente pue- den adquirirse de otro modo.

Ejemplos de estas instituciones a las que me refiero son aquellas orga- nizaciones cuyas formas y estructuras están fuertemente regidas por una tradición, como pueden ser algunas iglesias y algunas sociedades ini- ciáticas. Pero el caso concreto del que puedo dar testimonio es el de la francmasonería. La masonería es una sociedad iniciática basada eminen- temente en la tradición, sus símbolos, su lenguaje, sus ritos y sus méto- dos, sus principios y sus fines están recogidos en una tradición que se respeta puntualmente.

En estas sociedades parece que el elemento tradicional es un freno a la evolución, que cierra el paso a la mujer. No obstante, un análisis más profundo de este concepto puede revelar que el conflicto entre tradición y cambio, se debe más bien a la interpretación que se hace de la tradición, más que al concepto en sí mismo. en efecto, tradición, si nos atenemos a las definiciones clásicas, no es otra cosa que la transmisión, general- mente oral, de generación en generación, de hechos históricos, doctri- nas, leyes, obras literarias, costumbres, etc., que un pueblo o colectivo determinado realiza de lo más representativo y particular de su sistema de conocimientos y creencias. Poco sería lo que tendría que transmitir si los sucesivos enriquecimientos a lo largo de su historia no hubieran ido abultando y matizando ese «corpus» ¡cultura¡ que es la tradición. Así, la incorporación de nuevas soluciones a nuevos problemas, es la forma en que nuestro pasado resuelve nuestro futuro. O sea, el respeto de nuestra historia, por una parte, y la añadidura de los nuevos contenidos, por otra, son los dos elementos constituyentes de toda tradición. Ahora bien, es igualmente importante saber interpretar la tradición para que ésta no sea una letra muerta sin ninguna utilidad.

Lo que quizás nos haga perder un poco la perspectiva de los cambios que van conformando la tradición, es la tremenda lentitud con que se gestan y se incorporan al sistema. Esta prudencia no es gratuita, de ella depende la supervivencia de la institución, por eso el proceso de incorporación de lo nuevo debe cumplir ciertos requisitos. Primero debe verificar que la innovación sea beneficiosa para el grupo o la institución. Segundo, es ne- cesario depurar la expresión del elemento que se introduce. Y, por último, hay que esperar... hay que esperar que el tiempo verifique la utilidad, la

posibilidad y la necesidad del cambio.

Vemos pues, que la tradición no está reñida con el cambio, siempre que se entienda éste como el producto dialéctico entre el grupo o institución en cuestión y su entorno.

Sin embargo, para una actitud «tradicionalista», la tradición es una espe- cie de lealtad hacia un pasado único, hacia un acontecimiento revelador y definitivo del que el tiempo no hace sino alejarnos. Este tradicionalismo, vuelve la mirada hacia el pasado, donde brilla en todo su esplendor la tradición revelada. Para él, todo cambio implica la corrupción del con- tenido original, por lo que se opone sistemáticamente al mismo. No es suficiente, pues, para el tradicionalista, defender la incorruptibilidad de los elementos esenciales que determinan, en su raíz, al grupo. Es vital, además, impedir cualquier modificación. Esta forma de tradicionalismo sí puede constituir un elemento de inmovilismo institucional.

También en la masonería vamos a encontrar estas dos tendencias a la hora de interpretar la tradición y, por ello, veremos una masonería tradi- cionalista y otra masonería que, derivando de la primera, se convierte en «liberal», después propicia la masonería femenina y más tarde la maso- nería mixta.

Aunque los ritos, símbolos, usos y costumbres son exactamente los mis- mos en una masonería tradicionalista que en una liberal, el elemento di- ferenciador más importante es el de la aceptación de la mujer en sus templos.

No podemos negar que la masonería es una vía iniciática creada por el hombre y que por lo tanto reconoceremos en ella determinados caracteres realizados desde su impronta, pero estos no constituyen en absoluto los elementos esenciales del método masónico y por lo tanto son suscepti- bles de acomodación a las nuevas situaciones que plantea la presencia de la mujer en los talleres. Si el objetivo final del trabajo iniciático consiste en un viaje que emprendemos desde nuestro yo hacia nuestro ser, en bus- ca de nuestra autenticidad, de nuestra piedra cúbica, esto sólo lo podemos

conseguir, y un estudio atinado del método lo demuestra, si somos ca- paces primero de descubrir y luego superar todos, y digo bien todos, los apriorismos sobre los que asienta nuestro yo. Si el masculinismo o el fe- minismo es un último velo que encubre nuestro ser de ser humano, tam- bién deberá ofrecer el método iniciático unos elementos de trabajo que nos permitan tomar conciencia de este encubrimiento. Ahora que la mu- jer ha sido descubierta, se ha evidenciado, por contraste, el masculinismo y se ha hecho inaplazable restituir la unidad en los templos masónicos con la presencia de todas las partes que constituyen el microcosmos.

Una de las revoluciones de nuestra sociedad en el siglo pasado ha sido, sin duda, el logro social de la equiparidad de derechos y deberes del hombre y de la mujer, derechos que a ella se le limitaron durante mucho tiempo. No se puede, sin embargo, cantar victoria por completo, pues aún en muchos lugares del mundo se somete a la mujer a la más bárbara de las discriminaciones.

Hasta fines del siglo XIX, si nos acotamos sólo al estudio moderno de la masonería, el acceso al conocimiento y rituales masónicos le estaba pro- hibido por completo a la mujer, limitándolas a un trabajo de colaboración en las obras sociales que realizaban las logias y los hermanos. A partir de las primeras constituciones masónicas, el año 1,723, se estableció que la mujer no podía participar en los trabajos logiales y esta costumbre se ha trasmitido invariablemente en algunas logias de raigambre inglesa hasta nuestros días. Muchas pueden haber sido las razones, en esa época en que en general la mujer era rechazada en todas las actividades económi- cas, productivas y sociales y no se le permitía el acceso a la educación o la participación en los debates cotidianos. No obstante, la situación ha variado considerablemente y en esta época no podemos argumentar, sino llevados por una oscura ignorancia, ni siquiera una razón para justificar la exclusión de la mujer en las diferentes actividades sociales y particu- larmente en la masonería.

La mujer durante siglos ha luchado por su emancipación y la conquista de sus derechos, y hay que reconocer que, día tras día, va imponiéndose en todos los ámbitos. Es natural que la masonería, por sus principios

y sus rituales, le haya interesado. En 1,717 fue creada la gran logia de Inglaterra, y el pastor Anderson les rehusó a las mujeres el derecho a la iniciación por esta razón: que era necesario ser libre y de buenas costum- bres; en efecto, en esa época las mujeres vivían bajo la tutela masculina y no se las consideraba libres.

Si acudimos a los orígenes de la masonería moderna, y nos situamos en su momento histórico, la sociedad europea de los siglos xiv y xv, vemos que, salvo excepciones, la mujer tenía un papel secundario en la socie- dad, la familia, la iglesia y el estado. Por lo tanto, no es de extrañar que en los documentos antiguos, los “old charges” de las hermandades de canteros y talladores de piedra, la mujer estuviera excluida de la logia, lu- gar donde se discutían las cosas del oficio. A pesar de todo esto, también es cierto que no en todas partes y de la misma manera se materializó esta exclusión. Hay constancia de las mujeres que participaron y compartie- ron la dureza del trabajo de las canterías, normalmente viudas o hijas de canteros.

En el s. XVII, en el periodo final de la masonería operativa se desarrolla la masonería especulativa, y se introduce el componente iniciático de influencia hermética y alquímica. Los primeros documentos constituti- vos de esta masonería especulativa establecen que para ser masón, es preciso ser “hombre libre y de buenas costumbres”. (Constituciones de Anderson 1,723). Aparte de la consideración de ser hombre o mujer, se establece así que el candidato debe ser “libre” en cuanto que debe tener ingresos que le den una independencia económica. En términos sociales, para la mujer esta independencia económica no llega hasta su incorpora- ción masiva al mundo laboral, a mediados de este siglo XX.

Sin embargo, las mujeres pronto se sintieron atraídas por la masonería. En Francia, ya en tiempos de Luis XIV y Moliere, las mujeres cultas se reunían en sus salones para debatir, solas o con hombres, los temas inte- lectuales de su tiempo. A comienzos del XVIII, cuando los albores de la masonería especulativa reunían a los hermanos en las logias, ni roma, ni las mujeres pudieron soportar la idea de estos hombres hablando a puerta cerrada. Por lo que respecta a roma, decidió excomulgarles. Las mujeres,

en cambio, ejercieron la presión suficiente para que naciera la masonería de adopción, la masonería mixta y la masonería femenina.

Sin embargo, -como ya se comentó en párrafos anteriores- es obvio que describir la historia secular de la orden, es describir a una época en la que la mujer quedaba explícitamente excluida, lo que dio paso en la ac- tualidad a dos tipos de masonería. Una que ha superado esa exclusión, y la tradicional, todavía no adaptada a la evolución natural de la sociedad y a lo que es más grave: la consideración de la mujer como una persona humana, libre y con igualdad de derechos, incluido la pertenencia a la masonería.

Acertadamente, se puede decir que no será difícil aceptar que el principal descubrimiento de los últimos tiempos, el que más ha impactado a la so- ciedad occidental y el que más está transformando los usos y costumbres, es, sin duda alguna, el descubrimiento de la mujer como persona libre y de igualdad de derecho con respecto al hombre.

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