5 Bringing the model to the data
5.2 Estimation results
La naturaleza del nuevo orden moderno y racionalizado contribuye, efectivamente, a complejizar el carácter del imaginario femenino de la modernidad, así como a dotar de nuevos contenidos a las identidades de género en tanto que emergen nuevas formas del imaginario social femenino. Los cambios experimentados por la simbólica femenina en la modernidad afectan de diversos modos y en distintos grados a la identidad de las mujeres modernas (Serret, 2001),71 no obstante la pervivencia de un principio de desigualdad natural que pervive y define las interacciones en el espacio doméstico y cuya lógica estamental delinea la especificidad de relaciones sociales que establecen las empleadas domésticas en su ámbito familiar, permite la construcción y reproducción de identidades signadas por la subordinación y la marginalidad La esfera doméstica es el espacio en el que claramente se muestra que las identidades de las mujeres en la modernidad permanecen referidas a la simbólica tradicional de género y, es a partir de una concepción subjetiva anclada en la marginalidad y la exclusión que las mujeres establecen relaciones de poder y subordinación con los varones y los demás miembros de la familia.
71 El género es justamente el referente simbólico que organiza el núcleo de las identidades y a
partir del cual se integran los demás referentes en una narrativa ilusoriamente coherente. La feminidad y la masculinidad simbólicas tiene efectos muy diferentes en la organización de identidades imaginarias, tanto sociales como personales. Aquellas identidades que encarnan la feminidad (es decir, las mujeres y los varones que forman parte de colectivos excluidos) interpretan papeles identitarios marcados por la marginalidad (Serret, 2001:146).
154 Bajo una diversidad de trayectorias de vida en la que las experiencias de cada empleada doméstica resultan singulares y la manera en que cada una de estas mujeres se posiciona ante los órdenes subordinantes es, igualmente, peculiar, ciertamente podemos encontrar un perfil subjetivo específico que da cuenta de los efectos que tienen las prácticas de poder propias de la domesticidad moderna y el orden jerárquico familiar en la configuración subjetiva de estas mujeres.
En términos más precisos, se puede hablar de la construcción de una figura femenina que, tanto en el terreno del imaginario social como en el subjetivo, está asociada al ámbito de la domesticidad y en los confines de este espacio, no solo asume su posición de subordinación ante las figuras masculinas –hermanos, esposo, padre–, sino que sus prácticas, actitudes, percepciones, movimientos, preocupaciones giran en torno al mantenimiento del buen funcionamiento y reproducción del hogar familiar. Aun en aquellos casos en los que se contesta o se censura las formas tradicionales de interacción social entre las/os integrantes de la familia, la aspiración de estas mujeres por establecer una relación matrimonial o de pareja con un varón proveedor y formar una familia está presente como realización, proyecto, anhelo o frustración.
Se trata de una configuración subjetiva femenina que se piensa a sí misma como una mujer cuyas habilidades y funciones son velar por el bienestar de los y las otras integrantes de la familia y la percepción que han forjado frente a este escenario de asignación de roles y prácticas diferenciadas entre los géneros, raramente es cuestionada o alterado en sus prácticas concretas o en sus distintas trayectorias de vida. En términos de sueños y proyectos, anhelan, se imaginan o, bien, viven, bajo un esquema de convivencia matrimonial en el que puedan formar una familia bajo la concepción dominante y convencional que han forjado de ésta. La consecución exitosa de este ordenamiento familiar es concebido por estas mujeres como un estado de felicidad, un logro significativo en su vida que percibe y valora su desempeño y configuración subjetiva como compañeras sentimentales, esposas, amas de casa y madres.
155 Con su especificidad contextual y cultural, se puede afirmar que la figura de la “mujer doméstica”72 pervive y resulta una construcción fundamental en el imaginario social y subjetivo en sociedades modernas como la mexicana.
En términos de la case social, se trata de una figura femenina cuya trayectoria de vida está permeada por la pobreza, y la miseria posee un significado central en su concepción de sí. La asunción de inferioridad de clase se expresa, pues, a través de una desidentificación con los rasgos que ellas perciben que definen a la clase baja; se muestra, entonces, un gran deseo por trascender las condiciones de pobreza habituales en su entorno más inmediato, con sus hijas e hijos, en la manera de vivir, en la forma de vestir y hablar. Simultáneamente actúan, ritualizan la inferioridad de clase frente a quienes identifican como personas acomodadas o clase alta.
72 En el caso de las sociedades europeas, Nancy Armstrong demuestra que la mujer doméstica y el
hogar modernos no son realidades universales, sino que, más bien, fueron creados y consolidados hacia fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX. Los discursos que confluyen en la realización de este proceso resultan decisivos en tanto que forjan el ideal doméstico con el que incluso los grupos socialmente hostiles estaban de acuerdo. La literatura, los manuales de conducta, los tratados pedagógicos, etc., contribuyen a la creación de un concepto y de una representación del hogar. A través de lo que Armstrong denomina la “ficción doméstica”, la clase media comienza a atacar la imagen de la mujer deseable propia de los dispendios del mundo aristócrata y, en su lugar, exalta una figura cuya discreción, modestia y frugalidad serán las nuevas cualidades que definan su posición en la casa (Armstrong, 1991: 94-95). Pero lo más importante es que en esta nueva representación de las mujeres, la ficción doméstica, logra homogenizarlas: “las cualidades de la domesticidad pueden ser cultivadas por cualquiera, sin importar a qué clase pertenezca” (Serret, 2002:41), lo que lleva a pensar que, a diferencia del sistema aristocrático, cualquiera puede acceder a la mujer que le plazca y fundamentalmente al espacio que se crea en torno a la invención de esta figura femenina. De tal manera que la mujer doméstica, figura central de la domesticidad, se constituye en el imaginario social de la modernidad como uno de los elementos indispensables para establecer la igualdad entre los varones, como individuos y como ciudadanos. Se establece, entonces, la idea de que no importan las dificultades, penas o adversidades que los varones puedan enfrentar en el mundo público, pues cada uno de ellos tiene el consuelo de poseer un refugio, un remanso en el que puede encontrar todo para su tranquilidad, satisfacción e intimidad, pero, además, un lugar en el que sabe que su autoridad es incuestionable (Serret, 2002:41). Se trata de la construcción de una figura femenina dominante en el contexto burgués moderno y que ha sido un referente fundamental en la configuración subjetiva de las mujeres.
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4.3 Las prácticas y actuaciones del servicio doméstico: vestigios subjetivos