• No results found

ETC Options

In document Products (Page 55-59)

aunque reprueba la persuasión que tenía el pueblo, y no llega a alcanzar la noticia del verdadero Dios, con todo, es de parecer que se debía adorar un solo Dios

Pues qué, el mismo Varrón (de quien nos pesa que haya colocado entre los asuntos de la religión los juegos escénicos, aunque esto no fuese de su dictamen, pues en muchos lugares, como religioso, exhorta al culto de los dioses), ¿acaso no confiesa que no sigue por parecer propio las cosas que refiere instituyó la ciudad de Roma acerca de este punto, de modo que no duda decir que, si él fundara de nuevo aquella ciudad, dedicara los dioses y los nombres de éstos según la fábula de su naturaleza? Pero dice que le precisa seguir como estaba recibida por los antiguos en el pueblo viejo, la historia de sus nombres y sobrenombres, así como elles nos la dejaron, y escribir y examinarlos atentamente, llevando la mira y procurando que el vulgo se incline antes a reverenciarlos que a menospreciarlos; con las cuales palabras este hombre indiscreto, bastantemente nos da a entender que no declara todo lo que él solo despreciaba, sino lo que parecía que había de vilipendiar el mismo vulgo, si no lo pasase en silencio. Pareciera esto,

hablando de las religiones, no dijera claramente que muchas cosas hay verdaderas que no sólo no es útil que las sepa el vulgo, sino también, dado que sean falsas, es conveniente que el pueblo lo entienda de otra manera; y por esto los griegos ocultaron con silencio y entre paredes sus mayores secretos y misterios.

Aquí realmente nos descubrió toda la traza de los presumidos de sabios, por quienes se gobiernan las ciudades y los pueblos, aunque de estas seducciones y estos maravillosos gustan los malignos demonios pues igualmente están en posesión de los seductores y de los seducidos, y de su posesión y dominio no hay quien los pueda librar, sino, es la gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro. Dice también el mismo sabio y discreto autor que es Dios los que creyeron era un espíritu, que con movimiento y discurso gobierna: el mundo; con cuyo sentir, aunque no alcanzó un conocimiento exacto y genuino de la verdad (porque el Dios verdadero no es precisamente el alma del mundo, sino más bien el Criador y Hacedor de este espíritu), con todo, si pudiera eximirse de las opiniones que estaban ya tan recibidas por la costumbre, confesara y persuadiera eficazmente que se debía adorar a un solo Dios, que con movimiento y razón el Universo; de modo que sobre este punto sólo quedara con la indecisa la cuestión y duda en cuanto que es espíritu, y no como debiera decir, Criador del alma.

Dice asimismo que los antiguos romanos, por más de ciento setenta años, adoraron y veneraron a los dioses sin estatuas; y "si esto, añade, perseverara todavía, con más castidad y santidad se reverenciaran los dioses", Y en apoyo de su parecer cita, entre otros, por testigo la nación de los judíos, no dudando de concluir su discurso diciendo: "Que los primeros que introdujeron en el pueblo las estatuas de los dioses quitaron el miedo a los ciudadanos y los indujeron a nuevos errores"; advirtiendo, como prudente, que fácilmente podía despreciar a los dioses por la imperfección de sus imágenes; al decir no sólo que enseñaron errores, sino que les indujeron, quiere dar a entender ciertamente que también sin las estatuas, había ya errores.

Por eso, cuando dice que sólo acertaron a indicar lo que era Dios los que se persuadieron era el alma que gobernaba el mundo, y es de parecer que más casta y santamente se guarda la religión sin estatuas, ¿quién no advierte cuánto se aproximó al conocimiento de la verdad? Porque si se atreviera a oponerse a un error tan antiguo, sin duda que diría: lo uno que había un solo Dios, por cuya providencia creía que se gobernaba el mundo! y lo otro que éste debía adorarse sin representación sensible Y así, hallándose tan cercano a las primeras nociones de la verdadera religión, acaso cayera fácilmente en la cuenta, opinando que el alma era mudable, para de este modo poder entender que Dios verdadero era una naturaleza inmutable que había criado asimismo a la misma alma.

Y siendo esto cierto, todas las vanidades ilusorias de muchos dioses, de que semejantes autores han hecho mención en sus libros, más han sido obligados por ocultos juicios de Dios a confesarías como son que procurando persuadirlas. Cuando citamos algunos testimonios de éstos, los alegamos para convencer a esos que no quieren advertir de cuán terrible y maligna potestad de los espíritus infernales nos libra el incruento sacrificio de la sangre

santísima que por nosotros se derramó y el don y gracia del espíritu que por él se nos comunica.

CAPITULO XXXII- Con qué pretexto quisieron los

príncipes gentiles que perseverasen entre sus vasallos las falsas religiones

Dice también que por lo que se refiere a las generaciones de los dioses, el pueblo se inclinó más a la autoridad de los poetas que a la de los físicos, y que por lo mismo sus antepasados, esto es, los antiguos romanos, creyeron como indudable el sexo y generaciones de los dioses, y creyeron que entre ellos habla también casamientos; lo cual, ciertamente, parece que no lo hicieran si no fuera porque el empeño y principal pretensión de los prudentes y sabios del siglo fue engañar al pueblo su color de religión, y en esto mismo no sólo adorar, sino imitar también a los demonios, que principalmente intentan seducirnos; porque así como los demonios no pueden poseer sino a los que han engañado, así también los príncipes, no digo los justos, sino los que son semejantes a los demonios, lo mismo que sabían era mentira y vanidad con nombre de religión, como si fuera verdad lo persuadieron al pueblo, pareciéndoles que de este modo estrechaban más en él el vínculo de la unión civil, para tenerle así obediente y sujeto; y con tal traza, ¿cómo el flaco e ignorante podría evadirse a un tiempo de los engaños de los príncipes y de los espíritus infernales?

CAPITULO XXXIII- Que todos los reyes y reinos están

dispuestos y ordenados por el decreto y potestad del verdadero Dios

Aquel gran Dios, autor y único dispensador de la felicidad, esto es, el Dios verdadero, es el único que da los reinos de la tierra a los buenos y a los malos, no temerariamente y como por acaso, pues es Dios y no fortuna, sino según el orden natural de las cosas y de los tiempos, que es oculto a nosotros y muy conocido a El, al cual orden de los tiempos no sirve y se acomoda como súbdito, sitio que El, como Señor absoluto, le gobierna con admirable sabiduría, y como gobernador le dispone; mas la felicidad no la concede sino a los buenos, por cuanto ésta la pueden tener y no tener los que sirven; pueden también no tenerla y tenerla los que reinan, la cual, sin embargo, será perfecta y cumplida en la vida eterna, donde ya ninguno servirá a otro; y por eso concede los reinos de la tierra a los buenos y a los malos, para que los que le sirven y adoran y son aún pequeñuelos en el aprovechamiento del espíritu no deseen ni le pidan estas gracias y mercedes como un don grande y estimable. Y éste es el misterio del Viejo Testamento, en donde estaba oculto y encubierto el Nuevo, porque allí todas las promesas y dones eran terrenos y temporales, predicando al mismo tiempo, aunque no claramente, los que entonces eran inteligentes y espirituales, la eternidad que significaban aquellas cosas temporales, y en qué dones de Dios consistía la verdadera felicidad.

CAPITULO XXXIV- Del reino de los judíos, el cual

instituyó y conservó ¿el que es sólo y verdadero Dios, mientras que ellos perseveraron en la verdadera religión

Para que se conociese también que los bienes terrenos, a que sólo aspiran los que no saben imaginar con más utilidad espiritual, estaban en manos del mismo Dios, y no en la multitud de dioses falsos (los cuales creían los romanos antes de ahora se debían adorar), multiplicó en Egipto su pueblo, que era en número muy corto, de donde le sacó libre de la servidumbre con maravillosos prodigios y señales; y, con todo, no invocaron a Lucina aquellas mujeres, cuando para que, de un modo admirable, se multiplicasen e increíblemente creciese aquella nación, las fecundó; él fue quien libró sus hijos varones; él fue quien los guardó de las manos y furia de los egipcios, que los perseguían y deseaban matarles; todas sus criaturas, sin la diosa Rumina, mamaron; sin la Cunina estuvieron en las cunas; sin la Educa y Potina comenzaron a comer y a beber, y sin tantos dioses de niños se criaron; sin los dioses conyugales se casaron, sin invocar a Neptuno se les dividió el mar y concedió paso franco, y anegó, tornando a juntar sus ondas, a los enemigos que iban en su seguimiento; ni consagraron alguna diosa Manina cuando les llovió maná del Cielo, ni cuando, estando muertos de sed, la piedra herida con la misteriosa vara, les brotó abundancia de agua, adoraron a las ninfas y linfas; sin los desaforados misterios de Marte y de Belona emprendieron sus guerras; y aunque es verdad que sin la victoria no vencieron, mas no la tuvieron por diosa, sino por un beneficio singular de Dios. Tuvieron mieses sin Segecia; sin Bobona bueyes; miel sin Melona; pomos y frutas sin Pomona; y, en efecto, todo aquello por lo que los romanos creyeron debían acudir a suplicar a tanta turba de falsos dioses, lo tuvieron con mucha más bendición y abundancia de la mano de un solo Dios verdadero; y si no pelearan contra El con curiosidad impía, acudiendo como hechizados con arte mágica a los dioses de los gentiles y a sus ídolos, y, últimamente, dando la muerte a Cristo, perseveraran en la posesión del mismo reino, aunque no tan espacioso, pero sí más dichoso. Y si ahora andan tan derramados por casi todas las tierras y naciones, es providencia inescrutable de aquel único y solo Dios verdadero, para que, viendo cómo se destruyen por todas partes las estatuas, aras, bosques y templos de los falsos dioses, y se prohíben sus sacrificios, se prueba y verifique por sus libros mismos lo propio que muchos tiempos antes estaba profetizado, porque leyendo en los nuestros no piensen acaso que es invención y ficción nuestra; pero lo que se sigue es necesario que lo veamos en el libro siguiente.

LIBRO QUINTO

EL HADO Y LA PROVIDENCIA DIVINA PROEMIO

Puesto que consta que el colmo, de todo cuanto debe desearse es la felicidad, la cual no es diosa, sino don particular de Dios, y que por eso los hombres no deben adorar otro dios, sino sólo al que puede hacerles felices, por cuyo motivo, si ésta fuera diosa, con razón se diría que a ella sola se debía tributar culto; veamos ya, según estos principios, por qué razón Dios, que puede dar los bienes que pueden gozar también los que no son buenos, y por el mismo caso los que no son felices, quiso que el Imperio romano fuese tan dilatado y que durase por tanto tiempo.

Supuesto, pues, que esta tan admirable resolución no la causó la muchedumbre de dioses falsos que ellos adoraban, y basta por ahora lo que hemos ya referido acerca de ella; después diremos más donde nos pareciere a propósito.

CAPITULO PRIMERO- Que la felicidad del imperio

romano y de todos los reinos no es casual ni debida a la posición de las estrellas

La causa, pues, de la grandeza y amplificación del Imperio romano no es fortuita ni fatal, según el sentir de los que afirman que las cosas fortuitas son las que, o no reconocen causa alguna, o suceden sin algún orden razonable, y las fatales, las que acontecen por la necesidad de cierto orden y contra la voluntad de Dios y de los hombres.

Sin duda alguna, que la Divina providencia es la que funda los reinos de la tierra; y si ningún entusiasta atribuye su erección al hado, fundado en que por el nombre de hado se entiende la misma voluntad o poder de Dios, siga su opinión y refrene la lengua; y este tal ¿por qué no dirá al principio lo que ha de decir al fin cuando le preguntaren que- entiende por hado? Porque cuando lo oyen los hombres, según el común modo de hablar, no entienden por esta voz sino la fuerza de la constitución de las estrellas, calculada según el estado en que se hallan cuando uno nace o es concebido; cuya operación intentan varios eximir de la voluntad de Dios, aunque otros quieren que este efecto dependa asimismo de ella; pero a los que son de opinión que sin la voluntad de Dios las estrellas decretan lo que hemos de practicar o lo que tenemos de bueno o padecemos de malo, no hay motivo para que les den oídos ni crédito, no sólo los que profesan la verdadera religión, sino los que siguen el culto de cualesquiera dioses, aunque falsos; porque esta opinión errónea ¿qué otra cosa hace que persuadir que de ningún modo se adore a dios alguno, ni se le haga oración? Contra éstos, al presente, no disputamos, sino contra los que contradicen a la religión cristiana en defensa de los que ellos tienen por dioses; pero los que se persuaden estar dependiente de la voluntad de Dios la constitución de las estrellas, que en alguna manera decretan o fallan cuál es cada uno y lo que le sucede de bueno y de malo, si juzgan que las estrellas tienen este poder recibido del supremo poder de Dios, de modo que determinen voluntariamente estos efectos, hacen grande injuria al Cielo, en cuyo clarísimo consejo (digámoslo así) e ilustrísima corte, piensan que se decretan las maldades que se han de perpetrar por los malvados: que si tales las acordara alguna ciudad de la tierra por decreto de los hombres, debiera ser destruida y asolada. ¿Y qué imperio y jurisdicción le queda después a Dios sobre las acciones de los hombres si las atribuyen a la necesidad del Cielo, o, por mejor decir, a la fatal constelación de los astros, siendo este gran Dios el Señor absoluto y Criador de los hombres y de las estrellas?.

Si dicen que las estrellas no decretan estos sucesos a su albedrío, aunque hayan obtenido facultad del sumo Dios, sino que en causar tales necesidades cumplen puntualmente sus mandatos, ¿es posible que hemos de sentir de Dios lo que nos pareció impropio sentir de la voluntad de las estrellas? Si instan, diciendo que las estrellas significan los futuros contingentes, pero que no los ejecutan, de modo que

aquella constitución sea como una voz que anuncia lo que está por venir, mas que no sea causa de ello (porque esta opinión fue de algunos filósofos bastante ignorantes), no suelen explicarse así los matemáticos, de forma que digan de esta manera: "Marte, puesto en tal disposición, anuncia un homicidio", sino que dicen: "Hace un homicida"; pero aun cuando concedamos que no se expresan como deben, y que es necesario tomen de los filósofos la regla de cómo han de hablar para pronosticar lo que piensan que alcanzan para la constitución de las estrellas, ¿qué arcano tan profundo o dificultad tan intrincada es ésta, que jamás pudieron dar la razón por qué en la vida de los mellizos nacidos de un parto, en sus acciones, sucesos, profesiones, artes, oficios, en todo lo demás que toca a la vida humana y en la misma muerte, hay por la mayor parte tanta diferencia, que les son más parecidos y semejantes en cuanto a es-tas cualidades muchos extraños que los mismos mellizos entre sí, a quienes, al nacer, los dividió un corto espacio de tiempo, y al ser concebidos con un mismo acto, y aun en un mismo movimiento, los engendraron sus, padres?

In document Products (Page 55-59)

Related documents