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Part II: Implementing provisions

12. Evaluation

lor es neutralizado, reducido a un factor con el que hay que vérselas como en un cálculo racional utilitario (el dolor es tolerable si evita una cantidad de dolor mucho mayor).

Lo que desaparece aquí es el abismo de infinitud t|ue se relaciona con un sujeto. Es por tanto significati­ vo que el libro que argumenta a favor de la tortura sea además un libro titulado

El fin de la fe

, no en el sentido obvio de «¡ves, es sólo nuestra creencia en Dios, el mandato divino de amar a tu prójimo, lo que nos pre­ viene en última instancia de torturar a la gente!», sino en un sentido mucho más radical. El «otro» sujeto —y, en definitiva, el sujeto como tal— es para Lacan algo no dado directamente, sino una «presuposición», algo que

se presume, un objeto de creencia.

¿Cómo puedo estar seguro de que lo que veo ante mí es otro sujeto y no una máquina biológica carente de profundidad?

6 2 SOBRE LA VIOLENCIA

La c o s a y e l p r ó j i m o

Así pues, este presunto sujeto no es otro ser humano con una rica vida interior llena de historias personales que se narran a sí mismas para adquirir una experiencia de la vida llena de sentido, puesto que tal persona no puede ser en última instancia un enemigo. «Un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado.»6 Qué mejor ejemplo literario de esta tesis que el

F'rankenstein

de Mary Shelley. Shelley hace algo que un conservador nunca habría hecho. En la parte central de su libro per­ mite al monstruo hablar por sí mismo, contar la historia desde su propia perspectiva. Su elección expresa la acti­ tud liberal de libertad de expresión en su mayor pureza:

todo punto de vista debe ser escuchado. En

Frankens­

tein

, el monstruo no es una «cosa», un objeto horrible al

que nadie osa enfrentarse, sino que está plenamente

sub-

jetivizado.

Mary Shelley se mueve dentro de su mente y le pregunta qué es ser etiquetado, definido, oprimido, excomulgado, incluso físicamente deformado por la sociedad. Es permisible pues presentar al criminal defi­ nitivo como la víctima definitiva. El asesino monstruoso se revela como un individuo profundamente herido y desesperado, ansioso por encontrar compañía y amor.

Sin embargo, este procedimiento tiene un límite cla­ ro: ¿estamos preparados para afirmar que Hitler era un enemigo puesto que su historia no fue escuchada? En

Lenin’s Tomb,

David Remnick cuenta sus intentos, du­ rante su visita a Moscú en 1988,de conocer a Lazar Ka-

6. Epígrafe de «Living Room Dialogues on the middle

East», citado de Wendy Brown, Regulative Aversion: Tolerance in the Age o f Identity and Empire, Princeton, Princeton Univer­ sity Press, 2006, pág. 1.

¡TEME A TU VECINO COMO A TI MISMO! 6 3

pimovich, último superviviente del círculo más próximo ¡i Stalin, que dirigió el programa de colectivización de I 'J29-1933 y fue responsable de muchas destrucciones y i Ir mucho sufrimiento. Siendo un nonagenario, llevaba una vida de reclusión en un apartamento solitario. Lo que fascinaba a Remnick era la perspectiva de ver a una

I >rrsona verdaderamente malvada:

¿Todavía creía Kaganovich? Quería saber. ¿Sentía alguna culpa, alguna vergüenza? ¿Y qué piensa de Gor- bachov, actual secretario general? Pero no se trataba de eso, en realidad. Lo que yo quería principalmente era sentarme en la misma habitación que Kaganovich, ver de qué manera era un hombre malvado, saber lo que hizo, qué libros tenía a su alrededor.7

Lo que con toda probabilidad encontró Remnick fue un frágil y benévolo anciano atascado en sus sue­ ños. Cuando, en la década de 1960, Svetlana Stalin emi­ gró a Estados Unidos a través de la India y escribió sus memorias, presentó a Stalin «desde dentro» como un padre cálido y un líder responsable, que cargó sobre sus espaldas todos los asesinatos en masa impuestos por sus malvados colaboradores, Lavrentii Beria en parti­ cular. Más tarde el hijo de Beria, Sergo, escribió unas memorias en las que presentaba a su padre como un ca­ riñoso padre de familia que simplemente seguía las ór­ denes de Stalin y que secretamente había intentado li­ mitar los daños. El hijo de Georgy Malenkov, Andrei, también contó su propia historia, en la que describía a su padre, el sucesor de Stalin, como un honesto y acti-

7. David Remnick, Lenins Tomb, Nueva York, Random

6 4 SOBRE LA VIOLENCIA

vo trabajador, siempre temeroso por su vida. Hannali Arendt tenía razón. Estas figuras no son personificacio­ nes del sublime y byroniano mal demoníaco: la distan­ cia entre su experiencia íntima y el horror de sus actos era inmensa. La experiencia que tenemos de nuestras vidas desde nuestro interior, la historia que nos narra­ mos acerca de nosotros mismos para poder dar cuenta de lo que hacemos, es fundamentalmente una mentira. La verdad está fuera, en lo que hacemos.8

Algo que nunca deja de sorprender a la conciencia ética ingenua es cómo la misma gente que comete terri­ bles actos de violencia contra sus enemigos puede des­ plegar una cálida humanidad y una sincera preocupa­ ción por los miembros de su propio grupo. ¿No es extraño que el mismo soldado que asesina a civiles ino­ centes esté dispuesto a sacrificar la vida por su bata­ llón? ¿Que el comandante que ordena el fusilamiento de rehenes pueda esa misma tarde escribir una carta a su familia llena de sincero amor? Esta limitación de nuestra preocupación ética a un estrecho círculo social parece ir en contra de nuestra comprensión espontánea de que todos somos humanos, con las mismas esperan­ zas básicas, miedos y penurias, y por tanto con el mis­ mo derecho al respeto y a la dignidad.

Consecuentemente, los que limitan el alcance de su preocupación ética son en un sentido profundo incohe­ rentes, «hipócritas» incluso. Por decirlo en términos habermasianos, están implicados en una contradicción pragmática, puesto que violan las normas éticas que

8. Por ello cualquiera interesado en el tema del mal debe echar un vistazo a La conciencia Nazi, de Claudia Koonz (Barce­ lona, Paidós, 2005), un informe detallado del discurso ético nazi que proporcionó la inspiración fundamental de sus crímenes.

¡Temeat u v e c in o c o m o at im i s m o! 6 5

lii'.tk-nen su propia comunidad discursiva. Negar los i'niMuos derechos éticos básicos tanto a los que son fo­ in neos a nuestra comunidad como a los de su interior es

que un ser humano no hace de forma natural. Es iin.i violación de nuestra proclividad ética espontánea e implica una a^tonegación y una represión brutales.

( 'nando, después de la caída del comunismo, al disi­ dí ule de Aleiïiania Oriental Stephan Hermlin se le re­

inochó haber escrito algunos textos y poemas, antes de

In decada de 1950, en honor de Stalin, replicò con furio­ şi indignidad qUe en aquellos años en Europa el nombre ..Si :ilin» servía como inspiración para hablar de libertad

V justicia y no tenía nada que ver con las horribles cosas

,|iic «secretamente» sucedían en la Unión Soviética.

Una excusa, desde luego, hábil y facilona: no es preciso

•üiber la verdad acerca del terror estalinista para sospe- I liar que en el estalinismo había algo terriblemente