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Chapter 5 Towards a Framework for Scalable Multi-Resolution Event Enriched Maps

5.7 Event of Interest Detection

3.1. El problema de la tensión en el ser humano

En lo que sigue de este escrito, es necesario hablar sobre la contraposición existente entre la doctrina moral de Kant y la naturaleza sensible del hombre. Para esto hay que tener presente lo visto en el primer capítulo, en donde se explicó de manera general lo que Kant entiende por ley moral o el fundamento práctico de la razón pura. También hay que considerar lo que se desarrolló en el segundo capítulo, donde se analizó, en primer lugar, lo que Kant consideraba como naturaleza sensible del ser humano, es decir, al hombre atado a su emociones y paciones; y en segundo lugar, sobre el por qué se representa al ser humano como malo por naturaleza. Gracias a estos puntos es posible percatarse de una contraposición en el hombre.

Lo anterior quiere apuntar a que existe un enfrentamiento, o tensión, entre la naturaleza sensitiva del ser humano, y la posibilidad del imperativo categórico, es decir, la noción de deber del ser humano, en donde exige y manda una ley moral. A base de lo estudiado sobre la filosofía de Kant se pretende analizar ahora esta contraposición: ¿a qué se refiere exactamente con una tensión entre estos dos conceptos y por qué se genera? También se verá qué consecuencias produce tal enfrentamiento, y si es que al final carga algo positivo o negativo para el ser humano.

La doctrina moral de Kant, centrada en la ley moral como imperativo categórico, se encuentra, necesariamente, en un permanente enfrentamiento con la naturaleza sensitiva del ser humano. Esto se produce porque la ley moral manda a este ser a regirse de tal forma que sus acciones se desarrollen conforme a aquella ley, y manda además a que estas acciones sólo deben tener como fin la ley misma, es decir, actuar conforme a la ley sólo por deber y por el respeto a ella. Pero aquello para el ser humano acarrea una gran dificultad, pues, a pesar de ser un ser racional, también se presenta como un ser que apetece, es decir, que está atado apetitos sensibles, donde el apetito habitual, como ya se mencionó en el capítulo anterior, se le conoce como inclinaciones y el apetito que se

una moral pura y una antropología práctica reside en sus límites y alcances” (Casales, 2011b, p. 29). Estos apetitos, que aparecen en la naturaleza del ser humano, no le permite a éste guiarse siempre en vistas de la ley moral, puesto que habría que admitir que ninguna inclinación o deseo transgrede tal ley, lo cual no es así. De hecho pareciera que hay un número considerable de inclinaciones y deseos que van en contra de las máximas que manda el imperativo categórico: “El conocimiento de estos temperamentos, al igual que el conocimiento de lo natural en el hombre, es indispensable a la moral, pues ellos influyen al hombre en su acción” (Casales, 2011a, p. 176). Por tanto, como el ser humano está inevitablemente sujeto a tales apetitos, le es difícil y casi imposible llegar a tal grado de bien moral que pueda ser posible actuar la mayor parte del tiempo conforme a la ley. Ésta parece ser la opinión que Kant defiende cuando en la Crítica de la Razón Práctica plantea que:

“A este grado de convicción moral no puede llegar nunca una criatura; pues como criatura es dependiente siempre respecto de lo que requiere para estar completamente contenta con su estado y entonces nunca puede estar totalmente libre de deseos e inclinaciones, los cuales, dependiendo de causas físicas, no concuerdan de por si con la ley moral, que tiene orígenes totalmente distintos” (pp. 99-100).

Si se observa con más detalle la naturaleza sensitiva del ser humano, poniendo atención específicamente en aquel estado de placer o displacer que adquiere el nombre de emoción; y si también se observa a la inclinación de la pasión, que se denominó en el capítulo anterior como invencible por la razón, se puede encontrar más pruebas sobre esta posible contraposición entre los dos aspectos estudiados. Las emociones, ya sean placenteras o desagradables, no le permite al individuo actuar con el pleno uso de su razón, por lo tanto, las emociones evidentemente no le permiten a aquél actuar conforme a la ley moral, ya que ésta es netamente un principio que sólo es válido para los entes racionales. Pero el ser humano, puesto que podría verse cegado por alguna emoción que se presenta en él en un momento determinado, suspende su facultad de la razón. Así, una persona que sufre un arranque de ira, fácilmente podría actuar de cierta manera que llegaría a producir una trasgresión de la ley moral por parte de tal persona.

La pasión, al contrario de la emoción, sí permite el uso de la razón por parte del individuo, y por tanto, ésta sí puede evaluarse y juzgarse dentro del ámbito de la moral. Como ya se vio, la emoción no deja cabida para la razón, y ciega al hombre, por tanto no puede actuar en miras de una ley moral, pues no actúa por razón. Esto quiere decir que el hombre, en ese estado no es capaz de actuar conforme a la ley moral, pues se deja llevar, involuntariamente, por sus instintos, lo cual imposibilita tanto a la razón como a la ley. Pero la gran diferencia de aquel estado con la pasión, es que la pasión sí permite al ser humano razonar, es más, para que haya una pasión debe de haber un momento de reflexión. Por tanto para que surja una pasión, necesariamente debe de haber un momento en donde el individuo razonó la inclinación que sentía hacia algún fin y lo volvió su máxima, como la búsqueda de honores, o de riquezas.

Es por esto que la pasión siempre debe de ser considerada como moralmente mala, dándole así un cierto valor en los parámetros de la moral, porque, por medio de su razón, el individuo que sufre de una pasión se da cuenta de la ley moral, y decide voluntariamente transgredirla para alcanzar aquella inclinación que convirtió en pasión. A pesar de tener en consideración la ley moral, opta por actuar en contra de ésta y es por eso que su acción se presenta como mala. De hecho, como ya se mencionó, Kant considera que todas las pasiones son malas, las describe como cánceres de la razón práctica, aunque algunas pasiones vayan acorde a la ley, pues no se producen por deber, sino por inclinación a tal fin. Es por estos apetitos, junto a las emociones y las pasiones, que en el ser humano surge una constante lucha entre sus inclinaciones y la conciencia del deber, lo que hace muy difícil que él pueda regirse la mayor parte del tiempo por el imperativo categórico.

Cuando en el segundo capítulo se refirió al hombre como malo por naturaleza, se vio que Kant argumentó que, si había un instinto del hombre que necesariamente se presentaba como malo, entonces necesariamente llevaría todas sus acciones hacia un mal, y ésta debía de ser objetiva y universal para todos los seres humanos. Pero el autor llegó a la conclusión de que no era un instinto que obligaba al ser humano a actuar siempre de tal forma, sino que en él se presentaba la propensión hacia el mal, es decir, que en el hombre se encontraba la inclinación donde podía dirigir su voluntad a ciertos actos que son contrarios a la ley moral, y que por tanto se podrían considerar como malos. Así lo expresa en La

religión: “el hombre se da cuenta de la ley moral y, sin embargo, ha admitido en su

máxima la desviación ocasional respecto a ella” (p. 41). Por tanto, el ser humano como malo por naturaleza debe significar solamente que el ser humano como especie tiene la propensión hacia el mal, y puede elegir voluntariamente volver esta inclinación como máxima de todos sus principios, yendo en contra de la ley moral a la que ya tenía presente en un momento.

Así, basta solamente con que el ser humano tenga esta propensión hacia el mal para que en él surja aquel enfrentamiento constante entre la ley moral y sus inclinaciones, pues como está ligada a su naturaleza aquella propensión, tiene la posibilidad dirigir sus principios en contra de la ley. Entonces, si es que hubiera un solo hombre que se haga de esta propensión y la vuelva su máxima, lo cual es sabido que no es solo uno, sino varios hombres que han optado por esto, entonces es posible hablar de una contraposición que dificulta al ser humano actuar siempre en vistas del bien moral. Ahora, para Kant es evidente esta dificultad que tiene el ser humano para guiarse por la ley moral, puesto que mayormente, las acciones que se realizan acorde a la ley, se encuentran en contraposición con sus deseos. Es por esto que, en lo que sigue de este escrito ,es importante describir que es lo qué se puede entender por bien supremo dentro de la filosofía práctica de Kant, esto con el fin de darle una posible solución al problema de la tensión.

3.2. El bien supremo dentro del pensamiento de Kant

En la Crítica de la razón práctica el filósofo alemán señala y explica qué es lo que debe entenderse por bien supremo (höchten Gut). El autor parte afirmando que el concepto de supremo ya se presenta como ambiguo, el cual, si no se presta atención a su definición, puede causar enfrentamientos innecesarios. Kant entiende por supremo dos cosas. La primera que supremo puede significar lo más elevado (supremum), esto quiere decir que es aquella condición que en sí misma es incondicionada, o sea que no está subordinada a ninguna otra condición (originarium). El segundo significado que le da el autor es que supremo también representa lo perfecto (consummatum), es decir que es aquel todo que no pertenece a un todo más grande de la misma especie (perfectissimum).

Aclarado lo anterior, Kant señala que en la “Analítica” ya se demostró que la virtud es la condición más elevada de todo lo que le puede parecer deseable al ser humano, por lo tanto también es la condición para toda su búsqueda de la felicidad, haciendo de aquella el bien más elevado. Sin embargo, explica el autor, no por esto la virtud es el bien completo ni perfecto en tanto que es objeto de la facultad de desear de los seres racionales finitos, puesto que para ser el bien perfecto se requiere además de la felicidad, pero no sólo a los ojos de personas que se toman a ellas mismas como fin, sino que también ante el juicio de una razón imparcial que considera a la virtud en general como un fin en sí misma: “Ya que necesitar de la felicidad, ser digno de ella y, sin embargo, no participar de ella, no concuerda en absoluto con el querer perfecto de un ser racional que tuviese al mismo tiempo omnipotencia, aun si nos representamos a dicho ser sólo en plan de ensayo” (CRPr, p. 131).

Así, la conjunción entre virtud y felicidad constituye la posesión del bien supremo en una persona, una conjunción en donde necesariamente la felicidad debe de estar repartida en exacta proporción con la moralidad para que constituya realmente el supremo bien de un mundo posible. Este bien representa el bien completo, perfecto, en el cual la virtud siempre es, como condición, el bien más elevado, puesto que es un bien que no tiene ninguna otra condición sobre sí. La felicidad en cambio, si bien siempre es algo que es agradable para quien la posee, no es por sí sola absolutamente buena en todos los sentidos, sino que presupone en todo momento, como su condición, la conducta moral conforme a la ley.

Seguido de esto, el filósofo alemán indica que dos determinaciones que están unidas necesariamente en un concepto tienen que estar conectadas en una relación de fundamento y consecuencia. Y esta relación debe ser de modo tal que sea considerada como analítica o como sintética; mientras la primera depende de la ley de identidad, la segunda depende de la ley de la causalidad. De esta manera la conexión entre virtud y felicidad puede ser entendida como que el esfuerzo de ser virtuoso y la búsqueda racional de la felicidad no son dos acciones diferentes, sino que son completamente idénticas, por lo cual no habría necesidad de fundar la primera sobre una máxima diferente a la que se encuentra en la base de la segunda; o bien, esta conexión puede ser entendida de manera que la virtud produce

la felicidad como algo distinto de la conciencia de aquella, dando así una relación de causa y efecto.

Kant explica en su obra que es a partir de la “Analítica” que las máximas de la virtud y las de la propia felicidad son totalmente distintas respecto de su principio práctico supremo, y que en vez de coincidir en el propósito de hacer a aquel bien supremo posible, se limitan y se perjudican mutuamente al interior del mismo sujeto. Por lo mismo: “la cuestión de cómo es prácticamente posible el bien supremo, sigue siendo un problema sin resolver, a pesar de todas las tentativas de coalición que se han hecho hasta ahora” (CRPr, p. 135). Pero lo que hace de este un problema difícil de resolver, menciona el autor, es que la moralidad y la felicidad son elementos del bien supremo específicamente muy diferentes entre ellos dos y que, por ende, su enlace no puede ser conocido analíticamente, pues es como decir que quien busca su felicidad en este proceder se encontrara a él mismo con que es virtuoso mediante el simple análisis de sus conceptos, o que quien busca ser virtuoso encontrará al final que es feliz. Entonces si no se puede conocer analíticamente, el autor afirma que esto es solo una síntesis de conceptos.

Sin embargo, como aquel enlace es conocido de manera a priori y por eso mismo como necesario, de forma que no es derivado de la experiencia y que por ende la posibilidad del bien supremo no reside en principios empíricos, resulta entonces que la deducción de este concepto debe de ser trascendental: “Es a priori (moralmente) necesario producir el bien supremo por la libertad de la voluntad; por consiguiente, la condición de la posibilidad del bien supremo también debe descansar únicamente sobre fundamentos de conocimientos a priori” (CRPr, p. 135). A continuación se verá cómo Kant propone la posibilidad de la

inmortalidad del alma como supuesto para alcanzar el bien supremo.

3.2. La inmortalidad del alma como una supuesta solución en la búsqueda del bien supremo

Es necesario comentar que en la Crítica de la razón práctica, Kant habla sobre la inmortalidad del alma como un supuesto para la razón pura práctica. Aquí señala que la realización del bien supremo en el mundo es objeto necesario para la voluntad que es

determinada mediante la ley moral. Pero en esta voluntad, menciona el autor, la plena adecuación de las convicciones con la ley moral es la condición más elevada del bien supremo, y, por lo tanto, tal convicción debe de ser posible, ya que está presente en el precepto mismo de promoverlo (véase pp. 145-146). Sin embargo, como afirma el autor “la plena adecuación de la voluntad con la ley moral es la santidad, una perfección de la cual no es capaz ningún ser racional perteneciente al mundo de los sentidos en ningún momento de su existencia” (p. 146). Aunque se exige como necesaria tal convicción, ésta sólo puede encontrarse en un progreso hacia lo infinito, es decir, hacia la plena adecuación, la cual, según los principios de la razón pura práctica, es necesario admitir tal progreso como el objeto real de la voluntad del ser humano.

La única forma, dice Kant, que se pueda llevar a cabo ese progreso hacia lo infinito, es que la personalidad del ser racional pueda, de igual manera, proyectarse hacia el infinito: “Este progreso infinito sólo es posible suponiendo una existencia y una personalidad del mismo ser racional que continúe hasta lo infinito (la cual se llama inmortalidad del alma). Por lo tanto, el bien supremo sólo es prácticamente posible bajo la suposición de la inmortalidad del alma” (CRPr, p. 146). Por lo tanto, explica el autor, la inmortalidad del alma debe estar como enlazada inseparablemente con la ley moral. Esta proposición de la destinación moral de la naturaleza del ser humano, el cual no puede esperar la plena adecuación con la ley moral más que en un progreso que va hacia lo infinito, es de gran utilidad tanto para subsanar la incapacidad de la razón especulativa, como en relación a la religión. Pues, sin esta proposición puede ocurrir que la ley moral se despoje completamente de su santidad, corrompiéndola y retorciéndola como tolerable y adecuada a la comodidad del ser humano, o puede ocurrir que se exceda su vocación y también las expectativas a un destino que sería inasequible:

“esperando alcanzar una santidad plena de la voluntad, perdiéndose en ensueños teosóficos

extáticos que contradicen completamente el conocimiento de sí mismo, y los dos casos no

hacen sino impedir el esfuerzo incesante de la observancia exacta y sin excepción de una ley

racional severa, no indulgente, pero no ideal sino verdadera” (CRPr, pp. 146-147).

Así, a partir de lo planteado por el filósofo alemán, la única forma de que el ser racional pueda alcanzar la total adecuación de la ley moral, que se encuentra en un

progreso infinito, sólo es posible si se acepta o se supone que el ser racional puede poseer una personalidad infinita, que pueda progresar hacia la plena adecuación de la ley, es decir, que el ser racional posea un alma inmortal. Según el autor es necesario creer en la inmortalidad del alma y la posibilidad de una plena adecuación de las convicciones con la ley moral, pues si sólo se tiene presente que el ser racional no es capaz de alcanzar tal adecuación con la ley en el plano de lo finito, ni en ningún otro plano, este ser perderá el interés de formar sus máximas con respecto a la ley moral, dejándose llevar sólo por sus inclinaciones. Cabe recalcar que Kant no da por hecho la posibilidad de una personalidad infinita que pueda ser alcanzable por parte del ser racional, o la posibilidad de la inmortalidad del alma, sino que son conjeturas o supuestos que desarrolla a partir de su investigación y de sus razonamientos y que están basados en la esperanza de una personalidad trascendente, pues, lo que trasciende al mundo material no puede ser conocido en esta vida por el ser humano:

“Kant´s conjectures about noumenal freedom are possible only because we can never have satisfactory empirical knowledge of the mind. If we had reliable access to the natural causes of our behavior, then it would be quite untenable to claim that the real causes are different from