7. Working with directories
7.9. Example of making a DIR command for QSHELL
Bernardo había nacido para caudillo, para conductor de hombres, para llevar las almas a Dios y su renuncia total de la voluntad al entrar en Cister no fue motivo para anular esta cualidad que el Señor le había concedido, antes al contrario, aumentaría en forma tan extraordinaria que su fama perduraría a través de los siglos.
Cuando el anciano Abad de Cister hizo cargo al P. Bernardo de la nueva fundación, hubo sorpresas, risas y... ¡hasta disgustos! por parte de algunos prudentes, experimentados y llenos de su razón.
Pero Esteban conocía a fondo a sus monjes, había leído en el alma de Bernardo y, pese a su juventud, delicada salud y austeridad un poco extremosa, brillaban y resplandecían en él las virtudes en tal forma, que pronto pudieron comprobar los más juiciosos que Esteban no se había equivocado en la elección.
Se fundó este nuevo Monasterio de Claraval el año 1115, en el Ducado de Borgoña, Obispado de Langres, a la izquierda del río Aube. Era un extenso valle de aspecto salvaje que se le conocía con el nombre de «Valle de Ajenjo», sin duda porque abundaba mucho esta planta. Otros le daban el nombre de «Valle Amargo» al parecer, por ser lugar donde se refugiaban ladrones y maleantes que con frecuencia asaltaban a los caminantes que pasaban por aquellos contornos y, al acometerlos, les hacían pasar ratos muy amargos...
A este despoblado llegó el grupo de monjes que venia a hacer una fundación. Le denominaron CLARAVAL, Santa María de Claraval, comenzando a transformarse aquel valle triste y lleno de misterios tenebrosos, en valle claro y alegre, en «Valle de la Luz» (59).
Integraban la colonia recién llegada, Bernardo con sus hermanos, su tío Galdrico, Roberto, primo del mismo, algunos otros parientes y amigos íntimos, además de los monjes Godofredo, Gautier y Elbord, que era ya muy anciano.
No se conoce que esta fundación tuviera algún patrón o bienhechor que la favoreciese en sus principios, por eso los comienzos fueron tan penosos ya que carecieron aún de lo más necesario para el sustento.
Hubieron de comenzar por limpiar el terreno de muchas malezas y construir algunas chozas que les defendiesen de la lluvia.
La comida con que se sustentaban era verdaderamente miserable: un poco de pan de cebada y algunas raíces cocidas, hasta que las cosechas empezaron a producir (60).
El P. Bernardo fue bendecido Abad por el Obispo de Chalons, sin duda por estar vacante la mitra de Langres.
Era Prelado de Chalons el famoso Guillermo de Champeaux, antiguo Canónigo Regular de San Agustín, el cual recibió a Bernardo con suma deferencia aunque no le conocía. Iba acompañado del monje de edad llamado Elbord, pero en cuanto comenzó a hablar Bernardo, no dudó de que él era el futuro Abad, quedando «deslumbrado de tanta luz como salía de aquel pecho lleno de doctrina divina y celestial», reteniéndolo a su lado por algunos días y estrechando una amistad que nunca se había de extinguir. Hizo luego tantos elogios del nuevo Abad, que pronto fue conocido en todo el contorno (61).
La fundación de Claraval continuaba pasando estrecheces y penurias, se sentía la sed, el hambre, el frío y la desnudez, aunque los espíritus seguían tensos.
La regularidad se impuso desde un principio y, poco a poco fue tomando forma el Monasterio.
En el corazón de todos estaba aquel anhelo de servir a Dios con fidelidad, aquellos consejos del santo Abad Esteban, aquella partida de la Casa Madre cantando Salmos, los que marchaban y los que quedaban, ¡cantos mezclados con lágrimas, porque las separaciones siempre son dolorosas!
Ninguno retrocedía ante las dificultades de la fundación.
Las gentes de los pueblos próximos les ayudaban a la edificación, admirándose al contemplar el fervor de aquellos monjes.
El cargo de Prior fue adjudicado al monje Gautier, a Gerardo se le confió el de mayordomo o cillerero, Bartolomé quedó de sacristán y Andrés como portero.
Con la llegada del invierno aumentaron aquellas penurias de los heroicos paladines de Cristo.
Pero Dios aunque aprieta para probar la fe, el amor y la constancia de sus amigos íntimos, nunca ahoga, por eso a Bernardo que tan bien había de corresponder a las gracias recibidas, se las concedió extraordinarias. Ya siendo niño, como hubiese ido toda su familia a la Iglesia para asistir a las ceremonias de Navidad, no pudiendo él acompañarlos por encontrarse indispuesto, se quedó en el castillo y, poniéndose en oración, fue regalado con la visión extraordinaria del Nacimiento del Divino Infante... Este favor quedaría intensamente grabado durante toda su vida (62). ¿Fue sueño?, ¿fue
realidad? Lo Importante es que en la vigilia o durante el sueño nos aproximemos cada vez más al Señor.
Lo extraordinario llegó a ser corriente en el Abad Bernardo, manifestándose ya al exterior desde los primeros tiempos de la fundación.
Se cuenta que al comunicarle un día el P. Gerardo que la despensa estaba vacía por haberse agotado totalmente las pocas provisiones de que disponía, Bernardo le preguntó qué cantidad necesitaría para poder sostener a la Comunidad hasta que llegase la próxima cosecha; una vez informado, le invitó a que tuviese confianza y esperase en la Providencia. Bernardo se puso en oración y, en seguida, una mujer llamó en la portería suplicando a los monjes que pidiesen a Dios la salud de su esposo, grave- mente enfermo, dejando al marchar en las manos del portero, una bolsa, diciendo que era una limosna con la que quería obsequiarles. Puesto el hecho en conocimiento del Abad, éste llamó al P. Gerardo, el mayordomo, diciéndole:
«—Ahí tienes doce libras, cantidad que dijiste necesitabas para reponer las provisiones» y, mientras Gerardo contaba el dinero lleno de asombro, Dom Bernardo se volvió a hacer la oración de acción de gracias (63).
En otra ocasión hasta llegó a faltarles la sal. Bernardo dijo a un converso:
«—Guibert, vete a comprar la sal que se precisa».
«—¿Con qué he de pagarla?», se atrevió a interrogar el Hermano.
62 Este hecho dicen otros biógrafos que tuvo lugar en la misma Iglesia de Chatillon
a la cual fue Bernardo con su familia y, quedándose dormido a causa del retraso de las vigilias, le fue dado contemplar el misterio de Belén. — Cf. Vita I. Lib. I, cap. IV, 4º.
—Ten confianza en Dios, hijo mío, pues El es quien tiene mi tesoro y te proveerá de lo necesario».
El Hermano Guibert después de recibir la bendición, aparejó el asnillo y se dirigió al próximo mercado de Reinel. Al llegar, se encontró a un sacerdote conocido al cual saludó respetuoso y, trabando conversación, le contó el estado de necesidad en que se hallaba el monasterio. Conmovido el caritativo sacerdote, le proveyó de abundantes provisiones.
El buen Hermano, alegre y confuso, dio cuenta al Abad de lo ocurrido, pidiendo perdón por su desconfianza, siendo dulcemente reprendido con estas palabras:
«—No pierdas jamás la confianza, hijo mío. Si miras a Dios, todos los días serán buenos para ti».
Sin embargo, a pesar de estos socorros que llegaban de vez en cuando, la penuria se dejaba sentir en forma alarmante, y así, como no se viese medio de mejorar, algunos ánimos se empezaron a abatir, proponiendo al Abad el retomo a Cister.
Dom Bernardo, observando aquel desconsuelo que se iba contagiando, como medida de prudencia, dejó, por el momento, las pláticas espirituales que dirigía a la Comunidad, temiendo que pudiese molestar a alguno con sus consejos y advertencias, atribuyendo él a sus defectos aquel descontento. Se dedicó más aisladamente a la oración, pidiendo el remedio y la claridad para cumplir la voluntad del Señor, hasta que se le apareció un Niño hermosísimo diciéndole que volviese a sus predicaciones, pues era el Espíritu Santo quien inspiraba sus palabras.
Fueron diecisiete meses penosísimos los que pasó Bernardo para sostener las impaciencias de sus monjes, sin decidirse a abandonar Claraval.
Sin perder nunca su fe y confianza en la Providencia, los reunió un día y al frente de ellos se dirigió a la Iglesia. Allí, entre lágrimas y sollozos, pidió misericordia al Señor para poder continuar su obra. Todos rezaban emocionados hasta que, se oyó una misteriosa voz que decía:
«—Bernardo, tus ruegos fueron escuchados» (64).
Efectivamente, pronto llegaron los auxilios necesarios y las limosnas se multiplicaban al conocerse el estado de penuria de la Abadía, tanto es así que Bernardo comenzó a alarmarse ante aquel cambio y temía a la abundancia más que a la escasez.
Despreocupado por las cosas temporales, ya que, las cosechas iban también produciendo con normalidad, el fuego de su palabra se empezó a extender por los contornos (65). Cuando habló en Chalons, cada vez
aumentaba el número de oyentes hasta llegar a formarse verdaderas multitudes para escuchar la palabra de aquel fervoroso Abad que ya empezaban a venerar como santo.
¡Cuántas conversiones!, ¡cuántas almas extraviadas volvieron al buen camino!, ¡cuántas otras en deseos vehementes de reparar o de entregarse más de lleno a una vida de oración y amor, le acompañaban después de sus excursiones apostólicas solicitando el ser admitidos entre sus hijos!...
Muchos fueron los discípulos que tuvo Bernardo; se conocen nombres ilustres que dejaron el brillo terreno para resplandecer en la virtud, también almas sencillas y honradas, acudían a hacerse monjes contemplativos, hombres de oración, trabajadores en la viña del Señor.
Dom Bernardo se entregaba con celo ardiente a la formación de sus novicios, quería que todos aspirasen a la santidad y, como medía a cada uno por sí mismo y por los dones tan extraordinarios que había recibido del cielo, resultaba un poco áspero en sus enseñanzas, demasiado exigente, un tanto severo en las reprensiones, pues, no toleraba la menor falta, sin recordar que es grande la fragilidad humana... ¡creyó que vivía con ángeles y no con hombres!... (66).
Como observase que los más no entendían el lenguaje subidísimo con que les hablaba y en alguno comenzaba a cundir el desaliento, reflexionó seriamente, empezando a darse cuenta de las miserias terrenas, de la debilidad de los hombres, y así ya no se asombraba y miraba con espanto las flaquezas que le descubrían sus hijos; sino que a todos aconsejaba paternalmente y resolvía sus dudas con sencillez.
De tal manera el Abad trocó su dureza en dulzura, que, desde entonces fue la suavidad y la mansedumbre su proceder, siendo de maravillar cómo aquellos religiosos recibían sus palabras con la mayor humildad, llegando a ser pronto un modelo de Director de almas y de Superiores.
Sus pláticas sobre la humildad y sobre el amor a la Santísima Virgen, a la cual ponía siempre como Modelo, se multiplicaban:
65 Algunos biógrafos señalan que en esta época fue cuando Bernardo recibió la
consagración abacial juntamente con las órdenes sagradas, Mabillón y otros dicen que no salió de Cister hasta que pudo recibirlas.
«Amad la humildad, que es el fundamento y guarda de todas las virtudes; seguidla, porque ella sola puede salvar las almas» (67).
«Sólo la virtud de la humildad es la reparación de la ofendida caridad» (68).
«La prudente Virgen no buscaba sabiduría, como Salomón, ni riquezas, ni honores, ni poder, sino gracia... ¿Por qué deseamos nosotros, hermanos, otras cosas? Busquemos la gracia y busquémosla por María» (69).
«Sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer, acuérdate de encomendarlo a María para que vuelva la gracia, por el mismo cauce por donde corrió, al Dador de la gracia» (70).
Este cambio que observó Bernardo en el trato hacia los demás, le hizo aún más severo consigo mismo, aumentando las asperezas con que trataba su cuerpo. Para él todos los ayunos eran fáciles, las austeridades más heroicas, sencillas, y los trabajos más pesados, ligeros. Decía que el cuerpo del monje ha de estar siempre reducido a servidumbre, pero sin que le deje extenuado para impedir el desempeño de sus obligaciones.
Cada vez prolongaba más la oración y su salud poco fuerte, se resentía, sin que él se apercibiese; su estómago le rehusaba cualquier clase de alimento.
En una ocasión que fue a visitarlo Guillermo de Champeaux, Obispo de Chalons, al que le unía una íntima amistad, le encontró tan débil y en estado tan lamentable, que se alarmó extraordinariamente viendo que pe- ligraba aquella hermosa vida. Como sabia que Bernardo despreciaba tanto su cuerpo, acudió a una reunión de Abades que tenía lugar en Cister.
Les habló con todo sentimiento de Dom Bernardo, haciéndoles saber que su salud tan quebrantada le tenía al borde de la tumba si no se procedía a un inmediato y solícito cuidado. Interesó un permiso extraordinario para que le permitieran cuidar a Bernardo durante un año, estando bajo su custodia y sometido a lo que prescribiesen los facultativos que se le ordenase.
67 In Nat. Dom. Serm. I, 1. 68 In Nat. Dom. Serm. II, 6. 69 In Nat. B. M. V. párr., 8.
Concedido este permiso, el buen Obispo se dirigió a Claraval para que se relevase al Abad del gobierno del monasterio, dispensándole además de la observancia de la Regla. Avisó al médico que más fama tenia en la comarca y colocaron al paciente en una celda que arreglaron especialmente, en un recinto fuera del claustro, para poder cuidarle con mayor libertad (71).
Por desventura, el tal galeno gozaba de inmerecida reputación, presumía de lo que no sabía y únicamente a milagro se atribuye el que no pereciese el Abad Bernardo bajo el régimen que le puso aquel charlatán falto de ciencia.
Uno de sus asiduos visitantes, el Abad de San Teodorico, dice así, en el cap. 7.º del libro que escribió sobre San Bernardo:
«Comiendo nosotros allí, como pensásemos se debía tener el cuidado que convenía con un hombre tan enfermo y tan encargado, y viésemos, (ordenándolo así aquel su médico) que se le ofrecían manjares que aun un sano estando con gran angustia de hambre apenas los quisiera tomar, veíamos estas cosas y nos acongojabas y ni aún el silencio regular pudo detenemos a que nos levantásemos contra aquel hombre como contra sacrílego y homicida...»
Bernardo todo lo soportaba con paciencia y, concluido el año de permiso, volvió a reintegrarse a la vida común con gran contento de sus monjes. De momento, debido al descanso, se encontraba un poco más repuesto, pero pronto volvieron los vómitos y las rodillas se le hinchaban de estar tanto tiempo sobre ellas; sin embargo, no se creía dispensado de sus penitencias particulares, y así afligía su cuerpo con cilicios y disciplinas.
En medio de estos padecimientos, el Señor le prodigaba inefables consuelos espirituales. Los visitantes que acudían a recibir consejos a aquel lugar que de «Valle amargo» se había transformado en claro y resplandeciente, se multiplicaban.
Continúa escribiendo el Abad Guillermo de San Teodorico:
«Desde que se bajaba de la montaña y se entraba en Claraval, veíase a Dios por todas partes, publicando con ostentación aquel silencioso lugar la sencillez y humildad de los que en él habitaban. Al penetrar en aquellos lugares tan llenos de hombres, donde no había ningún ocioso, se observaba
en medio del día un silencio igual al de la media noche, interrumpido tan sólo por el ruido del trabajo, y las plegarias que dirigían a Dios».
«La armonía de este silencio en medio de tanta actividad, ofrecía un aspecto tan imponente que los extraños, poseídos del mayor respeto, no se atrevían a proferir palabra ociosa».
«El desierto donde residían estos servidores de Dios era un bosque espeso y sombrío rodeado por dos montañas, tan estrechamente unidas, que le daban el aspecto de una profunda gruta... Aunque muchos eran, todos participaban del mismo fervor, pues así como sucede en el mundo que el hombre escandaloso y desarreglado arrastra tras sí una multitud inquieta, en la soledad existe el mismo contagio; un solo hombre comunica a los demás el recogimiento y el fervor del espíritu».