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En el pueblo de Lapschitz vivían un sastre llamado Shmul-Leibele y su esposa, Shoshe. Shmul- Leibele era medio sastre, medio peletero y totalmente pobre. Nunca había dominado su oficio. Cuando le encargaban una americana o una gabardina, hacía la prenda o demasiado corta o

demasiado ajustada. El cinturón de atrás colgaba o muy arriba o muy abajo, las solapas nunca eran iguales y la abertura no quedaba en el centro. Decían que una vez cosió un par de pantalones y abrió la bragueta a un lado.

Shmul-Leibele no podía contar entre sus clientes a los habitantes ricos. La gente del pueblo le llevaba sus prendas raídas para que las remendara o les diera la vuelta, y los campesinos le dejaban sus pellizas viejas para arreglar. Como casi todos los chapuceros, también era lento. A veces se pasaba semanas con la misma prenda. Sin embargo, pese a sus deficiencias, hay que decir que Shmul-Leibele era un hombre honrado. Sólo usaba hilos resistentes y ninguna de sus costuras cedía. Si uno le encargaba un forro, aunque fuera uno ordinario de arpillera o algodón, él compraba

siempre el mejor material y perdía así la mayor parte de sus beneficios. A diferencia de otros sastres que guardaban hasta el retal más insignificante, él devolvía todos los retales a sus clientes.

De no haber sido por su hábil esposa, Shmul-Leibele se hubiera muerto de hambre, sin lugar a dudas. Shoshe lo ayudaba siempre que podía. Los jueves iba a amasar pasta en casa de las familias ricas, y durante el verano recogía bayas y hongos en el bosque, así como piñas y leña menuda para el horno. En invierno confeccionaba plumones para novias. Además, era mejor sastre que su esposo, y cuando éste empezaba a suspirar, perder el tiempo o refunfuñar entre dientes -síntoma de que se hallaba en un impasse-, ella solía quitarle la tiza de la mano y enseñarle cómo había que seguir. Shoshe no tenía hijos, pero todo el mundo sabía que no era ella la estéril, sino más bien su esposo, pues todas las hermanas de ella habían tenido hijos, mientras que el único hermano de Shmul- Leibele tampoco tenía descendencia. Las mujeres del pueblo aconsejaban de continuo a Shoshe que se divorciara, pero ella hacía oídos de mercader, pues la pareja se amaba con un amor intenso. Shmul-Leibele era bajo y rechoncho. Sus manos y pies eran demasiado anchos para su cuerpo, y la frente se le combaba a ambos lados, como es usual entre los mongoloides. Sus mejillas, rojas como manzanas, no tenían patillas, y sólo unos cuantos pelillos crecían en su mentón. Casi no tenía cuello: su cabeza entroncaba directamente con los hombros como la de un muñeco de nieve. Al caminar arrastraba los pies por el suelo, de suerte que cada uno de sus pasos podía oírse desde lejos. Siempre iba tarareando alguna cancioncilla y conservaba una amable sonrisa en su rostro. Tanto en invierno como en verano llevaba el mismo caftán y la misma gorra de piel de oveja con orejeras. Siempre que se necesitaba un mensajero, todos contrataban los servicios de Shmul-Leibele y éste cumplía su misión de buena gana, por más lejos que lo enviaran. Los bromistas le endilgaban una infinidad de apodos, convirtiéndolo en el blanco de todo tipo de travesuras; pero él nunca se ofendía. Cuando otros reprendían a sus torturadores, Shmul se limitaba a observar:

-¿Qué importa? Dejad que se diviertan. No son más que niños, después de todo...

A veces obsequiaba a uno u otro de los revoltosos con un caramelo o una nuez. Y lo hacía no movido por algún tipo de interés, sino por pura bondad de corazón.

Shoshe le llevaba una cabeza. En su juventud había sido considerada una belleza, y en las casas donde trabajaba como criada se aludía en términos muy elogiosos a su honestidad y diligencia. Muchos jóvenes se habían disputado su mano, pero ella eligió a Shmul-Leibele porque era tranquilo y nunca se unía a los otros muchachos del pueblo que, los sábados al mediodía, se congregaban en la carretera de Lublin para flirtear con las chicas. Su devoción y su carácter retraído le gustaban. Ya de niña Shoshe disfrutaba estudiando el Pentateuco, asistiendo a los enfermos del hospicio y escuchando las historias de las viejas que se sentaban en el umbral de sus casas a zurcir media. Solía ayunar el último día de cada mes y el Día Menor de la Expiación, y asistía con frecuencia a los servicios en la sinagoga femenina. Las otras criadas se burlaban de ella y la consideraban anticuada. Inmediatamente después de su boda se afeitó la cabeza y se ató firmemente un pañolón sobre las orejas, no dejando ver ni una sola trenza de su peluca de matrona, como lo hacían las otras mujeres jóvenes. La celadora de los baños la elogiaba porque no se divertía nunca durante el baño ritual, sino que realizaba sus abluciones de acuerdo con la ley.

Sólo compraba carne auténticamente kosher, aunque le costara medio céntimo más por libra; y cuando tenía dudas sobre los preceptos dietéticos, le pedía consejo al rabino. Más de una vez había tirado toda la comida sin vacilar, llegando incluso a hacer añicos la vajilla de barro. En pocas palabras, era una mujer capaz y temerosa de Dios, y más de un hombre envidiaba a Shmul-Leibele esa joya de mujer.

Por encima de todas las bendiciones de la vida, la pareja veneraba el sábado. Cada viernes al mediodía, Shmul-Leibele dejaba a un lado sus herramientas y cesaba de trabajar. Siempre se hallaba entre los primeros en el baño ritual, sumergiéndose en el agua cuatro veces en memoria de las cuatro letras del Nombre Sagrado. Ayudaba asimismo al bedel a poner las velas en los candeleros y candelabros. Shoshe economizaba toda la semana, pero el sábado abría sus arcas: en el horno caldeado iban entrando tartas, galletitas y pan sabático. En invierno preparaba budines de cuello de pollo rellenos con pasta y grasa derretida. En verano hacía budines de arroz o tallarines, rociados con grasa de pollo y un poco de azúcar o canela. El plato principal consistía en patatas con alforfón o cebada con alubias, en cuyo centro no faltaba nunca un hueso con su tuétano. Para asegurarse de que la comida quedara bien cocida, sellaba el horno con pasta suelta.

Shmul-Leibele elogiaba cada bocado, y no había sábado en que no dijera: “¡Ay, Shoshe, amor mío! ¡Tu comida es digna de un rey! ¡Nada menos que un banquete paradisíaco!” A lo que ella replicaba: “Come bien, cariño. Y que te aproveche.”

Aunque Shmul-Leibele no era precisamente un erudito (más bien era incapaz de memorizar un capítulo de la Mishnah), conocía bastante bien todas las leyes. Él y su mujer solían estudiar El buen corazón en yiddish. Y los días semiferiados y feriados, así como cada día libre, estudiaba la Biblia, también en yiddish. Nunca se perdía un sermón, y, aunque pobre, compraba a los buhoneros todo tipo de libros de preceptiva moral e historias religiosas, que luego leía con su esposa. Nunca se cansaba de recitar frases sagradas. Nada más levantarse por la mañana, se lavaba las manos y empezaba a articular el preámbulo a las oraciones. Luego solía dirigirse a la casa de estudios y participar como uno de los que hacían quorum. Cada día recitaba unos cuantos capítulos de los Salmos, así como aquellas plegarias que la gente menos seria tendía a saltarse.

Había heredado de su padre un grueso devocionario con cubiertas de madera, que contenía los ritos y leyes correspondientes a cada día del año. Shmul-Leibele y su esposa respetaban todos y cada uno de ellos. A menudo le decía a su mujer: “Seguro que acabaré en la Gehenna, pues en la Tierra nadie recitará el Kaddish sobre mi cadáver.” “No digas eso, Shmul-Leibele -replicaba ella-. Pues en primer lugar, para Dios no hay imposibles. En segundo lugar, tú vivirás hasta que venga el Mesías. Y en tercer lugar, es muy posible que yo muera antes que tú y entonces vuelvas a casarte

con una mujer joven que te dé una docena de hijos.” Pero al oírla decir estas palabras, Shmul- Leibele exclamaba: “¡Que Dios no lo permita! Has de conservarte siempre bien. Preferiría pudrirme en la Gehenna.”

Aunque Shmul-Leibele y Shoshe disfrutaban cada sábado, su mayor satisfacción provenía de los sábados de invierno. Como la víspera del sábado la tarde era más corta y Shoshe se quedaba trabajando hasta muy tarde el jueves, la pareja solía quedarse en pie toda la noche del jueves. Shoshe amasaba su pasta en la artesa, cubriéndola con tela y una almohada para que fermentase, y luego calentaba el horno con leña menuda y ramitas secas. Los postigos de la habitación

permanecían cerrados, así como también la puerta. La cama y el sofá-cama no se tendían, pues al amanecer la pareja echaba una siestecita.

Mientras fuera de noche, Shoshe preparaba la comida del sábado a la luz de una vela.

Desplumaba un pollo o una oca (si había logrado conseguir alguna a buen precio), los ponía en remojo, los salaba y les quitaba la grasa. Luego tostaba un hígado para Shmul-Leibele sobre las brasas ardientes, y le preparaba además una barrita de pan. A veces escribía su propio nombre en la barra con letras hechas de masa, y Shmul-Leibele le tomaba el pelo: “Shoshe, te estoy devorando. Shoshe, ya te he deglutido.” A nuestro sastre le encantaba el calor, por lo que solía trepar al horno y contemplar a su esposa mientras cocinaba, hacía el pan, lavaba, enjuagaba, molía y grababa su nombre. El pan sabático salía redondo y bien tostado. Shoshe trenzaba la barra con tal rapidez que la hacía casi bailar ante los ojos de su esposo. Manejaba a la perfección espátulas, atizadores, cucharones y plumeros de alas de oca, y a veces hasta pescaba un carbón encendido con los dedos. Las ollas se animaban y borbotaban. De vez en cuando se derramaba una gota de sopa y el estaño caliente siseaba y echaba humo.

Los grillos no cesaban de chirriar todo aquel rato. Aunque Shmul-Leibele ya hubiera acabado de cenar a esa hora, el apetito se le volvía a despertar y Soshe solía darle una albóndiga, una molleja de pollo, una galleta, una ciruela de su compota o un trozo de carne asada. Y al mismo tiempo lo reprendía, diciéndole que era un glotón. Y cuando él intentaba defenderse, ella exclamaba: “Oh, la que ha pecado soy yo; te he dejado morir de hambre...”

Ambos se acostaban al amanecer, totalmente exhaustos. Pero gracias a estos esfuerzos, Shoshe no tenía que matarse trabajando al día siguiente, e incluso podía bendecir las velas un cuarto de hora antes de que el sol se pusiera.

El viernes en el que tuvo lugar esta historia era el más corto del año. Afuera, la nieve no había parado de caer toda la noche, cubriendo la casa hasta las ventanas y dejando la puerta tapiada. Como siempre, la pareja había estado despierta hasta la madrugada y luego se había acostado. Pero esa vez se despertaron más tarde que de costumbre, pues no habían oído cantar al gallo, y como las ventanas estaban cubiertas de nieve y escarcha, el día parecía tan oscuro como la noche.

Después de musitar “Te agradezco, Señor”, Shmul-Leibele salió con una escoba y una pala para abrirse camino; después cogió un cubo y sacó agua del pozo. Luego, como no tenía ningún trabajo urgente, decidió no dar golpe en todo el día. Se dirigió a la casa de estudios a rezar sus plegarias matinales, y después del desayuno encaminó sus pasos a los baños públicos. Debido al frío que hacía fuera, los clientes no cesaban de implorar: “¡Un cubo! ¡Un cubo!”, y el celador iba vertiendo más y más agua sobre las piedras incandescentes, de suerte que el vapor se hacía cada vez más denso. Shmul-Leibele encontró una escobita de ramas de sauce muy ásperas, se subió al banco más alto y empezó a golpearse el cuerpo hasta que la piel se le puso roja. Al salir de los baños se

precipitó hacia la casa de estudios, donde el bedel ya había barrido y rociado de arena el suelo. Shmul-Leibele colocó las velas y lo ayudó a tender los manteles sobre las mesas. Luego volvió a su casa y se puso su ropa de sábado.

Sus botas, a las que había hecho poner suelas nuevas pocos días antes, ya no dejaban pasar la humedad. Shoshe había lavado la ropa de la semana y le había dado camisa limpia, un par de calzoncillos, una camisa bordada y hasta un par de calcetines. Ya había bendecido las velas, y el espíritu del sábado emanaba de todos los rincones de la habitación. Ella se había puesto su pañolón de seda con lentejuelas plateadas, un vestido amarillo y gris, y sus zapatos de punta relucientes. De su cuello pendía la cadena que la madre de Shmul-Leibele, que en paz descanse, le había regalado para celebrar la firma del contrato matrimonial. El anillo de bodas centelleaba en su índice. La luz de las velas se reflejaba en los cristales de la ventana, y Shmul-Leibele se imaginó que afuera había una réplica de la habitación y que otra Shoshe estaba encendiendo en ella las velas del sábado. Ardía en deseos de decirle a su mujer lo bonita que estaba, pero no quedaba tiempo, pues el devocionario estipulaba claramente que era digno y adecuado encontrarse entre los diez primeros fieles en la sinagoga. Y dio la casualidad que aquella noche fue el décimo hombre en llegar a los rezos. En cuanto la congregación hubo entonado el Cantar de los Cantares, el chantre salmodió: “Agradeced al Señor” y “Venid y regocijémonos”.

Shmul-Leibele rezaba con fervor. Las palabras resonaban melodiosamente al ser articuladas por su lengua, dando la impresión de salir de sus labios con vida propia; él mismo sintió que se

elevaban hacia el muro oriental, alzándose por sobre la cortina bordada del Arca Sagrada, los leones dorados y las Tablas, y llegando hasta el techo, decorado con un fresco de las doce constelaciones. Desde él, las oraciones ascendían sin duda hasta el Trono de Gloria.

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El chantre entonó: “Venid, amados míos”, y Shmul-Leibele lo acompañó. Luego vinieron las plegarias y los hombres recitaron “Es deber nuestro alabar...”, a lo cual Shmul añadió un “Señor del Universo”. Luego deseó a todos un buen sábado: al rabino, al matarife kosher, al jefe de la comunidad, al asistente del rabino y a todos los presentes. Los chiquillos del cheder le gritaron en coro: “Feliz sábado, Shmul-Leibele”, al tiempo que se burlaban de él haciendo todo tipo de muecas y gestos grotescos. Pero Shmul contestó a todos con una sonrisa, e incluso le dio un pellizco

cariñoso en la mejilla a uno de los pilluelos.

Luego se dirigió a casa. La nieve era tan alta que apenas podían distinguirse los contornos de los techos, como si toda la aldea estuviera sumergida en un líquido blanco. El cielo, que había estado cubierto todo el día, empezaba a clarear un poco. La luna llena asomaba por entre jirones de nubes blancas, derramando un resplandor casi diurno sobre la nieve. Hacia el oeste, el extremo de una nube conservaba aún los arreboles del crepúsculo. Las estrellas de aquel viernes lucían más anchas y brillantes, y, por una especie de milagro, Lapschitz parecía haberse fusionado con el cielo. La cabaña de Shmul-Leibele, situada no lejos de la sinagoga, se hallaba como suspendida en el espacio; tal como está escrito: “Él suspendió la Tierra sobre la nada.”

El sastre caminaba a paso lento, ya que, según la Ley, no se debe ir de prisa al volver de un lugar sagrado. No obstante, deseaba ardientemente estar en casa. “¿Quién sabe -pensó-. A lo mejor Shoshe se ha enfermado. O al ir a sacar agua, que Dios no lo permita, se ha caído al pozo. ¡Santo cielo, sálvanos! ¡Qué cantidad de desgracias pueden ocurrirle a un ser humano!”

En el umbral pisó varias veces con fuerza para sacudirse la nieve, abrió la puerta y vio a Shoshe. La habitación lo hizo pensar en el Paraíso. El horno acababa de ser enjalbegado, y las velas en los candelabros de latón esparcían un calor sabático. Los aromas que salían del horno sellado se mezclaban con los de la cena del sábado.

Sentada en el sofá-cama, Shoshe parecía estarlo esperando, con sus mejillas sonrosadas y

brillantes como las de una niña. Shmul-Leibele le deseó un feliz sábado y ella, a su vez, le deseó un feliz año. Él empezó a tararear “La paz sea con vosotros, ángeles custodios...”, y después de

despedirse de los ángeles invisibles que acompañan a cada judío al salir de la sinagoga, recitó “La mujer respetable”. Entendía a la perfección el sentido de aquellas palabras, pues las había leído a menudo en yiddish y cada vez le parecían más dignas de aplicarse a Shoshe.

Ésta era consciente de que las sagradas frases eran recitadas en su honor, y pensó para sus adentros: “Héme aquí, una mujer simple, una huérfana, y sin embargo, Dios ha decidido bendecirme con un marido devoto que me alaba en un lenguaje sagrado.”

Ambos habían comido poco durante el día, reservando su apetito para el almuerzo del sábado. Shmul-Leibele bendijo el vino de uva y alcanzó la copa a Shoshe para que bebiera. Luego se enjuagó los dedos en un cazo de latón, cosa que también hizo ella, y ambos se secaron las manos con una sola toalla, cogiéndola por los dos extremos. Shmul alzó después la hogaza sabática y la cortó con el cuchillo del pan: una rebanada para él y otra para su esposa.

Al punto le informó que el pan estaba perfecto, y ella replicó: -Vamos, si me dices lo mismo cada sábado.

-Pues sucede que es verdad -contestó él.

Aunque era difícil conseguir pescado en tiempo de invierno, Shoshe le había comprado tres cuartos de libra de lucio al pescadero. Lo había cortado en trozos muy menudos, le había añadido cebolla, un huevo, sal y pimienta y lo había cocinado con zanahorias y perejil. El plato dejó sin aliento a Shmul-Leibele, quien luego tuvo que beberse un vaso de whisky. Cuando inició los cantos de la mesa, Shoshe lo acompañó quedamente. Luego vino la sopa de pollo con fideos y tenues anillos de grasa que brillaban en la superficie como ducados de oro. Entre la sopa y el plato

principal, Shmul volvió a cantar himnos sabáticos. Como las ocas eran baratas en esa época del año, Shoshe le sirvió una pata de añadidura a su marido. Después del postre, Shmul-Leibele se lavó por última vez y recitó una bendición. Al llegar a las palabras: “Y no permitas que nos falten los dones de la carne y de la sangre”, puso los ojos en blanco y alzó ambos puños. Nunca olvidaba decir que a él le permitirían ganar siempre su sustento, y que no se convertiría -Dios lo libre- en un ser dependiente de la caridad.

Tras la bendición de la mesa, recitó aún otro capítulo de la Mishnah y varias oraciones más que

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