Luis López Nieves (1950) es un escritor puertorriqueño que ha ganado el Primer Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña (Premio Nacional de Literatura) en dos ocasiones: la primera, en 2000, por su libro de cuentos históricos La verdadera muerte de Juan Ponce de León; la segunda, en 2005, por su novela El corazón de Voltaire. También ha recibido el Premio José de Diego, otorgado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña por "Su aportación al enriquecimiento del idioma español" (1996). Ha escrito, entre otros, los cuentos Seva, Escribir para Rafa, La última noche de Rodrigo de las Nieves, Los pedazos del corazón y las novelas El corazón de Voltaire (2005) y El silencio de Galileo (2009).
Estas novelas de Luis López Nieves narran historias diferentes, sin embargo, poseen gran cantidad de rasgos que las aúnan y que forman en conjunto el estilo propio del autor.
En sentido general, la obra de López Nieves establece mecanismos para confundir los planos de la historia y la ficción. A este diálogo entre dos instancias aparentemente divorciadas, le llama “historia trocada”, y agregó: «donde mezclo elementos del pasado y termino confundiendo al lector que no sabe qué sucedió realmente desde el punto de vista histórico».
Sin embargo, lo que el autor declara como su propio estilo escritural y llama historia trocada, en realidad forma parte de una modalidad mucho más abarcadora que se ha impuesto en la narrativa latinoamericana a partir de la influencia de la sociedad contemporánea. En el trabajo de Giada Biasetti, titulado El poder subversivo de la nueva novela histórica femenina sobre la conquista y colonización: la centralización de la periferia (2009), se exponen y analizan ideas acerca de la nueva novela histórica, tendencia donde se afilia la obra literaria de Luis López Nieves.
Una de estas ideas que se analizan en el artículo es la de Seymour Menton, quien expone que la nueva novela histórica nació en anticipación a la celebración del quinto centenario del primer contacto con la civilización occidental. Este fenómeno, según él, se manifiesta principalmente en una subcategoría (subcorpus) de novelas que reescriben las crónicas del descubrimiento, la conquista, y la colonización de las Américas. Como consecuencia se genera un cuestionamiento de la historia oficial, un aumento de la conciencia latinoamericana de descolonización y un cuestionamiento del papel de Latinoamérica en el mundo después de 500 años de contacto con la cultura occidental. La novela histórica del siglo XIX, llena de héroes y villanos, describía un pasado pre-
colonial y colonial que permitía exaltar las raíces culturales de una nueva nación hispanoamericana independiente y ayudar a consolidar una conciencia nacional. Ahora bien, en comparación con la nueva novela histórica, según muchos críticos contemporáneos la novela histórica del siglo XIX se considera demasiado fiel a la historiografía.
Biasetti se refiere a esta contradicción entre novela histórica y nueva novela histórica desde las visiones de Georg Lukács y de Francisco R. Álvarez. La teoría que elaboró Lukács sobre este tipo de novela implica que las obras pertenecientes a este género debían representar la realidad de la manera más fiel y transparente. Por lo tanto, en estas novelas no se incorporaba una crítica de la realidad sino que simplemente se le reflejaba. En la nueva novela histórica se incorpora el cuestionamiento de una única verdad y se exalta la opacidad de lo real. Según Francisco R. Álvarez (citado por Biasetti):
La opacidad de lo real, acentuada por la no inmediatez del pasado y por tener que recurrir por lo tanto a otros textos o visiones ya condicionadas y fragmentadas del evento histórico. La nueva novela histórica rompe con esa supuesta “fidelidad al evento, documento o texto histórico”. Estas novelas logran este cuestionamiento y quiebre por medio de la incorporación de ciertas técnicas narrativas (2009: 30).
Esta afirmación de Francisco R. Álvarez sustenta las bases para la contextualización de las novelas estudiadas, quien asevera también que los rasgos principales de esta nueva novela histórica son la mezcla de historicidad e imaginación; la recreación del pasado que puede generar críticas del presente; la incorporación del género policíaco o la novela detectivesca; la distorsión consciente de la historia; la ficcionalización de personajes históricos; la metaficción; la intertextualidad; el dialogismo; el carnaval; la parodia; la heteroglosia; y la polifonía (Menton,: 42-45).
Todos estos elementos, según Biasetti, se usan para poner en evidencia la falta de fe en la historiografía y la manipulación que el autor de la novela histórica puede llevar a cabo. Estas características se incorporan en la nueva novela histórica para dar una perspectiva descentralizada de los hechos. Este género también se incorpora a otras formas narrativas, muchas de las cuales se han considerado géneros marginales:
literatura de viajes, crónicas, sátiras, autobiografías, biografías, literatura picaresca, narrativa epistolar y aspectos de la historiografía.
Antes de llegar a tal disquisición de la nueva novela histórica, la novela histórica más tradicional fue evolucionando a lo largo del tiempo y su definición fue cambiando. En su ensayo, Giada Biasetti analiza las posturas de críticos como Enrique Anderson Imbert y Amado Alonso, quienes por ejemplo, sostienen que para que una novela se pueda considerar histórica, la época en la que se enfoca la trama debe ser anterior al autor. También existen críticos que van en contra de esta afirmación. Por un lado, Anderson Imbert afirma que «una novela es histórica, no porque presente una época pasada para nosotros, lectores, sino una época que ya era pasada para el novelista». Por otro, Alexis Márquez Rodríguez, en contraposición con la definición de Anderson Imbert, afirma que:
Lo que le da carácter histórico a una novela es la presencia de personajes y episodios históricos, tratados de un modo tal que sufran un proceso de ficcionalización. Y no que relate hechos de un tiempo que ya era pasado para el autor. El que determinados sucesos y personajes sean históricos no puede depender de que quien los narra haya sido actuante o testigo de ellos, o de que, contrariamente, correspondan a tiempos más o menos remotos con respecto a él. Lo que hace históricos a ciertos hechos es que hayan tenido una determinada trascendencia, que hayan influido en el desarrollo posterior de los acontecimientos (: 33).
Esta definición de Márquez Rodríguez permite la inclusión de muchas más obras en la categoría de novela histórica.
La construcción de una conciencia nacional era el objetivo fundamental de las novelas históricas tradicionales mientras que la nueva novela histórica se destaca justamente por ser lo contrario a la edificación positiva de proyectos nacionales. De hecho, como expone Carlos Pacheco (citado por Biasetti): «La energía de obras como estas y de muchas otras que les seguirán se vuelca ahora no a legitimar sino a cuestionar, no a edificar sino a reconstruir, a poner en tela de juicio esos símbolos arcos del triunfo de la ideología nacionalista» (2009: 34). Por lo tanto, esta afirmación subraya nuevamente el carácter subversivo de la nueva novela histórica y su intento de cuestionar y desautorizar el discurso histórico oficial.
Las novelas estudiadas asumen el género como un recurso literario que pretende atrapar al lector a partir de una compleja madeja de acontecimientos que entrecruzan realidad histórica y ficción.
El corazón de Voltaire, novela publicada en el 2005, está escrita siguiendo las pautas del modo epistolar, pero con formato de correos electrónicos. La trama se muestra a través de una compleja red de e-mails en la que se incluyen envíos y respuestas, lo que proporciona agilidad, sencillez y fluidez al texto, al tiempo que ofrece un matiz de urgencia e intimidad. Así, estructura una historia que mantiene al lector en suspenso e interesado hasta el final.
La novela está escrita en primera persona y expresa conflictos del hombre versus hombre, dado que se establecen las estructuras de poder a partir de las jerarquías en puestos políticos, religiosos y profesionales. Luis López Nieves mueve al receptor por un túnel que teje entre dos tiempos; el siglo XVIII de la ilustración francesa y el siglo XXI de los grandes descubrimientos científicos, como el del genoma humano.
En su ensayo titulado El corazón de Voltaire y otras artimañas (2011) Manuel García Verdecia establece tres componentes seductores, como el mismo los llamara, que distinguen la novela:
1. Uno es la imaginación, el autor emplea su capacidad imaginativa para lograr relatos de alto interés que, además, consigan conducir eficientemente a los elementos por los cuales le interesa discurrir.
2. El segundo componente es la amenidad, que brinda una lectura grata, placentera y deleitable.
3. El tercer componente es el desenfado al manejar lo histórico, lo que está muy vinculado con sus dotes imaginativas.
Otra de las aseveraciones que hace García Verdecia acerca de la novela, ahora sobre la cuestión de las relaciones que se establecen en la misma, es la siguiente:
Además de resultar, en primer lugar, una disquisición acerca de la identidad y el sentido de la intimidad en el individuo, representado en el personaje Voltaire, la novela se extiende hacia otras alternativas interesantes. Entre estas tenemos: verdad versus información mediática que generalmente no son coincidentes. Ciencia versus Poder, el cual controla, manipula e incluso determina los influjos de aquella, aunque a la larga ella venza a pesar del criminal y doloroso coste. Razón humana versus razón de estado o realidad versus historia, zonas donde
imperan los intereses creados y las potestades que organizan y deciden sobre lo práctico vital. Otro elemento no menos interesante es el lugar que cumple la ficción en nuestras vidas, manifiesto en el doble que se agencia Voltaire o en los modos para acceder a determinados datos, así como en el recurso que emplea el estado para no variar el enfoque conocido sobre los restos del pensador. Es innegable que la ficción no es habilidad de determinados autores sino recurso de la necesidad humana de complementar para sus fines lo que no aporta la realidad objetiva.
Otra de las técnicas narrativas que dan un toque de intriga a la obra es la utilización de enunciados imperativos e interrogativos a lo largo de toda la narración. Esto permite deslindar las fronteras e ir enfrentando las suposiciones y los prejuicios en una etapa en la que había una crisis en Francia.
Por su parte, en El silencio de Galileo, publicada en el 2009, el autor continúa con la línea de trabajo que ya había establecido con El corazón de Voltaire. La historia conserva el empleo de recursos muy similares y hasta mantiene a los personajes principales de su novela anterior. La diferencia está en que esta vez la diégesis se refiere a la vida de Galileo Galilei y su principal descubrimiento: el telescopio.