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3. MC-TopLog: Complete Multi-clause Learning Guided by A

3.4. Experiments

El 10 de enero de 1968, La Cultura en México publicó un número monográfico dedicado, justamente, a la idea de revolución.5

El primero de los textos publicado por Benítez y su equipo era el prólogo a la segunda edición de la Obra revolucionaria del Che Guevara, firmado por el escritor y poeta cubano Roberto Fernández Retamar. La muerte del Che era el pretexto perfecto para hablar de la vigencia revolucionaria. No obstante, el artículo de Fernández Retamar, escritor castrista ligado a la Casa de las Américas, a pesar de su tono de panegírico, más parecía querer deslindar al régimen cubano de la muerte del líder argentino que comentar sus escritos.

Dedicado a Régis Debray, el filósofo francés que acompañó al Che en su experiencia boliviana, el texto de Fernández Retamar se titula “Héroe de América, del mundo”. El ensayo se inicia con un comentario sobre una de las claves de la táctica guerrillera estudiadas por Guevara en sus libros: el secreto. Citando al propio Che, el autor recuerda que “la primera base sobre la que debe establecerse el movimiento guerrillero es sobre un secreto absoluto, sobre la total ausencia de informaciones para el enemigo”. Semejante cita, que a la luz de los años cobra un matiz inusitado, era invocada para explicar la razón por la cual no fue el propio Che quien redactara, antes de morir, el prólogo de su libro. Resulta significativo que tanto el escritor y guerrillero como su comentarista hagan un señalamiento tan rotundo en torno a este tema. Si bien como táctica es indudable que el silencio y la ausencia de información constituyen el elemento crucial de la victoria guerrillera —o, al menos, le aseguran un poco más de seguridad o permanencia—, también lo es que, al asentarse así, el dictado más parece el sustrato fundamental de una forma de actuar —y de gobernar—, que un simple manual de sobrevivencia. Al entronizarse el secreto como base de la guerrilla, uno no puede sino pensar que ese mismo secreto tiende a prolongarse

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Universidad de México también se encargará de realizar un análisis del fenómeno revolucionario en los sesenta en su

número de julio, en el cual se incluían algunas páginas inéditas del diario de Víctor Serge —con una presentación de Gastón García Cantú—, un artículo del filósofo checo Karel Kosik, una reseña de la biografía de Trotsky de Isaac Deutscher y un ensayo de Mario Vargas Llosa sobre el papel del artista en la sociedad latinoamericana.

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con el triunfo del régimen guerrillero pues, a fin de cuentas, los enemigos continúan al acecho una vez que ha triunfado la revolución.

Así, lo que parecería un dictado miliciano indispensable para la sobrevivencia de una guerrilla, en palabras de Fernández Retamar se convierte, sin querer, en paradigma del gobierno de Castro. El secreto, que halla su origen en la desconfianza, es un antídoto que no sólo está dirigido contra el enemigo externo, sino muy especialmente contra los propios miembros de la guerrilla o del gobierno en turno que pudiesen vender su lealtad. Se calla para que la traición o la delación resulten imposibles, no únicamente para evitar que el enemigo intercepte las comunicaciones. Tal silencio transforma a cada revolucionario en vigilante de los demás: la lealtad es puesta en duda en todo momento. Podrán aducirse cientos de razones de seguridad general, ante las cuales se sacrifica la confianza interna, pero cualquier régimen basado en el secreto adquiere una condición policiaca. La información se dosifica, se altera, se manipula: es una necesidad íntima de la guerrilla, ni siquiera ya un acto de voluntad de sus miembros.

Utilizado tanto por el Che como por los rangers que lo capturaron, el secreto transformó el asesinato del comandante en un misterio doble. Los militares bolivianos no sólo ocultaron las condiciones de su captura sino que, al hacerlo, aumentaron el nivel de silencio que rodeaba las actividades subversivas del guerrillero. Con Debray hacían lo mismo: ocultar su paradero, la causa de su arresto y la naturaleza de su encierro. Misterio a fuerzas, el mito del Che no hizo sino acrecentarse día con día. Pero el otro lado de la moneda continuó siendo igualmente misterioso: a pesar de los discursos encendidos de Castro y de la despedida pública del Che de Cuba, las razones de su alejamiento de la isla permanecieron sumergidas en ese mismo secreto. El texto de Fernández Retamar evita ese silencio y, más que llenarlo, lo justifica.

En esta especie de oración fúnebre, el escritor cubano realiza una hagiografía del líder muerto a traición. Luego de dar algunos datos biográficos sobre él, prolonga la leyenda del Che convirtiéndolo en un superhéroe latinoamericano. Fernández Retamar insiste, por ejemplo, en que el acento del Che no era “ni argentino ni mexicano ni cubano ni español”, sino una mezcla de todos en lo que Unamuno, según él, llamaría sobrecastellano, lo que basta para demostrar su carácter internacional. “¿No podríamos conjeturar que así debió ser el español de Martí?”, llega a decir más tarde. La imagen del líder que se apropia hasta de los modos de hablar de toda América Latina para forjar su personalidad continental llega a extremos insostenibles. La idea de que el Che, como Martí, “no sólo se pensaba sino además se sentía latinoamericano”, no tiene otra intención que sumarse al espíritu de la política exterior cubana, a su

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carácter exportable: en cualquier rincón de América Latina donde haya un oprimido, hasta allá llegará el brazo —y las armas— del hermano isleño.

El largo recuento de los viajes emprendidos por el Che a lo largo de su “patria latinoamericana” después del triunfo de la revolución cubana, realizado por Fernández Retamar, no parece tener otro objetivo que mostrar la naturalidad de su salida definitiva de Cuba. Una necesidad vital, presentada como necesidad histórica marxista, lo lleva, como Robin Hood, a cualquier rincón en que haya una revolución que iniciar.

Fernández Retamar intenta explicar la experiencia revolucionaria con la ayuda del marxismo de Althusser. A partir de la terminología del francés, considera que la tarea de un verdadero intelectual revolucionario debe ser estructurar y generalizar los hechos dentro del canon de la “práctica teórica”. En términos reales, ello consiste en la necesidad de mostrar los aspectos positivos del régimen cubano en contra de sus particularidades negativas. La justificación no puede ser más riesgosa: los enemigos del régimen insisten en encontrarle defectos a la revolución, pero en realidad éstos son lo de menos: errores particulares, “accidentales, secundarios”. Frente a ellos, existe un arsenal de aciertos que constituyen el auténtico sustrato de la revolución. De nuevo, aparece la causa justa —ese leitmotiv de la manipulación comunista— que permite que cualquier crimen sea cometido en su nombre.

Para Fernández Retamar, la principal obra del Che fue extraer estos elementos esenciales de la revolución cubana y, con ellos al hombro, recorrer el mundo para difundirlos. Tal pareciera que su misión fue sacar de Cuba lo mejor de sí misma, mientras Fidel tuvo que quedarse a lavar la ropa sucia en casa. Excusa histórica que en ningún caso le hace un favor a Castro. Pero el momento clave de su historia llega cuando el apologista se refiere a la salida del Che de Cuba, después de haber renunciado a sus puestos como director del Banco Nacional y ministro de Industria:

Cuando el 3 de octubre de 1965 Fidel Castro dio a conocer, en la constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, la carta de despedida del Che, el mundo fue conmovido por la noticia, y se hicieron en torno suyo los más variados comentarios. Los revolucionarios de todas partes, por supuesto, dieron justificado crédito a las palabras de Fidel Castro, antes que a las desvergonzadas agencias estadounidenses. El secreto aparece nuevamente. Desde luego, Fernández Retamar no menciona cuáles fueron las versiones propagadas por las agencias estadounidenses, cuya desvergüenza nadie pone en duda. En cambio, justifica,

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otra vez, la elección del Che: si él prefirió no hablar al respecto, ha sido para mantener el secreto guerrillero, es decir, para no dar información al enemigo.

Según él, varias razones hacen evidente la decisión del comandante para marcharse de la isla: 1. “De veras el Che era un latinoamericano”, 2. La revolución cubana fue sólo una “de las dos en las que participó”, 3. En América Latina quedan muchas revoluciones por hacer, y 4. Para el Che la revolución cubana había pasado su prueba de fuego y “otras tierras del mundo lo requerían más”. En opinión de Fernández Retamar, quienes hablan de un rompimiento entre el Che y Fidel no saben que “la historia cuenta con una nueva pareja que de ninguna manera se explica por las anteriores”. Lo que sigue ya es sólo consecuencia de esta premisa: la exaltación de la sólida amistad entre los dos líderes.

Al final de su texto, Fernández Retamar ya no oculta sus intereses: el tono ahora es el de una evocación sentimental por la muerte del Che. Cuando los militares bolivianos lo expusieron ante los periodistas, afirma, se advertía “su rostro sereno, grave y hermoso, enmarcado en la abundante cabellera y barba con que solían representarse profetas y santos”.

Por las mismas fechas en que aparecía el texto de Fernández Retamar, en la prensa se anuncia que el presidente de Bolivia, Rene Bardemos, está dispuesto a canjear al filósofo guerrillero Régis Debray por Huber Matos, el dirigente cubano encarcelado por Fidel Castro poco después del triunfo de la revolución en 1959.6

Acompañando al texto de Fernández Retamar, La Cultura en México publicó dos poemas dedicados a la memoria del Che: uno del escritor uruguayo Mario Benedetti y otro del argentino Julio Cortázar.

El primero, “Señas al Che”, muy acorde con la poética que entonces defendía Benedetti, es un recuento desolado de la inevitable destrucción que llevan a cabo los hombres. A pesar de su retórica revolucionaria y del sentimentalismo fraternal siempre presente en su obra, Benedetti consigue un resultado que entonces debió parecer no sólo auténtico, sino vital:

[...]

está el amor de siempre está la llamarada

el corazón del tacto la hoguera de la piel la noche de la piel el cuerpo brasa infame 6

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los poros y los poros y el hombre que no sabe y la gloria y el beso

por qué lo incendia el hombre desde un sitio cualquiera montaña o selva o sótano hay alguien que hace señas agitando su vida

todo campo es el nuestro.

El de Cortázar, en cambio, es una invocación con raíces casi religiosas, propias de la etapa de intelectual engagé que el argentino estaba por iniciar. Cortázar anunciará su conversión a la fe revolucionaria tras los sucesos del mayo francés de 1968, pues antes su actitud ha sido básicamente apolítica o, mejor, anarquista. Sin embargo, ya en los primeros meses de este año, cuando tenía cincuenta y cuatro, como atestigua el poema, está convertido en el “escritor comprometido con el socialismo, el defensor de Cuba y Nicaragua, el firmante de manifiestos y el habitué de congresos revolucionarios que fue hasta su muerte”, como lo ha retratado su amigo de entonces Mario Vargas Llosa.7

El novelista peruano aventura que la conversión al socialismo de Cortázar se llevó a cabo en 1967, en cuanto se separó de Aurora Bernárdez. Su transformación fue una de las más extraordinarias ocurridas entre los intelectuales latinoamericanos —casi en sentido contrario de lo que le ocurría a los otros—, más dictada por una convicción ética que por la ideología. El mismo Vargas Llosa dice que este otro Julio Cortázar “fue menos personal y creador como escritor que el primigenio”, pero tiene la sospecha de que, “compensatoriamente, tuvo una vida más intensa y, acaso, más feliz que aquella de antes en la que, como escribió, la existencia se resumía para él en un libro”. Frente al poema, sobran los comentarios:

AL CHE

Yo tuve un hermano. No nos vimos nunca pero no importaba. Yo tuve un hermano que iba por los montes 7

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mientras yo dormía. Lo quise a mi modo, le tomé su voz libre como el agua, cerca de su sombra. No nos vimos nunca pero no importaba, mi hermano despierto mientras yo dormía, mi hermano mostrándome detrás de la noche su estrella elegida.

En sentido contrario al sentimentalismo de Cortázar, semanas más tarde, el 24 de febrero, La Cultura en México publicó un texto con un tono muy diferente, aunque también dedicado a la memoria del guerrillero argentino. Su autor era José Lezama Lima y su título “Ernesto Guevara, comandante nuestro”. Por su interés, lo reproduzco in extenso:

Ceñido por la última prueba, piedra pelada de los comienzos para oír las inauguraciones del verbo, la muerte lo fue a buscar. Saltaba de chamusquina para árbol, de aquileida caballo hablador para hamaca donde la india, con su cántaro que coagula los sueños, lo trae y lo lleva. Hombre de todos los comienzos, de la última prueba, del quedarse con una sola muerte, de particularizarse con la muerte, piedra sobre piedra, piedra creciendo el fuego. Las citas con Tupac Amaru, las charreteras bolivarianas sobre la plata del Potosí, le despertaron los comienzos, la fiebre, los secretos de ir quedándose para siempre. Quiso hacer de los Andes deshabitados, la casa de los secretos. El huso del transcurso, el aceite amanecido, el carbunclo trocándose en la sopa mágica. Lo que se ocultaba y se dejaba ver era nada menos que el sol, rodeado de medialunas incaicas, de sirena del séquito de Viracocha, sirenas con sus grandes guitarras. El medialunero Viracocha transformando las piedras en guerreros y los guerreros en piedras. Levantando por el sueño y las invocaciones la ciudad de murallas y las armaduras. Nuevo Viracocha, de él se esperaban todas las saetas de la posibilidad y ahora se esperan todos los prodigios en la ensoñación.

Como Anfiareo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la

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arreciada del cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para transfiguración. Dondequiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío.

Para culminar con la visión que los intelectuales de izquierda tenían del líder guerrillero —y observar cómo el régimen de La Habana la prohijaba—, hay que decir que el número 46 de la revista Casa de las Américas, la más importante de las instituciones culturales cubanas, estuvo dedicado íntegramente al Che. En México se reprodujeron muchas de sus páginas.8 En

ella, le rindieron homenaje al Che, entre otros, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Italo Calvino, Ángel Rama, Mario Benedetti, Luis Cardoza y Aragón, Margaret Randall, Nicolás Guillen, Laurette Sejourné, Edmundo Desnoes, Jorge Semprún, Roque Dalton, Emmanuel Carballo y Arnaldo Orfila. Cortázar volvió a decir ahí: “Pido que sea su voz la que se asome aquí... Toma, escribe lo que me quede por decir y por hacer y lo haré contigo siempre a mi lado. Sólo así tendrá sentido seguir viviendo”.