• No results found

Appendix 3.B Welfare maximization and analysis with costly main-

4.4 Second stage regression

4.4.1 Explanatory variables

los dos casos, que nos son ya bien conocidos, de los gene­ rales de las Arginusas y de León de Salamina.

Pero si Sócrates insiste en uno y otro caso, en que por su conducta se jugó la vida, no es tanto por darse baños de pureza, cuanto para llevar a sus jueces esta convicción : "Para que sepáis —les dice— que no he de someterme a na­ die en lo que no es justo, así sea por tem or de la m u erte."47 Ahora bien, por esto mismo precisamente, por preferir incondicionalmente la justicia a todo otro bien, cualquiera que sea, es por lo que Sócrates, aunque se lo ordenasen sus jurados, no podrá m udar de hábitos, abandonar el género de vida que ha llevado, ya que hacerlo sería no solamente injusto, sino impío, por ser tal vida, y la actividad a ella consiguiente, algo que Sócrates no ha elegido por sí mis­ mo, sino que le ha sido impuesto por la divinidad.

¿Cómo aparece concretamente, en la Apología, esta vo­ cación divina·, a la que Sócrates no puede, por motivo ninguno, ser infiel? Los textos no son aquí muy fáciles de coordinar, pero intentarem os armonizarlos en la form a que nos parece ser la más congruente, después de haberlos examinado.

En prim er lugar, se refiere Sócrates a un viaje que hizo a Delfos su amigo Querefón, quien estando allá, oyó de la Pitia el oráculo de que nadie era más sabio que Sócrates. Al notificárselo Querefón al propio Sócrates, queda éste sumergido en una, al parecer, invencible aporía, ya que de una parte no puede dudar de la veracidad del oráculo, y de la o tra está convencido de no tener él mismo ninguna sabiduría en cosa alguna. Para salir, pues, de esta aporía y descubrir el sentido misterioso del oráculo, imagina Sócrates el expediente de hacer una tournée por los que en cada clase social: políticos, poetas, artesanos, pasaban por ser los más sabios, con el resultado final de no haber encontrado en ninguno de ellos la sabiduría. No desconoce Sócrates que en muchos de los investigados, en los arte­ sanos sobre todo, sí existía el saber de aquello en que eran peritos ; pero como todos presumían de saber además otras muchas cosas que en realidad ignoraban, esta sola arro­ gancia bastaba para que, quien la tuviese, debiera ser califi­ cado simplemente como necio antes que como sabio. En cuanto a Sócrates, consciente por su parte de que nada sabía de nada, era por esto mismo, más sabio que aquellos

LA MISIÓN DIVINA DE SÓCRATES 137

infatuados de su falsa ciencia. De todo lo cual desprende Sócrates el sentido oculto del oráculo, y el mandato que para él significó, en las siguientes palabras :

"Me parece, atenienses, que sólo D ios48 es en verdad sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo : que la sabiduría hum ana vale poco o nad a; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, es que se ha valido de m i nombre como de un ejemplo, y como si dijera a todos los hombres : El más sabio entre vosotros es el que, como Sócrates, re­ conoce que nada vale en verdad su sabiduría. Y yo, pues, en obediencia a Dios,49 continúo hasta hoy en mis indagacio­ nes, no sólo entre mis conciudadanos, sino entre los ex­ tranjeros, por ver si encuentro alguno a quien pueda calificar de sabio, y al no parecer así, me pongo al servicio del oráculo para m ostrar a todos que nadie es sabio. Y llevado de este afán, no he tenido tiempo ni para atender a los negocios públicos ni a mis asuntos familiares, y vivo en indecible pobreza por servir a D ios."50

En ningún momento pensó seriamente Sócrates (si algu­ na vez parece decirlo así, es por m era hum orada) redar­ güir de falsedad al oráculo que lo propuso a él : Sócrates, como el más sabio de los hombres. Lo único que hizo fue buscar su sentido enigmático, según el cual debemos te­ ner en poco, o m ejor en nada, la hum ana sabiduría, que en las circunstancias concretas era la que habían predicado los sofistas, y que era preciso, por tanto, dejar de lado para poder emprender con fruto la reform a moral. Lo primero no era sino el estadio preparatorio, la purificación o catar­ sis del conocimiento ; lo segundo, en cambio, era el verda­ dero fin. Ahora bien, sólo lo primero parecía estar indicado en la respuesta del oráculo a Querefón ; pero lo segundo, a su vez, lo desprendió Sócrates de la célebre leyenda que figuraba en el santuario de Apolo délfico : “Conócete a ti mismo” (γνώθι σαυτόν).

Que Sócrates haya interpretado esta inscripción, cono-

48 ó θεός, dice el texto, pero como advierte Stock: "This was probably intended to be understood of Apollo, and yet did not quite mean so in Plato’s mind."

48 «ατά τόν Θεάν, numinis monitu.

60 Apol., 23a-b: έν πε-víqi μυρίςι είμΐ διά τήν ιοϋ Θεοϋ λατρείαν. "Inde­ cible" o "infínita" nos parece ser aquí la mejor traducción del término con que Sócrates califica su pobreza, ya que si μυριος significa precisamente "diez mil", μυρίος, a su vez, denota algo que está más allá de toda contabilidad.