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3.2 Theoretical framework and hypothesis development

3.2.3.4 Exploitation moderation effect

La necesidad de cambiar nuestro modelo de consumo es un cambio radical, quizá el mayor de todos los requeridos para conseguir un Desarrollo Sustentable. Atañe a un ámbito del metabolismo socioeconómico absolutamente imbricado tanto con el régimen de acumulación (lo que incluye las relaciones de producción-laborales y las relaciones sociales) como con el esquema de valores que subyace tras el mismo.

Analizar los límites biofísicos que conlleva el actual modelo de consumo es una dimensión de dicho modelo que nos ha interesado analizar (con su “contramedida” la “autolimitación”), pero sin embargo es necesario analizar también la dimensión “sociológica” del consumo, puesto que la desigualdad y falta de acceso a los medios que sirven para atender las necesidades (y por tanto

la propia cobertura de las mismas), es el otro de los elementos del modelo de consumo que nos explican su carácter no sustentable (en realidad es la “otra cara” o reverso de los límites biofísicos). Así, interesa resaltar también cómo las pautas/patrones de consumo, o “habitus” y estilos de vida que diría Bourdieu, conforman y son conformadas por el entramado productivo y el entramado axiológico básico de las sociedades industriales (de las “centrales” y de las denominadas“emergentes”), condicionando cualquier posible evolución de las mismas (y de otras formaciones sociales periféricas). En un análisis brillante sobre Bourdieu, ALONSO (2005: 225) refleja convincentemente esta interacción entre la estructura productiva, el modelo de consumo y las necesidades:

“Las prácticas individuales de consumo y la conciencia individual de necesidad se

organizan en función de las condiciones generales de la producción, entre las cuales la reproducción de la fuerza de trabajo y del capital económico está presente y plenamente operativa. De este modo, se han de contemplar conjuntamente las necesidades y los medios para satisfacerlas, en el contexto de las prácticas conflictivas de definición de la dominación en los campos sociales… La conciencia y la representación <<subjetiva>> de la necesidad hunden así sus raíces en la combinación de las prácticas de producción y las prácticas de consumo –biografía individual que incorpora como <<habitus>> al conjunto de determinaciones de la posición social-, lo que implica, en el planteamiento de Bourdieu que la necesidad no es sólo simbólica o ideológica –impuesta-, sino que es socialmente relativa y expresa las contradicciones y los conflictos en los intereses de clase, así como su definición y desarrollo en forma de prácticas de consumo individuales y colectivas… para Bourdieu las necesidades existen; tienen un contenido socialmente objetivo, y se construyen a partir tanto de los procesos de producción como de los procesos de consumo”.

Los patrones de consumo son una intersección crucial en la interrelación y codependencia entre el sistema productivo y las relaciones y valores sociales, configurando estilos de vida en cada territorio y definiendo tanto la demanda efectiva concreta como los modos en que se atienden las necesidades (el “satisfactor” de Max-Neef -1992-), estableciendo cuales son las necesidades a atender y sus priorizaciones individuales, colectivas e institucionales. Acerca de cómo se “fabrica” el consumo por parte de los poderosos, la ecofeminista Mies señala el periodo histórico posterior a la I Guerra Mundial en Europa y EE.UU como ejemplo: “Las historiadoras feministas

han analizado este proceso de la creación del hogar moderno y del ama de casa moderna (proceso que yo denomino <<domesticación>>) como algo necesario para las necesidades de mercado del capitalismo industrial” (SHIVA y MIES, 1998: 147).

Cobra relevancia citar aquí un no muy difundido Informe del Club de Roma (coordinado por el Novel de Economía Jan Tinbergen en 1976). En dicho informe, que desde la opinión de Friedmann y Weaver supone la piedra de toque inicial para construir la ideología de las

transnacionales, se exponen también algunas consecuencias negativas o contradicciones que conllevan las empresas transnacionales respecto al desarrollo endógeno (“autoconfiado” se ha traducido a los autores), y en concreto su carácter homogeneizador de la cultura y el consumo:

“Muchos de los objetivos del desarrollo autoconfiado chocan con la definición presente

de las compañías transnacionales. La autoconfianza es un estilo de desarrollo basado en un reconocimiento de la diversidad cultural, y como tal es un instrumento frente a la homogeneización de las culturas. La definición de las transnacionales por el contrario, se basa en la proposición de que la mayoría de los productos pueden venderse con beneficios en casi todos los países...Si sus mercados tuvieran que ser desunidos y basarse en las culturas locales y en los gustos regionales, su razón de ser podría estar fuertemente comprometida...El interés de las trasnacionales descansa...en incorporar la capacidad local a los modelos de consumo globales... Si las inversiones locales adoptan políticas de producción encaminadas a la satisfacción de las necesidades locales, sus economías de escala podrían verse seriamente afectadas”(extractos de la cita recogida

por FRIEDMANN y WEAVER, 1979: 243-244).

Beck incide en esta misma idea para resaltar el carácter de “dominio cultural” que les interesa a las transnacionales: “Coca-Cola y Sony plantean sus estrategias de <<localización global>>. Sus

jefes y directivos están convencidos de que la globalización no significa construir fábricas por todo el mundo, sino conseguir convertirse en parte viva de cada respectiva cultura. <<Localismo>> es el credo o la estrategia de la empresa que gana importancia cuanto más se practica la globalización” (1997a).

Además de la homogeneización reseñada, que finalmente campa triunfante en las sociedades “postindustriales” actuales, la otra gran característica de las pautas de consumo actual es la individualización fragmentada-particularizada del consumo para conseguir la distinción y materializar el consumo y ocio “emulativo y ostensible” (VEBLEN, 1974) como signo diferenciador de estatus y clase social (con su correlato de dualización y exclusión): “Para ganar

y conservar la estima de los hombres no basta con poseer riqueza y poder. La riqueza o el poder tienen que ser puestos de manifiesto, porque la estima sólo se otorga ante su evidencia. Y la demostración de la riqueza no sirve sólo para impresionar a los demás con la propia importancia…sino que su utilidad es apenas menor para construir y mantener la complacencia en uno mismo” (VEBLEN, 1974: 44). Así mismo, esa distinción mediante el consumo requiere y

ha potenciado otro elemento caracterizador de la “sociedad del consumo de masas”; una mercadotecnia publicitaria en la que el marketing se eleva como “el gran hermano” que todo lo

controla, tanto desde su generación de deseos compulsivos como desde su programación de la “obsolescencia controlada” de los productos (que además se controla en el propio proceso de fabricación). Es lo que Alonso (2005: 18) denomina “el consumo sin sociedad; el imperalismo individualista y la fragmentación postmoderna”, que encaja perfectamente dentro de lo que Galbraith denominó la hegemonía de “la cultura de la satisfacción” (1992).

En estas circunstancias, la atención de necesidades que deberían ser garantizadas mediante el consumo, se torna en algo complejo y mutante, incluso puede resultar en ocasiones tramposa, si queremos que se constituya en la base sobre la que construir un modelo de Desarrollo Territorial Sustentable:

“…podríamos decir que el dilema de la escasez ha pasado a dirimirse no solo en un

marco material (de saturación física) sino también y fundamentalmente en un marco posicional (de permanente carencia simbólica), y por lo tanto cada vez más fuertemente social… los individuos valoran su bienestar material no en términos de la cantidad absoluta de bienes que tienen sino en relación con una norma social de bienes que deberían poseer” (ALONSO, 2000: 46) “En el desarrollo del capitalismo contemporáneo, abundancia y escasez no son dos polos absolutos y contrapuestos que se anulan el uno al otro… Por el contrario, el crecimiento mismo se realiza en función de la desigualdad, ésta es su base de actuación y su resultado: la dinámica de la producción diversificada, la renovación permanente, y la obsolescencia programada de los objetos no responde a ningún modelo de igualación por el consumo, sino de diferenciación y clasificación social… Los comportamientos de los consumidores no son actos aislados de los ciudadanos soberanos, son prácticas sociales que tienden hacia la reproducción y condensación interna de las diferencias de clase… Por este sistema se induce una dinámica desarraigada de la necesidad, dinámica desigual que desarrolla el consumo individual a través de la utilización con fines de interés privado de la explotación intensiva de los deseos…” (ALONSO, 2000: 56 y 57).

Por esa complejidad del modelo de consumo que se menciona, Alonso continúa su reflexión comentando que “Nosotros…insistimos en trazar la diferencia entre deseos y

necesidades…rescatando el concepto de necesidad de cualquier pretensión esencialista para darle un carácter comunicacional y constitucional en el sentido sociopolítico de su formación activa en el seno de la estructura de poderes sociales” (2000:46).

Debe pues ser tarea de los procesos de desarrollo territorial constituirse en mecanismos deconstructivos que desenmascaren el “imperio de los deseos” sobre las necesidades sociales, y que “empoderen” a las personas de cada territorio para que, más allá de esa matriz de “producción sistematizada de la carencia” que constituyen los actuales modelos de consumo predominantes, se conviertan en protagonistas reflexivos y configuren procesos dialógicos en cada territorio y con otros territorios, para definir y atender sus necesidades:

“…es necesario resaltar las posibilidades del sujeto político que como actor expresa

ámbitos de la necesidad no colonizados ni derivados de la red de simulacros impuestos por el aparato de programación social… precisamente porque el capitalismo cuanto más avanzado y desarrollado menos conoce de necesidades y más conoce de deseos, serán los propios actores sociales en sus reclamaciones de derechos los que realmente establezcan el marco de la necesidad y no ningún cálculo externo tecnocrático o profesionista” (ALONSO, 2000: 47-48 y 59)

“Es por esto que la reflexión política, la participación de los actores sociales y la

educación –formal e informal- para el consumo se convierten en un aspecto ineludible para una sociedad que ha hecho de esta actividad su santo y seña vital, y debe conjurar, con esta política del consumo, los riesgos (morales, sociales, económicos y hasta medioambientales y para la salud) de que la sociedad esté al servicio del consumo…y no el consumo al servicio de la sociedad, como debe ser en el ideal de cualquier comunidad democrática. Puede ser una forma racional de desarrollo de las capacidades humanas generales y no un simple elemento de utilización de estas capacidades a favor de la rentabilidad privada” (ALONSO, 2005: 80).

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