Chapter 2 The Review of Literature
2.7 External factors which contribute to the practice of perseverance
El Imperio Romano duró aproximadamente desde el siglo I al siglo V de nuestra era, aunque alrededor del siglo II ya se encontraba en decadencia. La práctica del pensamiento científico decayó, incluso en Alejandría, después de que los romanos asumieron la administración de Egipto tras la derrota de Cleopatra y Marco Antonio en Actium en el año 31 a.C. (y sus suicidios subsecuentes). La corrupción gubernamental, la degeneración económica y las invasiones de los bárbaros que marcaron la decadencia del Imperio Romano hicieron que muchos buscaran consuelo en filosofías del “otro mundo”, como el neoplatonismo y el cristianismo.
Los historiadores marcan el final del Imperio Romano con la deposición del emperador Rómulo Augusto en el año 476 d.C. Un vestigio del imperio continuó en el Oriente, fundado por el emperador Constantino (c. 272-337 d.C.) y teniendo como centro Bizancio, la cual pos- teriormente habría de llamarse Constantinopla. El Imperio Bizantino duró hasta el año 1453 d.C., cuando Constantinopla fue conquistada por los turcos. Contribuyó poco al desarrollo de la ciencia, pero durante cierto periodo preservó buena parte de la erudición clásica que se des- truyó o perdió en Occidente.
Cristianismo La desintegración del Imperio Romano fue paralela al desarrollo de las religio- nes mistéricas, las cuales prometían una salvación espiritual en tiempos de grandes proble- mas y tribulaciones. La religión que predominó se basaba en la vida y enseñanzas de Jesús (c. 4 a.C.-30 d.C.). Los primeros disentimientos doctrinarios, a menudo sumamente violentos, se resolvieron con los primeros concilios de la Iglesia, como el Concilio de Nicea en el año 325 de nuestra era. Aunque originalmente se perseguía a los cristianos, éstos obtuvieron cada vez
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más poder e influencia después del Edicto de Milán proclamado por Constantino en el año 313 d.C., en el cual se garantizaba la tolerancia religiosa. En el año 380 de nuestra era, el emperador Teodosio (c. 346-395 d.C.) proclamó el cristianismo como la religión oficial del Estado y prohi- bió toda religión pagana.
Todo lo anterior tuvo consecuencias sumamente negativas para el desarrollo del conoci- miento en general y para el pensamiento científico en particular. La ciencia y la religión paga- nas fueron condenadas. El arzobispo Teófilo de Alejandría quien, al igual que muchos de los primeros padres de la Iglesia, fue implacable en su destrucción de los símbolos paganos, fue responsable de la destrucción de buena parte de la Gran Biblioteca de Alejandría en el año 391 d.C. Hipatia (c. 370-415 d.C.), la distinguida matemática y astrónoma, fue asesinada por una muchedumbre de cristianos. La llevaron a rastras a una iglesia y la desollaron con tejas, muy probablemente bajo las órdenes de Cirilo, sobrino de Teófilo, a quien había sustituido como patriarca de Alejandría. Cirilo fue canonizado posteriormente. Muchos eruditos, pues, huyeron de Alejandría, la cual entró en decadencia como centro de aprendizaje y ciencia.
Algunos buscaron refugio en Atenas, en donde aún operaba la Academia de Platón, aunque para ese entonces sus seguidores se dedicaban casi exclusivamente a la especulación mística. Sin embargo, la presión cristiana convenció al emperador Justiniano (483-565 d.C.) de cerrarla en el año 529 de nuestra era y prohibir el estudio de todo “conocimiento pagano”. Otros eru- ditos emigraron a Constantinopla, llevando consigo muchas obras clásicas. Pese a la noble intención de Constantino de crear una ciudad cristiana virtuosa en el Oriente, el libertinaje de las masas y la ferocidad con la que se perseguía cada nuevo tipo de herejía obligó a muchos alejandrinos a huir primero a Mesopotamia y, posteriormente, a Persia. Allí tradujeron las obras de Platón, Aristóteles, Euclides, Arquímedes y Ptolomeo, lo que puso a disposición del Imperio Islámico las obras de estos teóricos clásicos, aunque pronto este imperio las sepultaría también.
Cristianismo y pensamiento pagano Uno de los primeros debates dentro del cristianismo fue si desechar las filosofías y religiones alternas como paganas y heréticas, postura que defendía san Jerónimo (c. 345-420 d.C.), o integrar al menos algunos elementos de ellas dentro del cristianismo, postura que defendía san Ambrosio (c. 340-397 d.C.). Aunque Jerónimo repre- sentaba el consenso original, prevalecieron finalmente Ambrosio y sus discípulos. En conse- cuencia, muchos cristianos disfrutan ahora de esos símbolos, artefactos y oficios originalmente paganos, como las coronas santas, los árboles de Navidad cristianos, el incienso y los roles, originalmente druidas, del padrino (considerado “el siguiente mejor hombre” después del novio, cuya obligación era ocupar el lugar de éste en caso de que muriera o incumpliera su promesa) y la dama de honor (cuya virginidad se sacrificaba en favor del padrino, si el novio cumplía con su obligación). Otra importante consecuencia fue que el obispo de Roma adoptó el oficio pagano de Máximo Pontífice, posición que evolucionó hasta convertirse en las estruc- turas autoritarias del papado. Sin embargo, estos primeros padres de la Iglesia no se acercaron a la ciencia empírica y la psicología materialista de Aristóteles, sino que retomaron la concep- ción neoplatónica de la psique como una entidad espiritual inmortal encerrada en un cuerpo material inferior.
San Agustín Agustín de Hipona (354-430 d.C.) fue en gran medida responsable de la neopla- tonización del cristianismo. Sostenía que el alma era una entidad espiritual separada, que se hallaba encerrada temporalmente en un cuerpo material inferior. Reafirmó el planteamiento de Plotino según el cual el conocimiento se alcanza sólo por medio de la asimilación de las formas o ideas eternas y la iluminación divina, y que el hombre debe dar la espalda al mundo de los sentidos y el placer carnal.
Nacido en África septentrional, de padre pagano y madre cristiana, se convirtió al cristia- nismo a los 31 años de edad. Luego de años de disipación, durante los cuales “se perdió en […] fornicaciones”, experimentó una revelación y dedicó el resto de su vida a la devoción monás- tica. Suele recordársele por su oración de los días licenciosos antes de su revelación y en la cual rogaba: “Señor, dame castidad y continencia, pero todavía no.” Se convirtió en obispo de Hipona en el año 396 d.C. y propuso muchas doctrinas que habrían de dominar la teología
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cristiana hasta bien entrado el siglo XII, como el libre albedrío, la realidad de la caída de Adán y el pecado original.
San Agustín desarrolló una forma de dualismo sustancial y un conjunto de argumentos para sustentarlo que posteriormente llegaron a asociarse con René Descartes (en quien casi sin dudarlo influyó). Sostenía que el alma es una sustancia especial y simple, distinta de la sustancia material, y que sobrevive a la muerte del cuerpo. Nuestro conocimiento de la naturaleza distin- tiva del alma como un tipo especial de “sustancia pensante” se basa en la certeza de nuestra creencia en nosotros mismos, en contraste con las creencias a menudo erróneas que tenemos sobre los objetos físicos del mundo externo. Afirmaba que no podía estar equivocado respecto de la certeza de su propia existencia pues, para equivocarse, era primero necesario existir:
La certeza de que yo existo, que lo sé y que me alegro de ello es independiente de cualquier fantasía imaginaria o engañosa.
Respecto a estas verdades, no temo a los argumentos de los académicos. Dicen “¿Y si estuvieras equivocado?” A lo cual, respondo “Si estoy equivocado, existo”. Un ser inexistente no se equivoca; por tanto, debo existir para estar equivocado. Luego pues, dado que mi ser equivocado demuestra que existo, ¿cómo puedo pensar equivocadamente que existo, viendo que mi equívoco establece mi existencia?
—(La ciudad de Dios, pp. 459-460)
San Agustín encomió el potencial que tienen los “sentidos internos” para ofrecernos auto- conocimiento de los contenidos de la experiencia, el pensamiento y la memoria, y sostenía que el conocimiento del alma conduce al conocimiento de Dios. Creó una nueva forma de arte literario con su texto biográfico Confesiones, en el cual proporcionó un catálogo exhaustivo de sus pecados que acompañó con un amplio comentario psicológico sobre ellos. Dicho texto contiene observaciones astutas sobre la emoción, la percepción del tiempo, la memoria y los sueños. Agustín afirmaba que ciertas formas de conocimiento son innatas, como nuestro cono- cimiento de las relaciones matemáticas y los principios morales, y señaló que ciertas formas de memoria, como nuestra memoria de las emociones, no involucran imágenes.
Como Filón, despreciaba la razón y la experiencia en la búsqueda del conocimiento. Soste- nía que son de valor sólo en la medida en que concuerdan con la teología cristiana:
Cualquier cosa que un hombre haya aprendido en cualquier parte si es perjudicial ahí [Sagradas Escrituras] está censurada; si es útil, ahí se encuentra.
—(Sobre la doctrina cristiana, p. 63) San Agustín defendió y ejemplificó una vida de piedad y humildad. Abogó por la fe y la comu- nicación emocional con Dios por encima de la razón y la experiencia sensorial, y recomendaba que la especie humana diera la espalda a los caminos del mundo ordinario y se encaminara, en cambio, hacia Dios y la promesa del Cielo.