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12. F UTURE W ORK
Antes de seguir investigando el misterio de los venenos de segunda mano, vamos a referir dos trágicos episodios de la historia médica que encierran importantes lecciones y resultan muy relevantes para nuestra búsqueda. Demuestran sin lugar a dudas que los seres humanos son vulnerables a los compuestos químicos sintéticos que trastornan la acción hormonal, y confirman que los estudios realizados con animales deben servir de advertencia contra los peligros que amenazan a los humanos. Desde el principio mismo, estos avisos fueron claros y ominosos. Ya en los años treinta, los investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad del Noroeste demostraron que la manipulación de los niveles hormonales durante el embarazo era muy peligrosa, sobre todo para el feto que experimentaba un rápido desarrollo en el útero. En algunos de los experimentos, los investigadores se limitaron a administrar una dosis extra de estrógeno a ratas preñadas, que ya poseían esta hormona femenina en sus cuerpos. El efecto sobre las crías fue espectacular. Al nacer presentaban extrañas anormalidades y trastornos del desarrollo sexual. Las hembras expuestas a grandes cantidades de estrógeno natural o sintético durante el desarrollo intrauterino padecían defectos estructurales en el útero, la vagina y los ovarios; los machos tenían el pene atrofiado y otras deformidades genitales. En contraste con los trabajos de Vom Saal, que investigan el efecto de pequeñas variaciones naturales en los niveles hormonales del útero, en estos experimentos se elevaron los niveles hormonales por encima de lo normal, añadiendo estrógeno de fuera del cuerpo. Se demostró que las grandes variaciones del nivel hormonal alteraban los mensajes químicos y desbarataban el desarrollo sexual. Aunque el estrógeno, a niveles normales, es esencial para el desarrollo, en exceso puede provocar el caos.
Esta advertencia experimental no podía haber sido más oportuna. En 1938, el médico y científico británico Edward Charles Dodds y sus colaboradores habían anunciado la síntesis de un compuesto que actuaba sobre el organismo igual que el estrógeno natural, y la comunidad médica vibraba de entusiasmo. Destacados investigadores y ginecólogos cantaron las alabanzas del estrógeno artificial, conocido como dietilestilbestrol o DES, describiéndolo como una medicina maravillosa con multitud de aplicaciones posibles. Casi inmediatamente, los investigadores comenzaron a administrar DES a mujeres que tenían problemas durante el embarazo, convencidos de que un nivel insuficiente de estrógeno provocaría abortos y partos prematuros. Se estaba llevando a cabo un masivo experimento
con seres humanos, que llegó a afectar a unos cinco millones de mujeres embarazadas, en los Estados Unidos, América Latina y otras partes del mundo.
Durante las décadas siguientes, los médicos no sólo recetaron DES para evitar abortos, sino que empezaron a recomendarlo en embarazos sin problemas, como si se tratara de una vitamina capaz de mejorar la obra de la naturaleza. Prestigiosas publicaciones, entre ellas el Journal of Obstetrics and Gynecology, publicaron anuncios de las empresas farmacéuticas: en junio de 1957 apareció uno de la Grant Chemical Company que recomendaba el empleo de DES "en TODOS los embarazos", asegurando que producía "bebés más grandes y más fuertes".
Además de las embarazadas, el DES encontró otro amplio mercado. Los médicos lo empleaban a manos llenas para suprimir la producción de leche después del parto, para aliviar calenturas y otros síntomas de la menopausia, y para tratar el acné, el cáncer de próstata y la gonorrea infantil, e incluso para detener el crecimiento de muchachas adolescentes que se estaban poniendo más altas de lo que dictaba la moda. Durante años, los hospitales clínicos despacharon DES como anticonceptivo "de la mañana siguiente". Los ganaderos mostraron igual entusiasmo por el DES y utilizaron toneladas como aditivo para los piensos, o para implantárselo al ganado en el cuello o las orejas, porque aceleraba el crecimiento de las gallinas, vacas y otros animales domésticos.
El periodo de posguerra fue una época de optimismo prometeico, en la que todo el mundo, desde los médicos a los agricultores, adoptaba con entusiasmo nuevas tecnologías "milagrosas". El DES fue uno de los muchos productos sintéticos que prometían darnos el poder de controlar las fuerzas de la naturaleza. Con una mezcla de soberbia e ingenuidad, los adalides del progreso imaginaban un mundo con un potencial ilimitado para controlar los principios mismos de la vida.
Los experimentos con ratas de la universidad del Noroeste, que arrojaban una oscura sombra sobre la nueva y brillante era de la terapia hormonal, no hicieron mella en la oleada de entusiasmo. Los pocos que se enteraron de los descubrimientos tendieron a desestimarlos, considerándolos irrelevantes para los seres humanos. Las anormalidades sexuales inducidas por hormonas en las crías de ratas se veían como simples curiosidades, algo que sólo podía ocurrirles a los roedores. Este tipo de escepticismo no es raro entre los médicos, cuya tradición antropocéntrica encaja bien con la idea de que los humanos constituyen una rama única del árbol de la vida. Con este punto de vista, tendían y siguen tendiendo a considerar que la única evidencia digna de confianza está en los estudios epidemiológicos humanos. Además, la medicina ha estado dominada durante décadas por el mito de la barrera placental: se creía que la placenta, la complicada masa de tejido que conecta al feto con la pared del útero por medio del cordón umbilical, actúa como un escudo impenetrable que protege al embrión de toda influencia nociva del exterior. Este mito perduró hasta mucho después de que la evidencia demostrara lo contrario. Según la opinión dominante de la época, la única cosa capaz de invadir el útero y provocar deformidades era la radiación.
Durante el siguiente cuarto de siglo, dos escándalos médicos echaron por tierra este mito de una vez por todas, y nos hicieron cambiar radicalmente de ideas acerca de la vulnerabilidad del bebé durante la vida intrauterina. El primer bombazo fue la tragedia de la talidomida, que salió a la luz en 1962; menos de una década después se produjeron los terribles descubrimientos sobre el DES, una droga que los médicos llevaban más de treinta años administrando a las mujeres.
Cuando estalló el escándalo de los niños de la talidomida, causó sensación en todo el mundo. Los periódicos y revistas rivalizaron en sus descripciones de los terribles defectos congénitos provocados por un medicamento de venta en farmacias. Las fotografías de bebés sin brazos o sin piernas resultaban estremecedoras, porque constituían la pesadilla de todo padre.
Antes de que los médicos de Europa y Australia relacionaran la talidomida con el alarmante aumento de bebés terriblemente deformes, miles de mujeres embarazadas habían tomado la droga como tranquilizante o como tratamiento contra las náuseas. Cuando por fin se retiró del mercado y de los botiquines, ya había provocado graves deformidades a ocho mil niños en 46 países. Se había demostrado que la placenta no constituía barrera alguna para la droga. Este trágico episodio nos enseñó otra lección: que las sustancias y las dosis toleradas por un adulto pueden resultar devastadoras para los embriones.
Igual que sucedió más tarde con el DES, los médicos sólo empezaron a sospechar que algo iba mal porque la talidomida provocaba anormalidades muy llamativas y casi sin precedentes. Algunos niños nacían sin brazos, con las manos saliendo directamente de los hombros. Otros carecían de piernas o tenían sólo un tronco sin extremidades. Los textos médicos llamaban a esta condición focomelia, que significa "con miembros de foca", porque las manos y los pies salían directamente de la articulación principal, como las aletas de una foca, pero este defecto de nacimiento era tan raro antes de 1961 que los textos no incluían fotos. En un libro de texto para futuros médicos, la malformación venía ilustrada con un dibujo de Francisco de Goya.
Sin embargo, muchos niños expuestos a la talidomida antes de nacer no presentaban deformidades en las extremidades, pero en cambio padecían trastornos más corrientes, como malformaciones del corazón y otros órganos, lesiones cerebrales, sordera, ceguera, autismo y epilepsia. Y algunos niños afortunados escaparon por completo a los efectos nocivos, aunque también sus madres habían tomado la droga durante el embarazo. ¿Por qué se libraron algunos niños?
No se debía a que algunas madres hubieran tomado grandes cantidades de talidomida y otras muy poca. Los investigadores descubrieron que la diferencia entre los efectos devastadores y la ausencia de efectos parecía depender del momento en que se hubiera tomado la droga, y no de la dosis. También es posible que influyeran las diferencias genéticas en la sensibilidad a la talidomida, que harían a ciertas personas muy vulnerables a la droga. Algunas de las madres que tuvieron hijos sin extremidades habían tomado sólo dos o tres píldoras para dormir (que contenían talidomida) durante todo el embarazo, pero las habían ingerido en un período crítico para el desarrollo de los brazos y piernas de sus hijos: entre la quinta y la octava semanas de embarazo. El principio que afirma que "el momento es fundamental" iba a quedar demostrado una y otra vez a medida que los científicos investigaban la capacidad de ciertas sustancias para alterar el desarrollo. Una pequeña dosis de una hormona u otra droga puede no tener efecto en un momento dado del desarrollo del embrión y provocar efectos devastadores unas pocas semanas antes.
En general, los norteamericanos se libraron de esta tragedia gracias al escepticismo del médico Frances Kelsey, de la Administración de Alimentos y Medicinas, que exigió más garantías de seguridad e impidió la venta al público de talidomida. No obstante, el caso de la talidomida ejerció un profundo impacto en el público y la comunidad científica de los Estados Unidos, lo mismo que en el resto del mundo. Había hecho falta un incidente tan sutil como un martillo pilón, pero por fin la comunidad médico-científica aceptó sin reservas lo que algunos investigadores del reino animal llevaban décadas intentando decir: que ciertas sustancias químicas pueden provocar defectos congénitos en las personas, y no sólo en los roedores.
Al nivel de la gente corriente, las fotografías de niños sin brazos ni piernas destruyeron el optimismo tecnológico que venía reinando desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue como un terremoto, que hizo aumentar el escepticismo acerca de las medicinas y productos químicos "milagrosos" que invadían el mercado, y que hizo dudar de la eficacia de las regulaciones oficiales. En el verano de 1962, a través de las páginas de revistas como Life, muchas personas compartieron la pesadilla de Sherri Finkbine, una madre de 24 años, presentadora de televisión en Arizona, que durante la fase crítica de su embarazo había tomado tranquilizantes a base de talidomida que le habían traído de Inglaterra. Convencida de que su bebé iba a nacer con graves deformidades, Finkbine y su marido buscaron por todos los Estados Unidos un lugar donde se le practicara el aborto, que entonces era ilegal excepto para salvar la vida de la madre. Su desesperada búsqueda terminó en Suecia.
Casualmente, Primavera silenciosa, el ya clásico libro de Rachel Carson sobre los peligros de los plaguicidas sintéticos para los seres humanos y el ecosistema, empezó a publicarse en forma de serial en The New Yorker poco antes de que estallase el escándalo de la talidomida. El libro se benefició de la ola de ansiedad pública y ascendió en las listas de ventas.
Si la talidomida echó por tierra para siempre el mito del útero inviolable, la experiencia del DES acabó con la idea de que los defectos congénitos sólo tienen importancia cuando son inmediatos y visibles.
Cuando por fin nació su hija Andrea, en septiembre de 1953, Eva y David Schwartz, una pareja residente en el barrio bostoniano de Roxbury, se sintieron bendecidos con más de lo que habían pedido. Su hija no sólo era sana y normal, además era guapísima. Eva, que había sufrido dos abortos después del nacimiento de su hijo Michael, ocho años antes, estaba radiante de felicidad. Aseguraba a todo el que quisiera oírla que la niña era la cosa más bonita que había visto en su vida. Rubia, gordita y sonrosada, Andrea era uno de esos bebés que aparecen en los anuncios de alimentos infantiles. En una de sus primeras fotos, los inquisitivos ojos de Andrea miran bajo el ala de un sombrerito con una mirada que no sólo es hermosa sino que sugiere inteligencia. El rostro está enmarcado en un delicado cuello de encaje, y el vestido, impecablemente planchado, deja bien patente el orgullo de su madre. La niña creció fuerte y robusta, y siempre pareció "perfectamente sana".
Y de pronto, en abril de 1971, la vida de los Schwartz cambió para siempre.
Andrea, que tenía ya diecisiete años, estaba en el último curso de instituto y se dedicaba a tejer planes y sueños que comenzaban con ir a la universidad en otoño y, a su debido tiempo, incluían el matrimonio y formar una familia. Siempre quiso tener niños, siempre. Recuerda que, cuando tenía tan sólo cinco años, estaba fascinada por el bebé de su prima y la emocionaba que la dejaran sentarse en el sofá con el niño en brazos. Andrea no tenía grandes ambiciones; sólo aspiraba a una vida normal y feliz.
Una mañana, Eva Schwartz estaba hojeando el Boston Globe y empezó a leer un artículo que la dejó sin aliento. Según un reciente estudio publicado en el New England Journal of Medicine, unos doctores del Hospital General de Massachusetts habían descubierto que existía una relación entre una rara modalidad de cáncer vaginal que se manifestaba en las mujeres jóvenes y una droga que sus madres habían tomado durante el embarazo: el estrógeno sintético DES. Se acordó de pronto de las píldoras, los cientos de píldoras que había tomado religiosamente cuando estaba embarazada de Andrea. No había dejado de tomarlas ni un solo día, a pesar de que a veces le provocaban fuertes náuseas. En aquellas ocasiones, aguardaba a que el estómago se le asentara un poco y se tomaba la píldora que el doctor había ordenado. Antes incluso de que su historial médico lo confirmara, Eva Schwartz lo sabía: ella era una de aquellas madres.
Aunque aquel último embarazo no había presentado problemas, el médico de la clínica local de Roxbury le había recetado un régimen de DES, sin duda a causa de su historial de abortos. Eva empezó a tomar las píldoras de DES cuando llevaba sólo seis semanas de embarazo, y continuó tomándolas, en dosis cada vez mayores, durante toda la gestación, siguiendo un programa recomendado por un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard, el matrimonio formado por George van Siclen Smith, médico, y Olive Watkins Smith, endocrinóloga. Los Smith eran los mayores propagandistas de la administración de DES a las mujeres embarazadas, sobre todo si ya habían tenido embarazos fallidos.
Andrea Schwartz se libró de los peores estragos del DES. A diferencia de otras desafortunadas, no murió de cáncer en plena adolescencia ni tuvo que sufrir que le extirparan el útero y la vagina en un intento de contener el cáncer. Pero las pruebas médicas a las que se sometió durante la siguiente década demostraron que, a pesar de las apariencias, Andrea distaba mucho de ser normal. El DES le había robado parte de sus sueños.
Cuando se estudia la experiencia del DES hay una pregunta que se plantea de manera insistente. La pregunta no se aplica sólo al DES, sino a todos los venenos de segunda mano que provocan trastornos saltando generaciones.
¿Habrían sido capaces los médicos de relacionar los problemas que sufrían las jóvenes con una droga que sus madres habían tomado décadas antes, de no haberse dado una llamativa incidencia de cánceres muy raros y de no haber planteado la cuestión, de manera casual, la madre de una de las pacientes? Algunos especialistas están convencidos de que se habrían dado cuenta del problema, porque la exposición al DES provoca otros síntomas característicos, además del cáncer, como por ejemplo malformaciones del tejido vaginal. Tarde o temprano, alguien se habría percatado de la relación. Aun así, es posible que nadie se hubiera dado cuenta de que el DES estaba causando daños graves pero invisibles a los embriones. Hasta entonces, casi todos los científicos consideraban que una droga era segura a menos que provocase malformaciones inmediatas y evidentes. Resultaba difícil
creer que algo pudiera ejercer un impacto tan grave a largo plazo, sin provocar otros defectos visibles ya desde el nacimiento.
Y aunque se acepte que el entorno prenatal puede ocasionar problemas médicos años después, el largo tiempo transcurrido entre la causa y el efecto hace difícil demostrar las relaciones e incluso verificar que la madre estuvo expuesta a la droga o sustancia sospechosa. En el caso del DES, el temor de algunos médicos a ser inculpados ha aumentado las dificultades de las personas expuestas al estrógeno sintético. Los hijos e hijas del DES comentan con ironía la plaga de incendios e inundaciones que asoló las consultas de los facultativos cuando intentaron obtener los historiales médicos de sus madres.
El aspecto más doloroso de la tragedia del DES es que la droga ni siquiera evitaba los abortos. En 1952, al menos cuatro estudios independientes habían revelado que las mujeres tratadas con DES para prevenir el aborto no habían obtenido mejores resultados que las que había recibido tratamientos alternativos, como reposo en cama o sedantes. Aquel mismo año, el doctor William Dieckmann y sus colaboradores de la universidad de Chicago presentaron un informe condenatorio sobre la eficacia del DES en el congreso anual de la Sociedad Ginecológica Americana. Los investigadores habían llevado a cabo el estudio más ambicioso y más cuidadosamente planeado de los realizados hasta entonces, reclutando a dos mil mujeres embarazadas, y tratando a la mitad con DES y al resto con una píldora de aspecto idéntico que no contenía ninguna droga. Para eliminar las interpretaciones sesgadas, se utilizó un método de doble ciego, en el que tanto los pacientes como los médicos ignoraban quién había recibido DES y quién la píldora falsa. Las conclusiones fueron inequívocas: la supuesta medicina maravillosa no provocaba ninguna diferencia en los resultados de los embarazos. Las mujeres que habían tomado DES no sufrieron menos abortos, menos partos prematuros ni menos mortalidad infantil. La realidad era peor: un análisis posterior de estos mismos datos demostró que el DES había provocado un significativo aumento de los abortos, los partos prematuros y las muertes de recién nacidos.
A pesar de los estudios que demostraban que el DES era ineficaz, la Administración de Alimentos y Medicinas no tomó ninguna medida para restringir su uso durante el embarazo. Aun así, el estudio de la universidad de Chicago contribuyó en cierta medida a apagar el entusiasmo, y algunos médicos dejaron de utilizar DES. Pero muchos continuaron recetándolo, y durante casi dos décadas cientos de miles de