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3.3.3 FAS-PIVOT

SEGÚN LOS HISTORIADORES conservadores que escribieron en di- versos lugares de la América hispana durante el turbulento periodo que siguió a la independencia, la última etapa del periodo borbónico fue una edad dorada de prosperidad, orden, estabilidad social y respeto por la Iglesia. De igual modo, los reformadores borbónicos de las décadas de 1760 y 1770 tendieron a describir las estructuras fiscales, administrativas, judiciales y militares anteriores al reinado de Carlos III (1759-1788) en términos de fraude, ineficiencia, in- competencia y corrupción. En general, los investigadores del siglo

XX han seguido esta línea argumentativa poco crítica (o, tal vez, hipercrítica); de hecho, han tendido a consolidarla al subrayar las continuidades, y no los contrastes, entre el periodo Habsburgo de la segunda mitad del siglo XVII y el borbónico de la primera mitad del XVIII.1

Un punto de partida historiográfico convencional e influyente, usado por varios investigadores que buscan evidencias con las cuales respaldar su visión negativa del virreinato peruano antes de la llegada,

CAPÍTULO I

1. Por ejemplo, el capítulo inicial de mi propio libro, Government and Society, se titula “El virreinato decadente”.

EL VIRREINATO DEL PERÚ HASTA

MEDIADOS DEL SIGLO XVIII

SEGÚN LOS HISTORIADORES conservadores que escribieron en di- versos lugares de la América hispana durante el turbulento periodo que siguió a la independencia, la última etapa del periodo borbónico fue una edad dorada de prosperidad, orden, estabilidad social y respeto por la Iglesia. De igual modo, los reformadores borbónicos de las décadas de 1760 y 1770 tendieron a describir las estructuras fiscales, administrativas, judiciales y militares anteriores al reinado de Carlos III (1759-1788) en términos de fraude, ineficiencia, in- competencia y corrupción. En general, los investigadores del siglo

XX han seguido esta línea argumentativa poco crítica (o, tal vez, hipercrítica); de hecho, han tendido a consolidarla al subrayar las continuidades, y no los contrastes, entre el periodo Habsburgo de la segunda mitad del siglo XVII y el borbónico de la primera mitad del XVIII.1

Un punto de partida historiográfico convencional e influyente, usado por varios investigadores que buscan evidencias con las cuales respaldar su visión negativa del virreinato peruano antes de la llegada,

CAPÍTULO I

1. Por ejemplo, el capítulo inicial de mi propio libro, Government and Society, se titula “El virreinato decadente”.

en 1776, del visitador general José Antonio de Areche, es la obra conocida como las Noticias secretas de América. Este informe sobre la corrupción política y los malos manejos administrativos en el Perú, completado en 1749, fue escrito para el marqués de Ensenada por los jóvenes oficiales navales Jorge Juan y Antonio de Ulloa.2

Hasta cierto punto podría argumentarse que el eje geográfico de los diez años (1735-1744) que Juan y Ulloa pasaron en las Indias —el reino de Quito— era una zona periférica del virreinato perua- no y que, en sentido estricto, ya no formaba parte de él desde 1739, cuando se lo incorporó al recientemente establecido virreinato de Nueva Granada. Sin embargo, debemos tener en cuenta que ambos oficiales pasaron un tiempo considerable en el virreinato peruano entre 1740 y 1743, y nuevamente en 1744, antes de regresar a Europa en octubre de dicho año.3 Es más, en tanto que asesores de

asuntos militares y navales de José Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía (virrey del Perú entre 1736 y 1745), con quien viajaron de Cádiz a Cartagena en 1735, Juan y Ulloa tuvieron la oportunidad de familiarizarse con el gobierno colonial al más alto nivel. La pregun- ta de si esta experiencia hizo de ellos testigos confiables y de primera mano de la corrupción y el desgobierno en el Perú a comienzos del pe- riodo borbónico, es actualmente el tema de un debate historiográfico. Una sugerencia persuasiva es que esta situación tuvo el efecto sutilmente distinto de distorsionar su análisis, al ponerlos en contac- to con los “discursos de la reforma y la renovación” en boga en Lima y Madrid en la década de 1740,4 induciéndolos a apropiarse

y suscribirse a las demandas de los proyectistas (entre ellos, Jerónimo de Uztáriz, José de Campillo y Cossío, y Bernardo Ward) acerca de una modernización administrativa y económica de los territorios ame- ricanos de España.5 Esta tesis, por cierto, no necesariamente invalida

la exactitud —y mucho menos la influencia— de la condena que Juan y Ulloa hicieron del fraude y la ineficiencia que caracterizaban la “cultura política colonial”.6 Por lo tanto, sigue siendo válido que

quienes estudian el gobierno colonial antes del reinado de Carlos III

se apoyen en Juan y Ulloa, como testigos confiables tanto de la ex- plotación de la población nativa a manos de los funcionarios y el clero locales, como de la penetrante corrupción en los diversos nive- les de la burocracia colonial.7

Sin embargo, es igualmente legítimo que el historiador especule si Ulloa en particular —el principal autor de las Noticias secretas— buscó producir una obra realmente objetiva o un informe negativo que él anticipaba sería bien recibido por Ensenada, como sucedió treinta años más tarde cuando el visitador general Areche logró en- contrar abundantes pruebas de corrupción e incompetencia en Lima, que él sabía complacerían a José de Gálvez, el virulentamente anti- criollo ministro de las Indias.

El retorno de Ulloa a Madrid y el patrocinio que recibiera de Ensenada (quien dominó la política doméstica española entre 1743 y 1754) coincidió casi exactamente con el inicio del reinado de Fernando VI (1746-1759), un periodo descrito por un investigador autorizado como una “época de transición” para España y sus pose- siones americanas.8 A pesar de la debilidad personal del rey (o tal

vez debido a ella) un grupo de poderosos consejeros liderado ini-

2. La introducción de John J. Tepaske a Juan y Ulloa, Discourse and Political

Reflections (pp. 3-33), hace un análisis detallado de esta obra. El título original de dicho libro es: Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos

del Perú; su gobierno, régimen particular de aquellos habidadores [sic] y abusos que

se han introducido en uno y otro; Dase individual noticia de las causales de su origen y se proponen algunos medios para evitarlos.

3. Ibid., pp. 16-23, brinda detalles de los itinerarios de Juan y Ulloa en 1735-1744 y de su tortuoso regreso a Madrid en 1744-1746 vía París (Juan) y Londres (Ulloa). 4. Esto pudo deberse, en parte, a las actividades realizadas en la corte española duran- te la década anterior por los representantes hispanizados de la elite nativa de la región andina (como Vicente Morachimo de Lambayeque), quienes estaban deci- didos a pintar un cuadro negativo de las condiciones existentes en América del Sur.

5. Andrien, “The Noticias secretas”, pp. 180-81, 184-86. Para las actividades de los representantes indígenas en las Cortes véase García Bernal, “Política indigenista”. 6. Andrien, “The Noticias secretas”, p. 175.

7. Como señala Andrien —ibid., p. 176—, un reciente estudio de la corrupción política en la América hispana durante el periodo borbónico —McFarlane, “Political corruption”— los considera una fuente autorizada y les cita extensamente. 8. Lynch, Bourbon Spain, p. 157. La ubicua autoridad de Ensenada hizo que un con-

temporáneo suyo le describiera como un “secretario de todo”: ibid., p. 160 (retra- ducido del inglés.— N. del T.).

en 1776, del visitador general José Antonio de Areche, es la obra conocida como las Noticias secretas de América. Este informe sobre la corrupción política y los malos manejos administrativos en el Perú, completado en 1749, fue escrito para el marqués de Ensenada por los jóvenes oficiales navales Jorge Juan y Antonio de Ulloa.2

Hasta cierto punto podría argumentarse que el eje geográfico de los diez años (1735-1744) que Juan y Ulloa pasaron en las Indias —el reino de Quito— era una zona periférica del virreinato perua- no y que, en sentido estricto, ya no formaba parte de él desde 1739, cuando se lo incorporó al recientemente establecido virreinato de Nueva Granada. Sin embargo, debemos tener en cuenta que ambos oficiales pasaron un tiempo considerable en el virreinato peruano entre 1740 y 1743, y nuevamente en 1744, antes de regresar a Europa en octubre de dicho año.3 Es más, en tanto que asesores de

asuntos militares y navales de José Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía (virrey del Perú entre 1736 y 1745), con quien viajaron de Cádiz a Cartagena en 1735, Juan y Ulloa tuvieron la oportunidad de familiarizarse con el gobierno colonial al más alto nivel. La pregun- ta de si esta experiencia hizo de ellos testigos confiables y de primera mano de la corrupción y el desgobierno en el Perú a comienzos del pe- riodo borbónico, es actualmente el tema de un debate historiográfico. Una sugerencia persuasiva es que esta situación tuvo el efecto sutilmente distinto de distorsionar su análisis, al ponerlos en contac- to con los “discursos de la reforma y la renovación” en boga en Lima y Madrid en la década de 1740,4 induciéndolos a apropiarse

y suscribirse a las demandas de los proyectistas (entre ellos, Jerónimo de Uztáriz, José de Campillo y Cossío, y Bernardo Ward) acerca de una modernización administrativa y económica de los territorios ame- ricanos de España.5 Esta tesis, por cierto, no necesariamente invalida

la exactitud —y mucho menos la influencia— de la condena que Juan y Ulloa hicieron del fraude y la ineficiencia que caracterizaban la “cultura política colonial”.6 Por lo tanto, sigue siendo válido que

quienes estudian el gobierno colonial antes del reinado de Carlos III

se apoyen en Juan y Ulloa, como testigos confiables tanto de la ex- plotación de la población nativa a manos de los funcionarios y el clero locales, como de la penetrante corrupción en los diversos nive- les de la burocracia colonial.7

Sin embargo, es igualmente legítimo que el historiador especule si Ulloa en particular —el principal autor de las Noticias secretas— buscó producir una obra realmente objetiva o un informe negativo que él anticipaba sería bien recibido por Ensenada, como sucedió treinta años más tarde cuando el visitador general Areche logró en- contrar abundantes pruebas de corrupción e incompetencia en Lima, que él sabía complacerían a José de Gálvez, el virulentamente anti- criollo ministro de las Indias.

El retorno de Ulloa a Madrid y el patrocinio que recibiera de Ensenada (quien dominó la política doméstica española entre 1743 y 1754) coincidió casi exactamente con el inicio del reinado de Fernando VI (1746-1759), un periodo descrito por un investigador autorizado como una “época de transición” para España y sus pose- siones americanas.8 A pesar de la debilidad personal del rey (o tal

vez debido a ella) un grupo de poderosos consejeros liderado ini-

2. La introducción de John J. Tepaske a Juan y Ulloa, Discourse and Political

Reflections (pp. 3-33), hace un análisis detallado de esta obra. El título original de dicho libro es: Discurso y reflexiones políticas sobre el estado presente de los reinos

del Perú; su gobierno, régimen particular de aquellos habidadores [sic] y abusos que

se han introducido en uno y otro; Dase individual noticia de las causales de su origen y se proponen algunos medios para evitarlos.

3. Ibid., pp. 16-23, brinda detalles de los itinerarios de Juan y Ulloa en 1735-1744 y de su tortuoso regreso a Madrid en 1744-1746 vía París (Juan) y Londres (Ulloa). 4. Esto pudo deberse, en parte, a las actividades realizadas en la corte española duran- te la década anterior por los representantes hispanizados de la elite nativa de la región andina (como Vicente Morachimo de Lambayeque), quienes estaban deci- didos a pintar un cuadro negativo de las condiciones existentes en América del Sur.

5. Andrien, “The Noticias secretas”, pp. 180-81, 184-86. Para las actividades de los representantes indígenas en las Cortes véase García Bernal, “Política indigenista”. 6. Andrien, “The Noticias secretas”, p. 175.

7. Como señala Andrien —ibid., p. 176—, un reciente estudio de la corrupción política en la América hispana durante el periodo borbónico —McFarlane, “Political corruption”— los considera una fuente autorizada y les cita extensamente. 8. Lynch, Bourbon Spain, p. 157. La ubicua autoridad de Ensenada hizo que un con-

temporáneo suyo le describiera como un “secretario de todo”: ibid., p. 160 (retra- ducido del inglés.— N. del T.).

cialmente por Ensenada y José de Carvajal y Lancaster, y poste- riormente por Ward y el duque de Huéscar, logró (no obstante sus rivalidades personales) sentar las bases de la reestructuración fis- cal y administrativa de España, y promover un “proyecto imperial” que buscaría definir y aplicar en América una “ideología rectora”, para facilitar la explotación de los recursos coloniales en beneficio del Estado Borbón.9

La primacía de Ensenada en Madrid coincidió durante casi una década con el prolongado gobierno en Perú (1745-1761) de José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda.10 Como se verá

en el capítulo 3, Manso logró iniciar un significativo proceso de re- formas fiscales en Perú —que comprendió el establecimiento del Estanco del Tabaco en 1752— a pesar de haber tenido que en- frentar un abultado gasto fiscal debido a la destrucción de Lima y Callao por el devastador terremoto de 1746. Este virrey tuvo también éxito al imponer (aunque por razones fiscales más que humanita- rias) algunas reglamentaciones a las actividades comerciales que los corregidores realizaban en las comunidades nativas del virreinato.11

Además, y como correspondía a un experimentado soldado profe- sional —había sido capitán general de Chile durante siete años—, Manso estaba preparado para enfrentar las manifestaciones espo- rádicas (aunque al parecer cada vez más frecuentes) de descontento popular que perturbaban la sociedad rural como, por ejemplo, la ya mencionada revuelta de Huarochirí. A pesar de ello, al igual que Mendoza, su predecesor, Manso se vio obligado a contener (y no sofocar) la prolongada rebelión indígena dirigida por Juan Santos

Atahualpa en las márgenes orientales de la remota región de Jauja entre 1742 y 1752.12

En cierto sentido se puede interpretar la decisión de transferir a Manso de Santiago a Lima, tomada en 1744, como el inicio de una política borbónica de disponer que el virrey del Perú (y de los demás virreinatos) fuera una persona con experiencia naval o militar, en vez de los juristas, cortesanos y hombres de Iglesia que habían do- minado ese cargo anteriormente. A pesar de que todos sus suce- sores, incluido José de la Serna, el último virrey del Perú, se adaptaron a estas características, esta tesis no es del todo exacta pues la nueva tendencia se había iniciado dos décadas antes, con el nombramiento de José de Armendáriz y Perurera, marqués de Castelfuerte, quien gobernó el Perú entre 1724 y 1736. Sin embargo, el gobierno pro- longado pero relativamente ineficaz de Mendoza —un auténtico representante de las familias entrelazadas de los grandes que mo- nopolizaron los cargos más importantes de América durante el siglo

XVII— en el lapso que medió entre Castelfuerte y Manso (1736- 1745), fue un reflejo de la inconsistencia de Felipe V y sus ministros a la hora de nombrar a las autoridades coloniales. Es más, el gobierno de Mendoza coincidió no sólo con la decisión de la Corona, tomada en 1738 y llevada a cabo al siguiente año, de fundar el virreinato de Nueva Granada (retirando, por tanto, los reinos de Quito, Panamá y Nueva Granada de la jurisdicción del virrey limeño), sino también con el estallido de la Guerra de la Oreja de Jenkins y las subsiguientes incursiones en el Pacífico de fuerzas navales inglesas bajo el mando de George Anson.13

Una de las consecuencias de las renovadas hostilidades anglo- hispanas fue, precisamente, el llamado de Juan y Ulloa a Lima, para

9. Andrien, “The Noticias secretas”, pp. 185-86. Lynch, Bourbon Spain, pp. 157-95, presenta un análisis claro y convincente de los principales rasgos de la política imperial durante el reinado de Fernando VI. Pietschmann, “Conciencia de identidad”, presenta un cuadro claro de los debates actuales sobre la política imperial borbónica.

10. La introducción de Alfredo Moreno Cebrián a Manso, Relación, presenta un buen resumen de las actividades y logros del virrey: véase sobre todo las pp. 59-129. Para un resumen de la carrera de Manso véase el apéndice 1.

11. Moreno Cebrián, El corregidor de indios, hace un análisis exhaustivo de este último proceso.

12. Los detalles de la revuelta de Huarochirí aparecen en Spalding, Huarochirí, pp. 270-92. No hay ningún estudio exhaustivo de la rebelión de Juan Santos Atahualpa, pero Castro Arenas, La rebelión de Juan Santos, es un buen resumen. Véase también De la Torre y López, “Juan Santos”. O’Phelan, Un siglo de rebeliones, examina el fenómeno de las protestas rurales/nativas durante el periodo Borbón. 13. McFarlane, Colombia before Independence, pp. 191-97, trae los detalles del abortado

intento de establecer el nuevo virreinato en 1719-1723, y de su creación definitiva en 1738-1739. Andrien, The Kingdom of Quito, examina parte del trasfondo y las consecuencias de la decisión de incorporar el reino de Quito a Nueva Granada.

cialmente por Ensenada y José de Carvajal y Lancaster, y poste- riormente por Ward y el duque de Huéscar, logró (no obstante sus rivalidades personales) sentar las bases de la reestructuración fis- cal y administrativa de España, y promover un “proyecto imperial” que buscaría definir y aplicar en América una “ideología rectora”, para facilitar la explotación de los recursos coloniales en beneficio del Estado Borbón.9

La primacía de Ensenada en Madrid coincidió durante casi una década con el prolongado gobierno en Perú (1745-1761) de José Antonio Manso de Velasco, conde de Superunda.10 Como se verá

en el capítulo 3, Manso logró iniciar un significativo proceso de re- formas fiscales en Perú —que comprendió el establecimiento del Estanco del Tabaco en 1752— a pesar de haber tenido que en- frentar un abultado gasto fiscal debido a la destrucción de Lima y Callao por el devastador terremoto de 1746. Este virrey tuvo también éxito al imponer (aunque por razones fiscales más que humanita- rias) algunas reglamentaciones a las actividades comerciales que los corregidores realizaban en las comunidades nativas del virreinato.11

Además, y como correspondía a un experimentado soldado profe- sional —había sido capitán general de Chile durante siete años—, Manso estaba preparado para enfrentar las manifestaciones espo- rádicas (aunque al parecer cada vez más frecuentes) de descontento popular que perturbaban la sociedad rural como, por ejemplo, la ya mencionada revuelta de Huarochirí. A pesar de ello, al igual que Mendoza, su predecesor, Manso se vio obligado a contener (y no sofocar) la prolongada rebelión indígena dirigida por Juan Santos

Atahualpa en las márgenes orientales de la remota región de Jauja entre 1742 y 1752.12

En cierto sentido se puede interpretar la decisión de transferir a Manso de Santiago a Lima, tomada en 1744, como el inicio de una política borbónica de disponer que el virrey del Perú (y de los demás virreinatos) fuera una persona con experiencia naval o militar, en vez de los juristas, cortesanos y hombres de Iglesia que habían do- minado ese cargo anteriormente. A pesar de que todos sus suce- sores, incluido José de la Serna, el último virrey del Perú, se adaptaron a estas características, esta tesis no es del todo exacta pues la nueva tendencia se había iniciado dos décadas antes, con el nombramiento de José de Armendáriz y Perurera, marqués de Castelfuerte, quien gobernó el Perú entre 1724 y 1736. Sin embargo, el gobierno pro- longado pero relativamente ineficaz de Mendoza —un auténtico representante de las familias entrelazadas de los grandes que mo- nopolizaron los cargos más importantes de América durante el siglo

XVII— en el lapso que medió entre Castelfuerte y Manso (1736- 1745), fue un reflejo de la inconsistencia de Felipe V y sus ministros a la hora de nombrar a las autoridades coloniales. Es más, el gobierno de Mendoza coincidió no sólo con la decisión de la Corona, tomada en 1738 y llevada a cabo al siguiente año, de fundar el virreinato de Nueva Granada (retirando, por tanto, los reinos de Quito, Panamá y Nueva Granada de la jurisdicción del virrey limeño), sino también con el estallido de la Guerra de la Oreja de Jenkins y las subsiguientes