Chapter 4 Cofactor promiscuity of F 420 dependent reductase (FDR) enzymes
4.2 Materials and methods
4.4.1 FDR-cofactor interactions
Desde los años ochenta del siglo pasado los historiadores de la medicina comenzaron a to- mar en consideración el fenómeno de la difusión de contenidos médicos, ya fueran de la medici-
na más ortodoxa y científica como de otras formas más irregulares o alternativas.89 En el siglo
88LÓPEZ PIÑERO, José María, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barce-
lona, Labor, 1979. Es interesante al respecto el análisis más actual de NIETO GALÁN, Agustí, "The images of Science in Modern Spain", en GAVROGLU, Kostas (ed.), The Sciences in the European Periphery During the Enlightenment, Dordrecht, Kluwer Academic Publishers, 1999, pp. 73-94.
89La historiografía disponible es abundante. Entre la referida a la popularización médica en los siglos XVII
XVI era habitual encontrar en algunas casas de familias educadas libros manuscritos donde, en- tre recetas de cocina o consejos de economía doméstica, se entremezclaban diversos remedios médicos. Desde que existe el libro impreso han existido obras proveedoras de consejos, secretos y recetas médicas dirigidas a un público general y amplio, formado por quienes podían leer los contenidos o por terceros que los escuchaban.
La popularización de la medicina como género literario es específico de su tiempo y de la cultura y la sociedad en que se desarrolla. Surge en muchos casos en sociedades capaces de ela- borar esquemas médicos relativamente complejos para gestionar la salud de las personas. Se ge- neran grupos de expertos entre la élite, pero éstos en muchos casos no son capaces o no están preparados para extender esas facilidades por todo el resto de la escala social.90 En este sentido,
la difusión y popularización de conocimientos médicos vendría a compensar la falta de una amplia distribución de asistencia profesional y de médicos, tanto a lo largo del territorio como de los diferentes grupos sociales.
El estudio histórico de la popularización de la medicina debe ir íntimamente ligado al de otras cuestiones: el desarrollo de la imprenta, la evolución del comercio de libros, la generaliza- ción de la escolarización y de la alfabetización o las lenguas utilizadas para llevarla a cabo son sólo unos cuantos ejemplos, solo así será posible una correcta contextualización sociocultural. La sociedad de los siglos XVII y XVIII ha sido numerosas veces caracterizada por la tensión existente entre la alta y baja cultura, entre los valores de la élite y los de la plebe.91 De aquí
surgen cuestiones sobre la exclusividad frente a lo público, sobre los peligros de la multiplica- ción de errores, el temor a un conocimiento en las manos equivocadas, la paradoja entre un co- nocimiento de propiedad privada pero de patrimonio común, etc. En cada época surgieron voces contrarias a la popularización de la ciencia y de la medicina en particular y su estudio histórico junto con los aspectos ya comentados debe enriquecer la narrativa del historiador.
España entró en el siglo XVIII con un cambio de dinastía y una dura Guerra de Sucesión. El incipiente proceso que se vivió en las últimas décadas del siglo XVII de surgimiento de algu-
Sanitary Science: Material and Immaterial Beliefs in Popular Physiology 1650-1840", en BYNUM, W. F. y PORTER, R. (eds.), Medical Fringe and Medical Orthodoxy 1750-1850, London, Croom Helm, 1986; RISSE, G., NUMBERS, R. L. y LEAVITT, J. W. (eds.), Medicine Without Doctors, New York, Science History Publi- cations, 1977; NAGY, Doreen Evenden, Popular Medicine in Seventeenth-Century England, Bowling Green, Bowling Green State University Popular Press, 1988; PORTER, R., Health for Sale: Quackery in England 1650-1850, Manchester, Manchester University Press, 1989; PORTER, R. (ed.), The Popularization of Medi- cine 1650-1850, London, Routledge, 1992; GEVITZ, N. (ed.), Other Healers: Unorthodox Medicine in Ame- rica, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1988; KARPF, A., Doctoring the Media. The Reporting of Health and Medicine, London, Routledge, 1988; SECORD, J. A., "Newton in the Nursery: Tom Telescope and the Philosophy of Tops and Balls", History of Science, 1985, 23, pp. 127-151; RILEY MURPHY, L., En- ter the Physician. The Transformation of Domestic Medicine, 1760-1860, Tuscaloosa, University of Alabama Press, 1991; y BYNUM, W. F., LOCK, Stephen y PORTER, Roy (eds.), Medical Journals and Medical Knowledge: historical essays, London-New York, Routledge, 1992
90PORTER, Roy (ed.), The Popularization of Medicine 1650-1850, op. cit., p. 3.
nas ideas generalmente relacionadas con la ciencia moderna se vio truncado y en buena parte pa- ralizado en los primeros diez años. Conforme la guerra llegó a su fin comenzaron de nuevo las publicaciones, las tertulias y los debates, que fueron creciendo año tras año.
El mapa de la atención médica en aquella España era muy desigual. En las ciudades se concentraban la mayor parte de los practicantes de la medicina con cierta formación y experien- cia, mientras que en las zonas rurales el abandono era prácticamente general. Como se suele in- sistir, más del 80 por ciento de la población vivía en el campo en unas condiciones precarias y duras que hacían algo diario la lucha por la subsistencia.92 Algunos datos que se han dado, pese a
la dificultad de investigación en este ámbito de la asistencia sanitaria, indican que existían alre- dedor de 4.000 médicos de formación académica para una población que rondaba los 8 millones
de habitantes.93 Las mismas fuentes apuntan a que de cirujanos habría aproximadamente el do-
ble, estando ambos grupos asentados casi completamente en las ciudades.
Enrique Perdiguero apuntó que los únicos que ofrecían una atención sanitaria de cierta cualificación en el medio rural eran los barberos sangradores.94 Sus funciones estaban limitadas
por ley al sangrado de pacientes, a la extracción de dientes y a tareas relacionadas, si bien a me- nudo asumían las funciones de médicos y cirujanos ausentes en la mayoría de lugares. Aunque existían claras diferencias a priori entre las tareas del médico, el cirujano y el barbero, todos ellos estaban obligados por ley a obtener la ratificación para ejercer del Protomedicato, que era el organismo encargado del control de las prácticas sanitarias.
El Tribunal del Real Protomedicato era un órgano colegiado, supremo y de carácter técnico destinado al control de las profesiones sanitarias en Castilla, con jurisdicción especial personal y material independiente y sin subordinación al Consejo Real de Castilla. La Pragmática de los Reyes Católicos del 30 de marzo de 1477 fue la primera ley básica que fundó y reguló la institu- ción. En 1596 Felipe II dictó una nueva pragmática que especificaba la composición del Tribu- nal por tres protomédicos y tres examinadores, que podían actuar como sustitutos de los prime- ros. A partir de 1617 el Tribunal podía estar constituido únicamente por examinadores, al menos
92ABELLÁN, J. L., "La ilustración", en Historia crítica del pensamiento español. 3. Del Barroco a la
ilustración (siglos XVII-XVIII), Madrid, Espasa-Calpe, 1981, pp. 486-487. En general existe más información sobre la segunda mitad del siglo XVIII, ver por ejemplo DOMÍNGUEZ, A., "La sociedad española en el trán- sito del siglo XVIII al XIX", en ANES, G. et al., España a finales del siglo XVIII, Tarragona, Hemeroteca de Tarragona, 1982, pp. 51-52.
93PÉREZ, V., "La población española", en ARTOLA, M. (ed.), Enciclopedia de historia de España, Madrid,
Alianza Editorial, 1988, pp. 384-385; EIRAS, A., "Problemas demográficos del siglo XVIII", en ANES, G. et al., España a finales del siglo XVIII, op. cit., pp. 20-21; DOMÍNGUEZ, A., "Algunos datos sobre médicos ru- rales en la España del siglo XVIII", en Hechos y figuras del siglo XVIII español, Madrid, Editorial Siglo XXI, 1973, p. 143 y Sociedad y estado en el siglo XVIII español, Barcelona, Ariel, 1976.
94PERDIGUERO, Enrique, "The Popularization of medicine during the Spanish Enlightenment", en
PORTER, R. (ed.), The Popularization of Medicine 1650-1850, London, Routledge, 1992, pp.163. Ver también CARRERAS, A., "Las actividades de los barberos durante los siglos XVI al XVIII", Cuadernos de historia de la medicina española, 1974, 13, p. 208.
tres, si bien las licencias para ejercer seguían dándose en nombre de los protomédicos.95
El Protomedicato dependía del monarca y era él quien libremente designaba los protomé- dicos y examinadores, los primeros en la mayoría de ocasiones entre los médicos de su cámara y los segundos entre los facultativos de la familia real. En el procedimiento el órgano que estudia- ba las propuestas y solicitudes era la llamada Junta o Tribunal del Bureo. Dentro de ésta, era el sumiller de corps, es decir, el camarero mayor del rey, quien finalmente llevaba las propuestas ante el monarca. En el siglo XVIII se establecieron subdelegaciones en otros territorios de la co- rona y se dividió en tres facultades (Protomedicato, Protocirujanato y Protobarberato), pero su estructura colegiada no varió desde el siglo XVII. Las personas que constituían y encabezaban el Tribunal eran médicos, pero se requería de otros oficiales para llevar a cabo la labor, como un ci- rujano y un boticario presentes en los exámenes de su facultad o en la inspección de boticas, así como escribanos, asesores, fiscales, alguaciles y porteros.96
Desde su fundación el Protomedicato fue un órgano supremo, pero en la práctica eran fre- cuentes las interferencias con otros órganos, sobre todo con el Consejo Real de Castilla. A pesar de reiteradas resoluciones reales en favor de la jurisdicción suprema del Protomedicato, no era comparable su situación dentro del orden institucional al del Consejo Real, órgano tradicio- nalmente inmediato al monarca. Así, el Protomedicato vio en numerosas ocasiones limitada su jurisdicción ya fuera por cuestiones sobre la materia, las personas o el territorio, lo que contribu- yó a que se generaran a su alrededor disputas políticas entre diferentes instituciones y tribunales.
Creado como un órgano de sanitarios y para sanitarios, tenía jurisdicción especial por la materia y personas a que afectaba, pero en su larga existencia vio diferentes transformaciones en estos límites. En este sentido, la pragmática de 1477 nombraba al Tribunal del Protomedicato examinador de "todos los físicos y cirujanos y ensalmadores y boticarios y especieros y de las otras personas que en todo o en parte usen oficio". Las ordenanzas de las cortes vallisoletanas de 1523 indicaban que los protomédicos podían examinar a físicos, cirujanos, boticarios y barberos y la Pragmática de Felipe II en 1588 estipulaba que "no se entremetan a examinar más que a mé- dicos, cirujanos y boticarios".97
95CAMPOS DÍEZ, M. S., "El protomedicato en la administración central de la Monarquía Hispánica", Dy-
namis, 1996, 16, pp. 43-58. Ver también en el mismo número PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Àlvar, "El Tribunal del Protomedicato y los médicos reales (1665-1724): entre la gracia real y la carrera pro - fesional", Dynamis, 1996, 16, pp. 59-89.
96María Soledad Campos citó como pruebas de esta facultad regia la existencia de un buen número de
ejemplos tanto en el Archivo General de Palacio como en el Archivo de Simancas. En concreto explicó, el caso de Juan José de la Concepción, cristiano nuevo, a quien por Real Orden de 12 de octubre de 1692 se le concedió la licencia para curar con hierbas y cauterios, pero sin que sirviera de ejemplo para otros ni éste pu - diera aplicar remedios mayores, Archivo General de Palacio, Administrativa, leg. 689. Asimismo, señalaron José Pardo Tomás y Àlvar Martínez Vidal que en la inmensa mayoría de los casos consultados en los Archi- vos Generales de Palacio los informes y opiniones que emitía el Tribunal del Bureo sobre los candidatos coin - cidía generalmente con la decisión última que tomaba el rey.
Durante el siglo XVIII el poder del Tribunal del Protomedicato creció, ampliando incluso su ámbito de actuación. Felipe V en 1737 declaró la exclusividad única de su jurisdicción en todo lo referente a los delitos y excesos que por razón de oficio cometieran los médicos, ciruja- nos, boticarios y cualquier persona a la que se hubiera dado un título para curación de enferme- dades, así como de aquellos que sin títulos curaran o recetaran remedios mayores. Es decir, se admitía la expedición de licencias particulares en determinados casos y dolencias y se mantenía, como desde su fundación, su labor de control del ejercicio sanitario y del intrusismo.98 Otro fren-
te que mantenía abierto la jurisdicción del Protomedicato era la examinación y concesión de li- cencias, aspecto en el que chocaba con los intereses de las universidades. Por ejemplo, la Uni- versidad de Salamanca firmó un acuerdo con el Protomedicato en 1741 para que sus licenciados en medicina quedaran exentos de realizar examen alguno frente al Tribunal, si bien debían reci- bir el título del Protomedicato para poder ejercer de forma legítima.99
Su labor en el examen y control del ejercicio sanitario, en la vigilancia de abusos y excesos de los profesionales de la medicina, no significa que tuviera exclusividad en todas las materias sanitarias, sino que compartía este ámbito con otros órganos o instituciones centrales o territoria- les. Una buena parte de las competencias en este terreno eran del Consejo Real de Castilla: la administración de los hospitales, la dotación de las cátedras universitarias incluidas las de medi- cina, la autorización de todo tipo de publicaciones incluidas las médicas o sanitarias y el reparto, tras consulta real, de los salarios de médicos y cirujanos entre los vecinos de los pueblos.100 Las
autoridades municipales, por su parte, eran las encargadas del control de las boticas en su ju- risdicción y estaban obligadas a guardar y hacer guardar las normas que les llegaran del Proto- medicato por vía del Consejo Real. Todo ello formaba un panorama en el que eran frecuentes los problemas por competencias en la materia entre los diferentes órganos y autoridades.
Desde las Cortes de Valladolid de 1523 la actuación del Protomedicato de Castilla estaba limitada a la corte y a cinco leguas a la redonda, frontera difusa debido a la movilidad de la corte. Los representantes locales veían en muchas ocasiones interferir al Protomedicato en el control de las profesiones sanitarias y las boticas en su territorio, lo que generaba reiterados plei- tos, si bien siempre mantuvo el Tribunal la labor de examinar y otorgar licencias a los profesio-
nal, el Protobarberato, pero dependiente del Protomedicato. Ver IBORRA, P., Historia del Protomedicato en España, introducción e índice de Juan Riera y Juan Granda-Juesas, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1987, pp. 23-24.
98CAMPOS DÍEZ, M. S., "El protomedicato en la administración central de la Monarquía Hispánica", op.
cit., pp. 49.
99SÁNCHEZ GRANJEL, Luis, Capítulos de la medicina española, Salamanca, Universidad de Salamanca,
1971, pp. 359-265
100Así lo explicaba ESCOLANO DE ARRIETA, P., Prácticas del Consejo Real, vol.1, Madrid, Imprenta de
la viuda e hijo de Marín, 1796. Citado por CAMPOS DÍEZ, M. S., "El protomedicato en la administración central de la Monarquía Hispánica", op. cit., pp. 52.
nales. También quedaba fuera de su jurisdicción la práctica sanitaria dentro de las instituciones monásticas. Esta etapa duró hasta el siglo XVIII, cuando a partir de la aplicación de los Decretos de Nueva Planta extendió su jurisdicción a todo el territorio bajo la corona e incorporó otras instituciones controladoras de la sanidad existentes hasta esa fecha en Valencia, Cataluña y Ara- gón, proceso que se intentó llevar a cabo especialmente en el tercer cuarto del siglo XVIII. Algu- nos de los protagonistas de las polémicas médico-astrológicas pertenecieron al Protomedicato, así que más adelante volveré sobre sus funciones y su actuación en cuestiones más concretas.
La concentración de médicos, cirujanos y barberos examinados en las áreas urbanas estaba relacionada con la capacidad económica de los pacientes. Mientras en las zonas rurales las perso- nas difícilmente podían pagar el coste de una consulta o actuación médica, en las ciudades la po- sibilidad de encontrar pacientes que sí pudieran era mucho mayor. En los pueblos se intentaba solventar esta situación recurriendo al pago de los servicios de un médico o cirujano mediante un fondo común, pero los profesionales eran en general reacios a trasladarse fuera de las ciudades. Aunque poco estudiado, también en el campo las asociaciones de granjeros al parecer podían lle-
gar a ayudar a los campesinos en tiempos de enfermedad o escasez.101
A pesar de estas opciones la mayoría de la población debía recurrir a otros medios para cu- rar o mitigar sus dolencias. Sanadores y empíricos de todo tipo y sin cualificar por los órganos competentes eran el recurso más frecuente para la mayoría, además de lo que los enfermos pu- dieran hacer por ellos mismos.102 Las autoridades locales consentían en muchos casos la práctica
de los sanadores llevadas por la escasez de profesionales y extendían licencias ellas mismas
como única vía de asegurar alguna asistencia sanitaria.103 Con estos sanadores, los pocos médi-
cos existentes y los cirujanos, boticarios y sangradores rurales, que aunque con licencia limitado- ra ampliaban en todo lo posible sus funciones, se cubrían de forma precaria las necesidades de la población, lo que podría llamarse una asistencia pseudo-profesional.104
Aparte de todos ellos también había otros individuos que actuaban como sanadores: hechi- ceros, curanderos, brujos o charlatanes ofrecían todo tipo de tratamientos, en lo que se ha identi-
101Sobre la asistencia en el campo mediante gremios de granjeros ver: TRINIDAD, P., "Asistencia y previ -
sión social en el siglo XVIII", en LÓPEZ, C. (ed.), 4 siglos de acción social: de la beneficencia al bienestar social, Madrid, Siglo XXI, 1985, pp. 111-112.
102La historiografía al respecto en el caso español es vaga y muy general, al contrario que la de Francia o
Inglaterra. Aunque centrada en la segunda mitad del siglo XVIII, la tesis doctoral de PERDIGUERO, Enrique es útil en este sentido, especialmente el capítulo 6.2, "El ámbito de la medicina doméstica", en Los tratados de medicina doméstica en la España de la ilustración, 1989, Alicante.
103PÉREZ, V., Las crisis de mortalidad en la España interior (siglos XVI-XIX), Madrid, Siglo XXI, 1980,
pp. 441-442.
104Para un estudio de la realidad de la práctica médica y la asistencia sanitaria a la población desde el punto
de vista del pluralismo médico ver BALLESTER, Rosa, LÓPEZ TERRADA, María Luz y MARTÍNEZ VI- DAL, Àlvar, "La realidad de la práctica médica: el pluralismo asistencial en la monarquía hispánica (ss. XVI- XVIII). Introducción" en Dynamis, 2002, 22, 21-28. Se trata de un número monográfico dedicado al caso de España y Portugal.
ficado como una larga tradición en el cuidado médico de gran parte de la población española. Si bien sus raíces están en siglos precedentes, durante el siglo XVIII seguía siendo una de las prácticas más habituales a la hora de buscar ayuda médica, ya fuera por la inexistencia de profe- sionales acreditados o por la situación económica de los pacientes.105
Pero antes que recurrir a cualquiera de los anteriores, en el siglo XVIII el cuidado de la sa- lud y las posibles soluciones ante sus complicaciones comenzaba en el hogar, generalmente por el propio enfermo y su familia. A partir de aquí se extendían toda una serie de personas más o menos profesionalizadas dedicadas a curar la enfermedad hasta llegar al médico titulado y con li- cencia, en muchos casos más un filósofo que un practicante de la medicina, pues la formación habitual así lo marcaba. Entre ambos extremos hemos visto que el espectro de individuos que llevaban a cabo prácticas relacionadas con la salud o que ejercían como sanadores era tremenda- mente variado: cirujanos, boticarios, barberos, curanderos, magos o religiosos, todos competían junto a los médicos por la asistencia sanitaria, siendo la demanda enorme.
A lo anterior hay que añadir otro factor clave para comprender el mercado médico de aquellos años: el hecho de que el concepto de salud y enfermedad estaba fuertemente mediatiza-