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4.5 The Control Variables

4.5.2 Firm Specific Characteristics

Para la teoría de la regulación, las formas institucionales moldean el régimen de crecimiento, incluso la dirección e intensidad de la innovación. El nuevo régimen de acumulación que sucede al fordismo implica una recomposición de la jerarquía de las formas institucionales (cf. en Boyer, 2007: 59-60):

4.2.1. La profundización de la competencia, incluso internacional

En primer lugar, la desregulación y la apertura internacional, casi continua desde mediados de los años 1960, hicieron de la competencia una forma institucional importante cuando no dominante (Petit, 1998). Una posible razón se deriva del hecho de que el nuevo estilo tecnológico, según los neoschumpeterianos, parece tener una fuerte dimensión transnacional, basada en la provisión de unas capacidades de gestión de datos y en una infraestructura de telecomunicaciones sin precedentes para una dirección más eficiente, gigantesca, compleja, organizada en conglomerados flexibles, globales, que permiten maximizar las ganancias a largo plazo y optimizar el uso de factores a una escala planetaria (Pérez, 1983: 372). Esto tiende a afectar la recomposición de la relación salarial, de tal manera que los salarios ya no aparecen sólo en tanto como componente de la demanda efectiva sino en cuanto coste que contribuye a la formación de la competitividad.

Así, las soluciones «nacionales» del tipo acostumbrado durante el cuarto Kondratieff, resultan insuficientes para manejar una economía basada en el nuevo paradigma. Mutatis mutandis, los Estados-nación entran en competencia, incluso en materia fiscal, debido a la mayor movilidad del capital, de tal manera que las relaciones Estado/economía se transforman. Este modo de regulación potencial es, sin embargo, diferente de la regulación competitiva típica del siglo XIX.

4.2.2. Un modo de regulación caracterizado por la terciarización

Desde la Segunda Guerra Mundial se ha venido produciendo una lenta pero persistente transformación de la estructura sectorial de las economías. Mientras que la industria manufacturera fue motor y tendía a imponer su dinámica a la coyuntura de conjunto, el empleo terciario no cesó de desarrollarse hasta el punto de desplazar el centro de la economía (Petit, 1986). Ahora bien, este sector de los servicios manifiesta una articulación original de las formas institucionales (relativa segmentación, incluso «balkanización» de los contratos de trabajo24, competencia por la calidad y la localización, etc.). En consecuencia, en las economías contemporáneas, una parte significativa de las propiedades de los modos de regulación deriva del sector terciario. Por ejemplo, las fluctuaciones de la actividad y de la productividad son de menor amplitud debido a la inercia que prevalece en los servicios.

4.2.3. Un modo de regulación financiarizado

La multiplicación de las innovaciones financieras y la apertura a los flujos de capitales internacionales de muchas economías, desarrolladas o en vías de desarrollo, han suscitado la hipótesis de la «financiarización» del modo de regulación (Aglietta, 1998). Ahora bien, el proceso de recomposición de las formas institucionales en las últimas dos décadas es tan complejo que, hasta el presente, la emergencia de un modo de regulación financiarizado es incierta y difícil de establecer, si no es en Estados Unidos en los años 1990. Pero este modo de regulación muestra sus límites con el estallido de la burbuja Internet a principios de los años 2000 y colapsa con el derrumbamiento del régimen crediticio en la actual crisis financiera.

Claramente, la preeminencia de lo financiero implica una configuración de las formas institucionales en las antípodas de la observada en el fordismo (Aglietta, 1998).

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La observación de la economía estadounidense desde los años 1980, marcada por la liberalización y la innovación financiera, revela el carácter central de la evaluación bursátil como indicador macroeconómico clave que gobierna tanto la inversión como el consumo, a través de los efectos de riqueza, los cuales transitan por la facilidad del acceso al crédito. De esta forma, la dinámica que va de la ganancia a la cotización y viceversa reemplaza la que ajustaba productividad y salario real, producción y consumo de masa.

Así puede iniciarse un círculo virtuoso: un aumento de la rentabilidad financiera estimula la Bolsa, lo cual motiva un aumento del consumo que a su vez estimula la inversión. El nivel de la producción es entonces la consecuencia de la evaluación financiera, lo que invierte las relaciones entre la esfera real y la esfera financiera prevalecientes en el fordismo.

Puede existir, entonces, un régimen virtuoso de crecimiento financiarizado (Boyer, 2007: 105), el cual, mutatis mutandis, es un sustituto potencial del modo de desarrollo fordista en la medida en que la dinámica bursátil reemplaza al salario como fuente de crecimiento acumulativo. Es el vuelco de la jerarquía de las formas institucionales en beneficio del régimen financiero lo que está en el corazón de este régimen. Sin embargo, el mismo, que puede resultar viable, es a largo plazo inestable por varias razones (Boyer, 2007: 105-114), entre otras, porque:

1. Demasiada flexibilidad salarial perjudica. En particular, es necesario que la relación salarial no sea demasiado competitiva, es decir, que la remuneración real de los asalariados no esté condicionada de manera determinante por la evolución de la demanda. Ahora bien, el vuelco de la jerarquía institucional, a su vez reflejo de la pérdida del poder de negociación de los sindicatos, porta en origen la reintroducción de factores competitivos en la formación de los salarios. Un factor de crisis se introduce entonces en cuanto la financiarización se asocie con una desregulación marcada del trabajo y de la cobertura social.

2. Una crisis por endometabolismo. Como ya se ha señalado el endometabolismo supone que existe un umbral a partir del cual la financiarización, en este caso, desestabiliza el equilibrio macroeconómico. El hecho de que las sucesivas burbujas que durante los años 1990 y 2000 afectaron a la economía mundial no desembocaran, hasta la actual crisis financiera, en una crisis equivalente a la de los años 1930 o no repitiera la década perdida japonesa, se debió en parte a la resiliencia (capacidad de adaptación) del sistema financiero, consecuencia del progreso de la supervisión bancaria y de ciertas innovaciones como la «accionarización» (titulización). Se designa así al agrupamiento de créditos de igual naturaleza y su conversión en obligaciones y productos derivados (estructurados) colocados en mercados financieros. El riesgo de crédito se transfiere así a los portadores de estos activos financieros, lo que aumenta la resiliencia de los bancos, pero es susceptible de llevar a largo plazo a una crisis financiera mayor, como así ha ocurrido. En efecto, intervinientes en pequeña cantidad (compañías de seguros, empresas no financieras, etc.) pueden concentrar la mayor parte de la toma de riesgo, aunque no estén cubiertos por los procedimientos prudenciales o reglamentarios. Esta «mercantilización del riesgo» puede, por lo tanto, poner en peligro al sistema financiero cuando se produce un brutal vuelco del mercado, por la inversión del apalancamiento, que seca su liquidez (Boyer, Dehove y Plihon, 2004). La crisis que en estos momentos padece la economía global es el mejor ejemplo.

3. El banco central, guardián de la estabilidad financiera. Finalmente, este régimen de crecimiento financiarizado supone un cambio en los objetivos de la política monetaria. Para este régimen de economía financiarizada, es importante que las reacciones del instituto de emisión sean lo suficientemente rápidas como para prevenir un desboque del crecimiento que lleve a una crisis y, luego, reactivar la economía mediante una bajada rápida y radical de los tipos de interés.