“Adán, nuestro ancestro, previó la tragedia humana que había de venir y pudo experimentarla dentro de su propia responsabilidad culpable como resultado de su pecado. Él sufrió todos los cataclismos de la humanidad, sumido en las profundidades de su desesperación e inconsolable agonía”. (Arvo Pärt). En la vivencia concreta de su libertad, que atisba posibilidades de abismos que llaman, el individuo puede dar el salto de fe a un abismo de amor y redención que no excluye el sufrimiento y permanece en tensión –caso de Job en tanto hombre justo que opta por Dios a pesar de su aflicción inmediata-, o bien precipitarse en un abismo de arbitrariedad y condena que no sólo le hace sufrir sino que lo sume en la impotencia y el aislamiento. Habiendo atisbado en Job las profundidades de un justo que está dispuesto a tomar entre los dientes su carne sufriente y proseguir en el desierto abrazando las tensiones de su fe, sin desistir en la senda en pos de Dios, nos compete ahora, en la tarea por continuar nuestra peregrinación a través de la libertad humana tras los pasos de Kierkegaard y Dostoievski, encarar la aflicción profunda, el tormento, la culpa, la desesperación, el remordimiento y con ello la posibilidad de redención, luego de que el individuo creyente experimenta los estragos del pecado en su libertad lacerada por el crimen. Para este propósito, nos detendremos con atención en los pasos de Raskólnikov, personaje principal de Crimen y castigo.
En la primera parte del primer capítulo de nuestro trabajo, subrayábamos que para Dostoievski resulta nodal atender con cuidado al tema de la libertad en la empresa por penetrar en las honduras del corazón humano, hasta observarlo en toda su complejidad y contradicción. Para nuestro autor ruso, una libertad ilimitada como la humana, decíamos entonces, tiene dos salidas en su senda por afirmarse y efectuarse: la del Dios-hombre o la del Hombre-dios, es decir, la de Cristo o la del Anticristo –el superhombre-. En este segundo momento del capítulo que nos ocupa, nos proponemos indagar a mayor profundidad lo que en el primer capítulo apenas fue enunciado respecto del caso particular de Raskólnikov. Allí, planteábamos la pregunta de si es posible situarse más allá del bien y del mal, en aras de afirmar la libertad, sin perder con ello la capacidad de ser libre. Pues bien, siguiendo a Pareyson, Berdiaev, y Jacques Madaule30, sostendremos que la anterior pregunta no sólo es central en la construcción de Crimen y castigo, sino incluso una cuestión fundamental que acompañó a Dostoievski en el desarrollo de toda su obra a partir de Memorias del subsuelo.
Ya en las Memorias, como lo descubrimos en el capítulo precedente, Dostoievski denunciaba el absurdo de querer erigir la razón como garante último e infalible de la moralidad. Somos seres dotados de una libertad infinita que puede, incluso, rebelarse ante los convenientes dictámenes de la razón y sus subsiguientes leyes, en aras de afirmarse en toda su arbitrariedad. Esto, que en las Memorias aparecía anunciado en boca del hombre del subsuelo, adquiere ahora consistencia en la historia de Raskólnikov, hombre joven intelectual cuya figura servirá a Dostoievski para poner en escena un experimento que develará las tensiones, profundidades y límites de la libertad humana. Como escritor que sospecha de la especulación, así como del discurso especulativo y de sus pretensiones sistemáticas, Dostoievski emplea, al igual que Kierkegaard, la senda de la escritura como camino para desentrañar lo humano en toda su compleja ambigüedad, poniendo en tensión personajes que asumen reflexivamente su existencia desde la interioridad. Y para ello, nuestro autor es un maestro sutil que, en vez de principios abstractos alejados de la vida, sitúa su mirada en la concreción de los corazones particulares que desean, laten, y median entre el bien y el mal. En Rodión Románovich Raskólnikov, un joven intelectual que vive en una pequeña buhardilla en San Petersburgo, encontramos lo que para Dostoievski caracterizaba a los intelectuales
30Las obras consultadas son las siguientes: Pareyson, Dostoievski: Filosofía, novela y experiencia religiosa (2007)
Madrid: Editorial Encuentro; Berdiaev, El espíritu de Dostoievski (1978) Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé; Madaule, El cristianismo de Dostoievski (1952) Buenos Aires: Editorial Losada.
demasiado optimistas respecto de la especulación. En medio de la soberbia propia de quien se jacta de su erudición académica, Raskólnikov cree gozar de una superioridad frente al resto de la humanidad. Se inscribe a sí mismo en una élite que no ha perdido del todo la generosidad y compasión, pero que condena como caduca la moral y se ensaña en afirmar que no se encuentra obligado, como hombre superior que cree ser, a obedecer sus preceptos ni a respetar los límites que ella ha demarcado entre el bien y el mal. En efecto, Raskólnikov no ha perdido todo vestigio de generosidad, de hecho, pareciera que es ella aquello que motiva el plan de su crimen contra una vieja usurera que, a su juicio, no ha hecho más que el mal. La existencia de esta vieja sería pues un lastre que contamina a la humanidad entera, y así, dado que su quehacer y su presencia son la representación viva del mal, Raskólnikov se pregunta: ¿no poseemos el derecho, o bien no constituye acaso un deber, superar en ese caso particular las prohibiciones de una moral caduca y asesinarla en pro de una sociedad más justa para los desposeídos? En las siguientes palabras refiere Raskólnikov el carácter repulsivo de la vieja usurera y empieza a perfilar dentro de sí que su existencia es insignificante y, por tanto, prescindible; más aun, parece para él innegable que su presencia resulta inconveniente para el sano bienestar de toda la humanidad:
Cien, mil, buenas obras o iniciativas excelentes que se podrían crear y mejorar con el dinero de la vieja, destinado a un monasterio. Centenares, millares de existencias tal vez colocadas en la buena senda, decenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la depravación y la ruina; hospitales, asilos… Y todo con ese dinero. Si la mataran, si tomaran su dinero para dedicarlo al bien general de la humanidad, ¿no crees que un crimen tan mínimo sería borrado por tantas buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas salvadas del estancamiento y la disolución. A cambio de una sola muerte, centenares de existencias… ¿no consideras que esto es casi una cuestión de números? ¿Qué pesa en la balanza común la vida de esa vieja perversa, tuberculosa y estúpida? Menos que la vida de un piojo, de una cucaracha; mucho menos todavía, pues esa vieja es perjudicial a la humanidad. Se cobra con la vida del prójimo; es una bestia feroz (CC, p. 59).
De esta manera se va afianzando progresivamente, desde el fondo del corazón de Raskólnikov, un crimen cuyas dimensiones no se agotan en el asesinato efectivo de la vieja usurera y de su hermana menor, Isabel. El crimen comienza a remorder, gestarse y adquirir fuerza, desde el momento en que Raskólnikov empieza a contemplar la posibilidad de asesinar a otro ser humano y complacerse con ello en lo oculto de su interioridad. El mal, cuya raíz es interna, no externa y social, recaba dentro de su corazón poco a poco un lugar prominente; aquel se ha afincado en lo profundo de sí y desde allí se ha alimentado con la justificación racional de defender un principio de supuesta justicia universal, seduciendo y conduciendo al hombre embotado a la caída en un abismo que se ensancha cada vez más. Una y otra vez, Raskólnikov se ve en la urgencia de
justificar los motivos de su asesinato, fijando en sí mismo la idea de su supuesta superioridad frente a la humanidad entera. Su razonamiento lo lleva a situarse en la soberbia de un intelectual que se considera embestido de un poder especial para liberar a los oprimidos; un poder ilusorio que excede las categorías morales de bien y mal, y convence a quien cree gozar de él que un hombre superior no está constreñido por las prohibiciones de una moral caduca y vulgar. Así pues, llegamos a la pregunta clave de Crimen y castigo: “El que un hombre extraordinario esté llamado a servir a la humanidad, ¿le otorga acaso el derecho de matar a la más nula, insignificante y odiosa de las criaturas, a una repugnante usurera que sólo causa daño a los demás?” (Berdiaev, 1978, pp. 77-78). Y para ir más allá, podríamos formular la pregunta de la siguiente manera: en nombre de un principio intelectual de justicia universal, ¿al hombre le está concedido el derecho de matar a otro ser humano? Y más aún, ¿existen todavía fronteras morales entre los actos que permitan valorarlos dentro del bien o el mal?
Estas son preguntas de grueso calibre que no dejaron nunca de descolocar a Dostoievski. Sin duda, en su postura, considerar que los progresos de la razón han terminado por abolir las fronteras entre el bien y el mal nos sume en una vertiginosa carrera de perdición. Toda la novela que nos ocupa puede leerse como una respuesta profunda al cuestionamiento de si todo está o no permitido. La respuesta, ciertamente, es que no. Hay mal, y aunque el intelectual se entronice en el lugar de Dios y crea, por ello, suplantar toda consideración moral, no le está permitido decidir sobre la vida de otro ser humano bajo ninguna circunstancia. Pues si toma entre sus manos tal decisión y asesina, justificándose en una supuesta revolución en pos de la igualdad, la libertad, la fraternidad y la justicia, termina por precipitarse en la deshumanización, confrontándose con que, muy al contrario de lo que creía, él o ella no es un superhombre, sino una criatura miserable y débil sumida en el tormento y la desesperación. En suma, lo que subyace a esta postura radical, muy cristiana por demás, es que cualquier alma y vida humana particular y concreta, vale infinitamente más que cualquier idea abstracta de beneficio o mejora venidera para la humanidad, entendida ésta como concepto englobante e impersonal.
Raskólnikov ha asesinado a la usurera y por accidente también a Isabel, confiando en que tras este acto, de falsas proporciones titánicas, iba a acontecer una gran revolución de repercusiones mundiales (Berdiaev, 1978). En realidad, nada grande ha ocurrido tras el asesinato, nadie se ha beneficiado ni liberado; de hecho, lo que ha ocurrido en cambio es que este joven estudiante ha resultado exterminado por su crimen y se le ha revelado la pérdida de su libertad en cuanto asiste
al derrumbe de todo su mundo mental. Con gran destreza, Dostoievski nos conduce a las profundidades de un abismo en que Raskólnikov se hunde sin remedio; abismo que no le permite, a primera vista, poder mantenerse en un suelo firme que restablezca su libertad y abra la posibilidad de redención.
Antes de surcar en los tormentos en que se ha sumido Raskólnikov a partir del momento en que ha optado interiormente por asesinar a la vieja usurera, es menester ahora que nos detengamos en la distinción que hace Pareyson entre una dialéctica de la necesidad y una dialéctica de la libertad, contando con que nuestro autor ruso defiende con ahínco la segunda frente a la primera. Como lo señalábamos en el primer capítulo, hay tanto en Kierkegaard como en Dostoievski una sospecha de la tendencia a explicar lo humano en términos de leyes naturales universales y necesarias, pues aquí se aniquila la fuerza de posibilidad, que excede la necesidad, de una libertad humana ilimitada. Una preocupación que acompañó a Dostoievski fue la creciente pretensión del medio intelectual de su tiempo de disolver las distinciones morales entre el bien y el mal. A juicio de Pareyson, en consonancia con nuestro autor ruso, tal disolución de la moral en una amalgama indiferente obedece a la primacía de una dialéctica de la necesidad frente a una dialéctica de la libertad. Veamos brevemente en qué consiste una y otra, para así desentrañar los motivos que llevaron a Dostoievski a no cesar de afirmar la existencia de distinciones entre el bien y el mal. Por un lado, la dialéctica de la necesidad, muy propia de una filosofía de la razón que tiende a mediar y conciliar, reúne los términos contrarios de lo humano en la premisa de que toda acción es necesaria, es decir, que todo obedece a leyes físicas universales que vuelven indiferente toda especie de distinción moral. De esta manera, todo se encierra en la ambigüedad, la equivocidad y la indiferencia. Así pues, si cualquier acción está sumida en la indiferencia y se juzga como necesaria, no hay responsabilidad, y sólo cabe la tibieza y la cómoda incertidumbre. Por el contrario, la dialéctica de la libertad asume la íntima ambivalencia del corazón humano, la co- presencia de motivaciones contrarias frente a un mismo acto, pero no desemboca en una indiferencia moral, sino en el despliegue de alternativas concretas, que demandan del individuo a niveles dramáticos la urgencia de tomar postura, de comprometer todo su ser con una decisión. De esta manera, la dialéctica de la libertad, no lleva a una filosofía de la razón que concilia las contradicciones y drena toda responsabilidad de los actos, sino a una filosofía de la libertad que agudiza las contradicciones y empuja al individuo al extremo de comprometerlo existencialmente con una decisión en alguno de estos dos caminos: el bien o el mal, es decir, la comunión consigo
mismo, con los demás, pero primordialmente con Dios, o bien, el placer de hacer sufrir al inocente, de tomar por mano propia la vida del otro y drenarla cruelmente de toda dignidad (Pareyson, 2007).
Ahora bien, habiendo optado por asesinar, Raskólnikov decide libremente emprender un camino de autodescubrimiento de los límites de su naturaleza y de la naturaleza humana en general. En este sentido, en aras de afirmar la infinita potencia de su libertad, comete un crimen que supuestamente habría de situarlo más allá de toda distinción entre el bien y el mal. Esta libertad que degenera en arbitrariedad, lejos de afirmarse, termina por negarse, y enceguecida por la soberbia pretensión de erigir al individuo en superhombre concluye por no reconocer nada sagrado ni aceptar límites. Pero esto no termina en una consolidación de la libertad, sino más bien en una negación de toda posibilidad de libertad, pues siguiendo las palabras de Berdiaev, la “falsa idea y la pretensión de poseer una fuerza ilimitada ponen de manifiesto la debilidad e impotencia del hombre que tal cree y lo llevan a su destrucción” (Berdiaev, 1978, p. 79).
Su acto de libertad arbitraria, que había estado encubierto en la ilusión de una generosidad llamada a cobijar a todos los desposeídos del mundo, se ha revelado para Raskólnikov en toda su desgarradora dimensión: todo ha sido un completo fracaso. La vieja usurera y su hermana Isabel han sido asesinadas por sus manos, y él no ha sido liberado, pues los tormentos y la tiniebla lo han embargado; los espacios en que camina errabundo y por inercia, como un ciego que ha renunciado a la luz, se estrechan y despiden un olor putrefacto; ya no hay lugar donde esconderse de la aflicción que atenaza las profundidades de su corazón. No ha vencido ni efectuado grandes obras, sólo ha sabido asesinar a dos criaturas y así se ha precipitado en el abismo.
El lector recordará que, justo antes del final de la tercera parte, Raskólnikov es sorprendido en la puerta de su edificio por un hombre desconocido, de baja estatura y con aspecto de artesano, que lo atraviesa con la mirada y emite un juicio decisivo para luego desaparecer entre los transeúntes: “Túeres el asesino” (CC, p. 244). Luego de esto, Raskólnikov se ve en la necesidad de comenzar a reconocer que sus justificaciones han empezado a desdibujarse, y que él está desnudo: en el fondo, él, un tú que es un individuo particular, concreto, responsable, y libre, y no el principio abstracto de un supuesto superhombre impersonal, es un asesino que carga sobre sí el peso de un crimen que enturbia y lacera los tejidos de un corazón con nombre propio. No es casualidad entonces que justo después de esta confrontación con aquel personaje enigmático –quien luego se
nos presenta con el nombre de Arcadio Ivánovich Svidrigailov- nuestro individuo articule para sí, en la soledad del tugurio en que vive aislado, las siguientes palabras que anticipan la confesión definitiva que hará ante Sonia en el capítulo cuarto de la quinta parte:
Lo de la vieja es una futesa; admitamos que sea un error, pero no era ella la que estaba en juego. Era simplemente un obstáculo que yo quería franquear lo antes posible; no asesiné a una criatura humana, sino un principio. Asesiné el principio, pero no logré pasar sobre él: quedé del otro lado; lo que pude hacer fue matar. […] ¡Sí, sí, no soy más que un gusanillo, porque tal vez, si profundizo mucho, llegaré a la conclusión de que soy más innoble, más repugnante aún que el insecto que maté, porque de antemano presentí que me diría esto una vez que lo hubiese matado! ¿Existe algo comparable al terror que experimento? ¡Oh bajeza! ¡Oh cobardía! (CC, p. 245-246).
Durante una parte considerable de la novela, Raskólnikov está sometido a hondos tormentos que aun no pueden tomarse como resultado de un castigo exterior imputado por la ley del Estado. En realidad, el castigo ha comenzado mucho antes de que perpetrara el asesinato de la vieja y de su hermana Isabel. Desde el comienzo de la novela, Raskólnikov ya se encuentra en un estado febril que tiende a sumirlo en un delirio que lo enceguece en la miseria. Ya no recuerda comer bien, dormir bien. El castigo pues ha comenzado desde antes, precisamente desde el momento sutil en que ha consentido dentro de su corazón el deseo de asesinar a otra criatura. Aunque aún no haya efectuado el hecho, ya ha cometido un homicidio espiritual, y desde entonces debe comenzar a expiar con sufrimiento un pecado que, por no haber reconocido y confesado, lo lleva a culminar en la actualización del mal por el que ha optado sin vacilación ni arrepentimiento alguno. No obstante, este tormento no es todavía el arrepentimiento que puede llegar a abrirle la posibilidad de la redención definitiva y su consiguiente restablecimiento de la libertad. Los pasos que seguiremos ahora nos llevarán por el camino que ha de atravesar el criminal para trocar su tormento ciego en desesperación consciente y su desesperación en arrepentimiento y redención a través del dolor. Si miramos con atención, veremos que este proceso se gesta y despliega en la interioridad del corazón del criminal; por ello es inconmensurable, e incomprensible, sólo a la luz del castigo que pueda imputar un tribunal externo.
A lo largo de todo el relato encontramos un sinnúmero de descripciones de las tinieblas que se han sumido sobre Raskólnikov. Los espacios se estrechan y oscurecen. Aparecen presencias agobiantes, no sólo de hombres y mujeres reales que agravan el tormento, sino de fantasmales fuerzas que se manifiestan como voces y espectros socarrones que murmuran sin cesar y lo llevan a caer al abismo cada vez más hondo de un tormento inconsciente, que él tan sólo puede padecer
como por inercia. Así describe el narrador el estado lamentable de Raskólnikov en el capítulo