6.2 A Utility Based Welfare Criterion
7.1.1 Framework
Hombre de 45 años, escritor, enfermo de artritis. Decorado: terapéutico, para curar la artritis. Escenario: en casa y en el exterior, con su pareja.
Catalizador: 100 mg, más 50 mg, más 50 mg de MDMA; serie de sesiones.
Durante los tres últimos años me he visto afligido por un caso m uy doloroso de artritis espinal. Hasta hace bien poco, apenas transcurría un solo día sin que sintiera dolor en la m a yoría de las partes de mi cuerpo. En ocasiones ha sido tan de bilitador que apenas podía moverme durante varios días segui dos. He probado una serie de medicamentos recetados, incluido Motrin, pero ninguno de ellos ha tenido el efecto apreciable y a largo plazo de aliviar el dolor, la preocupación que lo acompa ña e incluso la depresión.
Eso fue hasta hace poco. En febrero de 1984 empecé a to mar el MDMA, con la idea de aliviar el dolor artrítico que me contraía. Apenas un minuto después de haber ingerido la sus tancia ya noté una notable disminución del dolor. A medida c|ue transcurrió el día, sentí que mi cuerpo quedaba cada vez menos contraído. Durante unos meses apenas había sido capaz de caminar unos pocos pasos seguidos. Ahora, mi cuerpo em pezó a moverse con libertad, y se disiparon las dudas y los te mores relacionados con la enfermedad. Experimenté una nueva
sensación de esperanza en la medida en que los «cristales artrí ticos» parecían estar descomponiéndose, liberando la muy apretada limitación sobre mi cuerpo. Durante varios días sentí muy aliviado el dolor, aunque éste no desapareció por comple to. Tuve, por prim era vez en mucho tiempo, verdadera esperan za de invertir, con ayuda del M DMA, la pauta de vivir sumido en un dolor constante.
Siguieron otras sesiones con resultados similares. En oca siones, sentía mi cuerpo tan libre y ligero que empecé a bailar y a moverme con mayor rapidez, y con una flexibilidad que no había experimentado desde hacía años. El 19 de junio ingerí la sustancia y, nuevamente, al cabo de un minuto empecé a sentir me alegre y vi aliviado el dolor de la artritis espinal, que antes había sido grande.
El 23 de junio hubo otra sesión. Siete minutos después de haber tomado la dosis inicial empezó a desaparecer el dolor en la espalda. Luego empecé a centrar la atención sobre el lugar para curar la artritis, un punto situado en la parte baja de la es palda que, al ser apretado, aliviaba la presión. Disminuyeron más y más las contracciones musculares y tuve la impresión de estar empezando a entrar en contacto con mi cuerpo, que se ha llaba en un estado de movimiento fluido. Sentí como si un efecto curativo rodeara mi cuerpo. Luego, me entregué a una serie de movimientos frenéticos y sentí que la pesadez y las contracciones abandonaban mi cuerpo, que se aflojaba la dura rigidez de la parte inferior de la espalda y de las rodillas.
Durante esta experiencia, el tiempo pareció quedar detenido mientras contemplaba la montaña Taos con una sensación de uni cidad, de quietud y calma. La quietud de las montañas y de la meseta se hicieron absolutas, como si fuera la única realidad, mientras empezaba a sentir un ardiente calor interior. Centré nuevamente la atención sobre el punto curativo de mi artritis, un punto de acupuntura en la parte inferior de la espalda, en el chakra inferior. Después de aplicar allí la presión del dedo pul gar, empecé a expandirme y a sentir que la energía del amor de la montaña entraba en el chakra de mi corazón.
Sentí una fuerte conexión con el espacio y los planetas como si formara parte de ellos. Mis orígenes estaban allí. Es cuché la obra de Gustav Holst, Los planetas, y la música co rrespondiente a Marte pareció atravesar mi cuerpo. Volvía a es tar en el espacio, en el vacío. Me encontraba en casa, libre. Marte, el dios de la guerra. Vi conflagración, la historia del mundo en plena batalla, pero todo eso estaba limpiándose. A partir de la conflagración surgió un período de comprensión, de sabiduría y amor. Aparecieron bolsas de profunda compren sión en medio del fuego y la conflagración.
Experimenté una tremenda intimidad con mi pareja, y un gran calor. El espacio me rodeaba. Tanto mi pareja como yo permanecimos allí, muy quietos. Formábamos parte del espacio sin tiempo. Sentimos miles de millones de años en el pasado y miles de millones de años en el futuro. Formábamos parte del universo. Un gran amor me impregnó. Mi pareja formaba parte de ese amor, pero también el mundo, el universo y hasta más allá.
Centré la atención sobre mí mismo y me sentí como una persona diferente: consumido por el calor, con una maravillosa sensación. Mi cuerpo se encontraba en un estado de movimien to fluido; disminuyeron las contracciones musculares y me en contré en contacto con mi propio cuerpo.
Tocar la tierra y extenderme hacia el cielo tuvo un efecto curativo sobre mi artritis. Calor, libertad, hermosura. Baile, cuerpo que se movía libremente, un frenesí de movimiento y luego la quietud. Sentí que el cuerpo se liberaba. Estaba literal mente expulsando pesadez y contracción de mi cuerpo. La energía parecía haber quedado atrapada en mi garganta. El cuerpo era realmente libre, y eso me producía una sensación muy sensual. La dura rigidez de mi espalda empezó a aflojarse. La energía corría por mi espina dorsal, aflojaba la rigidez de la columna vertebral. Yo saltaba literalmente al sonido de la m ú sica.
Sentí la presencia de seres espaciales que me rodeaban. In tentaban compartir conmigo algún mensaje, pero yo no estaba
todavía lo bastante abierto como para recibirlo. Tuve la sensa ción de que todos nosotros tenemos a un gran grupo de seres extraterrestres benevolentes que nos rodean y nos protegen. Desean que experimentemos crecimiento y expansión.
Sentí que mi cuerpo se abría a algo, como un canal de clari dad. La energía me atacó la mandíbula. Sentí que los seres tra taban de pasar a través de mi cuerpo. Sin embargo, todavía no captaba ningún mensaje. Percibí el cielo nocturno, cubierto de estrellas, y una verdadera intimidad con la viveza del espacio. El dolor artrítico volvió, y tuve un ligero dolor de cabeza al descender.
Una semana más tarde tuve una sesión adicional. Diez m i nutos después de haber ingerido la droga se produjo un consi derable aflojamiento del dolor de la espalda. Más tarde, volví a experimentar un frenesí de movimiento a medida que empeza ba a aparecer la comprensión acerca de cómo empezar a con trolar el flujo de energía dentro de mi cuerpo. Se produjo un movimiento muy rápido de mis manos, y se aflojaron conside rablemente las contracciones artríticas de las manos, las rodi llas y la espalda. Mi cuerpo se movió con mucha libertad y me sentí mucho mejor. Pensé, por prim era vez, que podía curarme realmente. De algún modo, sentí que empezaba a integrar un nuevo yo, ahora libre de dolor. La artritis de las rodillas y las piernas desapareció por completo y el dolor de la espalda dis minuyó con rapidez.
Durante esta experiencia me moví con conciencia hacia el interior de mi cuerpo. Sentí que mi cuerpo era un templo que yo mismo había profanado. Deseaba dejar marchar el cuerpo, pero me di cuenta de que no podía hacer eso. El cuerpo me de cía que continuaría rebelándose. Tuve la sensación de que el cuerpo estaba a punto de explotar en todas direcciones. Lo sen tí pesado. Me encontraba en un estado de ánimo en el que el cuerpo no parecía ser mío. Experimenté poderosas erupciones procedentes del interior, sentí la necesidad de pasar por una ex periencia mortal, que confiaba sólo fuera simbólica, pero había allí un gran temor.
Entonces sentí comodidad, el alegre conocimiento de que no había muerte. El cuerpo se hizo mucho más libre, aunque el dolor de la artritis continuaba presente. Inicié un frenesí de ver dadera autoflagelación física, un movimiento muy rápido de las manos, un aflojamiento de la artritis en mis manos, mis rodillas y espalda. Perdí la conciencia mientras pasaba por esta fase de movimientos rápidos. Me temblaban las manos y no podía es cribir. Todo mi cuerpo se sacudía con violencia y empecé a res pirar con rapidez; estaba cercano a la hiperventilación. Mi cuerpo se movía con extraordinaria libertad, sobre todo mis piernas. Era como si tuviese el cuerpo encendido, y me di cuenta de que todavía existía allí algo de artritis.
Experimenté una cólera feroz y mis manos empezaron a temblar de nuevo. Mis piernas se sacudieron frenéticamente una vez más, sobre todo mis rodillas, donde se centraba el do lor de la artritis. Respiré pesadamente y me sentí muy, muy ca liente, como si estuviera ardiendo por dentro. Una sensación de muerte me rodeó, pero una cierta incomodidad y temor me im pidieron experimentarla. A pesar de todo, de algún modo, sabía que no tenía nada que temer.
Supongo que lo que más me asustó fue la sensación de que ya no deseaba o necesitaba mi cuerpo por más tiempo. Y, sin embargo, estaba atrapado en él. A pesar de todo, yo no era mi cuerpo. Experimenté una confusión insospechada, pero el te mor remitió y empecé a sentir la eternidad de las cosas, cosas no vistas, las cosas reales. Un rugido descendía por mi cuerpo, como un tren de carga lanzado a toda velocidad. Tuve la sensa ción de que deseaba hacer algo espectacular, pero no estaba se guro de saber de qué se trataba. El fuego me consumía y ardía dentro de mí y tenía la impresión de que mi cuerpo podía con sumirse. Pensé en los fenómenos de combustión espontánea.
Allí había presente algo que yo tenía que atravesar. Tuve la clara impresión de que eso podía ser la clave para aflojar por completo los «cristales» artríticos. Casi perdí la conciencia en otro frenesí de movimiento y autoflagelación. Me golpeé el tó rax. La energía se había aflojado considerablemente y me sentí
físicamente mucho mejor. Todavía notaba algunos restos de la artritis, pero me daba igual. Estaba decidido a derrotar a la hija de puta aunque tuviera que flagelarme hasta la muerte. Golpe arme pareció ayudar y ahora me golpeaba con una escoba nor mal. La energía había abandonado la zona del pecho-corazón y viajaba hacia la espalda. Mi pareja me golpeó la espalda y los hombros con la escoba. Eso me produjo una gran mejoría y mi energía se liberó.
Por prim era vez, tuve la certeza de que podía curarme. Me sentí encolerizado conmigo mismo y con mi cuerpo y me gol peé con una escobilla. Me sentí como si me encontrara atrapa do en medio de una batalla, que estaba decidido a ganar. Lu chaba contra el bastardo, y eso hacía que me sintiera bien. El fuego ardía en mi interior, me consumía. Me sentí agotado. Es taba descendiendo. Se había producido una gran mejoría en mi cuerpo, pero cada pequeño dolor que notara hacía que me sin tiera más colérico por no haber sido capaz de desprenderme por completo de él.
Entonces, mi cuerpo se sacudió con ferocidad y las exhala ciones se hicieron muy pesadas. Me quedé tumbado en el sue lo, moviendo frenéticamente las manos. Me agarré la carne al rededor del diafragma y tiré de ella con dureza. Golpeé las nalgas contra el suelo, con dureza, gritando al tiempo que gol peaba. La energía viajó por el cuerpo, en dirección a la gargan ta. Me agarré la garganta y los hombros, como si quisiera arrancarme la carne del cuerpo.
Volví a sentirme muy caliente, con una gran cólera contra mí mismo. ¡Maldita sea! Deseaba azotar el cuerpo, golpearlo si fuera necesario hasta lograr su más completa sumisión. Luego, hubo quietud. Empecé a sentir amor hacia mí mismo, por mí mismo, un amor que me recorría todo el cuerpo. Era algo muy liberador. Todavía quedaba algo de dolor, pero estaba decidido a librarme por completo de él. El dolor regresó a mi espalda y me senté sobre él y, simplemente, lo sentí. Aparecieron lágri mas en mis ojos. Experimentaba una sensación de tristeza, y quizá de pérdida. De algún modo, tenía que afrontarlo y descu
brir de qué se trataba. Me sentía temeroso porque, quizá por primera vez, me daba cuenta de que estaba destruyendo mi cuerpo. Tenía que superar eso de algún modo ya que en caso contrario corría verdadero peligro. Quizá fuera eso lo que trata ba de indicarme mi anterior sensación de cercanía con la muerte. Las nubes estaban quietas y tranquilas. Sentí una poderosa unicidad con el espacio, y sólo deseaba abandonar mi cuerpo y unirme con aquella unicidad. Sentí la muerte más y más cerca y como resignado ante ella, pero retrocedí. Tenía que descubrir qué era aquello que había en mí y que deseaba morir. Sólo sa bía que mi cuerpo no era importante, pero que todavía no po día desprenderme de él. ¿Qué era esa sensación de muerte que había dentro de mí? ¿Dónde estaba la vida? Quizá ambas cosas eran lo mismo. Sentí que había una conexión, un parentesco entre ambas. Sentí que debía experimentar la muerte, simbóli camente, pero temía que eso pudiera transformarse en una muerte «real».
Empecé a tratar de sentir la experiencia de la muerte. Al principio, noté una gran tristeza, y luego el movimiento del cuerpo. Sorprendentemente, el temor desapareció y, en apenas un instante, pasé más allá de los umbrales de la vida. Una her mosa luz radiante y blanca que lo abarcaba todo me rodeó y, por primera vez, supe que no había nada que temer de la muer te. No era el final de todo, sino un hermoso y nuevo empezar, un renacer. Mi pareja me dio un suave masaje en la espalda, empujando la energía hacia lo alto de la columna vertebral.
El dolor no ha desaparecido del todo pero ahora sé, por pri mera vez, que term inará por desaparecer. Experimento una sen sación renovada de vida y propósito. Me doy cuenta ahora de que tuve que llegar hasta ese punto donde iba a permitir que la negatividad y el dolor me mataran o iba a desembarazarme por fin de ellos. Experimenté la fuerte sensación de que había ele gido hacer lo segundo, aunque todavía tenía que trabajar más para conseguirlo.
Oh, Dios mío, la gloria de sentir, de amar. Por primera vez sentí el dolor como un aliado, y no como un enemigo. Puedo
utilizarlo para captar y comprender, y no para la autodestruc- ción. Ya no siento el resplandor, el aura de la muerte a mi alre dedor. El dolor me dice que sólo desaparecerá por completo después de que haya apretado el invisible botón de la «integra ción». ¿Por qué? La respuesta surge en form a de un flujo de lá grimas y el corazón, al expandirse, parece saberla. Utilizar el dolor con amor y comprensión, en lugar de luchar constante mente con una profunda animosidad es lo único que permitirá acabar con él. Un «rollo» de mi corazón acaricia mi dolor y, extrañamente, siento ahora un profundo amor por el dolor. Es mi maestro. Al aceptarlo, en lugar de rechazarlo, me siento lle no de una maravillosa y suavizante claridad.
El 18 de julio tuve una experiencia muy similar a la produ cida por el MDMA, sin necesidad de tom ar la sustancia. A pe sar de ello, mis sentimientos y acciones fueron muy parecidos. La energía empezó a moverse a través de mi cuerpo y empecé a moverme, a desperezarme, a tirar, a empujar, a guiar de algún modo la energía. No explotó a través de los bloqueos artríticos, sino que pareció moverse con rapidez a mi alrededor, por enci ma y por debajo de ellos. Experimenté un gran alivio. Más tar de, ese mismo día, empecé a respirar en un viento frío, húmedo y balsámico, que ejerció un efecto reconfortante e incluso cura tivo sobre la artritis. Expuse al viento tanto la parte delantera de mi cuerpo como la espalda, y el efecto sobre el dolor y la contracción fue notablemente bueno y curativo. Durante cinco días completos estuve casi completamente libre del dolor de la artritis, el período más prolongado de tiempo sin dolor que ha bía pasado en tres años.
El 23 de julio todavía tuve otra experiencia similar al MDMA sin ingerir la sustancia. Una vez más, mi cuerpo se movió a un ritmo rápido y la contracción se aflojó. Pareció como si yo mis mo empujara la contracción hacia abajo y fuera de mi cuerpo, a través de la zona del vientre, que se puso floja y libre. Luego', empecé a tirar físicamente del dolor artrítico para sacarlo de la parte inferior de la espalda. Funcionó. La energía se redistribu yó por otras zonas del cuerpo.