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El rector de toda deducción es, como ya dijimos, el principio de contradic- ción. ¿Hay un principio similar en el intelecto práctico? Naturalmente, y es de todos conocido. El modo más común de enunciarlo es: “hay que hacer el bien y evitar el mal”14. Mas su sola enunciación sorprende: ¿De dónde sale esa obliga-

13 Cfr. G

ONZÁLEZ ALVAREZ, Á., Tratado de Metafísica. Ontología, Gredós, Madrid, 1961. Note- mos que el autor señala que el primero en mencionar el principio de identidad, desconocido por Santo Tomás, parece ser el español Antonio Andrés, escotista citado por Suárez. Pero González critica las formulaciones que se han dado del principio para quedarse con la siguien- te: “todo ente es uno” (pp. 138-142).

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78 Juan Carlos Ossandón toriedad absoluta que lo caracteriza? No he hallado en el monje medieval tal pregunta que hoy no se puede soslayar.

Hace algunos años, en una Semana Tomista, atribuía dicha característica de la moralidad a que nuestro último fin es un bien común, que exige ser alcanzado por el esfuerzo de la comunidad y no tan sólo el mío personal. De modo que mi falla daña a quienes no tengo derecho alguno a perjudicar15. ¿Compartiría Santo Tomás mi tesis? Me atrevo a conjeturar que sí, por la primacía que siempre otorgó el bien común, hasta el extremo de asegurar que: “Dado que todo hom- bre es parte de una ciudad, es imposible que un hombre sea bueno, a no ser que esté bien proporcionado al bien común”16. Además de lo dicho, nuestro sabio monje establece que, en moral, el primer principio es el último fin17, vale decir, Dios; pero el Bien supremo no puede ser bien privado del hombre. Sólo como bien común puede ser tal. Los manuales tomistas que se suelen consultar se limitan a derivar tal nota de Dios como autor y legislador de la naturaleza, sin precisar más y sin subrayar el carácter de absoluta que posee.

Sea de esto lo que fuere, cuando el Santo quiere determinar el contenido de la ley natural establece una tesis que bien podría contener su respuesta a nuestro problema: a todo lo que la naturaleza inclina se le llama bueno18. En conse- cuencia, hay una inclinación grabada en la naturaleza que nos sirve de guía en la determinación de dicha ley y, pienso yo, justifica su obligatoriedad19. Estamos construidos así y nada sacamos con desconocer nuestra propia ley. El único ser que puede desconocer su ley es el hombre en virtud del corto alcance de su inteligencia y la debilidad de su voluntad. Pero la ley sigue vigente aunque no

15 O

SSANDÓN, J. C., “El bien común. Fundamento de la moral”, en Los fundamentos metafísicos

del orden moral, Universidad Católica Argentina, Buenos Aires, 2004.

16 “Cum igitur quilibet homo sit pars civitatis, impossibile est quod sit bonus, nisi sit bene pro- portionatus bono communi” (TOMÁSDE AQUINO, Summa Theologiae, I-II, q92, a1, ad3). So- bre la primacía del bien común en el pensamiento del Aquinate sigue siendo insuperable el libro de DE KONINCK, Ch., De la primacía del bien común, Cultura Hispánica, Madrid, 1952. 17 TOMÁSDE AQUINO, In Ethicam, I, lect12, nº 139.

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OMÁSDE AQUINO, Summa Theologiae, I-II, q94, a2, c. El Santo establece un orden de pre- ceptos morales: 1º) los que se refieren a conservar la propia existencia; 2º) dado nuestro ca- rácter animal, los que se refieren a la procreación y educación de la prole; 3º) dado nuestro carácter racional, los que nos inclinan a conocer a Dios y a vivir en sociedad; en otras pala- bras, a no ser ignorantes de nuestra relación con Dios y a no dañar al prójimo.

19 “Virtutes perficiunt nos ad prosequendum debito modo inclinationes naturales”. T

OMÁSDE

Primeros principios de la razón práctica 79 se la cumpla. Sin embargo, tales inclinaciones no bastan para declarar absoluta la obligatoriedad.

Pero volvamos a nuestro tema. En el comentario a la Ética de Aristóteles, el monje medieval diversifica el origen de los primeros principios. En algunos casos se obtienen por inducción a partir de lo que está en la imaginación, como en matemáticas; en otros, de los sentidos, como en las ciencias naturales; a ve- ces será la costumbre la que nos dé el principio, como en moral, y finalmente, la experiencia permite obtener los principios propios del arte o técnica20.

La inducción de que habla en el primer caso, creo yo que es la abstracción que hoy llamamos de segundo grado; mientras que la de primer grado nos per- mite formar la ciencia natural, para seguir usando el vocabulario común en la Escuela actual. Lo que nos llama la atención es que la costumbre sea necesaria para formar los principios de los que parte la moral. El ejemplo que trae a conti- nuación no permite ninguna duda: así se sabe que las concupiscencias disminu- yen si no les obedecemos. Todos lo hemos experimentado; pero, para ello, he- mos necesitado de tiempo, incluso años. La misma perplejidad nos asalta cuan- do leemos que el arte supone la experiencia. Bien sabemos que dicha palabra significa una serie de sensaciones referidas al mismo objeto; es decir, otra vez necesitamos de un tiempo más o menos largo. Este último caso no es ilustrado con un ejemplo.

¿Está hablando de los primeros principios, objeto de nuestra investigación? Es obvio que no. El ejemplo matemático se refiere a que todo número es par o impar y el científico a que todo ser vivo necesita nutrirse. Pero ya hemos dichos que toda mayor de un silogismo actúa como principio, si bien no pueda ser lla- mado primero. Por lo demás, las ciencias particulares usan como principios pri- meros, conclusiones de una ciencia más alta de la que dependen.

¿Escapa a esta consideración el primer principio moral ya visto? Hallo que la respuesta es muy difícil. Por ser primero debería formarse instantáneamente, una vez formado el concepto. Pero, ese concepto, ¿se forma instantáneamente? Hay un texto de Aristóteles que no permite asegurarlo:

“Además, lo que es independiente de la acción, a saber, lo verdadero y lo fal- so pertenecen al mismo género que lo bueno y lo malo, pero con esta dife- rencia, que lo verdadero y lo falso existen absolutamente y lo bueno y lo malo, para una persona determinada”21.

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OMÁSDEAQUINO, In Ethicam, nº 137.

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80 Juan Carlos Ossandón ¿Cómo saber que algo “es bueno o malo para una persona determinada”? Se necesita experiencia, tiempo. Curiosamente, Santo Tomás no comenta esta tesis del griego.

En su Suma Teológica, distingue claramente ambos intelectos en su trabajo, lo que nos puede dar una pista. Allí enseña que el intelecto especulativo estudia principalmente lo necesario por lo que llega a conclusiones que carecen de de- fecto; en cambio, el práctico trata de las operaciones humanas que son contin- gentes. Si bien reconoce que en lo general hay una cierta necesidad, cuanto más se desciende a lo singular, hay más defectos en sus juicios22. No se me oculta que es distinto hablar de conclusiones que de principios, pero es curioso ese “cierta” [aliqua] que se antepone a necesidad en el caso de la razón práctica y que afecta a sus conclusiones universales.

En el mismo lugar que estamos consultando, santo Tomás nos da un ejemplo de cómo funciona nuestra razón cuando construye su saber moral. Partimos del principio primero: “Hay que actuar siguiendo la razón”; pasamos al nivel secun- dario y establecemos que “hay que devolver lo prestado”; pero podría ser da- ñino el hacerlo en ciertas circunstancias, por lo que pasamos al nivel terciario poniendo ciertas condiciones a la devolución. Es obvio que en este último nivel las condiciones pueden variar al infinito y deslizarse errores en su determi- nación.

Reflexionemos un instante sobre este texto.

Para forjar el principio primario del que parte toda esta deducción, necesita- mos poseer el concepto de razón y tener la experiencia de que podemos actuar siguiendo a la afectividad o a la pasión. Ninguna de las dos condiciones para formar esta concepción común, como suele llamar nuestro autor a los primeros principios, se obtiene sin experiencia y reflexión. Hasta me atrevería a sostener que necesitamos alguna experiencia catastrófica de las consecuencias que con- lleva el apartarse de la razón para convencernos de su verdad. Y, sin embargo, se trata de un primer principio, ya que, por mucho que nos demoremos en ha- cernos un buen concepto de razón práctica, una vez hecho, el principio se com- prende de inmediato, ya que todo lo que hacemos, lo hacemos bajo su guía. En efecto, la razón práctica es la que guía toda la actividad humana en cuanto tal. A pesar de lo cual, son legión los que piensan que se han de seguir los sentimien- tos y no la razón. Es que no han logrado forjar un buen concepto de lo que real- mente es la razón práctica.

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Primeros principios de la razón práctica 81 También nos llama poderosamente la atención de que se califique de prin- cipio secundario a aquél que es comprendido con sólo conocer sus términos. Es obvio que lo prestado debe devolverse; en caso contrario, no sería prestado sino regalado. Mas esta distinción supone aceptado el concepto de propiedad priva- da, sin el cual no se entiende el principio. Y este concepto depende de una de- terminada organización social que no es la primera que tuvo la humanidad. Al comienzo había un destino común a todos los bienes materiales, pero fue conve- niente asignarlos para obtener un mejor provecho de ellos. De este modo, el no robar es un precepto secundario ligado a determinada organización social. Por ello nuestro Santo no se sorprende de que los germanos, según César, carecie- sen de dicho mandamiento, tan básico en la ley natural. Claro que le pertenece por determinación, como explica en el siguiente artículo, el quinto, de la misma quaestio.

Conviene que releamos la tercera objeción de esta nueva cuestión que versa sobre la inmutabilidad de la ley natural. Basado en San Isidoro de Sevilla que establece la común posesión de los bienes como derecho natural, el objetante llega a la conclusión de que la ley natural cambia al incorporar el respeto a la propiedad ajena. En su respuesta, nuestro monje señala que se dice que hay po- sesión común, porque la naturaleza no establece lo contrario, es decir, la pro- piedad privada; tal como podríamos decir que la desnudez es natural al hombre, ya que la naturaleza no le da vestido. Pero, para utilidad de la vida humana, la razón estableció dicha propiedad como también creó el vestido. Esto explica que, en ciertas culturas, sea desconocida.

Hemos determinado pues tan sólo dos principios primarios de la razón prác- tica: uno tomado del concepto de bien y su absoluta oposición al mal y el otro del concepto de razón práctica. ¿Hay más principios en este nivel? No he halla- do otros en las obras de Santo Tomás23. Mi profesor, el P. Lira, declaraba que no los había. Es un tema que bien merecería una más profunda investigación. 4. CONCLUSIÓN

Quisiera recordar que santo Tomás es un teólogo, no un filósofo. Desarrolla la filosofía en tanto en cuanto la necesita su teología. Particularmente peligrosos son sus cometarios de Aristóteles, porque se limita, como buen teólogo, a criti- car lo que éste afirma cuando se opone a la fe. Por ello los tomistas hemos de continuar su esfuerzo filosófico en muchos puntos.

82 Juan Carlos Ossandón Así, por ejemplo, Maritain, apoyándose en la segunda escolástica española, nos explica que una proposición evidente por sí misma [per se nota], como lo son todos los primeros principios que estamos estudiando, puede ser inclusiva –per se primo en el lenguaje escolástico– cuando el predicado está incluido for- malmente en la noción que actúa como su sujeto; o bien puede ser supositiva –per se secundo modo– cuando el sujeto pertenece a la razón del predicado24. Ejemplifica el segundo caso con el principio siguiente: “todo ser contingente es causado”. En efecto, el sujeto propio de lo causado es lo no-necesario, es decir, lo contingente. De este modo explica él el primer principio moral. ¿Qué ha de hacerse? Lo bueno. Lo bueno es el sujeto propio de lo que ha de hacerse.

Aristóteles sólo indicaba que el predicado formaba parte del concepto que actúa como sujeto y a esa explicación se atiene santo Tomás; en consecuencia tenemos aquí un ejemplo de la labor de sus continuadores que va haciendo cre- cer el contenido de su filosofía.

Pero me asalta una duda. El principio de contradicción no puede ser explica- do por ninguna de las fórmulas reseñadas, porque brota de la contradicción total que se da entre los conceptos de ser y no-ser. No es que uno esté contenido en el concepto del otro ni sea su sujeto; sino que la oposición que hay entre ambos es absoluta. Por ello no se puede aplicar a un sujeto ambos predicados al mismo tiempo y desde la misma formalidad. Me parece que una posible explicación se- ría reconocer que hay una tercera manera de construirlos: comprender que hay una relación u oposición necesaria o absoluta entre dos conceptos en virtud de la cual se construye el principio. Por ser tal, el principio tendrá validez univer- sal. Hay aquí tema para profundizar y hacer crecer nuestra filosofía.

Quisiera, eso sí, recordar que muchos han criticado a Santo Tomás y decla- rado insuficiente alguna doctrina suya, sólo para comprender, andando el tiem- po, que aquella doctrina era superior a la que pretende mejorarla.

Pero como ya he abusado suficientemente de su paciencia, es mejor dejar el asunto aquí y madurarlo mucho más.

Juan Carlos Ossandón Valdés Pontificia Universidad Católica de Chile [email protected] .

24 M

ARITAIN, J., Lecciones fundamentales de filosofía moral, trad. Fontenla, Club de Lectores, Buenos Aires, 1966, pp. 195-197.

LEY NATURAL Y VOLUNTAS UT NATURA

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