Chapter 5: Conclusion and Recommendations
2.7 Function and drivers of HRIS
La compasión es un sentimiento profundo que aspira a liberar a los demás del sufrimiento. La compasión es, pues, un movimiento positivo de la mente y del cuerpo, la respuesta espontánea de un corazón abierto que anhela mitigar el dolor y el sufrimiento de todos los seres.
No tenemos que ir muy lejos para tomar conciencia de que el sufrimiento impregna todo nuestro mundo. Démonos cuenta si no de la magnitud del sufrimiento causado por la injusticia y la pobreza. Lamentablemente, la vida de muchas personas está condicionada por el hambre, la enfermedad y la opresión. Si prestamos atención al mundo que nos rodea descubriremos la evidente presencia del sufrimiento en facetas tan diversas como la política, la economía, las estructuras sociales, los conflictos religiosos, las relaciones interpersonales e incluso en el interior de nuestras mentes y de nuestros cuerpos. Es vitalmente importante, pues, que tomemos plena conciencia de este hecho.
nuestra vida no tardaremos en descubrir la presencia -manifiesta o velada- del sufrimiento. La enfermedad, la vejez y la muerte forman parte intrínseca del mismo proceso de la vida. Y no se trata de algo que sólo le suceda a una persona en especial sino que, tarde o temprano, todos nosotros, por el mero hecho de tener un cuerpo, tendremos que enfrentarnos ineludiblemente a la senectud, la enfermedad y la muerte.
Y, del mismo modo, cuando prestemos una atención más cuidadosa a nuestra mente, descubriremos también la presencia de diferentes tipos de malestar. Los hábitos y las rutinas tal vez nos hagan sentir cómodos y tranquilos pero, bajo su confortable fachada, suele agitarse la inquietante y difusa sensación de que nuestra vida es básicamente incompleta, problemática y no funciona del todo bien. Tal vez se trate de una desazón, de un vacío que nos impulse a llenar nuestro tiempo con todo tipo de actividades, de una sensación de insatisfacción, de fragmentación, de encerramiento, de ansiedad, de depresión, de miedo, de odio, de envidia, de deseo, etcétera. Pero ¿cuál es el verdadero origen de todas estas sensaciones? Si realmente queremos llegar a experimentar una plenitud cuya expresión natural sea la compasión debemos investigar sinceramente todas esas facetas.
Cuando afrontamos el sufrimiento del mundo, de nuestra vida, de nuestro cuerpo y de nuestra mente, nos damos cuenta de que no se trata de un problema individual sino de una experiencia universal, un rasgo intrínseco de la existencia. Pero si la compasión acompaña naturalmente a la toma de conciencia del sufrimiento ¿por qué, entonces, el mundo no es un lugar más amable? Lo cierto es que nuestro corazón no siempre está dispuesto a abrirse al dolor y continuamente trata de huir, de cerrarse y de escapar del sufrimiento. Sin embargo, cuando cerramos nuestro corazón al sufrimiento truncamos también toda posibilidad de experimentar la compasión. Hay que subrayar, no obstante, que la compasión no es un atributo exclusivo de los santos sino que constituye la respuesta espontánea de un corazón abierto. Pero el manantial de la compasión permanecerá cerrado mientras sigamos tratando de escapar del sufrimiento porque cuando negamos la existencia del sufrimiento nos alejamos de la realidad y terminamos perdiéndonos en la elucubración, el engaño y la ilusión.
EL DOLOR
¿De qué modo nos cerramos al dolor y escapamos de él? Cuando tomemos conciencia de la forma en que huimos de esa realidad habremos ya iniciado el proceso de apertura. El dolor físico es uno de los aspectos a los que más nos cerramos. El dolor nos resulta desagradable y nuestra mente ingenia todo tipo de estratagemas para tratar de evitarlo, estratagemas, por otra parte, que la práctica de la meditación suele desenmascarar. Una forma de evitar la realidad de las sensaciones dolorosas consiste en pasarlas por alto y pretender que no existen. Pero, por más que esa actitud pueda funcionar durante un cierto período de tiempo, a la larga el dolor se hace tan insoportable que resulta imposible seguir ignorándolo. Otra estrategia utilizada frecuentemente por la mente consiste en echar un vistazo ocasional al dolor; es decir, mientras que nuestra mente permanece consciente de la respiración, por ejemplo, hay otra parte que mira de soslayo a la sensación dolorosa. Pero esto, obviamente, no nos ayuda a abrirnos al dolor, a tomar conciencia de él, ni a vivirlo plenamente. Otra forma aún más sutil de resistencia al dolor consiste en «proyectarlo mentalmente». Esta es una actitud anticipatoria cuyo único objetivo es el de llegar a superarlo. Pero esta actitud, sin embargo, tampoco nos lleva a aceptar y experimentar directamente el dolor ya que lo único que hacemos, en tal caso, es tratar de ocultarlo bajo el disfraz de la conciencia.
Cuando nuestra mente se resiste estamos cerrándonos al presente y es imposible que pueda surgir la compasión. Las respuestas y los hábitos mentales condicionados de resistencia al dolor físico -que abarcan desde el pánico y la negación manifiesta hasta las manipulaciones más sutiles- pueden ser descubiertos con cierta facilidad. Pero si la meditación no nos ayuda a relacionarnos de manera más inmediata y compasiva con el dolor físico ¿cómo podemos aspirar a hacerlo con sufrimientos más intensos que podamos encontrar en otras personas, en nosotros mismos o en el mundo? Un aspecto muy importante de la práctica del dharma consiste, por tanto, en llegar a comprender claramente el sufrimiento y nuestras reacciones condicionadas ante él y, en lugar de tratar de evitarlo utilizando para ello todos los medios que se hallen a nuestro alcance, tratar, por el contrario, de abrirnos a lo desagradable. En este sentido, la práctica de la atención y la práctica de la compasión son una y la misma cosa porque ambas nos permiten abrirnos y experimentar directamente lo que el presente nos depare.